Troteras y danzaderas: Novela

Part 15

Chapter 154,044 wordsPublic domain

--Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas es este, es muy habilidoso --por Guzmán.

Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.

--¿Qué te ocurre? --preguntó Guzmán, ya en el pasillo.

--Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte en las nubes y quiera subir el contrato...

--No creo.

--Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes; luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera. Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle de las barbas, y qué sé yo. Figúrate.

--No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.

--¿Esa, miedo?

--Sí, hombre.

--No me tranquilizas.

--¿Y qué quieres que yo haga?

--Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.

--Ni que fuera un niño.

--Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora, en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de Pilares, ¿lo sabías?

--Sí, ya lo he visto.

--El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.

--Haré lo que pueda.

Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego precipitar la despedida.

Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla. Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta, Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.

--Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les parece que nos vayamos?

--¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima.

Se levantaron todos.

--¿Se marcha usté ya? --dijo Verónica a Monte-Valdés--. A mí que me gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese usté conmigo.

--Mujer, no seas egoísta --amonestó Alberto.

--O si no --Verónica comenzó a dar saltitos--, si a estos señores no les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.

--Eso es imposible, Verónica --atajó Alberto.

--¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé si consentirán tanta gente.

Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero, según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos, imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la exasperada voz de Monte-Valdés.

--¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...

Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales, después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente una ligera indisposición.

La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de la dirección.

Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo, cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces, perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a recuperar a su compañero.

--¿Han visto ustedes a Fernandito? --inquiría por todas partes con desolado lamento.

Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo, gallarda figura de mujer.

Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.

Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro, porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz desfalleciente:

--¡Fernando!

Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo entrar en la estancia, entornando después la puerta.

--¡Fernando! --suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida--. ¿No me conoces ya?

El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:

--¡Rosina!

Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno y orgulloso:

--Tenemos una hija: Rosa Fernanda.

De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente:

--¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche. En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.

Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al entrar.

--¿Qué le ocurre a usté?

--Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.

--¿Y el debut?

--¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala, muy mala y que no puedo cantar.

A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando: «Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a besarla, llorando.

--Si supieras, Conchita... Ea, adiós.

--Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.

Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno, comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.

--¿Qué te ocurre? --preguntó solícito.

--Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo? Mi sino es más negro que mis barbas --y se las mesó con ensañamiento.

La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.

Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado; el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio.

--¿Adónde vas? --inquirió Travesedo ásperamente.

--¿Adónde? Al palco escénico.

--Pues mejor te vas a otra parte --Travesedo añadió una frase poco gentil.

--¿Cosa?

--Lo que has oído. Que se terminó la función.

--¿Y el pallone?

--¿El pallone? --esta vez su frase fue menos gentil aún.

Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa; aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de boquilla.

VII

Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla. El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero: «A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de Fernando.

--Me siento mal.

Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.

--Ya no soy nada para ti --murmuró muy arisca, irguiéndose--. Mejor dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós --su voz era árida y conminatoria.

Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó de golpe sobre sus piernas.

--Cállate y no digas estupideces --masculló, triturándola casi, de lo cual recibía la mujer una alegría dolorosa.

Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula, como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder.

Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:

--Vamos a mi casa.

--No puede ser.

--¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?

--No puede ser.

Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola con brutal ahinco.

--Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?

Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.

--Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. ¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. ¡Niégalo!... ¿Vamos a casa?

--No puede ser.

--Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida?

Fernando no respondió.

--Di sí o no.

--No.

--¿No?

--No.

--Pues vamos a casa.

--No puede ser.

--¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias que habrás cometido?

--¿Y cómo te encuentro yo?

Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:

--Pero, ¿te atreves?...

--¡Perdón! --y su acento estaba empañado--. ¡Tenme lástima!

Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero; pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.

Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.

--Haz el favor de bajar.

--¿Me echas?

--Haz el favor de bajar.

--Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... --se detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero Rosina permaneció en silencio--. Mi corazón --habló a tiempo que echaba pie al estribo-- ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla --y cerró de golpe la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.

Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca:

--¡Fernando! ¡Fernando!

--¿Adónde vamos, señorita? --preguntó el cochero.

--A casa.

Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja: «Pero, ¿no estoy de veras soñando?»

VIII

Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica. Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de la jornada.

--Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta --dijo Angelón, que llevaba a Verónica del brazo--. ¿Cómo te sientes?

--Muy cansada.

--Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.

--A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.

--Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con _el Obispo retirado_.

--Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en persona va a bailar un zapateao en camisón.

--Mejor que eso, neñina.

--¿Qué es ello?--Preguntó Teófilo.

--¿Conoce usté a Mármol?

--Alberto me lo ha presentado.

--El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido que don Jovino, _el Obispo retirado_, tu empresario, neña...

--Ya, ya me he enterado...

--Digo que _el Fraile motilón_, que tiene más dinero que pesa, y que se lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches. De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante que han visto los siglos.

--Pues, memoria a la familia del _Obispo_. Estoy muerta, Angelón, y necesito dormir.

--Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.

--Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente --habló tímidamente Teófilo.

--Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.

--Eso no importa. Duermo vestido.

--¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el Liceo?

--Todavía no.

--La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches.

--Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a dormir.

--Ya lo creo que lo tomo a mal.

--No sea usted impertinente --intervino Alberto--. Deje usted a la gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de la paliza que ayer le han dado en el casino.

--¿Está usted seguro?

--Y tan seguro.

--De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos --abandonó el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo--. Bueno, adiós. Usted, ¿vuelve también, después de dejar a Verónica?

--No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba siempre entre publicanos y prostitutas; pero...

--Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza... --manifestó Angelón en tono afectuoso.

Las dos parejas se separaron.

Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.

--¿No han visto ustedes a Fernandito?

Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió al punto a responder.

--Ahora mismo nos hemos cruzado con él.

--¿En dónde?

--En la calle de Carretas. Iba con _la Dientes_.

--¿Con esa piculina desorejada?

--Con la misma. Hacia la Central.

--¡Desdichado! --gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha huyó desolado.

Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho, un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado, con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos, porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer, había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.

Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras; las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas, como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas, la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin saciarse nunca, hasta reventar.

Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.

Había por dondequiera mesas octogonales para _poker_ y en torno de ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el mercado.

Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso del Mármol y don Jovino, _el Obispo retirado_. Iba a comenzar la partida. Un criado con galones subastaba la baraja.

--Talla para el _baccara_, señores --canturreó el mozo con sonsonete sacristanesco.

--Mil pesetas --dijo Mármol entre dientes.

--Dos mil --añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso, como si postulase la intervención divina.

--Dos mil --hizo eco el mozo--. Dos mil, una... Dos mil, dos...

--Tres mil --atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.

--Cuatro mil --se apresuró a decir _el Obispo retirado_, como si hubiera recibido una intuición celestial.

--Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro mil...