Troteras y danzaderas: Novela

Part 26

Chapter 264,000 wordsPublic domain

Teófilo había venido al pueblo con la determinación de aprovechar el verano para _cargarse otro drama_, como él decía. Pasaba el tiempo, sin embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto, rogándole que le proporcionase algún remedio.

--No sé cómo te arreglas --habló Teófilo--. Trabajas todos los días cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago. No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué debo hacer yo?

--Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves, no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas. Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo.

--Así es. Acaparado por completo --repitió Teófilo, esbozando una sonrisa de candoroso orgullo--. Se cree vulgarmente que el amor estimula el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la poesía. Ahora veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un anulamiento tan placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa; aguardaré. Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo ahora vivo.

--Sí; vivir es sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice Stendhal.

--Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior no hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy desmejorando bastante? --Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos traicionaban escondido anhelo.

--Un poco, es natural.

--No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me repondré en muy pocos días.

A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán dijo:

--Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi novela.

--«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los tres amigos.

--Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo pensáis marchar vosotros?

--Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo? --y contempló al poeta con mimosidad--. Por lo pronto, no tengo contratos hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí todo el mes de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes quedar también. O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas, puedes volver después de publicado el libro.

--No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los testigos. Antonia no me perdonaría que faltase.

--Pues hijo, te portas como hay Dios --dijo Verónica, desabridamente--. Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. _Eso_ es una cesta que pesa varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.

--Ven a Madrid conmigo.

--Estoy por marcharme también.

--Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más --habló Rosina--. Seremos muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú --dirigiéndose a Alberto--, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes, porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos, y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de percebes...

--¡Quédate! --rogó Teófilo con gran amargura en la voz.

--No me es posible.

Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo confidencialmente a Alberto:

--Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía. Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí, miedo.

--¿De qué o a qué?

--No lo sé yo mismo.

IV

Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar.

Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a los asistentes a su boda un almuerzo en el _Ideal Room_. Aparte de Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio, el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti, compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y, aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.

Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.

--Son felices; serán felices --exclamó Travesedo, aludiendo al flamante matrimonio.

--Son felices; serán felices --hizo eco Guzmán.

--He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos, educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde! La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la bondad y la belleza de la vida.

En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.

--Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando por usted hace dos horas.

--¿Un judío?

--O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le entiende lo que dice.

Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos meses.

Heinemann revelaba gran agitación.

--Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a consultar lo que me ocurre --dijo en francés.

«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta:

--Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.

--En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!

Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se prestase a ello.

--¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? --murmuró Guzmán.

--Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario. Nora dice que de lo contrario se suicida.

--¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida?

--Lo sabe. Estamos decididos.

--Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole moral.

--Lo que usted quiera.

--Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente. Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...

--¿De un crimen, quiere usted decir?

--No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.

--Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido? --Heinemann ponía y quitaba el monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión. Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann--: ¿Qué hubiera elegido usted? La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento.

Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento. Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca de la vida. Guzmán le interrumpió.

--Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es que yo no conozco a ningún médico o comadrona...

--¡Sálveme usted! --suplicó Heinemann, tomando entre las suyas entrambas manos de Guzmán.

--¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma tanto a ustedes tener un hijo.

--Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio, convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.

En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la puerta y gritó:

--¡Eduardo!...

Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió lo que Heinemann pretendía.

--Pero eso es un crimen --comentó Travesedo, sin poder contenerse.

--Si antes de nacer --replicó secamente el alemán-- le hubieran dado a usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?

Hubo una pausa.

--La nada --respondió Travesedo, con energía.

Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los hombros aquella masa sideral de tinieblas.

--Yo amo a los niños --bisbiseó Travesedo, con acento de confesión--. Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un Goethe? --Hizo una pausa--. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?

--O esta otra --repuso el taciturno Heinemann--. ¿Será un tirano, un ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado, grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión, tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y fea y no vale la pena de ser vivida.

Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo, dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.

Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de visita y la respaldó con lápiz.

--Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me lavo las manos. Usted se entenderá con ella.

Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo mismo:

--La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que aconseja Hartmann.

V

A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y yo. Teófilo mal.»

Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.

Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos, Verónica, sin saludar, dijo impaciente:

--Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.

Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.

--¡Me muero, me muero, me muero! --sollozó Teófilo. Cortole la palabra un acceso de tos.

--Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira... --y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.

--Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.

--Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en Celorio? --preguntó Travesedo.

--No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.

Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.

El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:

--No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han especificado los síntomas.

--En todo caso, la enfermedad es grave --sugirió Travesedo.

--Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.

Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita, quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita con singular predilección por aquellos días.

El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta, con todos los muebles y ropas.

Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica.

Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.

--Pues verás, hijo mío --explicó Verónica--. Hace cosa de ocho días, Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando. El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso, tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza, ¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue: «Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo; él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da el corazón que cura.

A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su diagnóstico.

--Sospecho que se trata de un caso de granulia --dijo.

--¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? --inquirió Travesedo.

--Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre. ¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?

--Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico --habló Guzmán.

--Si fuera granulia, como presumo --continuó el médico--, conviene que ustedes se precavan del contagio.

--Y si fuera granulia --preguntó Travesedo--, ¿el caso es desesperado?

--Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra muy débil.

--¿Sin remedio?

--Sin remedio.

A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.

--¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? --consultó Travesedo.

--¿Para qué? --interrogó a su vez, con amargura, el médico--. Por el contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con cuidado con el contagio.

Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del contagio. Concluyó:

--Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc. que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación. Es una tuberculosis virulentísima.

Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la destrucción, exclamó con ánimo heroico:

--¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa, porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!

Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre los ojos, con ternura infantil y suplicante:

--Madre, me muero.

--Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has oído: no consiento que se hable de cosas tristes.

--Madre, creí que usted no vendría.

--¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?

--Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.

--Estos mozuelos --replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo--, estos mozuelos tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, ya te explicaré --y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de la muerte.

Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios, en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido el enfermo terminarán muy pronto.»

--Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a qué carta quedarnos --dijo Lolita.

Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.

Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un butacón, con los ojos entornados.

--¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a bailar de nuevo? --habló Verónica.

--¿Y te vas a marchar? --bisbiseó Teófilo.

--Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y luego vuelta aquí, si usted me necesita.

--Sí, sí.

--¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?

--Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.

--¿Quiere un poco de agua azucarada?

--Sí; me abrasa la boca.

Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.

--Gracias, Verónica. Bendita seas.

--Calle, no diga. Si no vale la pena...

Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica, la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.

--Acércate a mí, Verónica --suplicó Teófilo--. Tengo que hacerte una revelación.

--Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza --Verónica no sabía lo que decía.

--Acércate.

--¿Qué me quiere?

--Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo me hubiera enamorado de ti... --interrumpiose para toser. Respiró afanosamente y continuó--: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber; pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?

Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el fuego de los suyos.

--¡Verónica! ¡Verónica!

Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos negros. Hubo un largo silencio.

--Yo también te quiero a ti, Verónica.

Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de Teófilo, murmuró:

--Usted no puede dejar de querer a la otra.

--No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.