Chapter 24
Elena dijo que sí que se quedaría, pero temiendo que pasase por allí su marido y que la estanquera le llamase se despidió de ésta. Iba hacia la iglesia para ver el ensayo y hablar a don Ricardo cuando terminase. La buena mujer le indicó el camino que había de seguir.
Delante del templo jugaba un enjambre de niños y niñas con ruidosa algazara. Elena fue a sentarse algo más lejos en un banco de piedra, procurando que un árbol la ocultase. Antes de un cuarto de hora de espera vio llegar a su marido. El corazón le dio un terrible vuelco. Su estatura elevada, su cuerpo fornido y la boina que le cubría la cabeza le daban un aspecto completamente vasco. Elena observó con sorpresa que no había envejecido poco ni mucho; ni una cana más; la misma o mayor frescura en la tez; igual marcha decidida y ligera. ¡Qué diferencia con ella, tan flaca, tan estropeada! En cuanto los chicos le divisaron corrieron a rodearle como un bando de gorriones alborotadores. Don Germán se sentó a descansar en uno de los bancos de piedra, charlando, riendo con ellos. Sus carcajadas llegaban alegres, sonoras, como en otro tiempo a los oídos de Elena, pero ahora sin saber por qué ¡ay! le partían el corazón. Una zagalita de trece a catorce años de puro perfil virginal y el moño de la cabeza apretado por un pañolito azul al estilo del país se acercó a Reynoso y apoyó el brazo en su hombro con encantadora familiaridad. Elena sintió la mordedura de los celos y le clavó una mirada fulgurante capaz de reducirla a ceniza.
--Vamos, vamos, hijos, que ya se hace tarde--dijo el caballero levantándose y entrando en la iglesia.
Poco después los siguió Elena, pero ya no vio a nadie. Sólo oía sus voces allá en el coro. Paseó una mirada de angustia por el ámbito del templo y, divisando en un altar una imagen de la Virgen, dio algunos pasos y se prosternó delante de ella y oró con fervor.
--¿Estamos ya?--dijo Reynoso en voz alta.
Inmediatamente se dejó oír en el órgano el preludio de Bach que suele servir de acompañamiento al _Ave María_ de Gounod. Y el coro de niños entonó este canto admirable de amor y de dolor, de angustia y esperanza al mismo tiempo.
--¡Suave, hijos míos! Dulcemente... ¡como un murmullo!--se oía decir a Reynoso.
El obscuro recinto del templo se estremeció. Una ola de armonía celeste llenó instantáneamente todo su ámbito llegando hasta los más tenebrosos rincones. Elena se sintió enajenada. Se acordó de los días puros de su infancia, se acordó de aquellas oraciones fervorosas que dirigía a la Virgen antes de acostarse y volvió a murmurarlas con los labios trémulos. ¡Oh! ¿por qué no había muerto entonces? ¡Pero morir ahora, con el alma ennegrecida, después de haber engañado vilmente al ser que más la había querido en este mundo! ¡No, no, por Dios!
--¡Fuerte, fuerte, hijos míos! ¡Echad vuestra alma por la boca!
¡Morir ahora con la maldición de Dios y la de su marido! ¿Quién iría a poner una flor sobre su tumba? ¿Quién no miraría con horror la tumba de una pérfida mujer, de una suicida?
--¡María! ¡María!--clamaba el coro angélico haciendo vibrar el aire con aquel grito anhelante.
--¡Madre, madre, sálvame...! ¡Madre, escúchame!--sollozaba Elena con la frente apoyada en el altar de la Virgen, mientras apretaba con mano crispada el pomo fatal que guardaba en el pecho.
El templo quedó otra vez en silencio. Cuando Elena volvió de su éxtasis observó que el pelotón de niños salía por la puerta rodeando como antes a su marido. También ella salió, pero no podía andar; los pies le pesaban como si fuesen de plomo. Dejose caer sobre uno de los bancos del pórtico y allí aguardó un rato. Estaba ya obscureciendo. Levantose al fin y con paso vacilante se dirigió por la única calle del pueblo hasta la casa que le habían designado. La tienda estaba iluminada por una menguada lámpara de petróleo. Una mujer de media edad, gruesa, de fisonomía simpática, vestida de negro y ataviada la cabeza con el característico pañuelo de seda, escribía en un libro viejo de comercio sobre el mostrador.
--¿Don Ricardo Vázquez?
La mujer alzó la frente y clavó en Elena una larga mirada escrutadora.
--Aquí vive, si señora--respondió con esa gravedad peculiar de la raza vasca.
--Desearía verle.
La mujer volvió a mirar con insistencia desconcertante a la viajera y después de una pausa dijo:
--Bueno... iré a prevenirle... ¿A quién debo anunciar?
--No anuncie usted a nadie: quiero darle una sorpresa.
Entonces el semblante de la tendera reflejó la sorpresa, la duda y la alegría al mismo tiempo.
--¿Sería usted por ventura, señorita, su hermana, la hermana de quien tantas veces nos habla?
Elena vaciló un instante, pero respondió al fin:
--Sí; yo soy.
--¡Oh señorita!--exclamó la buena mujer viniendo hacia ella con el rostro iluminado de placer--. ¡Cuánto se va a alegrar! No sabe usted lo que la quiere. Siempre la tiene en los labios y yo creo que la tiene a usted más guardada todavía en el corazón... Si es usted tan buenaza como él, todos daremos gracias a Dios de verla por aquí. En el pueblo no hay nadie que no le quiera ya, porque es un caballero de lo mejor, llano, caritativo, amigo de los pobres... Al principio de venir, como no se le conocía, corrieron algunas voces sobre si era esto o lo otro... habladurías de gente necia, ¿sabe usted, señorita? Pero el señor vicario nos dijo que cuidado con hablar una palabra de este señor porque era un santo...
--¡Sí que lo es!--murmuró Elena con voz temblorosa.
--Se le puede tener por la mitad del dinero que a otro. Nunca se queja, a nadie causa molestia: a veces por no llamar él mismo viene abajo a buscar a la cocina lo que le hace falta. En fin, no se le siente en la casa y por lo mismo todos andamos de coronilla para servirle.
--Estará triste, ¿verdad...? Ha tenido algunas pérdidas de fortuna...
--¿Triste? En los diez meses que lleva en esta casa todavía no le hemos visto un día triste. Cuando no está arriba tocando el piano, está aquí jugando con los niños. No se conoce, no, señorita, que haya tenido pérdidas.
Elena sintió que flaqueaba su valor.
--Con permiso de usted voy a subir... ¿Dónde está la escalera?
La buena mujer la condujo hasta el primer peldaño de una escalerita estrecha y obscura. Subió casi a tientas por ella. Cuando ya estaba a la mitad llegaron a sus oídos los acordes solemnes, penetrantes, de la _novena sinfonía_. Se agarró con ambas manos a la barandilla para no caer. Al fin hizo un esfuerzo supremo y subió los últimos peldaños. Entró en una salita modestísimamente amueblada. El piano sonaba más allá en un gabinete cuya puerta estaba entreabierta. Atravesó la sala y miró por la rendija. Su marido tocaba vuelto de espaldas a la puerta. Elena permaneció inmóvil algunos instantes y sintiendo que sus piernas flaqueaban y que iba a caer, apretó convulsivamente el frasco que llevaba y se aventuró a decir:
--¡Germán!
Pero la voz no salió apenas de su garganta. Reynoso no la oyó. Entonces atacada de súbita energía abrió de par en par la puerta y volvió a decir reciamente:
--¡Germán!
Reynoso dio un salto en su taburete y quedó en pie frente a ella. Una intensa palidez cubrió su rostro; pero inmediatamente brilló en él la cordial, la amable sonrisa de siempre y dio algunos pasos hacia ella con las manos extendidas.
--¡Bien venida seas, Elena, bien venida, bien venida!
La esposa infiel dio un grito y desplomándose cayó a sus pies sin sentido. Aquel recibimiento inesperado la hirió como un rayo. Don Germán se apresuró a levantarla, la colocó sobre un sofá y con una toalla mojada roció sus sienes. Luego le hizo oler un frasco de esencia. Elena tardó poco en abrir los ojos. Se apoderó de las manos de su marido y exclamó con voz apenas perceptible:
--¡Jamás, jamás le he querido...! ¡Jamás, jamás he dejado de quererte a ti...! Un capricho infame...
--¡Calla, Elena! En ti no caben los caprichos infames porque estás amasada con la pasta de los ángeles... Sintieron que tu corazón era inexpugnable y atacaron tu cerebro, que es más débil, pobre Elena...
--Gracias... bendito seas... ¡bendito seas por toda la eternidad...! ¿Me perdonas?
--Si no te hubiera perdonado, hace ya mucho tiempo que estaría muerto. ¿Cómo es posible vivir con un odio en el corazón?
--¡Ya no quiero, ya no pido más!--exclamó la infeliz mujer incorporándose y secándose los ojos--. Déjame marchar. Ahora ya puedo morir tranquila en cualquier rincón del mundo. Déjame marchar. Mi presencia te deshonra.
Al decir esto se puso en pie, pero Reynoso la retuvo por una mano y la obligó a sentarse.
--No, no marcharás. Una mano invisible y todopoderosa te ha traído de nuevo a mis brazos. Acepto ese don como los acepto todos. Hoy era feliz; mañana lo seré también porque ¡nadie, nadie en este mundo puede hacerme ya desgraciado! Nunca te ha dejado mi corazón, Elena. Mi mente te ha hecho vivir siempre conmigo tal como eres realmente en el fondo del alma, como serías también en la apariencia si no te hubieran arrastrado en un momento de desmayo las fuerzas infernales y misteriosas que aún palpitan en los obscuros rincones de nuestra naturaleza... Escucha: Allá, lejos, muy lejos, en el fondo de América, detrás de los Andes, conozco un valle tibio y risueño como un nido de amor. Un cielo siempre azul se extiende sobre él. El soplo de la brisa que llega del mar inclina la copa de los árboles y levanta un rumor más grato que ninguna música humana; los pájaros cantan; las flores exhalan de sus cálices perfumes embriagadores; el espíritu de Dios flota sobre el ambiente. En aquel valle la planta soberbia del hombre aún no ha dejado mucha huella. Allí correremos a refugiar nuestra dicha, lejos de este mundo que se llama cristiano y cubre de ignominia al que perdona. Allí viviremos el uno para el otro. Si no quieres ser mi esposa serás mi hija, serás mi hermana...
--¡Tu esposa hasta la muerte y más allá de la muerte!--exclamó Elena echándole los brazos al cuello anegada en llanto.
--Allí comenzaremos de nuevo la vida. Alzaremos una casita blanca con ventanas verdes. Vivirás rodeada de flores y yo de pájaros. Por la mañana te llevaré hasta la playa y revolverás sus arenas y recogerás preciosas conchas. Nos sentaremos sobre una roca y contemplaremos silenciosos aquellas olas azules que llegarán de lejos a mirarse en tus ojos y a besar tus pies. Al pie de una fuente clara tu cabeza reposará por las tardes sobre mi hombro, y el aire de la montaña, cargado de aromas, jugará otra vez con esos bucles de oro...
--¡Calla, calla...! Es demasiada felicidad. ¡Yo me ahogo!
--Aún quedan para ti días de sol en la vida, Elena mía. Para mí nunca ha dejado de lucir, porque lo llevo en el corazón. Huyamos, huyamos hacia la dicha.
--¡Sí, sí, huyamos!--exclamó Elena apretando sus labios con frenesí contra los de su esposo.
Pero repentinamente quedó inmóvil con los ojos extáticos.
--¿Y Clara que llega mañana?
--¿Clara?--preguntó Reynoso en el colmo de la sorpresa.
Entonces su esposa le dio cuenta de la desgracia que sobre aquélla pesaba y de la firme resolución que había manifestado de alejarse para siempre de su marido. Reynoso nada sabía de sus disgustos domésticos, porque jamás le hablaba de ellos en sus cartas. Sólo tenía conocimiento de la muerte desastrosa del marquesito del Lago. Quedose pensativo y una lágrima silenciosa rodó por sus tostadas mejillas.
--¡Pobre Clara!--murmuró--. Merecía ser feliz. Un destino fatal encadenó su vida a la de ese desdichado, víctima de su temperamento, víctima también de su egoísmo y de su orgullo... Está bien--añadió al cabo serenándose--. Mañana llega Clara, pasado saldremos todos para el Havre y dentro de tres días navegaremos en alta mar respirando el aire de la libertad y de la dicha. Dios, al devolverme una esposa y una hermana, me da también un niño a quien amar, un niño que será hijo de los tres y que endulzará nuestras horas con sus juegos y su risa. Aún pueden lucir para Clara también días de sol si sabe resignarse... la más alta sabiduría que podemos alcanzar los mortales sobre la tierra.
--Los tres te deberemos nuestra felicidad. Donde tú respiras, la atmósfera se llena de nobles y puros sentimientos. Eres, esposo mío, la imagen de Dios sobre la tierra, todo bondad, todo misericordia.
Guardaron ambos silencio y se miraron largamente a los ojos paladeando la dicha intensa de los primeros días de su matrimonio. Después de una pausa prolongada Elena sacó el frasco de veneno que llevaba en el pecho y sonriendo ruborizada:
--Mira--le dijo--. Si me hubieras arrojado de aquí, cuando salieses encontrarías detrás de esa puerta un cadáver.
--¡Eso nunca!--exclamó Reynoso apoderándose vivamente del pomo y arrojándolo al suelo--. ¿Me he suicidado yo cuando vi el cielo desplomarse sobre mí? El cielo se desplomó sobre mí, es cierto, pero yo me abracé a él y... ya lo ves, me he salvado.
FIN
* * *
OBRAS DE PALACIO VALDÉS
4 PESETAS TOMO
EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.
MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al ruso y al tcheque.
EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francés y al tcheque.
AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.
MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al holandés, al ruso, al sueco y al italiano.
LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.
LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo. Traducida al francés y al holandés.
LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
LA ALDEA PERDIDA, un tomo.
TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.
SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas españoles, Nuevo viaje al Parnaso),_ un tomo.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo. Traducidos al alemán.
AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo.
LA NOVELA DE UN NOVELISTA. Un tomo, 5 pesetas.
End of Project Gutenberg's Tristán o el pesimismo, by Armando Palacio Valdés