Troteras y danzaderas: Novela

Part 27

Chapter 274,117 wordsPublic domain

Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla, sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo, la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante, que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a grabar bien en la memoria la aprendida lección.

Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.

--¿Quién te escribe? --curioseó Teófilo, que había caído en un infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.

--Voy a ver. Arsenio Bériz.

Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo, huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.

Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti. Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación, me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria por efecto del incentivo carnal --llámalo amor, si quieres-- que me inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo, encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y canallesco! Compadéceme, _Arsenio_.»

Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:

--¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta don Remigio, el canónigo; parece mentira --doña Juanita palideció--. Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y no con Lucrecia --contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en todo caso hacia lo imposible--. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.

--¿Para qué? Lo de la otra vez.

--Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?

En esto entró Travesedo.

--Nunca.

--¿Y tu novia?

--He roto con ella.

--¿Cuándo?

--Hace varios días.

Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la habitación, fue obra de un minuto.

--¿Es cierto lo que has dicho?

--Sí.

--¿Te has cansado de Fina?

--No.

--Entonces, ¿es cuestión de ideología?

--Desde luego, y otras cosas largas de explicar.

--Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me caso, y en seguida. Por amor y por ideología.

--¿Cuándo?

--No lo sé aún.

--¿Con quién?

--No lo puedes saber aún.

Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos sentados, sin hablar palabra.

--¡Aquel día, aquel día!... --exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.

--¿Qué día, hijo mío? --preguntó doña Juanita.

--El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez; de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa, fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte; quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.

Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.

--¿Quieres confesarte, hijo?

--Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos, para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora quedo tranquilo.

Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.

Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso, consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.

--Hijo mío --comenzó a hablar con voz tenue y aplomada--, más grave que tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que el demonio pone a veces en nuestra carne mortal --doña Juanita estaba de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro. Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y netamente--: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio Villapadierna.

Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo; este la detuvo con un movimiento del brazo.

--No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia. Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras. Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? --doña Juanita se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la del enfermo comenzó a murmurar en voz baja--: Hermógenes se casó conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera. Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo. Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble, caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú --doña Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos--: Durante los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase. Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante, me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer! --nueva pausa de Doña Juanita--. Años y más años, muchos años, hijo mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca, nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con lágrimas en los ojos, tu perdón.

En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando el fuego de su calentura.

--Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore, madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el alma.

--¿Que tú sabías?... --Dijo doña Juanita, incorporándose.

--Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa. Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre, béseme.

VI

Chi sará sará.

DIVISA HERÁLDICA.

La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno de estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le suplicó:

--Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le dirás que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien; Fernando es la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y falsedades, una criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono.

En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo de Dios que se apaga».

Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como el de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se creyó en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y costó gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad.

Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y abandonar la casa.

Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina:

«_Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas horas. Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París. Tendremos mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y media._--ROSINA.»

Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto.

No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán; encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba.

--Ya no me caso --declaró con voz macilenta. Y como Guzmán no respondiese, prosiguió--: Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace tiempo que la quiero; pero no podía sospechar que la quería como mujer propia, ni siquiera yo lo había pensado, hasta que con motivo de esta enfermedad del pobre Teófilo se me reveló no como una mujer, sino como lo que es, como un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera. Reconocerás que en los últimos días esta extraña criatura alcanzó las más altas cumbres de la sublimidad. Reconocerás también que, aun concediendo todas estas perfecciones intrínsecas en Verónica, el acto de solicitarla por esposa, dados sus antecedentes, supone en el pretendiente cierta abnegación y un gran desprecio de la opinión pública. ¿Era verosímil suponer que Verónica rechazase a un hombre honrado e inteligente que le propone el matrimonio, y con él la dignidad y el olvido de su vida pasada? La inteligencia, el sano raciocinio, responden que no era verosímil esta hipótesis, sino que lo necesario, por racional, era que Verónica acogiese con llanto de agradecimiento a este hombre. Me parecía a mí que la ocasión más solemne y oportuna para dar el paso era hoy, día de la muerte del pobre Teófilo, de manera que el anillo que a Verónica le iba a ofrecer fuese como corona y reconocimiento de sus heroicas virtudes, aquilatadas estos últimos días. La tomo aparte. Le hablo todo conmovido, ¿qué quieres?, no lo he podido remediar. Ella llora y dice: «Don Eduardo, es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle a usted lo mucho que le agradezco esto que usted hace. Pero es imposible.» En otra mujer cualquiera la palabra imposible no significa nada, y muchas veces todo lo contrario de su contenido gramatical. Pero yo creo conocer a Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de conciencia?», pregunté, y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí, por tu vida de otro tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los ojos muy abiertos y sorprendidos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada. «No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a bailar.

--¿Cómo a bailar?

--Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo, piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos nada de nada.

Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina. Se presentó en el hotel de sobremesa.

Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las mejillas.

--¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes celos, Fernando?

Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y tranquila. Tendió la mano a Guzmán.

--Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.

--Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.

Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»

Se encaminaron al teatro.

Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca; llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un escalofrío.

Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público hasta humedecerle los ojos.

En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los sentidos.

Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando habló:

--¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?

--Mameluco --refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente el muslo de Fernando--. ¿Olvidas que Alberto es literato?

--No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta.

Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba frenético.

Rosina deseaba visitar a Verónica en su _camerino_ y despedirse de ella. Guzmán la disuadió:

--Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le escribes una carta y al avío.

--Tiene razón don Alberto --afianzó Fernando--. Vámonos a dormir, que mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje.

Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:

--Sí, vámonos a dormir.

A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de Alberto:

--No sé cómo agradecerle...

--¿Y Nora?

--Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los demonios.

Se despidieron.

Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.

En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo, Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras, estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna voluntad de la naturaleza.

--A ver si nos haces una visita en París.

--Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa, de todo corazón.

--Buen viaje y que Dios os guarde.

Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto, antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas, y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.

--¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?

--¿Qué artículo?

--El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo --hablaba Muslera; pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando, ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban. Prosiguió--: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en su _Encyclopédie Méthodique_: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo: ¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España?

--Pues si le parece a usted poco... --murmuró Guzmán con sordo encono.

--¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.

--Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.

FIN

Múnich 10 noviembre 1912.

ÍNDICE

Parte primera - Sesostris y Platón

I 5 II 11 III 18 IV 22 V 28 VI 31 VII 40 VIII 43 IX 57 X 74

Parte II - Verónica y Desdémona

I 81 II 83 III 91 IV 93 V 94 VI 104 VII 122 VIII 126 IX 141 X 147

Parte III - Troteras y danzaderas

I 161 II 171 III 178 IV 190 V 196 VI 200 VII 208 VIII 211 IX 224