Tristán o el pesimismo

Chapter 19

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La ceremonia debía de celebrarse a las cinco de la tarde. Los novios partirían en el sud-express poco después. A las tres, la multitud de los convidados invadía los fastuosos salones de la casa de Escudero, en la calle de Alcalá. Tristán estaba allí. Era uno de los testigos designados por la novia. Andaba solo, huyendo de juntarse a nadie según su costumbre. El sensible lance acaecido a su cuñado y en el cual había él tomado parte no había contribuido a mejorar su genio difícil y sombrío. El matrimonio de su prima, a la cual nunca había profesado mucha estima, le inspiraba un poco de risa, un poco de lástima y otro poco de desprecio. ¡Casarse, por ser duquesa, con un espectro!

Efectivamente Gonzalito Ruiz Díaz lo era. Al principio de sus relaciones con la niña de Escudero pareció animarse un tanto su naturaleza, pero a medida que transcurría el tiempo se fue debilitando nuevamente hasta inspirar miedo. Se decía en la familia que la oposición tenaz de su padre era la causa de tal decaimiento. Sin embargo, después del fallecimiento del duque nada mejoró de aspecto. Entonces se achacó a los amores. En cuanto satisficiese, uniéndose a Araceli, los vivos anhelos de su corazón engordaría hasta ponerse como una bola. Esta era la profecía que había encontrado más eco en la familia de Escudero y de todos sus allegados.

Cuando se presentó en el salón ataviado con el uniforme de maestrante de Granada, su faz lívida, el círculo azulado que rodeaba sus ojos, la fatiga que se leía en todos sus rasgos no pudo menos de sorprender a los circunstantes que empezaron a hablarse al oído. «Es el uniforme--decían algunos--lo que le da ese aspecto de muerto desenterrado.» «¡Qué uniforme! Es la emoción. ¡Ha sido siempre un chico tan sensible!» El pobre Gonzalito se sentía en efecto bien fatigado, bien conmovido, bien amarrado dentro de su vistoso uniforme. Todos los amigos se apresuraron a rodearle vertiendo en su oído palabras de felicitación. Unos lo tomaban por lo serio, le hablaban de su preclaro nombre que pronto iba a encontrar quien lo perpetuase, otros echaban el santo sacramento a broma.--«¡Ánimo, Gonzalo! Para sostenerte en este trance fiero aquí tienes a los amigos. ¡No tiembles a la vista del patíbulo!» Y señalaban al altarcito erigido allá en el fondo del salón contiguo y que se veía por la puerta entreabierta.

Al fin llegó monseñor Isbert que debía bendecir la unión de los jóvenes. Era un prelado doméstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomático, tolerante. Por estas razones gozaba de gran crédito en la alta sociedad madrileña y había casado ya un número considerable de sus miembros. Señoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su conversación culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseñor sacó el reloj.

--Ya se acercan las cinco--manifestó dirigiéndose con graciosa sonrisa a Araceli--. Perdone usted, señorita, que le recuerde el dulce y solemne momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregará usted su libertad al elegido de su corazón.

Araceli bajó los ojos ruborizada.

--¿Dónde está el novio?--preguntó después monseñor con su voz clara y pastosa de orador.

--Eso es, ¿dónde está el novio?--preguntaron algunos dirigiendo miradas en torno.

--¿Dónde está Gonzalo? ¿donde está Gonzalo?--repitieron otros.

Al fin se le halló en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre las manos.

--¿Qué es eso?--se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las personas que se le acercaron corriendo--. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes indispuesto?

--Sí, me siento mal.

Y al levantar la cabeza dejó ver un rostro tan pálido que su madre dio un paso atrás, aterrada.

--Sí, me siento mal, ¡muy mal!

Apenas había pronunciado estas palabras una ola de sangre se escapó de su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los criados. Todos están tan asustados que no saben más que gritar:

--¡Un médico...! ¡una jofaina...! ¡un vaso de agua!

El vómito fue terrible. Pensaron que se quedaba en él. Cuando cesó le transportaron a una cama en las habitaciones que había ocupado Tristán de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los presentes, le prodigó sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos después le repitió el vómito. El doctor se apresuró a hacer salir del cuarto a todo el mundo, haciendo seña a monseñor Isbert para que se acercase. El sacerdote le dio la absolución de sus pecados sin oírlos, porque el pobre Gonzalito no volvió a pronunciar otra palabra.

XVIII

LA FLECHA DEL DESTERRADO

La masa de follaje del Sotillo se teñía de amarillo. Con una ojeada perezosa y distraída Elena abrazaba el bosque y el vasto horizonte, fijándola con insistencia en sus confines azulados. Aquel noviembre venía seco, pero frío ya. El aire era transparente, la sierra tomaba un color de violeta obscuro, la llanura se teñía de gris; por el ambiente corrían las frías claridades, el aliento fresco que denunciaba la proximidad del invierno.

--No hace más que cuatro días que la señorita ha llegado y ya parece otra--dijo la doncella que se hallaba a sus pies arrodillada cambiándole el calzado.

--Sí, el Escorial me ha probado siempre bien--repuso la señora sin apartar su mirada distraída del horizonte.

--¿Por qué no viene más a menudo?--se atrevió a preguntar la mimada doncellita.

Elena no contestó.

Al cabo de un rato apartó los ojos del paisaje y los volvió al armario de espejo que tenía delante. Se miró prolongadamente en la luna y murmuró como si hablase consigo misma:

--¡De todos modos me encuentro bien cambiada, bien decaída, bien fea!

--¿Cómo fea?

La doncellita protestó con todas sus fuerzas de aquella monstruosa aserción. Jamás había estado tan hermosa la señorita.

--Parece mentira--prosiguió ésta--que una fiebrecilla gástrica me haya arruinado tanto.

--Quince días en el campo y se pondrá la señorita tan gorda que habrá que enviar todos los trajes a la modista.

--¡Más, más...! Me convendría tal vez pasar todo el invierno aquí.

La doncellita se puso seria. ¡El invierno! ¡Alegre humor echaría su novio el encargado de la tienda de ultramarinos de la calle de Olózaga si tardase más de quince días en volver a Madrid! Así que trató por todos los medios que estaban a su alcance (que no eran muchos) de disuadir a la señorita. Esta parecía no escucharla. Sus ojos volvieron a perderse al través del balcón abierto en las lejanías del horizonte inmenso. En vano tocó los recursos que en otras ocasiones habían surtido efecto para distraerla, los vestidos, los sombreros, las reformas de la casa, los coches. Elena permanecía absorta, ensimismada, sin dignarse siquiera volver la cabeza. Viendo sus esfuerzos defraudados, la doncellita adoptó el acuerdo de salirse de la estancia sin hacer ruido.

El Sotillo le causaba ahora una impresión extraña, mezcla de dolor y de alegría, de agitación y de sosiego. Desde el día fatal, hacía ya más de un año, en que su esposo huyera para siempre, no había puesto los pies allí. Pero desde hacía ya tiempo soñaba con él. Su espíritu se volvía hacia aquel paraje ansiando la frescura de sus árboles, el rumor de sus aguas, la paz de su ambiente. ¡La paz, la paz! Esto era lo que necesitaba su cuerpo gastado, su corazón deshecho. La carta de su marido le había producido el efecto de un rayo. Cayó de bruces sobre el suelo privada de conocimiento. Cuando la alzaron y la transportaron a la cama se le declaró una violenta fiebre que la tuvo postrada muchos días y amenazó su vida. Durante su enfermedad ni Clara ni Tristán ni Visita parecieron por su casa. Sólo Marcela Peñarrubia la veló como una hermana cariñosa. Cuando entró en convalecencia supo por ella que Tristán había provocado secretamente a Núñez y que éste había rehusado el duelo alegando que no era él quien tenía derecho a exigirle una reparación. Entonces Tristán le había abofeteado. No otra cosa buscaba el pintor para tener la elección de armas, pues aunque no era cobarde, ninguna gracia le hacía servir de blanco a la certera puntería de su amigo. Se batieron a espada y Tristán salió herido ligeramente en el brazo derecho. Después se vio rodeada por aquellas amigas de última hora, Marcela Peñarrubia, Enriqueta Atienza, Rosita León y sus respectivos amantes que la asistían y la mimaban con asiduidad conmovedora.

Pero en cuanto pudo salir a la calle fue a casa de Visita resuelta a enterarse adónde había ido su marido y correr a pedirle perdón. En ver a Clara y Tristán no soñaba siquiera. La recibió Cirilo con ceremoniosa cortesía hablándole de dinero, presentándole cuentas y libros, anunciándole que al día siguiente le enviaría los intereses vencidos de las acciones del Banco. Visita no se presentó. Se hallaba un poco indispuesta, al decir de su esposo. Salió de aquella casa con el corazón tan apretado que en cuanto montó en el coche estalló en sollozos. No se había atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando llegó a su casa escribió una larga carta a Tristán. Este no le contestó. Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dejó marchar por la suave pendiente que delante se le ofrecía. Recibió por fin a Núñez, que diariamente le enviaba billetes inflamados; intimó con las amigas que se desvivían por distraerla y entró a formar parte de aquella sociedad divertida y galante. Fue una rebelión, una necesidad de su naturaleza, que de otro modo hubiera sucumbido.

Y para más aturdirse, para olvidar la pena que le roía el alma fue más allá de lo que la prudencia aconsejaría a una mujer en su caso. Lanzose a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo, tiendas, modistas, cenas a última hora con sus flamantes amigas y _adláteres_. Estas no la dejaban ni de noche ni de día. Gustavo Núñez la mantenía en perpetua risa con sus bromas picantes y excéntricas. El lindo hotel de la Castellana se convirtió en centro bullicioso de placer. Elena se entregaba a él más que con pasión con verdadera rabia. No quería quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos pretextos y correrías, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no había mujer más mimada, más agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios de divertirla y aun aturdirla.

Así transcurrió un año. Al cabo, aquella vida, más que agitada, febril, agotó sus nervios. Acometiole un decaimiento físico y moral que en vano trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que sintió los efectos de este desmayo fue Núñez. Hasta entonces Elena había sido con él, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente, risueña, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la sociedad que frecuentaban. A última hora empezó a mostrarse fría, exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraña melancolía que la tenía horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni una palabra. Elena empezó a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada, principió a darse cuenta vagamente del carácter de la gente que la rodeaba, sobre todo del carácter de su amante. Este había principiado por mostrar con ella un desinterés desdeñoso, susceptible, que aun haciéndola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta tal punto parecía celoso el pintor de su dignidad que no podía hacerle el más corto obsequio sin que al día siguiente se viera regalada con otro de más precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo de ser, se dejó mimar y regalar sin protesta, comía casi a diario en casa de ella y aceptó por fin que Elena abonase los gastos de un viaje que hicieron por Francia y Alemania. Duró cerca de dos meses, se gastó por largo, y la galantería de Núñez sufrió en el curso de él bastante menoscabo. La vida íntima, marital, descubrió a los ojos de Elena los puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simpático en sociedad. Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi siempre egoísta, hacía recordar a Elena la paciente dulzura de su marido, aquella galantería nunca desmentida, aquella protección paternal que tanto calor daba a su corazón. Elena no era mujer de pasiones ardientes; poseía un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no sabiendo fingir, pronto empezó a mostrar a Núñez un claro desvío. Cuando habían llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel hombre.

Si no rompió con él abiertamente fue por miedo no tanto hacia él como hacia la camarilla que le rodeaba. Sentíale apoyado por todas sus amigas y creía la inocente de buena fe que si le despedía éstas se despedirían también y volvería a quedarse sola. ¡Buena gana tenían de hacerlo! Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Comían bien en su casa, asistían al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y además de vez en cuando le tomaban algún dinero prestado. La condesa de Peñarrubia se lo había pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para un negocio seguro según decía. De todos modos Elena no volvió a ver su dinero. Últimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle que comprase acciones de una mina de plata que su amigo común el vizconde de las Llanas poseía en Albacete. Se trataba solamente de un desembolso de veinte mil pesetas que antes de un año se convertirían en cuarenta mil. Elena no las tenía en aquel momento, pero no las hubiera entregado aunque las tuviese. Había entrado ya la desconfianza en su espíritu. Esta desconfianza se hizo más viva cuando observó el mal humor que mostró Núñez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar, viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y él estaban en connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes autorizaba, convirtió su desvío en desprecio. Pocos días después se vio precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel habían estropeado su estómago. Mientras estuvo enferma meditó mucho: la fiebre exaltaba su imaginación, exacerbaba su aburrimiento, hacía crecer los agravios que creía haber recibido de su amante. Cuando se levantó del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con él. Se hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedaría sola, trasladaría su residencia al extranjero, entraría en un convento, tomaría otro amante, ¡todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de ácido nítrico! Sin decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto se sintió con fuerzas para ello se trasladó un día al Sotillo. Desde aquí había escrito a Núñez una carta anunciándole que estaba resuelta a cortar el lazo amoroso que los unía. No queriendo decirle el motivo real que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hábil en el género epistolar, se perdía en una serie lamentable de frases sin sentido, reticencias y exclamaciones inútiles. Cuando leyó la carta antes de enviarla comprendió que no estaba bien, que todo aquello era ridículo. Sin embargo no quiso escribir otra. Alzó los hombros con desdén y exclamó sonriendo maliciosamente:--«¡Bien está! Que lo tome como quiera.»

En el Sotillo sintió los únicos momentos de sosiego que había disfrutado desde hacía quince meses. Una dulce melancolía penetraba en su alma al contacto de aquellos sitios donde tan feliz había sido. Le parecía que su dicha no había muerto, que aún estaba allí guardada esperándola. Vagamente soñaba con ver surgir del parque la gran figura atlética de su marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello hubiera muerto para siempre. Recorría la casa, se tendía sobre el sillón de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos poderosa se había apoderado de su alma en aquellos cuatro días; sentía la impresión del que se halla soñando una siniestra pesadilla y guarda la conciencia de que lo es y no tardará en despertar. No había subido al pueblo, nadie había venido a visitarla ni aun sus mismos parientes, acaso porque no supieran que estaba allí. Sin embargo, aquella excitación placentera que acude siempre en toda convalecencia como una resurrección de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente. Aquella pequeña y tersa frente de estatua griega sentía su sombra y se obscurecía.

Elena dejó escapar un suspiro, apartó sus ojos extáticos del horizonte y se alzó del asiento. Miró el reloj de la chimenea: eran las once. Tomó el quitasol y bajó al parque. Hasta entonces no había salido de él, satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de acariciar sus árboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo una novela. Ahora le había entrado curiosidad de verlo todo, un deseo vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuñada Clara. De buena gana hubiera tomado una carabina como ella. Entró en el bosque y lo atravesó con pie ligero: la sombra espesa aún de su follaje la sofocaba. Cuando los árboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se detuvo un instante y respiró a plenos pulmones con la sonrisa en los ojos. Y ya más libre y tranquila siguió caminando lentamente entre las encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha estaba amarrada a la orilla: saltó sobre ella con alegría y no habiendo remos se balanceó un rato gozando la grata impresión de hallarse a flote. ¡Lástima de remos! Si los tuviera se habría lanzado al medio segura de no haber olvidado aún su manejo. Con pesar volvió a saltar a tierra. Un poco más allá vio la columnata del vetusto cenador derruido, atravesó el puente brincando sobre los agujeros que habían dejado las piedras desprendidas y se sentó entre la maleza de los espinos y acacias que lo envolvían. Se acordó del último banquete que allí se había celebrado. ¡Qué feliz, qué inocente era entonces! ¡Cuán poco podía presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios, volvió a pasar el puente y marchó por el monte a paso más vivo. Los árboles se hicieron cada vez más raros y más bajos, la maleza obstruía los senderos. En algunos sitios libres crecían el tomillo y el romero. Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arrancó algunos puñados y se los llevó a la nariz con los ojos mojados de lágrimas. Pero allá más lejos una columnita de humo blanco se elevaba hacia el cielo. Sin darse cuenta marchó hacia ella, pero cerca ya se detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardían hojas y ramas secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza. Quiso volverse acometida de una vergüenza inexplicable, pero ya la habían divisado y el tío Leandro venía hacia ella con el sombrerete en la mano.

--Buenos días tenga nuestra ama, ¡buenos días! Ningún pájaro hay aquí más alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos viéndola por sus posesiones, mi señora.

--Gracias, gracias. Todos están buenos, ¿verdad?--profirió Elena con extraña timidez y deseos de volverse.

--La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha, calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a pierna suelta y comer lo que hay con apetito.

--Pues lo demás vale bien poco--murmuró Elena con un suspiro.

--Ya teníamos viento de que había llegado la señora y que había estado un poco enferma...

--Sí, sí... he estado enferma, pero ya estoy bien--respondió con un poco de impaciencia.

Los pastores y los mozos se habían ido acercando lentamente, todos con sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estúpida sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba más confusa que ellos.

--¿Y los rebaños han crecido?--preguntó haciendo un esfuerzo por recobrar su aplomo.

No, los rebaños no habían crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una enfermedad maligna había entrado por las ovejas y se había llevado muchas. En cambio las vacas tenían unos terneros muy lucidos. El pastor de las vacas trató de llevar a la señora para que los viese, pero ésta manifestó que no tenía tiempo: por la tarde o al día siguiente los vería.

--¿A que no sabéis por qué viene la señora en este tiempo?--preguntó con increíble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a oreja el zagalón Felipe.

Nadie respondió. El tío Leandro dirigió hacia él los ojos con inquietud.

--Pues a recoger la bellota--profirió rotundamente después de haberse gozado en tenerlos unos instantes suspensos.

--¡Celipe, Celipe, no seas burro!--exclamó el tío Leandro con acento severo.

--¡Anda!--replicó Felipe encrespándose--. ¡Pues poco que se recreaba el amo el día de San Eugenio viéndonos cargar con los costales llenos y emborrachándonos dimpués! Bien seguro que allá por las Américas no se reirá tanto ese día como aquí se reía.

Las mejillas de Elena enrojecieron al oír mentar a su marido. El tío Leandro, que algo sabía a qué atenerse sobre el viaje de don Germán, clavó una mirada iracunda sobre el bárbaro zagal y se le vieron intenciones claras de arrojarse sobre aquel «piazo animal».

De esta confusión vino a sacar a Elena una voz que sonó a su espalda.

--Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de tierras vírgenes. He llegado hasta aquí perfectamente sin planos y sin brújula.

La sangre de Elena se agolpó a su corazón dejando las mejillas pálidas.

--¿Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que yo?--dijo Núñez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro pálido de barba partida sonreía con la acostumbrada expresión irónica. Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrándose súbito le tendió la mano con un esbozo de sonrisa.

--¡Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoración por su audacia.

--La fortuna nos ayuda siempre a los audaces--replicó el pintor recogiendo la intención que parecía desprenderse de las palabras de Elena. Y echando una mirada en torno:--¡Pero ésta es una escena de la antigüedad griega! Penélope sale de su palacio, recorre sus dominios en la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de sus manadas de puercos, y departe con ellos.

--Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires modernistas--dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.

--La hospitalidad es la única virtud que resplandece en los poemas griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.

--Vamos en busca de la tarima--manifestó Elena secamente y echando a andar con una resolución que sorprendió a Núñez. Este, antes de seguirla, se volvió hacia los pastores:

--¡Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro señor.

--Aquí no ha habido puercos, caballero, hasta el día de hoy--respondió el tío Leandro gravemente.

Núñez le clavó una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la sostuvo sin pestañear. El pintor se emparejó con la dama exclamando con risita irónica:

--¡Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!