Part 4
Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos, como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con tanto mimo y regalo como a una yegua _pursang_; su vuelta a Madrid y la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante, lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco chinchorrero.
[1] _Tinieblas en las cumbres._ Novela.
Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar, cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez; y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente, que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega, el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda, placentera e inefable sensación de libertad.
Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos», pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada hablaban a gritos.
--¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! --decía Conchita.
--Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas... --replicaba el visitante.
--No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.
--Pues entro a ver a Rosina.
--Vaya; pues no faltaba otra cosa...
--Conchita, que te doy dos azotes... --y el visitante reía a carcajadas.
--A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.
Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:
--¿Qué ocurre?
--Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará, porque ese cuando dice allá voy...
--No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.
--Pero ¿tú conoces a Angelón? --preguntó Rosina, algo asombrada, ante la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la fortaleza de uno y la flaqueza del otro.
--Sí, le conozco --y revelaba una energía latente capaz de consumar hechos increíbles.
--Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No nos cansará mucho tiempo.
Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita; abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa, con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias, colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad. Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí; asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló:
--Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita --y luego, dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó--: Está bien la cucañera chiquilla.
Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de risa, murmuró:
--A usté hay que dejarlo o emplumarlo.
--Lo mismo digo, Conchita --respondió Angelón, colocando a Conchita en tierra. La muchacha huyó avergonzada.
Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.
--Entonces, ¿no está don Sabas?
--No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.
--Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?
--Bien o mal, me parece que no es para ti.
--¡Quién sabe! ¿Tiene novio?
--Sí, un encuadernador.
--Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya --se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos--, también los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como Rosina, no está mal, ¿verdá neña?
Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:
--¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que le recomiendo a don Sabas?
--¿Quién?
--Echa a ver.
--Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.
--Y tuyo.
--¿Mármol?
--No, Alberto.
--¿Qué Alberto? --inquirió aquí Teófilo--. ¿Díaz de Guzmán?
--Sí, el mismo --respondió Ríos--. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa?
--Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora?
--Estos días parece que anda algo malucho.
Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.
--Neña, qué pez tan apetitoso --exclamó Ríos, contemplando el pez color de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la bola de vidrio.
--¿Quién, Platón?
--Digo este pez.
--Sí, Platón.
--¿Cómo Platón?
--Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...
--Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me parece suculento.
--¿Suculento?
--Sí, suculento. Me lo comería de buena gana.
--¿Es una payasada?
--Es la verdad.
--¿Quieres que te lo fría Conchita?
--Quita allá. Tal como está.
Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la boca. Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los labios, coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que bebe y se engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el estómago y afirmó:
--Exquisito.
--¡Qué atrocidad! --comentó Teófilo, sonriendo.
--¡Qué bárbaro eres! --dictaminó Rosina--. Oye, te advierto que si quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes suponer; pero las razones las ignoro.
--Gracias, neña, me basta con Platón, que por cierto era muy sustancioso, aunque filósofo. Pero, chica; es que hoy no he comido aún... Ando tan apurado...
--¿De tiempo?
--¡Bah! De dinero.
--¡Qué payaso eres! --aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a Angelón y su distinguida, flamante indumentaria.
--Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen provecho.
--Lo mismo digo, Angelón.
Ríos salió de la estancia como un torbellino.
Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir:
--De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo...
--No ha sido, sino que es.
--Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo.
--No lo presumo...
--¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes con él?
--Pero, hombre, ¿qué te importa?
--¿Eh?
Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello con los brazos.
--No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa, porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes. Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!, luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él, Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la cárcel. Es una historia ridícula.
--¿Y nada más?
--Nada más, hombre.
Le besó en los ojos.
--Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.
--¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.
--Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...
Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.
Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus piernas.
--¿Y qué soy yo sino una cocota?
--Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.
--Sí, sí; pero, ¿cómo?
--¿Cómo?
Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con arrebato.
--Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre. Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el otro.
«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera recordar qué era ello.
--Por lo pronto --añadió Pajares--, hay que romper con don Sabas.
--Sí, sí --contestó Rosina sin convicción.
--Hoy mismo --determinó Teófilo.
--Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así de repente.
--Hoy mismo --repitió Teófilo.
--No seas cruel --Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e implorante--. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco... Ten compasión de mí.
Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:
--Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él, ¿qué tal? --y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba los labios.
--¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él! ¡Qué felices, qué felices vamos a ser! --continuó prodigándole blandas, enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.
Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el afrodisiaco superlativo.»
--¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo; sí, en El Escorial. ¡Di algo!
--Sí, Rosa; tienes razón.
--¿De veras te parece bien?
--Sí, mujer.
--¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?
--Sí, te haré versos --asintió Teófilo sonriendo con amargura.
--Y luego los publicas en _Los Lunes_. Calla; pues resulta que el viajecito te va a dar dinero... --poniéndose en pie Rosina palmoteaba como niño rico ante el escaparate de una confitería.
«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario, además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta. «¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente, y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes, botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan donde menos se piensa.
Entró Conchita, desvariada, empavorecida.
--¿Qué ocurre? --interrogó Rosina, contagiada del pavor de la doncella--. ¿Algo de Rosa Fernanda?
Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a materializarse y abrió aleladamente los ojos.
--Que, que --rompió a explicar Conchita temblando--, que... don Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la puerta del piso.
--¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!...
Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.
--¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! --De los arrestos bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto, Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al ministro.
Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había tranquilizado. Ordenó a la doncella:
--Vete a abrir y que pase aquí como siempre. --Salió Conchita. Rosina imploró--: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo que está de visita.
Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo así como terror atávico.
Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del perchero.
IX
_If music be the food of love, play on._
SHAKESPEARE.
... como la vihuela en el oído Que la podre atormenta amontonada.
FRAY LUIS DE LEÓN.
Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:
--¡Hola, Pitusa! Hace frío.
--Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para ser tan friolero.
--No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor de afecto en el alma --su afirmación contrastaba con la frialdad del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa--. Me consentirás que no me quite el gabán.
--Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.
Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre, carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización expresiva del _magnificum cum comitate_ o dignidad benévola de Séneca. Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando beatíficamente un pasto abundoso y graso.
Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.
--Estoy cansado, Pitusa.
--¿Has trabajado mucho hoy?
--¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin corbata. ¿Dónde está Platón? --desde que había comenzado a negar la utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola, esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad, tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre los ministros y las corbatas.
Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de azafrán.
--¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.
A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de un conflicto.
Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.
--Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble. Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto, con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi dimisión.
Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó a destiempo:
--¿Tan pronto?
--Tan pronto ¿qué?
--La dimisión, digo.
--¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.
Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo. Por suerte se acordó de la carta de Ríos.
--Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.
Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en concluyendo de leerla.
--Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma. Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes --y con mirada distraída examinó las botas--. ¿De quién son aquellas botas?
A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento instintivo de retirar un pie.
Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.
Rosina no se atrevió a mirar.
Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en posición erecta, a la usanza rabínica.