Troteras y danzaderas: Novela

Part 23

Chapter 234,102 wordsPublic domain

Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades, el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba, de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo, su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía, o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente sin que la gente se enterara.

Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras de asinidad definitiva), habló así:

--Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y corruptelas vergonzosas.

--Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan claudicantes y transitorios --dijo Pérez de Toledo.

--¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza Calderón, o Lope, o Tirso...

--Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... --comentó un joven periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del crítico, quien preguntó:

--Conseguir, ¿qué?

--Lo que se proponga, don José.

--Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto --concluyó el crítico.

Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer, tenía un apaño (_está metidísima_, _está enchuladísima_, fueron dos de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego cómico en una compañía de poco pelo.

--Alto ahí --cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente--. La compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé los principios esenciales del arte escénico.

--¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? --inquirió Pérez de Toledo.

--Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él --respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.

Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling, cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo entero, no era otro que el amante de Rosina.

Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público. Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de _A cielo abierto_ y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una sombra funesta diluida sobre el semblante.

La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual, por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos, hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado con una nueva ovación.

El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc., etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa viendo aquellos _cadáveres de rosas en féretros de espuma_. De la propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se veían muchos ojos empañados por las lágrimas.

Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:

--Ya estará usted contenta, señora.

Doña Juanita se echó a llorar.

--Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.

Doña Juanita balbució:

--Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día en que Teófilo hizo su primera comunión --doña Juanita temblaba extraordinariamente.

El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que Teófilo era un Schiller.

Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto. Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.

--¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense usted locuras.

--Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan hasta las mil y quinientas.

--Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.

Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas. Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer. Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros, levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación y preguntó:

--¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?

--Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted? --Lolita no cesaba de llorar--. Es que llamaba a Antonia para que me quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado _mico_ --diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto le originó olvidose de llorar.

Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco momento como la emisión del vocablo _mico_, porque le traía asombrada y absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle, a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la calle.

--Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o mejó, como un serdito --y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué decir ni qué pensar.

En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta.

* * * * *

En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso celebrar el éxito con champaña en _Los Burgaleses_. En el restorán fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios. Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:

--No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.

En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.

--Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.

--No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.

--Te acompaño. ¿Adónde vamos?

--A la ventura.

«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio profesional, su vanidad de poeta.

--¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece tu drama?

Teófilo no respondió.

--¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.

Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:

--No me dejes solo. Habla, que te escucho.

--Tu drama me parece estúpido. --Pausa. Teófilo no se dio por entendido. Añadió--: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad; suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se trague doce seguidos a palo seco --Alberto sintió una leve presión en su brazo. Pensó: «Esto va bien»--. Por supuesto, no se te puede echar a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón vituperaba en los latinistas españoles el _aliquid pingue_, un algo pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles, San Dámaso, se le llamaba _Auriscalpius matronarum_, cosquilleador de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito, como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos elogios.

Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.

--¿Qué te pasa? --preguntó Alberto.

--No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo toda la sangre en la cabeza --su voz era ronca y salía en coágulos. Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.

--Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?

--No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas. ¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro, desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? --la voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió. Repitió Teófilo--: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?

--No, claro que no. Ahora sosiégate.

--Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.

Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas estará durmiendo como una bendita.»

--Tomaremos un coche, si te parece --habló Guzmán.

--Sí; como tú quieras.

Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo y la cabeza caída sobre el asiento.

Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios. En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.

--Es algo aquí, en semejante parte --murmuró Teófilo, señalando la base de la caja torácica--. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me enfurece --añadió, levantando la voz y crispando los puños.

--Habla bajo.

--Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?

--No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de bajar la voz.

Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió, apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada y amorosa:

--Hijo de mis entrañas.

Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento estrangulado de ira o de pavor, bramó:

--¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.

La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris caótico.

--¡Hijo! ¡Hijo! --La primera exclamación fue de estupor, la segunda de manso reproche.

--Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea, porque te desharé entre mis manos --y Teófilo forcejeaba por desasirse de los brazos de Alberto.

Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.

--¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce; muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.

--Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir --Guzmán estrechó la mano de su atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más atribulada aún.

Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña Juanita se adelantó a hablar:

--No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.

--Es que...

--No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias por su solicitud. Buenas noches.

Guzmán se retiró pensando: «Nunca sabemos nada de nada.»

Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid.

VIII

Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo _Las Moradas_, de Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta:

_Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico, estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a almorzar conmigo? Tu amiga_,

ROSINA.

Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua caliente.

--Buenos días, sor Cruz.

--Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan viejos y se acerque el momento de la muerte...

--Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas tristes.

--¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo viera --sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche--. Un libro de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no sea para hacer mofa...

--Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.

--Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas, buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...»

--¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?

--Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora. De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares. Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.

--Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría.

--Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?

--Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y de todas maneras se puede servir a Dios --dijo Alberto.

--¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted --y sor Cruz salió riendo con benevolencia.