Part 16
Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y dijo con aire de indiferencia:
--Cinco mil.
--Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil..., tres --el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo tiempo--: Don Alfonso del Mármol talla.
--Banco --agregó al punto _el Obispo retirado_.
--Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos --murmuró Teófilo al oído de Angelón.
--Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase, mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las cartas favorecen al _motilón_? Pues Mármol se queda sin las cinco mil del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga la banca.
--¡Es curioso! --exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad del juego.
--¿Curioso? No veo la curiosidad... --murmuró Angelón, con desdén hacia la inexperiencia del poeta.
Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más considerables eran siempre las del _Fraile motilón_, de suerte que se mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.
--¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? --inquirió Teófilo, muy hostigado de la curiosidad.
--¿Qué es lo que ha dicho Alberto?
--Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.
--Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una mentira.
--¿Está casado?
--Y con ocho hijos.
--Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.
--No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.
Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol. Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de lo uno ni más de lo otro.
En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por parte del _Obispo_. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos. Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos, diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol desde el sitial del banquero al democrático escaño de _punto_; la buena suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de hombre que está a solas aburriéndose.
--¡Nos ha reventado ese puerco! --eyaculó Teófilo, malhumorado, sin poder contenerse.
--¿El qué? --interrogó Angelón.
--Nada. Digo que _el Obispo_ le ha ganado a Mármol todo lo que tenía. Solo le quedan dos mil pesetas.
--Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.
--Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?
--¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?
El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir a don Jovino:
--Hay una continuación.
--¿Qué quiere decir eso? --preguntó Teófilo.
--Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la misma baraja.
--Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo.
--Yo la continúo --tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes, y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no descubrir su desazón.
Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.
--¡Qué hombre admirable! --bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.
En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles, quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una emoción contradictoria e intensísima.
En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al juego.
--Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar un tiro...
--Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría estar loco.
--¿Que no puede ser? Puede ser y es --afirmó Teófilo, con entonación infalible.
--Pues yo no lo creo.
En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón. El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más sobre las dos mil que ya tenía apostadas.
--Banca abierta --musitó Mármol.
--¿Qué? --clamó don Jovino.
Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.
--No quiero verlo --rezongó, con los pulmones en suspenso.
Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba... Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo _nueve_. Giró sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.
--¡Qué suerte! --exclamó Angelón, ligeramente contrariado.
Un _croupier_ apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los paños; otro lo recogía con el _sable_. Mármol, en medio de los dos, no se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no atinaron a calcularlas.
A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El _Fraile motilón_ era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y, a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él, extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino recobraba la serenidad.
Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas, el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con aliento entrecortado.
--¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!
Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo. Algunos se precipitaron a sujetarlo.
--No es necesario --dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.
--Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? --se lamentó el buen señor, algo sorprendido.
--Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.
--Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?
--Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted algo de mí.
--¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?
--Diga usted la verdad.
--Yo soy un caballero.
Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.
--¡Diga usted la verdad, se lo suplico!
En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada austeridad:
--En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga usted el favor de marcharse.
--No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que más.
--Haga usted el favor de marcharse --e iba a asirle de un brazo.
--Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza. Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.
--Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.
Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:
--Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse si no le da la gana. Por lo demás --añadió, mirando a Fernando--, si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar --concluyó, contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.
--Claro que las apariencias suelen engañar --corroboró don Bernabé--. Yo soy un caballero.
Nuevas risas.
--Muchas gracias --dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de Alfonso del Mármol--. Y buenas noches la compañía.
Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.
--Vámonos nosotros también --rogó Teófilo a Angelón, poco después que el desconocido e iracundo joven se hubo marchado--. Estoy rendido.
--Vámonos si usted lo desea.
Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro, disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.
Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con torpes requiebros placeres complejos y módicos.
Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador, del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción, de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?» Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el segundo, en la prostitución.
--¿En qué pensaba usted? --habló Angelón.
--En nada --respondió en seco Teófilo.
--He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas, que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y vuelve la espalda a los hombres honrados.
IX
Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados. ¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca? ¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el alma?»
A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo. Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció a Verónica.
Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio, ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de algún cuidado.
--¿Qué ocurre? --preguntó anheloso.
--¡Ay, señor poeta! --sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada que enternece aun a los corazones más enteros.
--¿Está enferma de gravedad?
El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con los ojos enjutos. Habló don Sabas.
--Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde --separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o desesperación.
--Entendámonos --agregó Teófilo--. ¿No puede ocurrir que haya salido con la niña y les haya ocurrido algún accidente?
--No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.
En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes, porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y apasionada Rosina!
--Creía yo --prosiguió el ministro--, antes de concluir de leer la carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como quien dice.
El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.
El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos azotados por un ramalazo de locura.
--¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! --gritaba Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.
--Serénese usted, señor Pajares.
--¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita. ¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?
--Conchita... ¿Pero no sabe usted? --Teófilo se detuvo frente a don Sabas, sin escuchar--. ¿No ha leído usted los periódicos de esta mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez --aquí la voz de don Sabas temblaba--. Una desgracia nunca viene sola --don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño crucifijo del seno y lo besaba con desvarío.
Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz sombría, interrogó:
--Pero, ¿Conchita?...
--¡Pobre Conchita! --balbució don Sabas.
El ciego continuaba llorando con los ojos secos.
PARTE IV
HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA
Carpe diem quam minime credula postero.
HORACIO.
I
--¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos, rica, ven acá! --rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo, y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto (Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido dentro de la casa por el _teutón_, al cual, en la historia geológica inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones, porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico, no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).
El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas, el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera. Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de agua y de bosque.
Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.
--¡Que me traigan esa niña! --volvió a aullar Travesedo, elevando los brazos.
Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose, se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros. Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este respecto era Macías.
--No puedo oír llorar a un niño --declaró Travesedo, pasando su mórbida mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.
--Ni nadie --corroboró Macías, mojando una sopa en vino--. El llanto del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo. Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.
--¡Qué bruto! --exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.
Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad, y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.
--¿Has oído?
--Ya, ya --respondió Alberto, con gesto de lástima.
--Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese de que yo se lo digo --afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa, y continuó con entonación disquisitoria--: Esto del llanto de los niños es una sensación puramente española.
--Claro --entró a decir el teutón--, yo en Alemania nunca he oído a los niños llorar.