Chapter 23
Clara luchó denodadamente en los días sucesivos contra sus negros presentimientos, contra sus terrores, contra la sangrienta visión que las palabras de la marquesa habían dejado en su mente. Se mostró con su marido cariñosa y solícita hasta el exceso, procurando envolverle en una red de atenciones. Este cuidado alejaba de ella otros pensamientos, pero era demasiado exagerado para que no se advirtiese el esfuerzo. Tristán lo adivinaba y se sentía más herido en su orgullo que en su amor. Hubiera podido, hubiera debido dar explicaciones, rebatir la terrible acusación de la marquesa; los ojos de Clara se las demandaban con insistencia; pero la innata y fiera altivez de su naturaleza le cerraba los labios. Suponer que él era capaz de dejarse abofetear con el objeto de tener facultad para elegir armas era una injuria que su esposa no tenía derecho siquiera a imaginar. Este silencio fue fatal para ambos. Clara al cabo de algún tiempo sintió desfallecer su fe. Cuando un alma pura pierde la fe, la desesperación se apodera de ella. Amaba a su marido porque creía en él, porque creía tanto en la nobleza de su corazón como en su talento. Al filtrarse la duda en su mente todo lo vio negro, todo lo vio horrible y le acometieron deseos de huir o de morir. Se fatigó de aquellas calurosas expresiones de amor que no encontraban la debida correspondencia. Tristán cada día más frío, más serio, más encerrado en sí mismo, detenía sus caricias y congelaba sus expansiones. El malestar fue creciendo y el alejamiento de los esposos haciéndose más ostensible. Y ¡caso estraño! este alejamiento, provocado principalmente por su actitud, hirió a Tristán tan cruelmente que le volvió loco de ira. Era frío y altivo; comenzó a mostrarse grosero. Su carácter, inclinado al despotismo, se agrió todavía más, particularmente con los criados. Con Clara un cierto respeto, que aún no había perdido, le detuvo durante algún tiempo. Pero también llegó a perderlo. Por cualquier negligencia promovía en la casa un fuerte disturbio, se exasperaba, gritaba como un loco. Nadie le entendía, nadie le daba gusto. Habiendo sorprendido una sonrisa de inteligencia entre el criado y la doncella le bastó esto para imaginar que en la casa se conspiraba contra él, que todos estaban de acuerdo para vejarle y Clara la primera. Entonces comenzó para ésta una vida bien miserable. Tristán apenas le hablaba: algunas veces se sentaban a la mesa y se levantaban sin haber despegado los labios. Sólo se dirigía a ella alguna vez cuando necesitaba desahogar su mal humor para reprenderla ásperamente, para injuriarla también en ocasiones. La joven contestaba a estas violencias con lágrimas y sollozos. Llegó un momento, sin embargo, en que su corazón herido, deshecho, ya no pudo más. Se secaron las lágrimas repentinamente y un día en que su marido enloquecido se desbordaba en palabras ultrajantes le clavó una mirada larga, fría, despreciativa que le dejó paralizado. «Mi mujer me odia», se dijo estremecido. Y desde entonces aquella idea no se apartó de su mente. Se puso a observarla con ansiedad queriendo sorprender en sus ojos, en sus ademanes aquel odio que él mismo había trabajado por despertar. No era verdad, sin embargo. Clara no le odiaba, le despreciaba. Armada de este desdén como de una coraza que la naturaleza piadosa colocara en su corazón escuchaba los insultos de su marido sin pestañear y seguía ejecutando lo que tenía entre manos con la misma calma que si oyese el ruido de la mar.
Tristán comenzó a padecer del estómago. Sus digestiones se hicieron penosas, contribuyendo esto a exacerbar aún más su mal humor. No resignándose a pensar que fuese una enfermedad enviada por la naturaleza espontáneamente, se puso a imaginar que tenía la culpa la cocinera, que los alimentos eran de mala calidad, que se los servían unas veces crudos, otras salados o picantes, etc. Por reflejo, Clara tenía la culpa de todo. Se despidió a la cocinera; vino otra y pasó lo mismo. A veces se marchaba a comer al restaurant, y entonces llegaba triunfante a casa y decía en alta voz que aquel día se sentía admirablemente aunque no fuese verdad. Un día le preguntó a un amigo médico en el café:
--Dime, ¿es verdad que existen venenos lentos?
--Cualquier sustancia nociva es un veneno lento si se administra a la continua--le respondió.
Aquel día estuvo doblemente preocupado y caviloso. Desde entonces comenzó a observar con intensa atención los movimientos de su esposa, a reconocer a hurtadillas todos los cacharros que había en el aparador, a dirigir rápidas y penetrantes miradas a aquélla cada vez que gustaba los alimentos. Cierta noche, después de comer, no sintiéndose con ganas de salir, se acomodó en una butaca y pidió que le hiciesen te. Al oír los pasos del criado que se lo traía, Clara que estaba bordando debajo de la lámpara, se alzó precipitadamente de la silla, reconoció la azucarera donde sospechaba que ya no quedaba azúcar, y viendo confirmada su presunción, corrió al encuentro del criado y le hizo volver a la cocina. Mandó sacar azúcar de la despensa, le echó los tres terrones que su marido necesitaba siempre, y ella misma vino a servírselo. Mientras tanto Tristán, que había seguido la maniobra de su esposa con vivo recelo, esperaba anhelante acometido de una terrible inquietud que se revelaba en su respiración y en sus ojos. Tomó con mano temblorosa la taza que le presentaban, y después de vacilar un instante, se decidió a llevarla a los labios. Fuese aprensión o que en realidad el te estuviese mal hecho, lo cierto es que percibió un extraño y desagradable sabor. Dejó caer la taza al suelo, y sujetando a su esposa por la muñeca con fuerza le preguntó furiosamente:
--¿Qué has echado en este te?
--¿Cómo...? ¿Qué dices?--respondió Clara aterrada al ver los ojos de su marido, pero sin comprender todavía.
--¡Te pregunto qué es lo que me has echado en el te!--gritó con más furor sacudiéndole el brazo y soltándolo después con un movimiento de repulsa que la hizo tambalearse.
Clara comprendió al fin y llevándose las manos a los ojos exclamó con espanto:
--¡Dios mío, qué horror!
Después como si fuese acometida súbitamente por un rapto de locura se puso a gritar a la niñera:
--¡Juana! ¡Juana...! ¡El niño! ¿Dónde está el niño? ¡Traerme el niño...!
--¿Qué haces? ¿Qué quieres?--preguntó a su vez sorprendido Aldama.
--¡El niño! ¡El niño!--seguía gritando Clara sin hacer caso.
Corrió a su habitación, se echó un abrigo encima de los hombros y tomando al niño que le presentaba ya Juana se dirigió a la puerta de la calle. Tristán le interceptó el paso.
--¿Adónde vas?
--Adonde no te vea--replicó resueltamente la joven.
Entonces en el cerebro de Aldama brilló un rayo de luz; tuvo por un instante la visión clara de su injusticia, de su increíble necedad, y cayó de rodillas.
--¡Clara, perdón! ¡No te vayas!
--¡Aparta, aparta, miserable! Ya he sufrido bastante. ¡Mi corazón no puede más!
Y como Tristán tratase de retenerla, le dio con su brazo vigoroso un empujón que le hizo caer de espaldas.
Cuando se levantó, su esposa bajaban ya la escalera con el niño y Juana detrás de ella.
Se puso en pie. La vergüenza y la cólera ardían al mismo tiempo en su pecho. Escuchó unos instantes, hasta que el ruido de los pasos dejó de percibirse, y cerró la puerta, que había quedado abierta. Luego se dirigió al salón, encendió las luces y comenzó a pasearse de una esquina a otra con las manos en los bolsillos. Un frío cortante como una espada entraba en su corazón. Veíase solo, y con profundo estupor se daba cuenta de que todo había concluido para él. Se hallaba en la situación de un jugador que acaba de arriesgar su fortuna a una carta y la pierde. Al cabo de un rato llamaron con suavidad en la puerta de la estancia.
--¡Adelante!--dijo parándose.
Entró la doncella, cuya adoración por Clara era conocida.
--Señorito--manifestó con resolución--, habiéndose ido la señorita yo no puedo quedar en esta casa. Si tuviese la bondad de darme la cuenta...
--Ahora mismo--replicó Tristán cuya frente se frunció terriblemente.
Fue al despacho, le pagó y se vino de nuevo al salón. Pero a los pocos instantes se presentó el criado balbuciente, ruborizado. Él también quería irse, no porque estuviese descontento del señorito, pero era novio de la doncella... pensaba casarse en abril... Lucila se lo había exigido...
--Basta--dijo Aldama secamente.
Y sin pronunciar otra palabra fue al despacho y le entregó su cuenta. Sintió después el ruido que hacían al arrastrar sus baúles, oyó abrirse la puerta, oyó la voz de unos hombres que debían de ser los mozos de cuerda, y luego se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Pero inmediatamente se presentó la cocinera. Era una mujer de más de cuarenta años y de tan fea catadura que inspiraba risa.
--Aunque hace poco tiempo que estoy en la casa ya cogí ley al señorito, porque es simpático y amable... y tiene ángel... ¡vamos porque sí, porque me gusta! Pero ya el señorito puede comprender que una joven sola en una casa con un caballero no parece bien... La gente es muy mala y se agarra a cualquier cosa para hacer daño... Necesito mirar por mi honra.
Tristán la contempló fijamente con curiosidad burlona. Le dio por completo la razón. Nada, nada, los jóvenes de distinto sexo no estaban bien solos bajo un mismo techo. Le pagó y la pudorosa doméstica se despidió hecha una jalea diciendo que al día siguiente vendría a buscar el baúl.
Entonces Tristán quedó solo en la casa. Una tristeza inmensa, infinita, pesaba sobre su alma. Sentía deseos de sollozar. Acaso esto hubiera aliviado su corazón, pero el orgullo dominaba sus lágrimas, las obligaba a volverse atrás cuando querían salir.
Largo rato paseó por la estancia sin detenerse, con el rostro pálido, los ojos secos y febriles, la frente dolorosamente fruncida. A la puerta oyó los leves aullidos del perro que quería entrar. Fue a abrirle. El Fidel comenzó a recorrer el salón con la cola agitada, oliendo en todas partes: luego salió como un torbellino, recorriendo los pasillos, entrando en las habitaciones, buscando, olfateando. Entró de nuevo, miró a Tristán, dejando escapar quejidos lastimeros, se fue a la puerta de la calle, volvió y repitió varias veces esta maniobra. El pobre animal buscaba a su ama.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Aldama.
--¿Tú también quieres irte? ¡Anda, anda, marcha cuando quieras!
Se dirigió a la puerta y la abrió. El perro se precipitó raudo por la escalera. Tristán volvió al salón y entonces, sí, quedó enteramente solo.
XXII
HACIA OTRO MUNDO
Cuando Elena quedó sola, después que Núñez hubo marchado, se dirigió al salón donde se hallaba un magnífico retrato de su marido pintado por Pradilla.
--Lo hecho ya no tiene remedio, Germán... ¡Pero sabré pagar con la vida lo que he hecho!--dijo en voz alta hablando con la efigie como con un ser vivo.
Una resolución sombría, inquebrantable, animó sus ojos desde entonces. Después que le sirvieron el almuerzo, que apenas tocó, vistiose apresuradamente y dio orden de que engancharan la berlina y que la condujesen a la estación. Una vez allí despidió el coche y subió a pie por la carretera hasta el pueblo. Se fue dando rodeos para no ser vista hasta la farmacia de su primo, cuyas costumbres conocía. Después de comer solía pasar éste un par de horas en el casino jugando al dominó. Sin embargo, cruzó rápidamente por delante de la botica para cerciorarse.
--Don Manuel, ¿no está?--preguntó al dependiente, un chico de quince a diez y seis años.
--No, señora; hasta las cuatro no suele venir.
Elena hizo un gesto de contrariedad y manifestó que no podía aguardar tanto tiempo. Necesitaba encargarle con urgencia una medicina que ya le había preparado otras veces. El chico insinuó que estaba en el casino, que subiría para que la muchacha fuese a avisarle. Elena se opuso. Como la distancia era corta, le suplicó que él mismo fuese y mientras tanto ella quedaría al cuidado de la botica. El muchacho, que no podía tener desconfianza viendo una señora elegantemente vestida, salió corriendo a evacuar el recado. Inmediatamente Elena, que había pasado los primeros años de su vida en aquella farmacia y la conocía tan bien como su primo, se dirigió con presteza a la trastienda, abrió la _cordialera_, buscó el tarro del _curare_ y sacando del pecho un frasquito que llevaba echó en él unos pedazos de este veneno. Después lo guardó de nuevo y se sentó a esperar tranquilamente a su primo. No tardó en llegar.
--¡Elena! Pero ¿eres tú?
El primo Vilches la saludó con efusión un poco embarazada. La conducta de Elena había disgustado a toda la familia. Desde hacía ya tiempo el farmacéutico, que iba con frecuencia a Madrid, no había puesto los pies en su casa. Elena, también confusa, le explicó que había llegado hacía pocos días para reponerse de una ligera fiebre que había padecido y le suplicó que le preparase una poción calmante para dormir que en otro tiempo, cuando vivía en el Escorial, le había probado muy bien. Vilches se apresuró a complacerla. Mientras duró la confección charlaron. Vilches tenía niños y se habló de ellos y de otros asuntos, pero se abstuvo de preguntar por Reynoso y lo mismo de invitarla a subir a ver a su esposa. Esto último hirió profundamente a Elena, que al despedirse apenas se atrevió a decir: «Recuerdos a Rosa.»
Aquella misma tarde regresó a Madrid. Al día siguiente a la hora en que Cirilo salía de casa para la Bolsa se fue a la plaza de Oriente y dio orden al cochero de que se detuviese en las proximidades. Desde el coche estuvo vigilando hasta que vio asomar al paralítico apoyado en su bastón. El portero salió a llamar un coche de punto y le ayudó a subir a él. Elena bajó del suyo, entró en la casa y llamó en la puerta de Visita al tiempo que cruzaba por el pasillo una persona, la cual, así que sonó el timbre, tiró del pestillo y abrió. Elena se encontró frente a frente con su cuñada Clara. La estupefacción de ambas fue inmensa. Elena pensó que allí mismo iba a morir. Clara muy pálida y con el entrecejo fruncido le preguntó al cabo secamente:
--¿Qué deseaba usted?
Pero Elena sin responder clavó en ella una mirada de angustia y de dolor tan intensos que traspasó el corazón de su cuñada. Dio ésta un paso hacia ella y tomándola por la mano y cerrando después la puerta le dijo gravemente:
--Ven conmigo.
Y así la llevó hasta la habitación que ocupaba y la obligó a sentarse en una butaca. Elena estaba más muerta que viva: hizo algunos esfuerzos para hablar, pero la voz no salía de su garganta. Clara, que estaba en pie frente a ella, le dijo observándolo:
--No hables todavía. Voy a mandar que te hagan una taza de tila.
Elena se apoderó de una de sus manos y la besó. Clara la retiró velozmente.
--No necesito nada, Clara, no necesito más que verte y que me mires con un poco de compasión. Ya sé que no la merezco, pero hay momentos en que una gota de compasión puede detener a la muerte, puede salvar un alma del infierno... Yo te lo pido, Clara, yo te lo imploro por la memoria de tu madre.
Clara se acercó más a ella, volvió a entregarle su mano, que Elena besó repetidas veces con transporte, y le dijo con dulzura:
--Sosiégate y habla sin desconfianza. No temas que ninguna palabra ofensiva ni aun dura salga de mis labios. ¿A qué has venido hasta aquí? ¿Sabías que yo estaba?
--No; venía a suplicar a Visita que me dijese dónde se halla mi... dónde se halla tu hermano.
Clara guardó silencio y quedó unos instantes pensativa, mientras que su cuñada permanecía sentada con la cabeza inclinada al suelo y el pañuelo en los ojos.
--Ni Visita ni yo podemos decírtelo. Estamos obligadas, si no por juramento, al menos con promesa sagrada a guardar el secreto de su retiro. Ya comprenderás que el revelártelo sería hacerle traición, añadir un clavo más a su cruz.
--¡Lo comprendo, Clara, lo comprendo!--replicó la pobre mujer sollozando--¡pero si supieras...! ¡si supieras...! Demasiado entiendo que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres no debo serlo ya... Sólo quería llegar hasta él y decirle ¡perdóname, Germán! y morir a sus pies...
Clara la miró largamente con infinita tristeza y murmuró:
--¡Desgraciada Elena!
--¡Mucho más de lo que puedas figurarte! Mira mi semblante, Clara, mira mi cuerpo deshecho; acuérdate de aquella Elena que jugaba y corría contigo en el Sotillo cuya alegría decíais que era comunicativa, acuérdate de aquella mujercita mimosa de quien tanto os burlabais que os hacía rabiar y os hacía reír a un mismo tiempo. ¡Mírala ahora bien rota, bien hundida en el fango! Acuérdate también, Clara mía, de lo que la has querido. ¿Cómo es posible que me odies a mí que te quiero tanto, a mí que te miro y te he mirado siempre como un ángel bajado del cielo?
--Yo no te odio, Elena... pero amo a mi hermano como hermano y como padre.
--Tienes razón. Despreciadme, maldecidme. Hice traición al mejor de los hombres. No merezco pisar la tierra que vosotros pisáis... Adiós, Clara--añadió levantándose--. No tengo más que un medio de pagaros la ofensa que os he hecho... ¡Rogad a Dios por mí!
Y dio precipitadamente algunos pasos hacia la puerta. Clara corrió a ella y la detuvo por la mano.
--¿Adónde vas, criatura?
La arrastró de nuevo hasta la butaca y volvió a sentarla. Luego permaneció frente a ella inmóvil como una estatua, sumida en profunda meditación. Elena, sin levantar los ojos, sentía sin embargo su mirada, adivinaba los contrarios pensamientos que luchaban en su mente y su corazón latía dentro del pecho hasta dejarse oír.
--Está bien--dijo al cabo la hermana de Reynoso con voz grave--. Mi conciencia me dice que por encima de todas las consideraciones y de todas las promesas está la ley de la caridad. Yo no puedo consentir que realices lo que me has dejado adivinar. Sabrás dónde está tu marido.
Elena dio un salto y se arrojó sobre ella estrechándola, estrujándola mejor dicho contra su pecho como si quisiera asfixiarla, cubriéndola al mismo tiempo el rostro de sonoros besos. Luego se dejó caer de rodillas e intentó besarle los pies, pero Clara la alzó entre sus brazos vigorosos y la sentó a la fuerza de nuevo. Después cogiendo una silla vino a sentarse a su lado, y tomándole una mano le dijo con voz que temblaba ligeramente:
--No eres tú sola desgraciada, Elena. Yo también lo soy.
--¿Tú?--exclamó aquélla alzando la cabeza y mirándola con estupor.
--Sí, hace dos días que me encuentro en esta casa porque me he visto obligada a huir de mi marido.
Y le narró con sencillez y concisión su vida desdichada en los últimos tiempos y el suceso increíble que había dado origen a la separación. Elena volvió a besarla con transporte y alzando los ojos al cielo exclamó:
--¡Oh, Dios! Los malos merecemos ser desgraciados, pero los buenos ¿por qué también lo son?
Ambas guardaron silencio.
--¿Le amas todavía?--preguntole dulcemente al oído.
--No--respondió Clara secamente--. Ese hombre ha ido arrancando una a una las raíces que tenía en mi corazón. El último tirón le ha separado por completo.
--Entonces, huye.
--Sí, hoy mismo pienso marchar a reunirme con mi hermano. Mañana irás tú. Yo prepararé su ánimo para recibirte.
Elena guardó silencio y una arruga dolorosa surcó su frentecita de estatua.
--Perdona, Clara--dijo al fin tímidamente--. Si debiese mi perdón a tus súplicas nunca podría creer en él y mi existencia sería un continuo tormento.
--Tienes razón--respondió aquélla quedando un momento perpleja--. Marcha tú esta tarde. Mañana saldré yo.
Después le dio cuenta del sitio donde se hallaba su hermano. Don Germán Reynoso habitaba en aquel momento una aldea de Guipúzcoa llamada Anzuola, próxima a Zumárraga. Saliendo aquella misma noche, por la mañana temprano llegaría a este punto y de allí podría trasladarse a Anzuola rápidamente. Era necesario preguntar por don Ricardo Vázquez, su segundo nombre de pila y su segundo apellido, pues así se hacía llamar desde que había salido de Madrid. Cuando hubieron convenido el asunto del viaje, Clara salió un instante a prevenir a Visita de lo que ocurría. No tardó en presentarse de nuevo con ésta. La ciega echó los brazos al cuello a Elena y la besó con la misma efusión que antes. Después, en las horas que siguieron hasta la de la partida, se mostró tan jovial, tan charlatana, que en más de una ocasión logró que la frente de Elena se desarrugase y una sonrisa contrajese sus labios. En fin, hasta les cantó los _couplets_ de los _Pajaritos fritos_ y tocó el _tango_ de las _Cacerolas_. Pero Elena no podía dominar un sentimiento de vergüenza que se leía claramente en sus ojos. Particularmente cuando se presentó Cirilo su confusión fue tan grande que Clara, advirtiéndola, se apresuró a sacarla de la estancia y llevarla a su gabinete y allí la dejó entretenida con el niño.
Se pasó recado al hotel de la Castellana para que enviasen el coche con el equipaje y, después que hubieron comido, las tres mujeres se dirigieron a la estación. Al despedirse de Cirilo le dijo Elena:
--Hazme el favor de pagar a los criados y cerrar la casa.
--¿Cerrar la casa?--exclamó aquél.
--Sí--replicó Elena rompiendo a llorar--. Yo no volveré ya más, suceda lo que suceda.
Y se apresuró a montar en el coche. En el trayecto a la estación Visita la besaba cariñosamente y le decía al oído:
--¡Ánimo, Elena! El corazón me dice que volverás a ser feliz.
En el momento de partir el tren Clara se abrazó a ella.
--¡Que Dios te proteja! Hasta pasado mañana.
--¡Hasta nunca, quizá!--murmuró Elena sepultándose en su berlina.
Se detuvo en Zumárraga toda la mañana, pues el tren no partía para Anzuola hasta las tres de la tarde. Pasó aquellas horas en el abatimiento y la indecisión. Cuando llegó el momento, sin embargo, salió como un autómata de la fonda y subió al tren que en pocos minutos la trasladó al fin de su viaje. La estación de Anzuola se halla bastante alta en la falda de la montaña. Para bajar al pueblo hay un hermoso camino, y Elena lo salvó con paso rápido. Es un lindo pueblecito situado en el fondo de un valle, rodeado por todas partes de verdes montañas y de árboles. Cuando llegó a las primeras casas, se encontraba tan fatigada que se detuvo un instante para reposar. La primera tienda que vio abierta era un estanquillo. Entró resueltamente, y dirigiéndose a una mujer que cosía detrás del mostrador le preguntó:
--¿Conoce usted a don Ricardo Vázquez?
La mujer levantó la cabeza con sorpresa.
--¡Oh señora! Aquí todos conocen, sí, todos conocen bien a ese señor.
--¿Dónde vive?
La mujer se levantó de la silla, vino a la puerta y extendiendo el brazo:
--¿No ve usted aquella casa donde hay un establecimiento de comestibles, de donde sale aquel hombre ahora mismo? Pues allí es donde él está de huésped... Pero si usted quiere verle no tardará en pasar por aquí--añadió volviendo a su sitio--. Todas estas tardes va a ensayar a los niños a la iglesia para la fiesta de la Virgen.
--¡Ah!
--Sí; mi chico, que también canta, se ha ido ya hace un rato y estará jugando con los otros delante de la iglesia. Don Ricardo ha sido quien le enseñó la música como a todos los demás.
--¿Es maestro de música?
--¡Oh, no señora!--exclamó la estanquera con un poco de enfado--. Don Ricardo es un gran caballero. Si enseña la música a los niños es por favor, por caridad como otras muchas caridades que hace. También ha formado aquí eso que llaman _orfeón_. El pueblo ha cambiado mucho desde que vino ese señor. Antes los hombres pasaban la noche en la taberna malgastando su jornal y hablando cosas feas. Ahora se van después de cenar al local de las Escuelas y allí se están cantando como unos benditos toda la noche. Cuando los ve cansados don Ricardo les da un cigarro, les entretiene un rato charlando y ya los tiene usted tan contentos. ¡Oh, señora, qué bien cantan ya! Parece que está uno en el cielo oyéndoles. Si usted se queda aquí, para el día de la Virgen los oirá porque han de cantar por la tarde en la plaza.