Chapter 21
Iba murmurando por intervalos estas y otras frases por el estilo. Recordaba los favores que había hecho a García sin pensar, por supuesto, en los que éste le había hecho a él. Al cabo de algún tiempo de dar vueltas y más vueltas sin saber por dónde andaba, con el cerebro encendido y el cuerpo convulso, al atravesar por uno de los parajes más recónditos del parque oyó detrás de un seto la voz y la risa de persona conocida. Asomó la cabeza por encima del follaje y pudo ver a sus amigos Cirilo y Visita sentados en un banco. El paralítico leía por un libro; la ciega escuchaba y a menudo interrumpían la lectura para reír y comentar con admiración los pasajes que más les agradaban. Aquella simple y tranquila felicidad hirió a Tristán como una bofetada en tal momento. Los contempló con ojos cargados de desdén y de cólera y al fin se alejó murmurando:--«¡Qué par de imbéciles!»
--¿Pero qué te ha ocurrido?--volvió a preguntarle su mujer.
--Nada, hija mía, que hoy se me ha caído la venda de los ojos. El amiguito García, ese desdichado a quien sólo por compasión admitía en mi casa, me estaba arrancando esta tarde la piel de lo lindo con mi otro amigo Estévanez.
Hay que advertir que Tristán sentía particular predilección por esta metáfora de la venda y que solía emplearla con bastante frecuencia. En cuanto cualquier persona de su conocimiento no satisfacía todas sus pretensiones y hasta sus caprichos, era sabido, «le caía la venda de los ojos».
--No puede ser--respondió resueltamente Clara con el instinto seguro que tienen las mujeres para juzgar el carácter de los amigos de sus maridos.
--¿Cómo no ha de ser, si yo mismo le he oído?
Clara quedó un instante suspensa, pero volvió a decir con mayor resolución:
--No puede ser. García es absolutamente incapaz de cometer contigo una villanía.
--¡Qué sabes tú de lo que son capaces o incapaces los seres humanos!--replicó alzando los hombros con desdén--. Lo ha dicho con profunda sabiduría el maestro alemán, el maestro clarividente: sólo cuando llegamos a cierta edad comprendemos en qué cueva de bandidos hemos caído.
--García no sólo te quiere entrañablemente, sino que te admira como a ningún otro hombre.
--De la admiración a la envidia no hay más que un paso. Yo he caído en el error de tratar con excesiva familiaridad a un hombre tan vulgar como García. Estas naturalezas se sublevan al aspecto de otra naturaleza opuesta. Disimularán su envidia durante algún tiempo, el tiempo que les convenga, pero en la primera ocasión favorable la mostrarán. Si se ha hecho amigo de Estévanez, mi amistad le importa ya poco y se vengará del tiempo que ha perdido adulándome.
--¡Oh, qué atrocidad! Tristán, no pienses eso.
En vano con la elocuencia que le dictaba su recto corazón trató de disuadirle y desvanecer aquellas negras sospechas. Agarrado con irresistible presión como siempre a sus ideas, su marido no quiso escucharla, oponiendo a todas sus razones una actitud altiva y desdeñosa.
Comió poco y estuvo sombrío y silencioso mientras duró la cena. Cuando habían llegado a los postres sonó el timbre de la puerta. El criado fue a abrir y entró después sin decir nada.
--¿Quién llamaba?
--El señorito García--respondió con indiferencia--. No quiso pasar: dijo que se iba al despacho.
Tristán se alzó de la silla. Clara también se levantó y sujetándole con mano trémula por una manga le dijo:
--No vayas allá, Tristán. Déjame ir a mí... Le diré que estás indispuesto, que te duele la cabeza y no puedes hablar con nadie.
--¡Suelta, suelta!--respondió él haciendo un movimiento brusco y zafándose de su mano.
Y con paso vivo se dirigió al despacho, dejando a Clara acongojada.
García leía ya atentamente por un libro a la luz del quinqué.
--¡Hola, amigo!--profirió Tristán con una voz tan extraña que García levantó la cabeza sorprendido.
--¿Cómo estamos, amigo?--siguió con la misma inflexión de voz y acercándose a la mesa.
--Bien, ¿y tú?--respondió García mirándole cada vez con mayor sorpresa.
--¿Yo...? ¡Divinamente!
Y se sentó frente a él y le clavó una larga mirada insistente y dura.
--Desde que hago una vida más higiénica--añadió--me encuentro perfectamente. Ya no paso las tardes en el café, como antes; ahora me dedico a dar paseos entre los árboles, buscando atmósfera más pura. Hoy he paseado por el Retiro... y ¡mira tú lo que son las cosas, amigo!--prosiguió con acento irónico--, también debajo de los árboles se suelen encontrar cosas impuras.
García se puso levemente colorado. Tristán mirándole aún con mayor fijeza continuó:
--Su verdura no sólo tiene la propiedad de descomponer el ácido carbónico del aire, sino también de corromper los más puros sentimientos y de poner al descubierto el fondo de los corazones. Es un experimento que pienso comunicar a la Academia de Ciencias y que como todos los grandes inventos se debe a la casualidad...
--¡Basta, Tristán! Si te has ofendido porque haya paseado con Estévanez...
--¿Ofenderme...? No, querido, no; el espectáculo de la miseria humana no ofende; entristece solamente.
--Tristán, ¿qué estás diciendo? Repara que ahora me ofendes tú. Yo no he buscado la amistad de Estévanez. Él me ha hablado en el saloncillo del Español, y sabiendo que estaba haciendo oposiciones a una cátedra se brindó espontáneamente a recomendarme a dos de los miembros del tribunal. ¿Querías que me mostrase ingrato con él?
--Yo no quiero nada--respondió con sequedad desdeñosa Tristán.
--Además, ahora que le trato puedo decírtelo, estás en un error suponiendo que es tu enemigo: las pocas veces que ha hablado de ti conmigo lo ha hecho en términos muy lisonjeros. Te considera como el joven más brillante de la nueva generación literaria y se lamenta de que sin motivo alguno hayas dejado de saludarle.
--¡Ah, sin motivo!--exclamó Aldama con acento sarcástico--. Los hombres perversos nunca encuentran motivo para que se les odie. Y en el fondo tienen razón. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido perversos? A ti te consta mejor que a nadie la serie de ruindades que ese hombre ha hecho conmigo.
--A mí sólo me consta porque tú me lo has dicho.
--¡Sí te consta, y si no lo confiesas es porque eres un traidor como él!--exclamó con furiosa exaltación.
--¡Tristán!--dijo García levantándose.
--¡Un traidor peor que él, porque él no me debe nada y tú si!--gritó aún con mayor exaltación agarrándose con manos crispadas a la mesa para alzarse.
--Me estás insultando sin motivo y en tu propia casa--profirió el pobre joven pálido ya como la cera.
--Un traidor es quien sin tener en cuenta la amistad fraternal que le liga a otro hombre va a desacreditarle y a murmurar de él con sus enemigos.
--¡Eso es falso!
--No es falso, no, porque son testigos de ello mis propios oídos.
--¡Pues mienten tus propios oídos!--exclamó con valerosa indignación García.
Tristán, muy pálido también, quedó unos instantes silencioso y al cabo dijo haciendo visibles esfuerzos para hablar con calma:
--Es inútil que hablemos más. Todas las cosas tienen un término triste en este mundo y la amistad es de las que primero se marchitan. Yo he cometido la locura de estrechar demasiado mis relaciones contigo sin tener en cuenta que todo lo que se aprieta demasiado acaba por romperse. Ha llegado el momento en que la cuerda estalle, pero conste que se ha roto por tu lado, no por el mío. Alejémonos, García, alejémonos para siempre el uno del otro y comencemos en el mundo otros ensayos que tendrán idéntico resultado.
--Nada se ha roto por mi lado, Tristán. Esa es una de tantas visiones negras como has tenido en tu vida, sobre todo de poco tiempo a esta parte. Mi amistad por ti es tan firme, tan verdadera, que nadie más que tú en el mundo ha podido dudar de ella.
--La amistad verdadera entre los hombres es algo que pertenece a la fábula. Si yo lo hubiera tenido bien presente no tomaría el grave disgusto que me ha causado tu proceder. Debiera analizarla como un mineralogista examina una piedra; hubiera visto que aunque sincera en la apariencia descansaba sobre motivos secretamente egoístas, y viviendo así prevenido la traición me hubiera dejado tranquilo.
--¿Quién habla de traición? ¡Miente! ¡miente quien lo diga!--volvió a exclamar con la misma indignación García.
--Basta, repito. Mi resolución está tomada. Tú y yo hemos concluido para siempre.
Al pronunciar estas palabras dio unos pasos hacia la puerta mirando fijamente a su amigo. Este también le miró estupefacto haciéndose cargo por aquel ademán que le arrojaba de su casa. Hubo un instante en que ambos permanecieron inmóviles mirándose a los ojos. Al fin García se dirigió con paso precipitado a la puerta. Antes de traspasarla se volvió y con los ojos llenos de lágrimas le dijo:
--¡Que no te tome Dios en cuenta, Tristán, la injusticia que estás cometiendo!
XX
CONSECUENCIAS DE UNOS CELOS
Tristán sólo entró en el comedor para despedirse de su mujer y besar a su hijo. Viéndole pálido y trémulo Clara no quiso darle la noticia de la visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella también se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar, más que de percibir. Su espíritu, siempre recto, se rebelaba contra el proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo habría expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda injusticia sublevaba su sangre. Aplazó, pues, también esta explicación para el día siguiente y procuró distraer como siempre sus inquietudes con las gracias de su hijo, mientras Tristán caminaba la vuelta acostumbrada del café. La tertulia literaria, cuando llegó, ardía ya en disputas y bromas. Pronto se dejó vencer por el influjo de aquella ruidosa alegría y se disiparon las sombras que obscurecían su frente. Olvidó su disgusto. Pero cuando más enfrascado se hallaba en la algazara apareció en la puerta la figura siniestra del paisano Barragán con su eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia él y hubo un instante de silencio.
--¡Hola! ¿qué vendrá a hacer aquí este _pájaro_?--dijo uno.
--¡Soberbia figura para mi drama! Estoy por ir a preguntarle si se quiere contratar--dijo otro.
--¡A que no te acercas a él!
Mientras tanto Barragán avanzaba por el medio del café echando miradas sanguinarias a todos los rincones como si buscase a alguno para arrojarse sobre él y degollarlo. Al fin divisó al desgraciado que buscaba. Era un sujeto de faz bermeja. En los labios sinuosos del paisano se dibujó una sonrisa feroz y se dirigió hacia el sitio que ocupaba. Pero al pasar cerca de la mesa de los literatos percibió a Tristán y exclamó sonriente y espantoso:
--¡Adiós, Tristanito! Hace ya una temporadita que no nos hemos visto. ¿Cómo va esa salud? Por Clarita y el chiquitín no le pregunto porque sé que están buenos. Nanín me lo ha dicho esta tarde.
--¿Qué Nanín?--preguntó Aldama por cuyos ojos pasó una nube.
--¿Qué Nanín ha de ser? El marquesito del Lago. Me ha dicho que los ha visto en su casa y que había sentido mucho no encontrarle a usted.
La impresión que Tristán sintió con estas palabras fue tan violenta, que un golpe en la cabeza no le hubiera dejado más aturdido y paralizado. Sólo pudo exclamar con forzada y estúpida sonrisa:--«¡Ah!»
--Bueno--siguió Barragán viendo que Tristán no decía más--. He venido a buscar a aquel amigo que me ha citado aquí y voy a hablar un rato con él. Es maestro cortador de _La Confianza_, esa gran sastrería de la calle Mayor; un hombre instruidísimo, Tristanito, un verdadero filósofo. Conoce la historia de España al dedillo. Le dice a usted todos los reyes godos de memoria sin faltar uno, ¡es que sin faltar uno, Tristanito, créalo usted! En Calatayud, que es su pueblo, ha publicado unos artículos contra el celibato eclesiástico que levantaron roncha en el clero. Ahora está escribiendo un folleto contra Moisés, ¡una verdadera hermosura!
En aquel momento el sujeto en cuestión acercaba su nariz escarlata a una copa de cognac, haciendo concebir la sospecha de que su rencor contra el caudillo de los israelitas quizá naciese por no haber logrado entrar en la tierra de Canaan y disfrutar de sus famosos viñedos.
Mientras duró esta breve conversación los amigos de Tristán se burlaban de lo lindo, aunque en voz baja, del paisano. «¡Guardias, socorro!»--exclamaba uno--. «Tome usted la cartera. ¡No me haga usted daño por Dios!»--decía otro llevando la mano al bolsillo--. «Pues habla en diminutivo con mucha dulzura.»--«Será un bandido generoso como Diego Corrientes.»--«Mirad qué pálido se ha quedado Aldama.»
En efecto, Tristán se había quedado tan descompuesto que apenas podía articular una palabra. Sin embargo, hizo un esfuerzo heroico sobre si mismo y sonrió balbuciendo que aquel amigo de tan fea catadura era una persona honrada e inofensiva.--«¡Ya, ya, bien inofensivo te dé Dios!--Pues tú buen susto has llevado. Estás más yerto que Hamlet viendo el espectro de su padre.» Hizo cuanto le fue posible por mostrarse tranquilo; pero a los pocos instantes, con no poca sorpresa de los tertulios, se levantó bruscamente y sin despedirse se dirigió con paso rápido al sitio que ocupaba Barragán.
--Amigo Barragán--le dijo en el tono más indiferente que pudo--, ¿sabe usted en qué hotel para el marqués del Lago?
--No está en ningún hotel. Vive, según me ha dicho, en casa de su primo el marqués de Henares... Un hermano de éste creo que se casa ahora con la hija de Roda...
--Ya. ¿Y dónde vive el marqués de Henares?
--Eso sí que no puedo decirle, Tristanito. Mañana puede usted averiguarlo en el Congreso, porque es diputado.
Sin dirigir siquiera una mirada a la mesa donde se hallaban sus amigos salió apresuradamente del café. Una vez en la calle, quedó un instante inmóvil. La cabeza le ardía y el corazón le palpitaba fuertemente. Al cabo emprendió a paso largo el camino de su casa. Se acercó a la portería donde los porteros formaban tertulia en torno de una mesa con algunos amigos. Llamó con los dedos en los cristales.
--Diga usted, Juan, ¿esta tarde ha venido algún caballero a verme?
El portero vaciló un momento sin acordarse, pero su mujer respondió en voz alta:
--Sí, hombre, ¿no te acuerdas de un señorito joven que preguntó por los señores de Aldama?
--¡Ah! sí, un señorito alto, grueso, de pelo rubio. Le dije que no estaba el señorito. Me contestó que era igual y subió...
--Bien; ése ya sé quién es porque ha entrado en casa--respondió para disimular--. ¿No ha venido ningún otro a preguntar por mí?
--Me parece que no señor.
Inmediatamente se trasladó a una librería de la Carrera de San Jerónimo que aún estaba abierta, pidió la _Guía de Madrid_ y se enteró dónde vivía el marqués de Henares. Era en una calle del barrio de Argüelles. Tomó un coche en la Puerta del Sol y dio las señas. Pocos minutos después se bajaba delante del hotel que ocupaba el marqués. Preguntó al portero. El señor y la señora habían salido hacía ya una hora con su primo el marqués del Lago y una señorita.
--¿No sabe usted dónde han ido?
--No, señor..., pero aguarde usted un momento.
Tomó la bocina del tubo acústico y llamó.
--María Luisa, ¿sabes dónde han ido los señores esta noche?
El portero escuchó lo que le respondían y colgando la boquilla dijo:
--Los señores tenían tomado un palco en el teatro de Apolo. Allí deben de estar.
Tristán subió de nuevo al coche dando estas señas. Cuando cruzaba por la Puerta del Sol sonaban en el reloj del ministerio de la Gobernación las diez. Se apeó delante del teatro y despidió el coche, y usando de su privilegio de autor entró sin detenerse en la taquilla. Había comenzado ya el acto segundo. Se acercó a la puerta central de las butacas, la entreabrió y echó una rápida mirada a los palcos. En seguida le vio. Había dos señoras en primer término y él con otro caballero detrás de ellas. Se cercioró bien del número del palco y subió hasta colocarse detrás de la puertecita, y por un movimiento irreflexivo llamó con los nudillos de los dedos sobre ella. El mismo marquesito se levantó para abrir. Su semblante se dilató con una franca y cordial sonrisa.
--¡Amigo Aldama, usted por aquí! Pase usted. ¡Cuántos deseos...!
Pero la frase expiró en sus labios. La sonrisa que contraía el rostro de Tristán era tan extraña y su rostro se hallaba tan descompuesto, que el marquesito quedó paralizado.
--¿Tendría usted la amabilidad de escucharme dos palabras?
--Con mucho gusto... ¿Pero no quiere usted pasar?
--No señor, gracias.
--¿Es tan urgente el asunto?
--Lo es.
Nanín quedó un instante suspenso.
--Bien, bien--dijo al cabo--. Será como usted guste. Y dirigiéndose a sus primos añadió:--Soy con vosotros al instante. Necesito hablar unas palabras con este amigo.
Salió y cerró la puerta del palco.
--Estoy a su disposición--dijo ya con semblante grave para acomodarse al de Tristán.
Este echó a andar hacia la escalera y Nanín le siguió al vestíbulo que se hallaba solitario. Sólo los encargados de recibir los billetes de entrada charlaban a la puerta.
--Acabo de saber que ha estado usted en mi casa.
--Efectivamente, esta tarde he tenido el gusto de ver a Clara...
--¿Y no hubiera usted hecho mejor en haberse privado de ese gusto?--dijo Tristán, a quien la frase del marqués calentó aún más la sangre.
Nanín le miró estupefacto.
--No comprendo...
--Quiero decir que visitar a las señoras jóvenes en ausencia de sus maridos no siempre es oportuno. Generalmente esta confianza se la autorizan los amigos de mucha intimidad... Y francamente, por ahora no puedo contarle a usted entre ellos.
El marquesito, cada vez más sorprendido, balbuceó:
--No pensé que eso tenía nada de particular... Con Clara y con su hermano siempre hemos mantenido relaciones muy íntimas.
--Pero conmigo muy superficiales... y yo soy ahora el amo de la casa y quien puede autorizar o desautorizar las visitas de mi mujer.
Nanín avergonzado y queriendo sacudir el embarazo que sentía replicó:
--¿Y para una tontería como ésta me hace usted salir del palco? ¡Hombre, no merecía la pena!
--Permítame usted que le diga--profirió Tristán con reconcentrada ira--que jamás he concedido ni pienso conceder a nadie el derecho de calificar de tonterías mis actos. Y si alguien es bastante atrevido para tomarse esa libertad se expone a sufrir las consecuencias.
--Pero ¿qué motivo hay para enfadarse de ese modo?--exclamó el marquesito--. Que a usted no le gusta que vaya a su casa, ni quiere ser mi amigo... Bueno; para eso no tenía usted necesidad de venir con esos humos a llamarme estando con señoras. Bastaba con haberme enviado una carta.
--Si a usted le parece que vengo con humos debe tener presente que donde sale humo es que hay fuego. Ni para enfadarme ni para desenfadarme le pido a usted permiso... Por lo demás, me acomoda mejor hacerle a usted esa advertencia de palabra. No quiero que usted ponga los pies en mi casa. ¿Se ha enterado usted?
El marquesito alzó los hombros con desdén.
--Lo mismo usted que su casa me tienen sin cuidado.
--Y a mí menos que mis palabras le desagraden--respondió Tristán dirigiéndole una mirada provocativa.
El marquesito le miró a su vez en silencio unos momentos y volviendo al cabo la espalda con un gesto desdeñoso murmuró:
--Razón tienen en decir que está usted loco.
--Más razón tienen en decir que es usted un imbécil.
Nanín se volvió rojo, exasperado, y avanzando hasta acercar su cara a la de Aldama exclamó con furor:
--¿Qué decía usted?
Tristán, sin retroceder poco ni mucho, respondió con igual fiereza:
--Lo que todo el mundo sabe: que es usted un imbécil.
El marquesito alzó la mano y Aldama rodó por el suelo. Los dependientes de la puerta y un caballero que cruzaba a la sazón y se había detenido al oír la disputa acudieron a levantarle. Mientras esta operación se realizaba Nanín pálido y con los ojos extraviados parecía decidido a repetir la suerte. Tristán por su parte, una vez en pie, también quiso arrojarse sobre él. Ambas cosas fueron impedidas por los porteros y el caballero que les auxiliaba.
--¡Déjenme ustedes!--exclamaba Tristán--. ¿No ven ustedes que me ha abofeteado?
Nanín guardaba silencio. Al fin volvió de nuevo la espalda y con tranquilo paso se dirigió a la escalera para subir al palco. Tristán, sujeto por las manos de los dependientes, le gritó:
--¡Pronto tendrá usted noticias mías!
El marquesito siguió caminando con desdeñosa indiferencia.
Tristán corrió al café. Tenía la mejilla roja y un poco inflamada. Cuando se acercó a la tertulia de sus amigos, éstos le acogieron con las alegres chanzas de siempre, pero al verle tan descompuesto y al observar que se dirigía a un joven capitán, único militar de la reunión, y a otro amigo que tenía fama de tirador de armas y duelista, entendieron de lo que se trataba y se callaron con respeto. Tristán llevó a otra mesa a sus dos amigos y conferenció con ellos brevemente.
--Tengo, sin ninguna clase de duda, la elección de armas, porque he sido abofeteado delante de varias personas. Elegid la pistola en las condiciones más graves que podáis.
Los amigos se dirigieron al Teatro de Apolo. El marquesito, que ya había contado a su primo el de Henares la aventura y esperaba la visita, eligió por padrinos por indicación de éste a González de la Riva, un hombre político muy conocido que se hallaba a la sazón en el teatro, y a un joven teniente de artillería. Como el teatro no era sitio a propósito para ventilar aquel asunto, se dirigieron los cuatro al Círculo de la Peña y conferenciaron en un saloncito completamente solos. González de la Riva, acostumbrado a las transacciones de la política y a los cabildeos del salón de conferencias del Congreso, quiso desde luego arreglar pacíficamente el asunto y empleó para ello aquella facundia persuasiva que todo el mundo le reconocía. Sus frases aliñadas, todas sus habilidades parlamentarias se estrellaron contra la resuelta y arrogante decisión de los padrinos de Aldama.
--No queremos acta, porque el acta que propusiéramos no la aceptaría ningún hombre de honor, y no tenemos intención de ofender al marqués del Lago.
Luego, al tratar de las armas, hubo también su poquito de discusión. Se reconocía el derecho de Aldama a elegir, pero los padrinos del marqués, sobre todo González de la Riva, expresaron su deseo de quitar gravedad al duelo. Con igual firmeza los de Aldama rechazaron este deseo e impusieron sus condiciones. Dos disparos simultáneos a treinta pasos: inmediatamente otros dos a veinte avanzando cinco cada uno. Cuando salían del saloncito después de haberlas convenido llegaba Narciso Luna, aquel joven-viejo o viejo-joven amante de la condesa de Peñarrubia. Había tenido noticia de lo que se trataba y venía desde el billar jadeante, trémulo, como si se tratase realmente del desafío de un hermano. Se dirigió con voz alterada a los padrinos diciéndoles que aquel lance no podía efectuarse, que era necesario arreglarlo y que él estaba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario para ello dejando el honor de ambos a salvo. Los padrinos del marqués (con el cual ni su misma hermana la condesa de Peñarrubia se trataba ya) hicieron comprender cortésmente a aquel cuñado _sui generis_ que no debía mezclarse para nada en el asunto que les estaba confiado. Los de Aldama ni siquiera se dignaron contestarle pasando fríos y arrogantes por delante de él. Cuando se hallaban ya a alguna distancia uno de ellos dejó escapar en voz bastante alta una frase sangrienta que Narciso Luna no oyó o no quiso recoger.