Part 25
Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso. Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey. Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales, atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo:
--Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.
--¡Basta! --suplicó Travesedo.
--¡Basta, basta, por Dios! --añadió Verónica, con lágrimas en los ojos.
--Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia --habló Grajal.
A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: _la Coral_, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una oftalmía purulenta; _la Leopolda_, segoviana, según dijo, joven y bonita; _la Araceli_, coja y con cara de foca; _la Aragonesa_, de pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad. Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa de trato estaban de pupilas.
Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. _La Aragonesa_ salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón y lloraba exasperadamente.
--¿Es su hijo? --preguntó Verónica.
--Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica --rezongó la madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño.
--¿Qué tiene? --preguntó Rosina.
--Sífilis --respondió la madre.
--Entonces usted... --insinuó Verónica.
--Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo estoy tan sana como tú. Oye, ninchi --añadió, volviéndose hacia Artaza--, dame dos pelas pa la medecina.
Artaza se las dio.
En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de Verónica y la bella serenidad de Rosina.
Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el primero en decir:
--Così va il mondo.
--Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la noche en la Bombilla --propuso Artaza.
Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo. Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.
Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él. Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo:
--Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy ceñiditos, una polquita de organillo.
En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán, encendidos en deseos por Márgara.
Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan. Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja. Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego, los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado. Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a Grajal y Márgara sobre una _chaise longue_, luchando jadeantes a brazo partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.
Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y Márgara con chanzas picantes.
--¿Y Rosina y Teófilo? --preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las malicias.
--Nos la han dado con queso --respondió Angelón.
--Es la zorra más zorra que ha parido madre --decretó Artaza--. Toda la noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta lilial.
--Pero, ¿cuándo ha sido?
--¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola --habló Artaza, con enojada mueca--. Vosotros, al fin, no habéis perdido la noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama, _tomar_ sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben. Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso después de una juerga.
A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal, Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a Madrid.
En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:
--¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo?
--A mi pueblo en seguida-- respondió Márgara.
--En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la estación está cerca.
Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.
--Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas? --dijo Alberto.
--¿Adónde? --inquirió Márgara, con ojos ariscos.
--Ellas van a Pilares.
--Bueno.
--Toma este dinero.
--No lo necesito.
--Sí; lo necesitas para comer en el viaje.
Márgara lo aceptó sin dar las gracias.
Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca afabilidad. Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un departamento de tercera y aguardó hasta que el tren partiera.
Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como un ángel más que como una mujer.»
PARTE V
ORMUZD y AHRIMÁN
Οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.
HOMERO.
I
--Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú --Verónica palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz, ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la comida.
Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una casuca de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre el entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos, perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con los huertos de las casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja de hierro pintado de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y huerto estaban asentados en peña viva del acantilado de la costa, como todas las casas del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía al mar por una escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas estando alta la marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para quienes no supieran nadar.
Prosiguió Verónica:
--Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como si no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van a morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla.
--O comérnosla.
--Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en hablar por los codos. Bueno, he dicho.
Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a donde Alberto escribía.
--Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo. Quiero hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro del cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos días.
--Veamos qué es lo que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho.
--No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte; por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor para tales pequeñeces.
--Andando.
Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por encima de quebrados peñascos brunos.
--¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? --habló Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar la planta.
--Sin duda.
--A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?
--Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.
--Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo, hombre.
--Engañar... Explícate mejor.
--Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.
--No te acalores.
--No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco confianza.
--Creo que te equivocas.
--¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a Teófilo?
--Tal creo.
--¿Y al otro también?
--También. De distinta manera.
--¿Estás de guasa? ¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo que se dice querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a una sola. Y si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño. ¿Qué digo a un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se quiere sino a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de la gente no quiere a ninguna.
Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y dijo:
--¿Es eso todo lo que tenías que decirme?
--¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras?
--En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos viene.
--Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En ocasiones me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz?
--Teófilo no puede ser nunca feliz.
--Calla, calla.
--Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser.
--No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia, yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día por día?
--Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser.
--¿Te has vuelto loco?
Tomaron la vuelta de la casa en silencio.
II
No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga en la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina:
--Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos a hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado. Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme, costare lo que costare.
Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica, evadiéndose por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases apasionadas que a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido en la cuestión concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él quiso, aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de guardar prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible.
Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a veces llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo como empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando. «Odio a Fernando --aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo causaba el oírla--, lo odio porque es un tirano y un explotador. De aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él, porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en el último invierno, que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le dijese, _se acabó todo_, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco, con todas mis ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía acabar cuanto antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel dinero. Pero Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se emperraba en que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente había ganado. «Y sobre todo --añadió-- que ese capitalito, más que mío, es de mi niña, y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada tuvo que decir a esto.
A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a lo que Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la licencia absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya nunca de ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en extremo desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del dinero, y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día que le abandonase. «Ten paciencia, Teófilo --había suplicado Rosina--. Lo mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga hacer.»
Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego, Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia.
Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina temía que por sorpresa se presentase en Asturias. Solo de pensar en semejante contingencia se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada, acudió en un instante con el remedio, y fue llevarse a Verónica consigo, de manera que si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase por amante de la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de hábiles circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió por el pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo afecto y discreción fiaba.
--Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la nuca --dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con Rosina. Añadió--: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así, sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda. No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes de tu motu propio te arrastro por las orejas.
--¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por gorro? ¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos?
--A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo, que siempre te tuve por un buen amigo.
--Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.
--Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir?
--Te he dicho que sí, Verónica.
--Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el diablo las entiende...
--Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.
--Eres un barbián. Choca acá esos cinco.
--Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van los cinco.
Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje, permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:
--Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica, porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.
Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la cual él se había sometido gustoso.
--Entonces --repuso Travesedo--, ¿por qué no ha venido Verónica a solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también.
--¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que te someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado de ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado la coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer.
--Quizás solo en la Vicaría --concluyó Travesedo, después de pensarlo un rato.
III
Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente; esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo, afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones de pasado y futuro; en suma, el _carpe diem_ horaciano. Los cuatro moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en todo punto algo de estridente y acre.
Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de continuo de chácharas, risas y cánticos.