Part 18
--No sé aún. Ahora veremos --leyó--: «Querido Guzmán: Dirá usted y los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día (esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín, nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo. Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»
--¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... --murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.
--Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un deber adscrito a ese nombre.
--Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una ocasión...
--Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica. Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un éxito.
--Pero tú dices que es muy malo.
--Por eso será gran éxito.
--Entonces, ¿cuál es mi deber?
--Hacerlos buenos.
--¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?
--No importa.
--Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.
Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes. Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado, como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho: «Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le forzó ahora a hablar.
--¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora, suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer, y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra, porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles asfaltadas, el ciego decía: «Huele un _poquiñín_ a mar». Él decía un poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así, un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió: «Siempre es esto, pero en grande.»
Hubo una pausa.
--¿Qué sabes de Rosina? --preguntó Alberto sin subrayar las palabras.
--Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es una estrella de los _music-halls_ y que hace furor en París --respondió Teófilo, afectando excesiva indiferencia.
--Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
--Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
--Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
--¡Escribirme!... --exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida y añadió--. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media docena de palabras en toda mi vida.
--¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
--Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja! También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas; por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte, robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud, espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
--Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y enxuta!»
--Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados. Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o monstruosas?
--Sí, Platón.
--Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.
Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.
--Es curioso --observó Teófilo, como hablando consigo mismo--. Me he pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje, sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca, como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas lo contrario.
--No digo yo tal.
--Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es inútil, todo es inútil.
Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»
III
No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de las ondas en el mar.
LA CELESTINA.
Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo, esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos de exclamar:
--Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué indecente oscuridad!
Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.
--Señor --acudió Muro en seguida--, que estamos en el país de los viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad, para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud, y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas, los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es pasar el rato --hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza.
Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal, como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego. Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público, por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico, caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido.
Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y en cuanto dio con él le llamó aparte.
--No me digas nada --se adelantó a decir Guzmán, observando la satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante--, el negocio va a las mil maravillas.
--Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz. Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio. No hay negocio.
--¿Y eso?
--Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto en boca.
--¿Y por eso venías tan contento?
--Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito. Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué? Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí, este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando; pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud? ¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al zapatero? Pues entonces...
--Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?
--Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, adentro, a pasar este mal trago.
Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta, como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros, ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y mejor aire que los políticos.
Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.
La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola. Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas modulaciones que le daban emoción estética.
De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero. Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el _problema España_ debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de recibir en tal punto muchas miradas de través.
Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.
Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando abandonaban entrambos el salón.
--¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le estima.
Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente, de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres, e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó, con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a don Sabas era la pérdida de Rosina.
--¿No ha venido Pascual a la conferencia? --preguntó Guzmán a don Sabas, por preguntar algo.
--No sé. Anda tan atareado estos días...
--¿Con la boda?
--Sí, creo que sí.
--¿Cuándo se casa?
--No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la conferencia, querido Guzmán?
--Muy bien, ¿y a usted?