Troteras y danzaderas: Novela

Part 12

Chapter 123,949 wordsPublic domain

--¡Y ahora a bailar, niña! --jaleó Angelón, golpeando una botella con un cuchillo.

Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire, que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza, batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear por lo jondo.

Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación extática de las pupilas.

--¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! --insinuaba la vieja, volviéndose a mirar a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación, que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete, que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.

Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de negro, sutilísimas, maravillosas.

Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta, eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad. Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea, contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años, y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.

--¡Estas cendolillas! --exclamó Halconete con acento algo agitado. (Cendolilla, mozuela de poco juicio.)

Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido.

--Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras --dijo Alberto.

Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó:

--¿Por qué?

--Porque has estado aquí esta tarde...

Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó:

--¿Qué ha dicho Antón Tejero?

--¿De qué?

--No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes.

--¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo que venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te ha picado también a ti la tarántula política?

Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan zorramplín y ladino.» Habló en voz alta:

--Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero?

--Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha enterado de lo del mitin?

--Justo --y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.»

--Es tarde y yo me voy con Pilarcita --dijo la vieja, poniéndose en pie.

--Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa --añadió Bériz.

Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole en voz bisbiseada este pronóstico:

--A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.

Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:

--Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento nada bien.

--Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una pregunta --la pregunta de Teófilo concernía al sastre.

Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.

En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.

--¿Es tu novia?

--Sí.

--Es bonita. ¿Qué dice este papel?

--Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos los días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras razonables.»

--Para no perder el día, claro está.

--Según Goethe.

Teófilo se recogió a recordar:

--Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más.

--Yo no hice nada de eso.

Teófilo se acercó al papelillo:

--Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» --Teófilo hizo por recordar de nuevo--. Si ello fuera verdad, que no lo es, he perdido el día, y aun semanas y meses...

--¿Qué era la pregunta que querías hacerme?

Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto la cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y, por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el santo y la limosna.

--No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo y hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures.

Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco.

PARTE III

TROTERAS y DANZADERAS

The Indian dances to prepare himself for killing his enemy; but our dance is the very act of killing _Time_, a more inveterate and formidable foe than any the Indian has to contend with; for, however completely and ingeniously killed, he is sure to rise again, «with twenty mortal murders on his crown», leading his army of blue devils, with _ennui_ in the van and vapours in the rear.

PEACOCK.

I

En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz de Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación diversas clases de frutas.

--¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico --dijo Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador.

--¿Mal pronóstico?

--Para la temporada del circo.

--Hombre, no veo concomitancia ninguna...

--Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi suerte --y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego ornamento capilar. Añadió--: Según todos los cálculos y racionales previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla, ¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona, y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que mis barbas.

--Te quejas un poco de vicio.

--Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida, más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.

Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado de Alberto.

Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de anticipación.

--¿Hay gente? --preguntó Travesedo a uno de los porteros.

--No, señor. Es muy temprano todavía.

--¿Qué papeles son esos?

--La lista de los que tienen entrada libre.

--¿Quién se la ha dado a usted?

--El maestro Soler.

Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los pasó a Alberto.

--Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición sin pagar un cuarto.

Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.

--No es posible. Con esto basta para atestar la sala --observó Alberto.

--Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto, aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial.

Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.

--¿Qué te decía yo? --habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las barbas--. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico: dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio... Buen pelo voy a echar.

--Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano, sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún.

--Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha perjudicado.

Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.

A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna, desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido _sfogato_ de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del _fox-terrier_.

Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá, desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas dedicatorias manuscritas al pie.

Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y una voz rajada y mate dijo:

--¿Si puó?

--Sí, preciosa; adelante --gritó Travesedo poniéndose en pie, con los ojos muy pajareros.

Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.

Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas.

--¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello, qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está tanto bello; dale un bravo baciozzo.

Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo, presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y malhumorado decía:

--No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!

Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros, aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una mariposa o de una quimera.

--¡Hugolino! ¡Hugolino! --suspiraba--. Viene a tua mamina.

En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa. Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición. Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos, complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:

--¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino!

--¿Cincuenta liras? Estás fresca --respondió Travesedo, congestionado de risa.

La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes, hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo quirúrgico, repelente.

--¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! --murmuró, señalando con la mano izquierda a Travesedo.

--Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen pelo íbamos a echar.

--Pelo, pelo... --y le asió de las barbas--. ¿Venticinque? No seas cattivo. Va, va; venticinque.

--Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.

--¡Tirano, bárbaro, leccatone! --por aliviar su aflición extrajo a Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.

--Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene suerte --agregó, dirigiéndose a Alberto--. No ha debutado aún y ya le ha salido un adlátere.

--¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono... Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora --habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza del estuco que llevaba sobre la piel.

Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.

--Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.

Alberto intervino:

--Pécora es oveja.

Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.

--Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...

--¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.

--Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita Pécora --dijo, hablando con la dama--; dile a la pécora macho que puede entrar. --Volviéndose hacia Alberto--: Es un chico muy fino, agregado en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.

Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura, con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase benevolencia.

Verónica venía algo excitada:

--Chicos, estoy nerviosa. Me siento.

--Siéntese usted también --dijo Travesedo al joven bozal.

La dama del macaco se adelantó a hablar:

--Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el frío... ¿Las fiori?

--Luego te las llevarán.

Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión.

--¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? --preguntó a Travesedo.

--Daño ¿en dónde?

--Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.

Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.

--Chiquillo --habló Verónica, volviéndose hacia Alberto--, en casa están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio --se puso en pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose sobresaltada y la silla cayó con estrépito--. ¡Qué susto! Cualquiera cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar...

--¿Y Angelón? --preguntó Travesedo.

--Luego vendrá.

Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo, pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la compostura afable. Traía una rosa en la mano.

--¿Hay gente, maestro? --inquirió Travesedo.

--Mucha gente.

--¡Bendito sea Dios!

--¿Lo ves? --dijo Alberto, acercándose a la puerta.

--¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... --habló Travesedo.

--Abajo está --respondió el músico--, hablando con las Petunias.

--Y Antígona, ¿no ha venido aún? --preguntó Teófilo.

--No sé --dijo Travesedo--. Ya debe ser la hora de empezar...

--Muy cerca. Yo voy a la orquesta.

Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían, subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.

Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas, farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones, abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos remoquetes: _el Obispo retirado y el Fraile motilón_. Teófilo y Alberto se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola, era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también, como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales, plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía, ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego.

Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este mundo andan las riquezas.

--Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le sirve a él el dinero? En cambio yo...

Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.

La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las grandes caracolas.

II