Troteras y danzaderas: Novela

Part 10

Chapter 103,825 wordsPublic domain

Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un sablazo y acoquinar un tanto al sableado.

--¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías mi domicilio?

--Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho. Pues, me dije, voy a visitar a ese...

--¿Qué te haces? ¿Trabajas?

--Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina. Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.

También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.

--Si yo me atreviera... --balbuceó Verónica.

--Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico que la complazcas.

--Es el caso que tengo tanto que hacer...

--Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas. Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.

Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su lectura eran pura patraña o cándida ilusión.

--Cállate tú, que eres un tío frescales --comentó Verónica, quien por desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a tratar a Alberto con extrema llaneza--. No le haga usté caso, yo soy una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan amable...

--¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?

--No veo la relación, querido Alberto...

--Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica? Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.

--¡Calla, loco, calla! --rogó Verónica, en las últimas lindes de la turbación.

--Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?

--En la Italia renacentista-- respondió Teófilo, muy aplomado.

--¿Y en qué ciudad?

--¿En qué ciudad? --Teófilo vaciló un momento--. En Milán.

--No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán, en su _Calibán_, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles episódicos y de fondo, etc., etc.?

--¿Qué obras? --Teófilo se amoscaba--. Pues varias obras: _La Divina Comedia_, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.

--Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la historia; pero, como el otro, la presientes.

--Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el vate les impone.

--Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.

Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:

--Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura; cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los tontos y que es cuestión de posaderas.

--No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el acicate es la cultura.

--Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes.

--A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que, aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran.

--Pamplinas, Alberto.

--Dispensa que te haga una pregunta.

--A ver.

--¿De dónde eres?

--De Valladolid.

--¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de irte a vivir allí?

--Sí, ¿por qué?

--¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía. Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de los más grandes que hemos tenido?

--Será para ti, y Dios te conserve la oreja.

--Y a ti Dios te la otorgue y algo más.

--Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.

--Estoy a tu disposición.

--Es reservado.

Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.

--¿Qué es ello?

--Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte para mí.

--No los tengo.

--No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver. En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás pueda arreglarme.

--No tengo un céntimo, Teófilo.

--Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y todo porque te he dicho lo de la oreja.

--No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un céntimo. ¿No me crees?

--Pero tendrás a quien pedirlo.

--A nadie.

--No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas --el acento de Teófilo se cortó, como si fuera a llorar.

--¿Tan apurado es?

--De vida o muerte, ya te he dicho.

--¿Puedo saberlo?

--¿Por qué no? Una mujer... --comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.

--¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.

--¡No digas insensateces! --Teófilo se encrespó--. Es mujer que no necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie... En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves... he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No comprendes?

--Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. No te acongojes, hombre --Alberto estaba un poco enternecido--. Una mujer decente, ¿eh?

Teófilo dudó un momento.

--Sí.

--No, no; di la verdad.

--Es... una _cocota_; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?

--Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha enamorado de ti como poeta o como hombre?

--Como hombre --afirmó Teófilo--. Te repito que es un ángel. Habíamos concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún ninguna impureza en nuestro amor --y con una transición que a poco hace reír a Alberto--: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu sastre...

--Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje... No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos, aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan tronados como yo.

Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.

--Vamos al gabinete.

Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron unos golpes en la puerta.

--Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo deseos de ver a nadie.

Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la conversación.

--¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?

--Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de él?

Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición. La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto agradecimiento que no acertó a abrir los labios.

La voz de Alberto:

--Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.

La voz de Antón:

--Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese, ¿sabe usted lo que es esto?

La voz de Alberto:

--Parecen dos salchichones.

La voz de Antón:

--Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras, con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero. Supongo que estará seguro, ¿eh?

La voz de Alberto:

--Naturalmente.

Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se dijo.

Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba, examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres. Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros dos hombres, en el comedor.

Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.

La voz de Tejero:

--Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública. Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben, acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado... La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más; por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.

Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió con lápiz:

«_Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea. Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda. Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas_ (como no estaba seguro de la ortografía de _privado_ trazó a mitad de la palabra un tipo mixto entre _b_ y _v_) _aborrezco al viejo cipote teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,_

TEÓFILO.»

Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!» Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. ¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del establecimiento cuando el sastre le detuvo.

--Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe de la factura.

--Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.

--No, señor, no responde.

--¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.

--En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura que no querrá --el sastre sonrió de manera ofensiva--, hacerme el anticipo de doscientas cincuenta.

Teófilo se engrifó, herido en su altivez.

--No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas por ahora?

--Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.

El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente a Teófilo y dijo así:

--Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto chasco... La ropa estará lista en ocho días.

--Tiene que ser en cinco, a más tardar.

--Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea cuando se trata de algún parroquiano antiguo.

--Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas noches.

Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»

En estas consideraciones acertó a pasar frente a la _Maison Dorée_. Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.

--Tengo que pedirte un favor, Quijano.

--Por de contado.

--Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?

--Sí.

--¿Puedes prestármela unos días?

--¿Cómo prestártela?

--Cedérmela.

--Claro que sí.

--¿Hay muebles?

--Ya lo creo, los necesarios.

--Te advierto que es para ir con una mujer.

--Eso, allá tú. Te enviaré la llave.

--Yo vendré aquí mañana a recogerla.

Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido, igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo. El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer callo, tierno aún y en formación.

A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño. Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre, hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen, Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había pasado y a afrontar sus consecuencias.

IX

Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario _La Patria_:

Dan gusto nueve al garguero en el festín de Platón; mas, diga el señor Tejero, ¿y el piri, coci o puchero del resto de la nación?

Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían asomado en el tintero del poeta jocoso.

La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.

Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le proponía celebrar un mitin de protesta.

--Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto --decía, y su corazón rezumaba caricioso óleo de esperanza--. Este mitin dará mucho qué hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?

--Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste papel.

--¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y si no, al tiempo.

--Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible. Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?

--¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar la ética política...