Troteras y danzaderas: Novela

Part 22

Chapter 223,940 wordsPublic domain

--Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan nada --exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán; luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.» La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto, patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre dientes:

--¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...

Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines, cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a media voz:

--Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta pelambre en el cubo.

Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio, flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente.

--¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! --suspiró la vieja santiguándose. Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos. Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos de ella.

--¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?

--Miren el arrapiezo, qué fisgona.

--¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta?

Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más acompañada que no con las personas mayores.

--Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.

--¿Por qué está usted nerviosa?

--No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues estoy nerviosa --doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras como ella quisiera.

--¿Y por eso está usted nerviosa? --Milagritos se levantó, se marchó y volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a leer--. ¿Cuántas horas faltan? --preguntó.

--¿Qué hora es?

--Las cinco.

--Pues faltan cuatro horas.

Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita.

--Ya puede usted ir al teatro.

Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:

--Hija mía...

--Ya puede usted ir al teatro --repitió Milagritos, sin despegar los ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba incontrovertible de que era hora de ir al teatro.

--Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es eterno. No sé cómo explicarme.

--Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde --dijo Milagritos con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular denuedo un cornetín de pistón.

La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después de anochecido.

Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al teatro de los Infantes a presenciar el estreno de _A cielo abierto_. Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y _smoking_.

Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa, al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones; quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a fruir del lírico festín.

Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y prosternándose, declamó:

Que el hada Felicidad derrame, noble Princesa, su dorada cornucopia, de bienes y rosas llena, sobre tus hombros gentiles, sobre tu gentil cabeza. Muchedumbre de galanes por tu amor riñen contienda de rimada pleitesía a uso de la Gaya Ciencia, y tus antojos atisban antes que los labios muevas, como el espía que escucha con el oído en la tierra.

Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado a tierra, agradaron por su originalidad.

A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a _reñir contienda_, como había dicho el rey de armas, por un beso en la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los entusiastas. Un guerrero, que _aunque rudo y áspero como la crin del león de los desiertos_, aspiraba, como bobo, a _ungir su braveza_ con aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en alejandrinos contra los afeminados cortesanos, _parásitos de la mesa de los magnates y polilla de las damas_, que de esta suerte los calificó el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, _que fuerzan el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos_, no de otra suerte que _el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa_. Esta imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros, y en un rapto de inspiración vertida _en las ánforas helénicas de los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos_ (insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas) encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario, juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana, mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada; pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible (Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo. Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento, en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa, y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución, y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes, puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la balada tenía el consonante en _ía_:

Tras de tu airón yo me iría, tras tu canto-hechicería que trueca la noche en día, y la sombra en armonía, y el desierto en lozanía de rosas de Alejandría. Tras de tu airón yo me iría, trovador del alma mía, cisne del ala bravía... etc., etc.

y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó por extremo al público. El deleite a cada nuevo _ía_ se acrecentaba hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos, a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo.

La segunda estrofa aconsonantaba en _on_, y era la misma canción:

Me iría tras de tu airón, tras tu canto-anunciación, que encinta a la creación con luz viva de ilusión... etc., etc.

La tercera estrofa tenía el consonante en _aba_, y nunca se acababa; esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí.

La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.

--¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! --se oía de un lado a otro.

Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada, y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: _Tras de tu airón yo me iría_, remedando, en la medida de sus respectivas facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán.

Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada _de los ías, ones y abas_ hacía pensar en un borrico dando vueltas a una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a Monte-Valdés, y dijo:

--Eso hay que probarlo --sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis pimpleo.

--En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.

--Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande --como si el ambiente fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano--. ¿Qué me dice usted con eso? --habló el caballero barrigudo.

--En segundo lugar --continuó Monte-Valdés sin conceder atención al interpelante y enarcando mucho las cejas--, el conflicto dramático es absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos mujeres, _unam feminam nihil_...

--Camelos, no --atajó el caballero barrigudo.

--Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, _como la crin del león, cisne del ala bravía_, cuando me consta que Pajares no ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne, porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como Góngora asegura.

--Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese notar los desatinos de la obra.

--En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío. Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta gallinácea.

--¿Y eso lo sabe usted acaso --interrogó el caballero barrigudo, con sorna-- directamente por su antepasado?

--Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota. La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de Oviedo, _Sumario natural de la historia de las Indias_, y él lo llama pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es cosa archisabida.

Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.

--Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra --y el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés.

La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él quisiera que inflasen las velas _con tanta violencia como la pasión le hinche a él el pecho_. Los marineros refieren historias de piratas. Y como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata. Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima a los cristianos. _Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba de los mares._ _Son piratas_, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha aceptado y digerido una sarta de _ías_, una retahíla de _ones_ y un celemín de _abas_. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero, se añadía, el teatro es siempre efectismo.

En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad, desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente, sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable. Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para ellos empeño del amor propio.