Part 8
Señor, yo que he sufrido tanto, tanto, que de la vida tuve miedo, y he comido mi pan húmedo en llanto, y he bebido mi vino acedo; yo que purgué pecados ancestrales, y delitos confusos del antaño, y la cosecha negra, de fatales simientes, a estas horas agüadaño; Señor, si es que tu mano justiciera el humano torrente del placer y el dolor tasa y pondera en cada vida equitativamente, dame la paz que he merecido. Aleja de mis labios el pámpano en agraz. Dame la uva ya en sazón, bermeja en sus dulces entrañas. Dame paz. Dame el suave manjar de la alegría por una vez siquiera. Dame la compañía de la que debe ser mi compañera. Buscaremos un rústico descanso; que allí nuestra oración, como un incienso, suba en el aire manso del firmamento inmenso. Una casa no más, de aldeana esquiveza, con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel, y un fiel regazo en donde recline mi cabeza, y por la noche un libro y una boca de miel. Y además, que las rosas, de corazón riente, canten todo a lo largo de las sendas del huerto, y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que había oído. Habló después:
--Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
--Un poco.
--Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es verdad?
--Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos, vuelve a ser verdad.
--Tienes razón; eso debe de ser una felicidad --y exaltándose de pronto--: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi ideal ese...
--Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M. Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti. No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo. Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con ambición, sin trabajo y con lotería nacional.
VI
No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera cometido.
GOETHE.
--A todo esto, ¿qué hora es? --preguntó Verónica.
Alberto consultó el reloj.
--Las tres menos diez.
--Y Angelón sin venir.
--Qué, ¿tienes apetito?
--La verdad, un poquitín.
--En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y quizás aceite.
Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.
--Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.
Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la estancia en donde Alberto estaba.
--He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.
--Gracias. Hoy no como.
--¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la noche, Dios dirá.
--No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.
Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.
--Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir un favor ahora.
--Lo que quieras.
--Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?
--¿Por qué no?
--Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro --se acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre--. Arriba el telón.
A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto. Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico, y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido, penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida. Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir, asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia.
Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica suspiró:
--¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya me figuro estar en ella.
Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia: noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»
Verónica interrumpió, apasionadamente:
--Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!
Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.»
Y Verónica:
--Ni yo tampoco.
Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos, ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: _Muy bien._) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis peculiares fines.» (Verónica: _Algo trama. Me alegro. Y mira si es noble y cómo dice lealmente lo que piensa._) Yago induce a Rodrigo, antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro. (Verónica: _Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!_) Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: _Llama diablo al moro. Es gracioso Yago._) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y, transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica: _¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende..._)
Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder que con ella goza hacen temible. (Verónica: _Me gusta Yago. ¿Ves lo bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro._) Otelo: «Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: _Pues no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta nobleza, ¿eh?_) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica: _También es suerte lisa la del negrazo._) Aparece otra ronda. Es Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él. ¡Ladrón!» (Verónica: _Y que lo diga. Buen lío._) Otelo se interpone: «Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: _¡También es un tío!_) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan el discernimiento.» (Verónica: _A ver. No se comprende de otro modo. ¡Pobre viejo y pobre muchacha!_) Están para irse a las manos los de uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de apuntador.» (Verónica: _Que se las trae el negro. Tiene una confianza en sí mismo..._) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde la Señoría está de consejo.
Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios. La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente, ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo: «Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea, aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: _Si ahora se hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a Yago le van a ahorrar molestias._) Brabantio dice que ha sido Otelo. Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: _Vamos a ver._) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: _Pal gato._) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: _Aguarda un momento. No sigas leyendo._ Una pausa. _Sigue._) El Dogo: «La historia hubiera ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: _Y el mío_.) Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la fe que al moro me une.» (Verónica: _Qué simpática._) Brabantio está desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara. Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: _Yo en la pelleja del padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía._)
Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.
El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: «No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «_Come, be a man._ Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero, dinero. _Therefore make money._» Despídense, y Yago habla consigo mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia, sino porque «dícese de público --murmura Yago-- que entre las sábanas su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este monstruoso engendro a la luz del día.»
Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:
--Verdaderamente, este Yago es un miserable.
--Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro. Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud, me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una quisiera!
--Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.
--Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe, conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua, chiquillo...
--Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...
--¿Por qué? --atajó Verónica--. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas? Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo. ¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla... Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a cansarse de él? ¿No lo comprendes?
--Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del padre se oponía en aquella forma...
--También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre, ¡le doy una mano de azotes!...
--Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?
--Natural que por mi cuenta.
--Como primero me habías dicho todo lo contrario...
--¿Eh?
Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento. Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.
--¡Algo grave va a pasar! --habló Verónica--. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.
Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia, y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente. Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: _Pobre Casio. Perdido el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí._) Yago: «Por mi honor te juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» (Verónica: _Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A última hora, que le quiten a una lo bailado._) Yago muestra a Casio el camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy agradecido.
Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto continuó.