Part 19
--A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no; lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos, que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos» es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo mal --rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un calorífero--, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más. Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus artículos o dígale que su conferencia ha sido una _batata_, como se dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir, «respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica, mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué hacerse de él, con la espada escribían _nihil_ en el mar, daban toda su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven Tejero me derribó con un discurso... --don Sabas sonrió amargamente--. De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles. Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera. Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué dice usted?
--Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.
--Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? --inquirió benévolamente don Sabas.
--¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.
--No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo haberle aburrido.
--No, de ninguna manera.
--Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes.
Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras, otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora, tenía un gato sobre las piernas. Habló así:
--Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato, y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver --dirigiéndose al gato--, ¿por qué no te has presentado en la tribuna y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio.
--Señores --insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado, encarnación austera de la ecuanimidad--, procuremos ser justos. Se pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.
--Pues eso es precisamente lo que decimos --replicó uno de los del diván, de cara aplastada y obtusa--. Que ha sido una conferencia llena de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era bambolla.
--¡Es un farsante! --falló una criatura enjuta y vehemente que hacía claudicar su mecedora con descomunal denuedo.
--Para mí los farsantes son dignos de toda admiración --declaró uno de los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de hombre sobre un cráneo de niño--. Para ser farsante se necesita, como condición _sine qua non_, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a la farsa la llamásemos _pose_, y a eso otro que caracteriza a Mazorral y a muchos animales inferiores, _mimetismo_. La simulación es una forma zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los ortópteros que entre los periodistas. La _phyllia_ y la _callima_, por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera de ellos. El _mimetismo_ es una actividad irracional, instintiva, despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario, la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se acostumbra a llamar _pose_. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... --sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre.
--¡Bah! _Mimetismo_ o _pose_ o farandulería, ¿qué más da? --observó un ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los ojos vueltos hacia el cielo raso--. El caso es que Mazorral no ha dicho nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos: ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo, si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos de Tejero.
--¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable! --clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica--. «Nosotros, los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva generación nos incumbe...» --peroraba en tono campanudo, contrahaciendo la voz abaritonada y vibrante de Mazorral--. Cualquiera diría al oírle que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón de este nuevo periplo. ¡Formidable!
--Señores --volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto y mal trajeado--, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral, estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc. El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?
Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo Travesedo.
--Me voy a la calle, ¿vienes?
Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se marchaban salió con ellos.
IV
Había anochecido.
Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de Santa Ana.
--¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... --exclamó Travesedo, que estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.
--Por la Virgen santa... --rogó Teófilo--. ¿Vais a hablar todavía de la conferencia?
--Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner algunas cosas en claro --y se dirigió a Alberto--: ¿Me quieres decir ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla, hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón. Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor.
--Conforme en todo contigo --comentó Teófilo.
--La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons, un filósofo inglés, inventó una _máquina lógica_, un aparato que funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de segundo grado. _La crítica de la razón pura_, que no parece sino que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de _La crítica de la razón pura_, digo que, para el caso este libro es como la máquina de Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con _la crítica de la razón pura_ se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso: como dijo Hermoso --el hombre flaco y mal vestido-- «hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú?
--Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado. Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir, porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres, porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos, pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa: había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.» Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo: «Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a esta raza española que nunca los había tenido.
--En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y embotarse aquella sensibilidad?
--Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies; pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez meses ya andan.
Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor. Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros, agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.
--¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos --Travesedo se inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.
Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo, y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.
Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta. De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de Travesedo.
--¡Eh, Céspedes! --gritó Travesedo.
--Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?
--¿Podemos entrar?
--Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...
Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos, practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado. Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el sentido.
--¡Vámonos, vámonos de aquí! --suplicó.
Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.
--Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te sentará muy bien --ordenó Travesedo.
En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.
--Estos poetas... --dijo Travesedo, chascando la lengua después de trasegar una copa de aguardiente--. Eres más pusilánime que un conejo de Indias.
--Vamos a la calle a que me dé el aire --habló Teófilo, poniéndose trabajosamente en pie.
Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:
--Era Santonja.
--¿Qué dices ahí? --inquirió Travesedo.
--Santonja, mi amigo Santonja.
--¿Quién? ¿El anarquista?
--Sí.
--Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...
--Homobono.
--¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.
Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.
--Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje platónico, una bomba a un monumento!... --de pronto rompió a hablar con mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo--. Habláis mal de los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas. Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis, vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves que lloro? Y es de rabia...
V
En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche, la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la categoría de una _loggia medicea_. Colgada oblicuamente de la pared había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer creer a sus visitantes que lo había pintado ella.
--Pero, ¿sabes pintar?
--¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero ya lo he abandonao.