Part 13
Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban las horas charlando; y solía suceder que también la conversación languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la vida.
El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.
--No hay manera --decía con buena sombra-- de imprimir al paso de muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. ¡Qué remedio tengo más que conformarme!
Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han entusiasmado y enloquecido en la juventud.
Del marasmo espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría convertido en organista a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección, venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones de mecanismo, digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse estos árduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes, funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios, una predestinación artística y religiosa.
--Es un genio esta niña --afirmaba admirándola con efusión contemplativa--, y a ratos paréceme una santa.
--¡Santa Cecilia! --exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía ronco--, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!
No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado, escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración, se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo, absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día, el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con que modulaba, enlazando los tonos, y añadiendo a sus conocimientos de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra de un misterioso poder de adivinación, solo concedido a las almas privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde aquel día, el maestro asistió a las lecciones con interés superior al que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba, contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar de otra manera.
Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba, Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la estancia para seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis, mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu, teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.
Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo, se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada de otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias cartas de _señó Juan_ y de _Paquita de Rímini_. Tristana escribía las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio. Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este frío laconismo:
--¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.
XXVIII
Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo, zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella misma no lo sabía?
En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito, que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y el zapato del pie derecho.
Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros, destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín, asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse _dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera, y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa, la penitencia y comunión.
Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos. Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada interrogativa, diciéndose:
--¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la he mimado a ella. Ahora ella me mima...
En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente; pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el definitivo.
Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado, le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas: en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante del edificio y aun de la institución.
XXIX
No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres, veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral: conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo, cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya fuerza persuasiva confiaba.
--Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame, lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...
--Pero hijo, si ya... no...
--No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán sus buenas intenciones de hoy.
Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud, sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas radicales y disolventes, como D. Lope!
--Aunque estoy lelo --dijo este empinándose con trabajo sobre las puntas de los pies--, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.
Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que secuestraba. Véase cómo.
--Las tías --dijo--, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...
--¡A mi viuda!
--Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.
Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición, ¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase?
Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos había aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron de la iglesia, todavía no estaba D. Lope seguro de haber abjurado y maldecido su queridísima doctrina del celibato. Contra lo que él creía, la señorita no tuvo nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó con indiferencia, había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo desdén... Casi no se dio cuenta de que la casaron, de que unas breves fórmulas hiciéronla legítima esposa de Garrido, encasillándola en un hueco honroso de la sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un hecho impuesto por el mundo exterior, como el empadronamiento, como la contribución, como las reglas de policía.
Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas. Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos, que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir mucho! Don Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición: el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.
FIN DE LA NOVELA
Madrid.--Enero de 1892.