Tres senas, dos ases

Part 1

Chapter 14,155 wordsPublic domain (Wikisource)

A mi amigo Rafael Marquina

Dos amigos me fueron presentados esa noche bajo la luz violeta del Manhattan, en Nueva York: Archibald Scheefer e Irving Winder. Desde el primer instante, toda mi atención fue dedicada a Irving. Era un tipo de estudio. Bien sabéis cuán difícil es encontrar en un tipo caucásico una cara interesante. Siendo común encontrar en los tipos morenos espíritus pensativos, es raro hallarlos entre los hombres blancos. Sólo en los tipos que han nacido bajo el sol y se han criado en la perezosa molicie de los trópicos o en los arenales, se enseñorea un espíritu. Los climas fríos no dejan pensar a los hombres porque hacen trabajar demasiado a los músculos.

Sin embargo, Irving tenía un raro tipo pensativo. Me pareció tan desoladamente triste, que llegó a preocuparme y me propuse desentrañar el misterio de su tristeza, rompiendo la valla de su madurez. El mozo nos había servido manzanas. En el gran comedor, las mujeres ostentaban sus senos y sus amantes con discreción. Cruzábanse los garçons, oíase a menudo destapar el champagne y la música modelaba a media voz un turkey trot. Invité a almorzar a Irving para el día siguiente, en Coney Island. Iríamos en auto. Nos despedimos. En efecto, a la hora precisa el auto de Irving se detenía en el Wotham Hotel, y juntos con dirigirnos hacia Coney Island. Atravesamos las avenidas congestionadas, los edificios colosales huían a nuestro paso, y por fin, pasado el puente de Brooklyn, entramos en aquella maravillosa avenida de abetos que sombrean la asfaltada carretera que conduce a la playa infantil de Coney Island. Allí elegimos un hotel que da al mar, y en una especie de recodo conversamos largamente lo que os voy a referir.

–Cuando yo comencé a hablar–empezó diciendo Irving– tres nombres me eran familiares, father, mother y dear Tomy, que correspondían a mi padre, a mi madre y a mi amigo Tomy, hijo de nuestros vecinos y socios de mi padre, los Richards. Juntos estudiamos, juntos ingresamos a la Universidad y juntos recibimos nuestros grados. Así, pensábamos idénticamente y nuestros gustos eran uniformes. Jamás discutimos; y no por ello nuestra vida se deslizara con monotonía, pues aunque dos personas piensen de la misma manera, si saben ver la vida y comentarla, siempre serán mutuamente interesantes. Estábamos convencidos de que era necesario tener dinero, mucho dinero. Era una religión que nos habían inculcado desde niños; todavía recuerdo las palabras de mi padre antes de morir: "Irving, hijo mío, es necesario que sepas hacer una gran fortuna. Eso es lo único que puede guiarte en el mundo. Pesada carga es la vida sin dinero. Más vale comprar que vender. No hagas arte para que los otros te lo paguen; prefiere que los otros lo hagan y te lo vendan. Es más cómodo y más seguro. Nunca te pongas en el comercio de la vida en situación de ofrecer, porque llevas desventaja. Más felices fueron Creso y Salomón que Sócrates, quien con toda su filosofía se vio obligado a tomar, contra su voluntad, un amargo cocktail de cicuta, y ese infelicísimo alemán de Beethoven, de quien dieran cuenta la hambre y los piojos... Y créeme, que si Cristo hubiera sido capitalista o director de Banco, no lo habrían crucificado. Recuerda que no hay precedente de que ningún millonario haya sufrido los amargos dolores del mundo... El dolor es, felizmente, cobarde. Ataca a los mendigos, a los que van a pie, a los que carecen de abrigo y de alimento; con ellos es duro, cruel, canalla, judío, no los deja vivir; pero cuando se encuentra con un hombre, en un automóvil, con una amante envuelta en pieles, cuando sabe que hay dinero en el banco y acciones y edificios y un buen libro de entradas, te asalta en la calle, entre el champagne, te adula como todos los hombres, se vuelve elegante, distinguido, te distrae y concluye por ser un exquisito compañero metafísico. Entonces no te habla de la comida ni de los zapatos, sino de los primeros principios y del "más allá"...

Así nos encontramos un día solos en la vida, Tomy y yo eramos como dos hermanos. No teníamos secretos ni bolsillo aparte. Poseíamos en común ochenta mil dólares, suma exigua, como usted comprende. Habíamos emprendido algunos negocios que produjeron poco. El año 1911, teníamos cien mil dólares más o menos. No nos alcanzaría ni para dar la vuelta al mundo, que es lo menos a que puede aspirar un sudamericano vulgar. Yo tenía 24 años, Tomy 26. Nuestro porvenir era sombrío.

Nuestras preocupaciones aumentaban cada día. Nos pasábamos largas horas pensando en proyectos financieros. Tomy era tan abnegado que creía de su deber velar por mí y yo habría dado algo por ver a Tomy dueño de una inmensa fortuna. Nuestros paseos por Broadway eran una tortura. Al paso de cada mujer ya no nos deteníamos a analizar su belleza. Instintivamente decíamos:

–Un hotel en la Quinta Avenida, tres automóviles, seis lacayos, dos ponys: cien mil dólares de renta!...

Y así, humillados, entristecidos, concluimos por caer en los brazos baratos de cualquier bailarina del Metropolitano.

Mas he aquí que un día –¡ah, ese día!–. Como usted verá yo no tuve la culpa. Fue Tomy, el mismo Tomy, quien me habló primero. Yo no habría tenido valor para hablarle de este asunto. Un día nos paseábamos por Broadway a las seis y media de la tarde. De pronto se iluminó la ciudad. El primer aviso que se ofreció a nuestra vista, en medio de ese funambulesco danzar de luces multicolores, fue el de la "Insurance", la compañía de seguros de la Carolina. Los dos cruzamos una mirada muda y seguimos nuestro camino. Tres días pasaron sin que cruzáramos palabra. Yo notaba a Tomy muy preocupado. Si hubiera tenido valor yo se lo habría dicho, pero no me atrevía. ¿Quién se habría atrevido?... Tomy me dijo al cuarto día, como venciendo una gran resistencia:

–Irving... ¡Si yo fuera capaz!...

Y yo le respondía maquinalmente:

–¡Tomy, si yo tuviera valor!...

Y no dijimos más, pero al concluir la semana, Tomy entró en mi cuarto, resuelto. Parecía que acababa de vencer una gran batalla. Acalorado con tremendos ojos abiertos, se acercó y me dijo:

–Irving, ¿quienes entrar en un negocio?...

–Tomy –le contesté–, debes decir: ¿quieres que entremos en un negocio?...

–No. Irving. Tú, tú, debes entrar conmigo en un negocio; es un negocio entre los dos...

–Tú puedes negociar con mi poca fortuna, Tomy; ¿por qué me lo consultas?...

–Irving, tú y yo, debemos luchar.

–Yo no puedo luchar contra ti, Tomy.

–Te hablaré claro, Irving.

–Habla, Tomy.

–¿Estás convencido de que hemos agotado todos los medios para hacer cincuenta millones de dólares?

–Convencido.

–¿Tienes fuera del oro algún interés en la vida?

–Ninguno. Nelly murió hace tres años, tú lo sabes...

–¿Tú entrarías en un negocio en el cual hay que arriesgar la vida?...

–Entraría si tú entrases.

–Yo entro, Irving.

–Está bien. Yo entro, Tomy.

–Te traeré las bases.

Y salió. Yo habría querido hablarle entonces de mi proyecto. Quise detenerle, decirle, aventurar alguna frase, pero me sentí incapaz. Observe usted bien esto, porque ya le he dicho que yo no tuve la culpa. Tomy volvió a poco y me dijo:

–Vamos a celebrar un contrato bajo estas condiciones: tú y yo estamos convencidos de que es indispensable tener cincuenta millones de dólares. Tú y yo sabemos que es difícil. ¿Hemos agotado todos los medios?...

–Todos.

–No, queda uno.

–¿Cuál?...

–La "Insurance"...

–¿La?... la... ¿La Insurance?...

Entonces comencé a temblar. Habría leído Tomy en mis ojos... ¿Cómo, La Insurance venía a intervenir en este negocio? ¿Cómo, aquello que yo pensaba desde que pasamos por Broadway podía haberle sido comunicado a Tomy?...

–La Insurance –agregó Tomy– es nuestra salvación –y observando mi espanto, dijo–: No te voy a proponer una estafa, no te inquietes. Nosotros vamos todos los días a jugar al Manhattan en los dados, la entrada al teatro y los cocktails. Hoy jugaremos algo más importante, mucho más importante...

–Sí. Cincuenta millones de dólares. He aquí el plan, Irving. Si te dijeran: hay una empresa en la cual es necesario exponer la vida para ganar cincuenta millones, ¿la aceptarías?...

–Sí.

–Bien. Yo te digo: te ofrezco un negocio en el cual puedes ganar cincuenta millones o morir... ¿qué contestas?...

–Lo acepto... ¿Cuál es?

–Es necesario que uno de los dos se suicide.

–¿Es indispensable?

–Para nuestro objeto indispensable.

–Si uno de los dos ha de suicidarse... yo.

–No. Por suerte. Nosotros esta noche en vez de jugar el cocktail y la entrada al teatro, jugaremos a ver quién debe suicidarse dentro de un año justo. El que pierda se asegurará inmediatamente en la Insurance por cincuenta millones. La compañía paga el seguro por suicidio al año de firmada la póliza. El asegurado endosa la póliza al vencedor. Este paga las primas con religiosidad y cumplido el año, el que perdió se suicida y el ganador cobra el seguro. Las primas son caras, cuestan sesenta mil dólares, pero para eso tenemos.

–Acepto. Esta noche jugaremos nuestra vida y mañana iremos a la Insurance, y el que pierda, se asegurará.

–Pero es necesario sellar ese contrato, dame la mano.

Nos estrechamos la mano. Ya ve usted, cómo fue Tomy quien inició este asunto. Yo no habría tenido valor para hacerlo.

–Hasta las siete, Tomy.

–Hasta las siete, Irving.

Aquella tarde no pude pensar en otra cosa. Una extraña sensación indescriptible me invadía. Yo iba a disputarle la vida a Tomy. ¿Pero qué hacíamos nosotros, sin ninguna esperanza de tener cincuenta millones de dólares?... Pero, por otra parte, yo sabía que mi vida sería una tortura sin el dinero que consideraba necesario. Tomy sufría horriblemente con esta idea. Habíamos perdido el buen humor, y esto es lo último que perdemos los norteamericanos. Ya nada nos interesaba. Teníamos la fiebre obcecadora del dinero. Fuera de él nada era suficiente para nosotros. Se ofrecía un medio de salir de ese estado de dudas. En caso de perder, moriría. Si ganaba, sería millonario. No tenía familia. Todo para mí era Tomy, desde que murió mi novia, Nelly. ¿Por qué no aceptar?... Rechazar la propuesta era dar una prueba de cobardía y hasta de egoísmo. Porque si mi vida podía servir para labrar la felicidad de Tomy, no debía omitir esfuerzo en conseguirlo. Concurrí pues al Manhattan. Allí me esperaba Tomy.

Instalados en una mesa de mármol rosa, sobre la cual un quinqué esparcía una leve luz azul, pedimos un cocktail, el exquisito Manhattan, y unos dados. A poco nos trajeron ambas cosas. No cruzamos palabra. Yo le diré que estaba dispuesto a todo. Hasta a hacer una trampa si ganaba, para que Tomy saliera victorioso. Creo que él pensaba lo mismo.

–¿Qué jugamos? –le dije.

–Tú has ganado; tú juegas Irving.

–Está bien.

Era necesario jugar tres partidas; el que perdiera dos, sería el vencido y era necesario hacer el mayor número de senas en cada juego.

–¿Quién juega primero?

–A la suerte.

Cogimos un dado cada uno. Yo eché un tres. Tomy, un dos.

–Tú has ganado; tú juegas Irving.

Habíamos palidecido. Nuestra respiración se aceleraba de manera alarmante. Eché los dados.

–Dos senas, Tomy.

Tomy, con relativa calma, jugó:

–Cuatro senas, Irving.

–Has ganado la primera partida –le dije.

–Juguemos la segunda.

En la segunda, había recobrado mi calma un poco. Veía con placer que Tomy ganaba. No me arrepentía de haber aceptado la partida.

–Cuatro senas, Tomy.

Jugó Tomy:

–Una sena, Irving.

Tomy había perdido esta vez. Faltaba sólo un juego. El definitivo. Temblábamos los dos, pálidos. Yo había cortado tres veces el puro, con los dientes.

–La última –dijo Tomy.

–La última, –le respondí.

Jugamos. Eché dos senas, una quina y dos treses.

Tomy jugó. Echó tres senas y dos ases, pero hizo un movimiento imperceptible y volteó una de las senas. Me puse de pie.

–Tú has ganado Tomy –le dije.

–He echado dos senas, una cuadra y dos ases; estamos iguales.

–No, Tomy. Tú has ganado. Has echado tres senas y dos ases.

–No, Irving. Estamos iguales. He echado dos senas, una cuadra y dos ases.

–¡Has hecho trampa, Tomy!

–No he hecho trampa. ¡Estamos iguales!

En otra ocasión yo habría sacado mi revólver; ahora no tenía ningún argumento contra Tomy.

–¡Tres senas, dos ases! –le dije iracundo y resuelto–. Y si no lo quieres reconocer...

Tuve una idea salvadora. Saqué mi revólver y me lo puse en la sien, diciendo:

–¡Di, di, Tomy que tú has ganado! Reconoce que me has ganado o me pego un tiro.

–Sí, he tirado tres senas y dos ases!

–Dame la mano. Me has ganado. Te felicito.

–Te he ganado, Irving. Gracias.

Nos fuimos a comer.

Al día siguiente fuimos a la Insurance. Me aseguré y Tomy pagó las primas. En el fondo yo estaba contento. Lo único que me mortificaba era tener que esperar un año para matarme. Pero me quedaba un recurso: pedir a Tomy que me diera todo el dinero de la liquidación de nuestros negocios, para poder pasarla lo mejor posible durante ese ario que me separaba de la muerte. El negocio estaba terminado. No faltaba sino que llegara el 12 de marzo de 1912 para que yo me pegara un tiro. En los primeros días, el asunto no me preocupó mayormente. Estaba resuelto a matarme, tenía la conciencia serena y fresca. Había hecho o iba a hacer un gran beneficio a un amigo tan querido como Tomy. Pero me espantaba un año de desocupado, me parecían vacaciones demasiado largas. Así, pues, resolví buscar una amante. La saqué una noche del Metropolitano. Quise pasar los doce meses que me quedaban entregado a todos los placeres. Usted no concibe el cambio de valores y de aspectos que toma la vida para un hombre que está resuelto a matarse. Para él no habrá nada imposible, ni exceso que no pueda cometer, ni pasión que no pueda saciar. Lo que era antes timidez o prudencia, se vuelve audacia y temeridad. Mi salud, por mal que la tratase, me duraría un año. Cuando me encontraba con Tomy, me mostraba alegre y feliz; él en cambio se había vuelto preocupado y taciturno.

A veces, recostada la cabeza sobre el mórbido seno de Hellen, miss Hellen, la adorable artista del metropolitano, pensaba en mi suicidio, y en las mil maneras de llevarlo a cabo. No me pegaría un tiro, aquello hace sangre, mancha la ropa. Pensaba en un veneno sutil, de esos que hacen morir sin estremecimientos y sin dolores. Compraba libros de medicina y estudiaba la característica de todos los tóxicos. Un día me resolví por el éter, otro por la morfina. Creí más tarde que lo mejor sería inocularme alguna enfermedad. Hellen, la adorable mujer, era para mí una manera divina de pasar los últimos días. Pero una tarde –¡ah, esa tarde!– reparé con espanto que me había enamorado de miss Hellen. Conciba usted el horror que aquella constatación me produjo. Pensé inmediatamente en abandonarla. Todavía faltaban siete meses para mi suicidio. Pero no la dejé. Me pareció una nerviosidad infundada. Era pueril pensar en eso. Por otro lado, ¿qué derecho tenía yo para enamorarme?

Una tarde en que miss Hellen me hizo más feliz que nunca, una tarde que habíamos comido en el campo, bajo un crepúsculo dorado, lejos de la ciudad obcecadora de Nueva York, pensé con espanto en lo adorable que sería vivir con una renta modesta, al lado de esa mujer, lejos del bullicio mundanal; tener una pequeña propiedad en el campo, vivir en un cottage, tener hijos rubios, trabajar en el jardín, criar animales domésticos, y después besar a una mujer como miss Hellen. Y una idea macabra se me ocurrió. Yo podría conseguir esa felicidad enorme, yendo donde Tomy y diciéndole sencillamente:

–Tomy, yo no he sido justo. Nuestro juego no fue legal. Efectivamente, tú perdiste aquella tarde. Deja que yo te endose la póliza del seguro y mátate el 12 de marzo de 1912. ¡La verdad de todo!

Aquello habría sido muy fácil. Tomy no se resistiría, Tomy era un abnegado, Tomy me quería demasiado. Esa noche no dormí pensando en realizar mi sueño. Yo recibiría el producto del seguro. Yo me casaría. Yo sería feliz. Después de todo, a Tomy qué más le daba? El mismo no había querido cederme su vida? Mi desinterés no estaba probado habiéndole yo obligado a ganarme?... Me levanté muy pálido al día siguiente y no crucé palabra con mi adorada Hellen. Disponíame a ir donde Tomy y hablarle claramente. Pero he aquí que cuando salía, miss Hellen entra a mi dormitorio y me dice:

–Irving, tu amigo Tomy quiere verte. Aquí está...

Tomy entró. Yo quise aprovechar para hablarle y lo iba a hacer cuando Tomy me dijo:

–Dear Irving, my dear Irving, yo me veo precisado a hablarte en una forma inusitada. Tú no cumples las bases de nuestro compromiso. Tú debes morir el 12 de marzo de 1912, pero no antes. Tú estás concluyendo con tu salud y estoy seguro de que en este camino y con este método de vida, tú morirás muy pronto. Esto no es legal. Ahora mismo no me puedes negar que hueles a éter, tu rostro está cadavérico. Su tú mueres antes de la fecha indicada, la compañía no me pagará el seguro. Yo te he dado todo el dinero. Yo estoy haciendo una vida de sacrificio. Yo no fumo ahora cigarros puros, he suprimido mi mayordomo y mi portero. Te ruego, pues, Irving que observes otra conducta...

–Tomy, yo...

Quise hablarle de mi propósito de la víspera, pero concebí una sospecha. Tomy no me quería bien. Me pareció egoísta repugnante, vi que se interesaba más de lo justo por mi muerte. Aquello no podía ser sino el vil interés del seguro. Ya yo no contaba, pues, en el mundo ni con el entrañable cariño del hombre al cual iba a sacrificar mi vida. ¿Y valía la pena que mientras Tomy esperaba con ansia el día de mi muerte y mientras hacía cálculos sobre mi vida, yo me matara por él?... Merecía este hombre tal sacrificio?

Tomy salió. Yo le prometí fríamente cambiar de conducta y estar sano el día de mi suicidio. Dos meses pasaron. Tomy me veía poco. Yo le miraba con recelo. Verdaderamente enamorado de Hellen, yo empecé a dudar y mi conciencia a aconsejarme con cautela. Un día se presentó Tomy en mi casa. Hablamos banalidades. Pero en medio de la charla me deslizó algunas frases que me impresionaron hondamente.

–¿Has pensado ya –me dijo– en la manera cómo te vas a suicidar? Yo te recomendaría el coloidalino. Es un producto recién ensayado. Se muere sin dolor y sin agitación en ocho minutos.

–Sí, Tomy, ya he pensado...

Aquello me desagradó profundamente. Continuaba enamorado de Hellen. Jamás había estado tan enamorado como aquella vez. Llegué a creer que había nacido para vivir al lado de Hellen. Así transcurrieron los días hasta que resolví trasladarme a la casita de campo donde pasé aquel día inolvidable con mi amada. Un día, en plena felicidad, Hellen entró a mi dormitorio, por cuyas ventanas se veía el cielo y las hojas de una vid, y envuelta en un kimono de seda floreado de crisantemos, con los párpados caídos, me dijo eso que dicen las mujeres sin pronunciarlo y que hace tan felices a los hombres que lo presienten. Y el día 6 de enero de 1912, faltando dos meses para mi suicidio, y un cuarto para las tres de la tarde, Hellen dio a luz un niño varón.

Mandé llamar precipitadamente a Tomy.

Yo no le dije nada. Nadie puede inculparme. Lo único que hice aquel día fue avisarle a Tomy que miss Hellen había dado a luz un niño que yo ponía a su disposición. Y le mostré al niño, que tendió hacia él sus brazos rosados y blandos. Tomy salió. Yo no le dije nada. Yo no desistí ni le hablé de mi suicidio, que por otra parte era cosa acordada. ¿Quién, quién puede inculparme?

El 12 de marzo llegó. Aquella noche yo había dormido bien. Mis nervios excitados tuvieron una laxitud maravillosa, y después de la preocupación del día, en la noche se habían abandonado por completo al descanso. Yo no tenía la cara del individuo que se va a suicidar seis horas más tarde. Abrí los ojos serenamente en mi cama; crucé los brazos por detrás de mi nuca, estiré las piernas y me puse a pensar. Hasta mi lecho llegaba la música del jardín. Cantaban bajo las enramadas aquel día, las aves con una alegría desusada. Las ramas de una vid fresca, agitaban sus pámpanos sobre los cristales, y tras de ellos un jirón de cielo hondo transparente y azul daba al marco de la ventana, la más bella nota de paisaje. Me acordé de los cielos de Burne Jones; y un rápido comentario sobre los acuarelistas ingleses cruzó, como un destello, por mi imaginación.

Toqué un timbre, extendiendo lánguidamente la izquierda, y a poco oí en el cuarto vecino, caer el agua en la tina. Entró el criado y me dijo:

–Señor, el baño está listo.

Me desperecé y cogí mi bata. Aquel día el baño me pareció muy bueno, y al salir, dije al criado:

–John, el baño está exquisito. Mañana ponlo a la misma temperatura...

Pero de golpe agregué:

–No, John. No.... Yo no he dicho... yo...

¿Qué impertinencia era ésta y qué indiscreción había cometido? Estaba traicionando mi conciencia. ¿No sabía yo, acaso, que no tenía derecho a otro baño?... Estaba faltando a mi palabra. Yo me iba a suicidar a las tres. Entonces le dije a John, que me miraba sorprendido:

–¡Mañana, John, pon el baño como te dé la gana!...

Y salí. En el dormitorio me esperaban el desayuno, miss Hellen y el pequeño Dick, mi hijo; el niño al verme tendió hacia mí los brazos abriendo y cerrando las manitas en un gesto de párvulo, como si me quisiera tener entre los dedos. Miss Hellen, no sé por qué coincidencia, estaba sentimental ese día. Los hombres siempre tenemos algún olvido para con las mujeres que amamos. Miss Hellen gozaba aquel día de un buen humor espléndido. Hizo llamar al criado y le dijo:

–John; trae los regalos que ha recibido hoy la señora...

–¿Regalos?... ¿Hoy?,,, ¿Qué dices?... ¿Qué dices Hellen?... –la interrogué espantado.

¡Ah, que desgracia! Entró el criado con un gran ramo de flores que dejaron un perfume en el cuarto y una honda tristeza en mi corazón. Hellen había tenido el buen humor de encargar flores y ponerle al ramo mi tarjeta; así me reprochaba el que yo no supiera el día de su santo y al mismo tiempo me evitaba aparecer como un mal educado con la señora. Yo no salía de mi mutismo.

–¿Pero qué te pasa, Irving?... Hoy es mi santo, amigo mío. No te agrada que sea hoy mi santo?...

–No Hellen; al contrario, me encanta. Tú no sabes el placer que tengo de que hoy sea tu santo. Pero es que la noticia me ha caído de improviso...

–Hoy comerás en tu casa. Hoy haremos sentar al pequeño Dick a la mesa... Yo misma arreglaré el menú...

De pronto suena un timbre, sale Hellen y me dice al volver:

–¡Qué suerte! Qué suerte, mi querido Irving. Hoy vamos a ser muy felices... ¿A qué no adivinas quién está?...

–¿Quién? –dije yo presintiendo la fatídica visita, y abriendo tremendos ojos.

–Tomy, tu querido amigo Tomy!...

Y agregó:

–Señor Tomy, adelante, aquí, aquí está... Aquí lo tiene usted... Sorpréndalo...

Tomy entró. Nos miramos. Temblaba yo de que se enterara del santo de Hellen y al mismo tiempo no me parecía del todo mal, que lo supiese.

Pero en mi cerebro las ideas empezaban a desconectarse. Hacía un año justamente que yo estaba en estas andanzas. Qué diablo, considéreme usted!

Hellen salió un instante. Tomy aprovechó para decirme:

–Hoy es 12 de marzo de 1912... Irving... Hoy quiero que almorcemos juntos...

–No tengo inconveniente, Tomy... almorzaremos juntos...

Noté que Tomy no me hablaba con el cinismo de otros días, de mi suicidio. ¿A qué obedecía este pudor póstumo de mi amigo?

Salimos y almorzamos en un hotel que está en la Quinta Avenida. El Saboya, que usted debe conocer, porque allí van mucho los sudamericanos. Almorzamos tranquilamente. Después del pescado y de las banalidades, Tomy me interrogó a boca de jarro:

–Y, ¿has pensado Irving, en la manera cómo vas a suicidarte?...

–¡Psh! La verdad es que aún no lo sé –dije cortando una pierna de pollo; y casi increpándole–. Te parece bien que me arroje al Hudson de cabeza, en el momento en que pase un buque? ¿Te parece?... ¿Te parece?...

–No me parece. Es fácil echar un botecillo y podrás fracasar en tu empeño...

–Y si me arrojara en la línea del subterráneo? Allí no hay escapatoria... Recuerda que un tío mío...