The Ghost of One Man Coulee

Chapter 2

Chapter 21,891 wordsPublic domain

–No Irving, me parece muy trágico. Prefiero que no haya sangre...

–Entonces puedo recurrir al veneno. Una inyección de morfinal y al cuarto de hora un poco de gas...

–A las dos se cumple el año...

–Bien. A las tres me pondré en camino...Te parece que me suicide a las tres?...

–No está mal...

Tomamos fruta. Yo trataba de paladear las manzanas, pero me parecían amargas. Volvió a pasar por mi imaginación un recuerdo. Yo podía decir a Tomy:

–Mira Tomy. Tú no puedes dudar de mi cariño. Yo te he ofrecido mi vida y la voy a sacrificar por ti. Yo te quiero como a un hermano. Ningún afecto más hondo que el mío. Pero hablemos claro. Yo no me puedo ir al otro mundo con dos grandes borrones en la conciencia. Yo te he hecho una trampa. Yo he mentido. Cuando tú echaste el último juego y aparecieron las senas y los ases, no eran tres senas: eran dos, y tú perdiste...Yo no tuve valor para permitir que tú murieras y me sacrifiqué y te impuse que declarases que yo había perdido. Recordarás que te amenacé con matarme, que saqué el revolver.... ¿Te acuerdas...? Bueno, yo no dije la verdad; tú perdiste... Además, hay otra cuestión, más grave aún, que dificulta, legalmente, mi suicidio... Cuando yo acepté el contrato yo era Irving Winther... Pero sabes que hace dos meses, mi firma legal es Irving Winther e hijo. Porque desde que nació, mi hijo es mi heredero, y yo no soy más que su socio. Todo lo que yo tengo o pueda tener le pertenece. Y si yo me mato, yo le robo a mi hijo esa fortuna, de la cual vas a disponer... Yo no tengo derecho a sacrificar a un ser inocente. Yo puedo hacer lo que quiera con mi fortuna, pero no tengo derecho de disponer de la fortuna del pequeño Dick; qué ¿qué me respondes?...

Indudablemente que yo podía argumentar de esta manera. ¿Qué podría responderme Tomy?...

Habíame quedado abismado en estas reflexiones, de las cuales me sacó Tomy para decirme la hora. Eran las 12 del día. Tomamos el café. Esto debe cebarse con champagne, dijo Tomy:

–¡Mozo, champagne!

¿Por qué no le dije entonces a Tomy lo que quería decirle?... ¿Por qué no tuve el valor necesario para definir mi situación? Tomy, con interés fraternal, me dijo entonces:

–Después de todo, Irving, ¿qué es la vida?... Una serie de desazones y contratiempos. Nunca somos felices como quisiéramos serlo; empeñado en alcanzar lo imposible y en subir a cumbres absurdas. Supongo que habrás leído en estos meses de prueba, el admirable libro de Maeterlinck, que acaba de editarse en Nueva York. Ese belga sabe vivir y sabe lo que es la muerte. Ya ves todo lo placentera que pinta la última morada; que paraísos se te esperan en el otro mundo... Al fin y al cabo tú sí que estás en el camino de la verdadera vida. Durante un año supongo que habrás pensado solamente en cosas abstractas, y ese es el verdadero estado según Kempis y San Agustín; tu espíritu se habrá depurado, seguramente te supongo ahora un ser superior. ¿Qué valen para ti las riquezas y los placeres de esta vida perecedera?... Yo me imagino y siento el asco con el cual ves ahora todo lo mortal que te rodea. Estoy seguro que te dan pena esos ventrudos banqueros que almuerzan en el rincón, junto a las palmeras. Y que esa señora gorda que ahora coge la manzana te mortifica. Estoy convencido de que tu espíritu superior desprecia el mundo, la vida, el fugaz encanto, que desprecias al banquero, y a la señora gorda; que me desprecias a mí... ¿Verdad, Irving?...

Era verdad. Yo despreciaba en ese momento a Tomy, y habría querido no oírlo. Pero él atribuyó, seguramente, a ese justo desprecio, el mohín de desagrado que apareció en mi rostro... Y continuó:

–¡Ah, Irving! Quién pudiera suicidarse con tal serenidad pagana como la tuya. Quién pudiera, sin faltar a compromisos ya contraídos, poder penetrar dentro de dos horas, como tú, en el insondable misterioso. Pero piensa aún en esto. La vida no tiene para ti misterios. Nada hay en el mundo, puesto que conoces Nueva York, que pueda asombrarte. Nada que pueda darte una nueva sensación. En cambio, dentro de dos horas, tú sabrás a qué atenerte respecto a las cosas trascendentales... El infinito te abrirá sus puertas. Tu espíritu irá a mezclarse tía vez con el de la Divinidad. Supongo que allá en el país misterioso, te encontrarás con los héroes. Washington, Abraham Lincoln, Grant, todos ellos serán tus compañeros en la nueva vida. Cristo te recibirá con los brazos abiertos.

Apareció el criado con la cuenta, que pagué. Entonces me levanté y me dije:

–¡Qué diablos! Creo que va a ser imposible salir de este compromiso. Será necesario darle gusto a Tomy...

Me asaltó una idea. Desde el fondo de mi alma una gran voz me gritó:

–¡Irving, eres un gran necio! Tú podrías aún defenderte. Tienes un hijo. Miss Hellen te espera a comer. En el comedorcito, cuyo zócalo de caoba circunda la menuda habitación, bajo el gran quinqué de ópalo, estarán las flores, y alrededor de ellas, sobre un blanco mantel, las viandas confeccionadas por Hellen. El puding ha sido hecho por ella, las pastas las han amasado sus manos cariñosas y pulcras; ella ha dispuesto la sopa y ha escogido los vinos. Y esta noche puedes comer con ella, mirando cómo Dick juguetea con la fruta y se embadurna la cara con la mermelada... ¿Qué pasará a miss Hellen, a tu Hellen, si a la hora de sentarse a recibirte, aparece un hombre con librea, un empleado de la seguridad, le entrega un billete a Hellen, y ella lo abre y lee:

"Miss Hellen: su amigo Irving Winther se ha matado. Disponga usted de su cadáver en la Morgue".

–¿Qué ocurriría a mis Hellen, entonces, y qué ocurriría, después, al pequeño Dick? ¿Piensas en esto, necio?...

Todo eso me decía la voz. Entonces yo tomé una resolución.

–Vamos, dije a Tomy, vamos...

El auto nos condujo a la farmacia más cercana. Allí hice compras; me trasladé con Tomy, y le dije:

–Tomy, me harás el favor de prestarme tú casa para...

–No tengo inconveniente. Mi casa es tuya... Vamos.

Llegamos a la calle 27; el auto se detuvo. Di propina. Subimos.

Escogí el salón de fumar de Tomy. Allí hay una otomana amplia y mullida.

Me quité el saco. Pedí una piyama a Tomy. Echado en la cama desnudé mi brazo y me inyecté. Tomy me interrumpió:

–Me parece conveniente, Irving, que dejes un papel escrito para la policía...

Me alcanzó una carpeta de piel de lagarto y en ella declaré, sobre el blanco papel, con mano firme, que me suicidaba porque me daba la gana y que sería necio atribuir mi muerte a otros móviles.

Entonces comenzó mi tortura. Tomy creía que me había inyectado morfina, yo no quise decirle lo que me había inyectado. Empecé a palidecer. Llamé a Tomy y le dije:

–Tomy, my dear Tomy, yo me muero. Yo te quiero mucho. Yo soy feliz con la idea de que tú vas a serlo. Te recomiendo a mi pequeño Dick y a mi muy amada miss Hellen... Esto se avecina; dame la mano.

Nos estrechamos la mano. Tomy se retiró. Entonces quedé sólo en la habitación. A poco el delirio, un delirio consciente pero inevitable, me invadió:

–¡Ah, qué dolor!... Me han engañado. Esta no es la muerte que yo esperaba –decía retorciéndome en la otomana– yo muero... ¡Ah, mi pequeño Dick, mi pequeño Dick, mi adorada Hellen! ... Yo quiero que Tomy me perdone y que Dios me perdone, porque yo hice trampa a Tomy, cuando jugamos nuestras vidas... Ruego a Dios que me perdone el haber mentido... Yo le impuse a Tomy que dijera lo que no era cierto... Mi deseo de que él no se sacrificara me indujo a hacer trampa en el juego... Y pido también a Dios que me perdone el crimen que cometo, porque yo le he robado a Dick el dinero que ahora va a recibir Tomy... ¡Yo he robado a mi hijo! Dios me perdone este crimen... quiero morir pronto... ¡Ah qué dolor!...

Me retorcía trágicamente. Mis ojos se desorbitaban. Tomy entró de pronto y me tomó de las manos. Mis ojos estaban velados por la muerte y mis últimas palabras –porque después me lo contó Tomy– fueron:

–Perdóneme Dios. Yo he mentido, he hecho trampa en el juego y he estafado a mi hijo...

Tomy, cogiéndome las manos, me dijo:

–Irving, Irving, hermano mío, my dear Irving. ¿Qué has hecho?... ¿Tú habías ganado?... Espíritu generoso, tú no debes morir. Soy yo el que debe morir. Mi debilidad es la culpa de toda esta tragedia. Yo temí que te mataras y por eso dije que eran tres senas dos ases. Irving, vuelve a la vida. Yo soy un criminal; yo he puesto esas sombras en tu espíritu.

Salió violentamente. Oí que hablaba por teléfono. Yo no había perdido la conciencia. Esperé en un estado indeciso. Me sentía entre la vida y la muerte. De pronto ingresó un médico y me inyectó en el brazo. Hiciéronme tomar bebidas calientes; poco a poco fui reaccionando. Cuando me vi en pleno dominio de mis facultades, abrigado y con unos frascos en el velador, me incorporé indignado:

–Tomy, Tomy –le dije– ¿qué has hecho?... Por qué alargas mi agonía?...

Eché mano a mi revólver. El me detuvo.

–Irving –me dijo– esto no es legal. Tú habías ganado. Tú me engañaste generosamente. El compromiso está roto.

–No, Tomy, yo perdí. Tú echaste tres senas, dos ases...

–Generoso Irving, tú eres un gentleman, pero mientes. Si persistes en matarte, me mataré yo también, my dear...

Yo no contesté. Tomy agregó:

–Son las siete. Es fuerza ponerse el smocking para la comida... Tenemos la misma ropa. Coge un smocking de mi ropero... Esto ha concluido. He perdido cincuenta millones de dólares... Vamos.

A las ocho, descendíamos el auto frente al cottage. Entramos. Miss Hellen nos esperaba. Tomy quiso despedirse, y entonces yo le dije tomándolo del brazo:

–Dear Tomy, te quedas a comer con nosotros, porque hoy es santo de Hellen.

Tomy le beso la mano.

Al día siguiente recibí una carta de Tomy con estas palabras:

Dear Irving: Cuando recibas ésta ya me habré matado. Pero me muero tranquilo: estoy seguro de que eran tres senas dos ases.– Tomy.

He aquí, concluyó Irving Winder, el porqué de mi tristeza. El cadáver de Tomy no apareció nunca. Nadie sabe cómo ni dónde se suicidó. Y a mí me queda esta enorme preocupación. Mi conciencia está empañada. Yo quiero matarme, amigo mío, pero cada vez que pienso ello me acuerdo de Dick, el pequeño Dick y de miss Hellen. Entonces desisto, pero cuando pienso en Tomy, en el infortunado Tomy, vuelvo a tomar la resolución de matarme. Estoy entre la vida y la muerte. ¿Qué me aconsejaría usted? Ya ve usted que yo no tuve la culpa. Fue Tomy, el mismo Tomy, el que me habló primero del asunto. ¿Quién, quién puede inculparme?...

Habíamos terminado de almorzar. El mozo nos encendió los puros. Nueva York, julio de 1913.

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