Troteras y danzaderas: Novela

Part 2

Chapter 24,057 wordsPublic domain

Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el brazo y dijo:

--Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala mujer, se quedan.

--Pero es que... señorito --el señor Emeterio titubeaba.

--He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al punto.

III

--La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete.

--Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el comedor.

--A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? --soltose a reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba a Teófilo.

--Es usted tremenda, Conchita --balbuceó Teófilo azorándose.

--Tráteme usted de tú, don Teófilo.

Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi facha...»

--Es que en el comedor hay más luz, Conchita.

--Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas ahumás.

Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.» Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una _prostituta_?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al cabo, una _prostituta_.» _Al fin y al cabo_ valía tanto como «aunque yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba pensando: «Lo natural, lo decoroso, el _gesto bello_ de este trance risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita, para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas: «¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria. Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo, a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»

--¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... --cuando le entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras, Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina, sin el concurso de la voluntad.

--¡A ver, a ver, que yo me entere! --Conchita colocó los brazos en jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien pensaba que se burlaban de ella.

Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.

--Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.

--Eso es lo que a usté menos le importa --dijo Conchita con sequedad que no era hostil.

--Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al comedor.

--¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!

Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo iba a remolque, le condujo al comedor.

--¿Lo ve usté? --preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la habitación.

Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada barría.

--¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?

--Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es antipático.

--Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.

--¡Concha!... --gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior de un aposento.

--¿Qué hay? --respondió Conchita.

--¿Quién está ahí? --preguntó la voz.

Y Conchita:

--Un amigo de la señorita.

Y la voz:

--¿Es el señor Menistro? --por el tono se comprendía que lo pronunciaba con letra mayúscula.

Y Conchita:

--No, señor.

Y la voz:

--Pero, será amigo del señor Menistro...

Y Conchita:

--No lo sé. Es un señor poeta.

Y la voz:

--Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?

Y Conchita:

--Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe --volvió a tomar de la mano a Teófilo y salieron del comedor.

--¿Quién era? --interrogó Teófilo muy sorprendido.

--El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte, no sé en dónde. Ahora está ciego.

--Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la vida que lleva su hija.

--Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya, entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.

IV

Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas. A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.

Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil, los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.

En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro, de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche.

Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de Conchita y de la luz.

La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con suavidad.

--¿Qué hora es? --preguntó Rosina, con voz algo ronca.

--Las diez y media, sobre poco más o menos.

--¿Por qué me despiertas tan temprano?

--El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.

--Es verdad. Ya no me acordaba.

Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire, desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás, dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos, cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.

--Que no se despierte la niña --bisbiseó Rosina, incorporándose y haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana y semivegetal.

El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»

--¿Dónde está Celipe? --preguntó una clara voz infantil.

Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda. La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir.

--¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí, que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha hambre. Ven, ven.

Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más ternezas y amorosos dislates.

Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños, repitió:

--¿Dónde está Celipe?

--¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a llorar.

Y comenzó a simular afligido llanto.

Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla, repitió indignada:

--¿Dónde está Celipe?

Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.

--¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! --refunfuñó Rosina, fingiéndose enojada.

Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir, con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica, como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto, enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias.

--Señorita --atreviose a sugerir la doncella--, que el pobre señor de Pajares está esperando.

--Sí, tienes razón; dame acá el kimono.

Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva, glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.

Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño, seguida de la doncella.

En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.

--Pero, ¡qué bestia es esa mujer! --comentó Rosina nerviosamente--. Y él ¿no le dijo alguna frase oportuna?

--Arpía; fue lo único que yo le he oído.

--¡Pobre Pajares!

--Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...

Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza, si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo.

--¿Cómo viene vestido hoy?

--¿Cómo? Anda, pues de príncipe ruso. Ya conoce usté la _mise en escène_: pantalones con fondillos y sus flecos, calzao americano, que es la moda (quiero decir, calzao que proviene de las Américas del Rastro), y la chaqueta que puede pasar... que puede pasar al carro de la basura. Pues no le ha visto usté en calcetines.

--Claro que no. ¿Es que le has visto tú?

--Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá Donisia le había sacao una bota?

--¡Qué bestia de mujer!

--Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín.

--Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me gusta oír hablar mal de Pajares.

--Si es que le tengo lástima.

--¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen envidia...

Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que había contraído directamente del propio Teófilo.

--No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y envidiosas... Ya está el baño.

Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los ojos. Estaba pensativa.

--Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo?

--No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.

--Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno; tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la Peña, pongo al caso...

--Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.

--No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No debía de haber por dónde cogerme.

--Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.

Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.

--Pues digo más, y esto para el señor Pajares --prosiguió Conchita--. Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba pero que ni esto.

--Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que Teófilo tiene una gran figura.

Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para sus adentros: «Está chalá por el poeta.»

Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no volvieron a cambiar una palabra.

V

Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un ruiseñor odiaría un solo de cornetín».

El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías, a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles, trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra, de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»

Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del aposento.

El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo, reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad. Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró, considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.

Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos, y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.

--¡Celipe! ¡Celipe!

Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y a murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales: los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por exabruptos de energúmeno.

Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el gabinete Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida a costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para con el que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como acontece con la poesía y con la música, sino que todos sus pasos y estados de ánimo, aun los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano en estado de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores y armonía estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es: no _sentía_ el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o de melancolía, sino que lo _contemplaba_ como lienzo a medio pintar. Tal era su manera de comprender el libre albedrío; cada momento en su existencia no era obra fatal del momento precedente, sino la nueva figura del cuadro, hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando locamente a Rosina, no se juzgaba constreñido a ello por la fuerza de unos hechos necesariamente concatenados, sino por propia elección y apasionada voluntad de coronar el fondo tenebroso del cuadro de su vida con aquel vivo oro de aurora a guisa de firmamento. De esta cualidad materialista de su imaginación provenía que Teófilo no comprendiera el arte de la pintura, si bien gustaba mucho de perorar acerca de ella, con entonaciones críticas.

Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía era una mala caricatura de su propósito primero!

Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué velo de ilusión que lo exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla.

Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios mío!»

VI

--Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... --dijo Rosina, sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete--. Vestía un traje, hechura sastre, de _homespun_: áspera estofa de un medio color parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas.

Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura sedente.

--Andando --indicó Rosina.

Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo y no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a que saliese.

--Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me lleve algo del gabinete? --murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.

Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y partía, murmuró llanamente:

--Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco, señor Erizo. Voy andando delante. --No le desplacía la hosquedad de Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba.

En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos estaban negros.

«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente; algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad. Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al estorbo, enviándolo largo trecho por el aire.

--¡Pobre Sesostris! --exclamó Conchita.

Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del ministro.