Troteras y danzaderas: Novela

Part 6

Chapter 63,858 wordsPublic domain

Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor intuitivo que manaba de una palabra: _dinero_. Era fuerza que buscase dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, _edad capitalista_, se le hicieron patentes. La actividad motriz de estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios. En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían sido _res nullius_, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos. Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en el bolsillo?

Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente, o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.

Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.

--Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de menos, porque no tuve con quién discutir.

Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina. Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata, simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar a los comensales --dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de paso y un comandante--, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió, calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido, cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía, razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el otro replicaba que todo aquello era una pamplina.

Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras tertulias literarias.

--¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?

--Creo que sí; ¿por qué?

--Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.

--Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.

--No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?

--Sí, señor.

--¿Cree usted que eso que llaman _amor_ existe?

--Sí, señor.

Una pausa.

--Bien; ¿qué hay con eso? --preguntó Pajares.

--Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con ser anarquista...

--Hombre, al contrario.

--Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun con poco ombligo.

--¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.

--Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?

--Nada, que tengo prisa. Hasta luego.

--Hasta luego, señor Pajares.

Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta, de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No contenía ningún cheque. Decía la carta:

_Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia. Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro. Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso de tu madre, que sabes te adora._

_El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso. Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa. Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos. Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres; pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible, que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es, Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra, ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte? Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios. Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes seguir tu vocación..._

_Un beso de tu madre que te quiere_,

JUANITA.

Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.

PARTE II

VERÓNICA y DESDÉMONA

Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen.

GOETHE.

I

Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no abren, tiro la puerta!».

¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó. Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su rostro era enfermiza.

Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.

--¡Si no abren echo abajo la puerta! --aullaron.

--¡Voy! --respondió Alberto, tan alto como pudo.

Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia. Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el hombre depuso un tanto la cólera.

--¿Qué deseaba usted?

--Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los Ríos?

--No, no está.

--Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie --parecía que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó--. Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar a patadas.

--En suma --atajó Alberto, impaciente--, que don Ángel no está, ¿qué desea usted?

--Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera que le encuentre le rompo el alma --y como Alberto no respondiera, continuó--: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de _visu_, que se dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba, y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque, me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado. Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito.

El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos, como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la sangre encharcaba el piso.

--¡Está usted herido!

--Así parece --Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la entrevista.

II

Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía, era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las había cortado. Aspiraba a la _mediocridad_, en el sentido clásico de moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían desgastado el _yo_.

[2] _La pata de la Raposa._ Novela.

Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca. Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas conspicuas amistades de este género.

Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel, robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales, desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con que advertir diferencias entre _moral_ e _inmoral_, ausencia que, por rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles, su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en obstáculos.

Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el secreto de transmutar los metales.

--Hoy mismo se viene usted a mi casa.

--¿Y arreglado todo? --inquirió Alberto, que conocía la escasez económica de Angelón.

--Naturalmente.

--¿Cuánto dinero tiene usted?

Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra resultante con alguna consternación:

--Dieciséis pesetas con noventa céntimos.

Alberto sonrió.

--¡Bah! --añadió Ríos, irguiéndose--. Mañana tendremos dinero, y si no, pasado mañana.

Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:

--¿Por qué no escribe usted artículos?

--Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.

--No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.

Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba; requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón. Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia, atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los trances de mayor angustia pecuniaria.

Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito, honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar, aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en Pilares.

De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.

Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano. Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias de los acreedores ya estaba él en la calle.

A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta era su manera natural de producirse, discutía _in vacuum_, como siempre se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa recompensa a su lealtad política.