Part 7
Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros, boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán, en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.
--Vamos a mi casa --ordenaba Angelón.
--Como usted guste --respondía la mujer temblando de gozo.
Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:
--Pero, ¿todo esto es tuyo?
Ríos contestaba que sí con la cabeza.
--Y ¿vives solo?
--Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.
Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata he tenido.»
A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:
--Vístete de prisa, que yo tengo que salir --y la guiaba al cuarto de baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la noche venidera.
Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha hablado de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la cosa con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente a suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír con sarcasmo.
--¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate.
--Sí, sí; pues has apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y en la calle de Fuencarral...
--Cabalito ¿y qué?
--¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor _miquero_ de Madrid y su extrarradio.
_Miquero_ quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de satisfacer el debido estipendio.
Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si la mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de _cazar aquel tío_, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a recriminar a Angelón, que era imponente.
Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje. Angelón juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas de alta condición. «Para enamorar a las mujeres --decía él-- no hay sino un tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén, y no hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi escuela en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros, sino la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo. Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero, hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el segundo no da resultados.» En sus éxitos era elemento no despreciable su apostura viril y su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo que de la mujer no tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el sexo tan solo; no podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra, sucesivamente, era para él todas las hembras.
III
Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no tenían un céntimo.
Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:
--Terminó la mala racha al fin --hizo la higa con la mano izquierda para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso--: estos cinco duros no son cinco, sino cien.
Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle. Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos. Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de Verónica.
Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros sobremanera.
Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes, antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida. Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la consideraba como una vieja amistad.
Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto hablaron un momento a solas:
--¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?
--Pss... No pasaron de cincuenta.
--Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre chica?
--En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada, mal disimulada, y luego mujeres... uf, así --arracimó los dedos--. Tiene usted que ir una noche.
IV
Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre, una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber, que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas de la prostitución de Verónica.
Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.
--Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...
Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica: un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la artesana.
La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia, adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero _Toñito_; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje usté unas cuantas pelas a Verónica.»
V
Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible, Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera caída y remansada sobre los desnudos hombros.
--¿Qué ocurre, Alberto?
--Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?
--Bien, bien.
--¿Y Ángel?
--Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una conferencia con Zancajo. Entra.
Alberto entró.
--¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?
Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente musgosos, verdimalva.
--Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que la sangría me ha sentado bien.
--¿Qué sangría?
Alberto levantó el pie herido, sangrante.
--¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?
--Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún trapo?
--Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.
Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.
--¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.
--Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?
Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.
La sangre se estancó pronto.
Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de concluir de vestirse.
--¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos. ¡Qué mundo!
--Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.
Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un cuchicheo de diapasón femenino.
Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
--Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una grima...
--Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
Verónica rio sigilosamente.
--Te he tañao --dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió saltando.
A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio. La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y sugerían la imagen de un gallo.
--Nada, que esta golfa... --comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
--¡A mí no me llames golfa! --atajó Pepa, desafiando a su hermana con pupila arisca.
El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:
--En casa no hay más golfa que tú.
--Así me lo pagáis. Estúpida de mí --dirigiéndose a Alberto--: ¿qué te acabo de pedir?
--Un duro, que no tengo.
--¿Lo ves? --preguntó Verónica, furibunda.
--Tira p’alante y agur la compañía --ordenó el chulo, sacudiendo la cabeza hacia la puerta.
Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:
--Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.
--¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?
--A ver...
--Lo que oyes, mujer.
--Me querrás meter el dedo en la boca.
Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.
--Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por casualidad, pero lo tienes en otra parte.
--En ninguna parte.
--¿Quiere decirse que estás como yo?
--Ni más ni menos. Tú _haces hombres_, como se dice; yo hago literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta, nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa, si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no muero agotado.
Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que no atinaba a explicarse:
--¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que pienso. ¡Qué tonta soy! --y con transición inopinada--: Vamos a ponerle los cuernos al viejo --el viejo era Angelón.
--No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a nadie.
Verónica humilló la cabeza, avergonzada:
--¡Perdona! No sé lo que digo.
Salieron al gabinete.
--En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.
--Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino...
--¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.
--¿Qué vas a hacer?
--Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá veremos si lo concluyo y me lo ponen.
--¿Cómo se llama?
--Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?
--Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?
--El mismo.
Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de antracita a cuestas.
--¡Buen augurio! --exclamó Alberto.
--¿Eh? --interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
--¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería --dijo Alberto.
--¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
--No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón --rezongó Alberto, perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó fuera del piso.
--Entonces... --tartajeó el carbonero, amedrentado--, ¿cuándo traigo la cuenta?
--Cuando se le antoje --y cerró la puerta de golpe.
Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la salamandra. Dijo Verónica:
--También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber pagado el carbón?
--¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?
--¿Eh?
--Que no tiene un cuarto.
--¿Qué quieres decir?
--Que no tiene un cuarto --repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a esta pobre muchacha.»
--¿Como tú y como yo?
--Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que presumo, todavía mayores que sus necesidades --de propósito evitaba mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso desencanto.
--¿Y este piso?...
--Se lo paga la familia, creo.
Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.
--¿De manera que sois unos bohemios?
--¿Qué quieres decir, Verónica?
--Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles _Bohemios_, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca de mi madre... Me sé la música de memoria --tarareó unos compases, enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase continuó vertiginosa charloteando--: Pero chiquillo, los bohemios de las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse; vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:
Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas y por el maleficio de la luna espectral. Mi carne ha macerado, con manos fabulosas, uno por uno cada pecado capital.
En el burgués estulto, mis guedejas undosas de bohemio suscitan una risa banal; mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas armas del caballero ungido de ideal.
Son, mi magnificencia y fasto, principescos; adoro las manolas y los sueños goyescos; toda la España añeja triunfa a través de mí.
Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga, y en mi yacija, por que la carne satisfaga, sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.
Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes de quién son los versos?
--De cualquiera.
--¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
--No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
--Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los versos que te recité.
--¿Te gustan a ti?
--Me encantan.
--Pues a mí también me gustan.
--Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
--Sí, sí.
--A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...
--No tiene melena.
--¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas? ¿Guedejas no es lo mismo que melena?
--Sí.
--Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su Mimí?
--Yo qué sé...
--A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.
--A lo mejor.
--Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?
--Yo no sé de memoria mis versos.
--Algunos sabrás. Anda... --suplicó Verónica. La gravedad de su cara, de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar versos propios.
--Vamos a lavarnos las manos.
Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
--Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
--Si no los sé de memoria...
--Alguno sabrás.
--Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. --Fijó los ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y algo incierta, recitó: