Tres relatos porteños Segunda edición
Part 9
Una vez sola en su aposento, la señora de Alava se abandonó a su desesperación. ¡Adiós la ilusión de la casa a la moda, de los magníficos muebles antiguos, de los cuadros famosos, del oratorio cuajado de tesoros artísticos! Ese ideal que durante dos horas de la noche había pregustado como una realidad inminente desvanecíase de pronto, quizá para siempre, en un _quid pro quo_ burlesco. La señora de Alava tuvo vergüenza de su contraste y recordó con sonrojo el largo paseo por Palermo y los agasajos inútiles con que abrumara al anciano al primer signo de consentimiento. ¡Qué tarde y qué noche perdidas! Volvióle a la imaginación la sonrisa con que algunas amigas la contemplaron en el paseo caminando al lado de su padre y tuvo un movimiento de despecho. No; no era, en verdad, presentable D. Juan Martín... Comenzó a recordar las grandes humillaciones que por su causa sufriera, la inquietud en que vivía, el vasallaje económico en que tenía a todos: a ella, a su hijo, a su marido... Y en ese recuento de ingratos episodios domésticos fué acumulándose toda su amargura, hasta que estalló en el deseo inconfesable: ¡Cuándo la dejaría libre! Iba ya a cumplir cuarenta años; le quedaban, pues, pocos de juventud, de belleza, de ansia de gozar la vida, y veía su destino irremediablemente trunco. ¿A qué la fortuna y la libertad cuando ya no pudiese sino vivir sobre sus recuerdos? Esta perspectiva sarcástica le llenó de una congoja infinita, y sinceramente, con la más pura emoción de su alma, juntando sus bellas manos largas en el gesto de la plegaria más fervorosa, exclamó:
--¡Dios mío! ¡Cuándo me veré libre de mi padre!...
CAPITULO VI
LA MUERTE DEL HÉROE
Por fin había muerto. Su mucamo, un viejo criado, el único que tenía derecho a violar el _sanctasantórum_ de su dormitorio, extrañado de que siguiera durmiendo después de las ocho, entró en la habitación y le halló arrebujado en las ropas del lecho, todo encogido, en una actitud de momia, blanco y rígido ya.
Debía de haber muerto pocas horas antes, mientras dormía; pero por la expresión de su fisonomía hubiérase dicho que era un cadáver muy antiguo que perdiera desde muchos años atrás todo contacto con el mundo. La muerte había acentuado en su mascarilla aquel aire de reserva que tuviera durante toda su vida; la agonía le había hecho apretar aún más sus labios, subrayando el visaje habitual con que recataba sus sentimientos íntimos. Don Juan Martín parecía ocultar un secreto. Y en verdad que se llevaba el secreto de sus fatigas, del heroico esfuerzo de voluntad desplegado durante medio siglo, de los sufrimientos soportados, de las decepciones aguantadas noblemente en silencio... ¡Todo perdido, hundido en la nada, anegado en el misterio, como están perdidos para nosotros los infinitos sufrimientos de las razas primitivas que en centenares de miles de años fueron elevándose lentamente sobre el nivel de la animalidad!
El mucamo se cercioró de la muerte. Iba a llamar, a conmover a la casa, cuando se acordó de la señora y salió, cerrando tras sí suavemente la puerta del aposento como para no despertar al dormido. Bajó al piso inmediato, y después de conferenciar con dos doncellas, le hicieron pasar al tocador. De espaldas, hablándole al espejo, Juana María le preguntó:
--¿Qué pasa, Julián?
Julián dió la noticia:
--Señora, creo que el señor Martín está mal.
--¿Se ha levantado?
--No, señora; todavía no. Me parece que es algo grave. Si la señora quisiera subir...
--¡Inmediatamente!--contestó Juana María poniéndose de pie.
Las doncellas se precipitaron hacia ella y con una destreza de esclavas de harén le arreglaron rápidamente el cabello y le ajustaron su ropaje matinal. Subió presurosa la escalera seguida del mucamo.
Al ver al padre todo blanco y encogido tuvo de inmediato la evidencia de la verdad. Fué como si le dieran un fuerte golpe en la frente; echó la cabeza hacia atrás y permaneció un momento atontada. Pero pronto se sobrepuso al brutal choque. Comenzó a reflexionar: las ideas, las imágenes, los proyectos desfilaron velozmente por su espíritu. Sentía una especie de vértigo al pensar tan rápidamente. Se apoyó en el respaldo de una silla y procuró fijar sus ideas. ¿Qué debía hacer? Como siempre, cuando podía ser necesario, Alava estaba en la estancia. En el chico no se podía confiar. Ante todo había que evitar el escándalo. Debía prolongarse la agonía del padre...
Se volvió hacia el mucamo. Pálida, con un temblor en la voz, le dijo:
--Es un síncope.
El sonido de sus propias palabras la reanimó. Recobrando algo de su capacidad ejecutiva, dijo luego:
--Julián, vaya usted en seguida a buscar al doctor...--vaciló entre dos nombres, decidiéndose por el médico más anciano--; pero vaya usted mismo, sin decir nada a nadie, para no alarmar... Yo esperaré aquí...
Al quedarse sola, Juana María dió un vistazo a la habitación: muebles modestos, viejos, desparejos; la alfombra sucia; ropas en desorden. Todo con un aspecto sórdido que sobrecogía el corazón. En una pared, el retrato de la madre: una horrible ampliación al carbón con un grueso marco dorado.
Esto, más que el cadáver infantilmente encogido en el lecho, la impresionó hasta el punto de hacerle subir las lágrimas a los ojos. Fué una impresión que, comenzada en el estómago, ascendió atenazándole la garganta y obligándole a romper en un sollozo: «¡Dios mío! ¡Qué miseria!»
La doncella de confianza, que, inquieta por su ausencia, subió a ofrecerle auxilio, la halló en medio de la estancia, anonadada, llorando silenciosamente las últimas lágrimas de vergüenza que le hacía derramar el padre...
Cuando Julián volvió con el médico, casi no pudo reconocer la habitación. Faltaban muchos muebles, se había mudado la alfombra y el retrato de la madre había desaparecido.
CAPITULO VII
TRANSFIGURACIÓN
El viejo médico mundano, después de un rápido reconocimiento del cadáver, no pudo evitar una sonrisa ante la ingenuidad de la señora, que seguía hablando de un síncope. «Es la eterna ilusión de la piedad filial», pensó para sí, y dando a su rostro aquella expresión bondadosa que había sido la causa de su éxito en la carrera, comunicó a la hija su triste comprobación.
Ante esta notificación oficial, Juana María cayó de rodillas sobre la alfombra limpia y hundió su rostro en el lecho mortuorio, contra la colcha recién mudada. Así, tapándose los oídos para no escuchar las triviales frases de consuelo del médico y las súplicas amistosas de la doncella, que llorando copiosamente le rogaba se tranquilizase, la hija de Juan Martín permaneció largo rato zarandeada por un tumulto de pensamientos. ¿Qué pasaría durante el día? Como siempre, cuando se trataba de presentar o aludir a su padre ante otras gentes, se sentía cobarde. Esta vez no podría evitarlo, y ante la perspectiva de las miradas irónicas y de los pésames insidiosos que tendría que soportar, un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Se resistía al cumplimiento de ese último deber filial con la misma reacción física que los condenados tienen frente a la guillotina. Sentíase muy desgraciada y hundía desesperadamente la cabeza en la colcha como si quisiera escapar a su amarga obligación fúnebre.
Doña Juana María no era mujer de dejarse abatir. Se puso de pie, dominando su emoción; enjugóse las dos lágrimas ardientes que le corrían por las mejillas y dió varias órdenes. Parecía una princesa regente al pie del lecho de muerte del jefe de la dinastía, porque su primer medida consistió en establecer la censura sobre todas las noticias que se refirieran al fallecimiento.
Alava fué informado por medio de un telegrama de seis palabras, y el médico, retenido en la casa hasta mediodía. Después de esa hora las comunicaciones fueron haciéndose lentamente, de acuerdo con un orden protocolar.
El último en advertir la novedad fué el mayor de los nietos de D. Juan Martín, que vivía en la misma casa. Se había levantado a las cuatro de la tarde, y envuelto en una pintoresca salida de baño estaba haciendo flexiones, a tiempo que batía un _cock-tail_ cargado de yemas, cuando vió en _El Diario_, que pusiera extendido sobre su cama, el retrato del abuelo. «¡Zas! ¡El viejo!», dijo lleno de estupor, y sin dejar de batir maquinalmente su _cock-tail_ se enteró de la noticia necrológica.
Era un suelto laudatorio, altamente laudatorio. Don Juan Martín aparecía en él como un _pioneer_, como uno de esos hombres que son el orgullo y la fuerza de las sociedades modernas.
Este país, sobre todo, al que había consagrado sus energías por espacio de más de medio siglo, y donde había formado una familia modelo de virtudes, le debía estar reconocido. Su muerte era, pues, un duelo a la vez social y público.
Los demás periódicos de la tarde abundaban en sentimientos semejantes. Hacían el elogio de las prendas morales del difunto e historiaban la maravillosa formación de su fortuna, iniciada humildemente y acabada en un esplendor de millones. Se ensalzó su actividad, se admiró su energía, se recordó sus golpes de genio financiero. Comenzaron a circular anécdotas sobre el hombre de negocios, y la máquina de afilar, la célebre máquina de afilar de sus tiempos de iniciación, reapareció como un fantasma glorioso.
En pocas horas la figura de D. Juan Martín había cobrado contornos épicos. A través de los amigos de la casa, por medio de las visitas oficiales de pésame, un reflejo de esa reverberación póstuma había llegado hasta Juana María, quien, sin mucha confianza en tales demostraciones de respeto, las aceptaba, empero, gratamente sorprendida de que el acíbar de aquel día fúnebre no fuese tan amargo.
Poco a poco, con todo, durante la larga noche de velorio, la hija de D. Juan Martín fué adquiriendo la convicción de que sus aprensiones de la mañana anterior habían sido injustificadas. Nunca su papel fuera más fácil ni jamás soportara mejor el peso del apellido de su padre. Y con la conciencia tranquila se entregó a un sueño sereno.
Durmió por espacio de tres horas. Después, el vértigo de sus obligaciones de principal figura del duelo la arrebató, anestesiándola: la rápida prueba de los trajes de luto, la última visita al féretro. La multitud, frases sin eco escuchadas al pasar, hachones encendidos, enormes cortinados negros, dolor de cabeza, cantos en latín y un pesado olor a incienso...
¿Cuánto había durado todo eso?...
* * * * *
Vinieron después los largos días melancólicos, de clausura; la obligada actitud de recogimiento, las visitas de los íntimos, las conversaciones reducidas a girar inevitablemente en torno de la figura del muerto. Esto último, que algunas semanas antes le habría parecido un horrendo suplicio, íbale resultando una tarea fácil y hasta entretenida. ¿Efecto del aburrimiento de aquel interminable secuestro? La señora de Alava no sabía a qué atribuirlo. ¿Era ella o los demás la causa del cambio? En verdad, con respecto a ese punto capital de su vida todos habían cambiado. Las gentes de toda suerte testimoniaban a la memoria de D. Juan Martín un respeto y una admiración que nunca se hubiera podido sospechar durante su vida. Ella misma, por su parte, comenzaba a experimentar, al recuerdo del padre, una vaga emoción de ternura. Ya en más de un momento de soledad se había sorprendido pensando en el anciano.
Cierto día recibió un envoltorio voluminoso. Era un gran libro de recortes, encuadernado en fino cuero negro. Se lo enviaba un amigo modesto, protegido suyo, que con amorosa paciencia había recogido todo cuanto se publicara a propósito del fallecimiento de D. Juan Martín.
Distraídamente, doña Juana María se puso a hojearlo. Creyó que no le interesaría; pero al rato hundióse en la lectura de los avisos fúnebres, de las necrologías, de los artículos biográficos, de las crónicas del sepelio, de las notas de condolencia de Sociedades anónimas y centros recreativos regionales, del relato de los modestos homenajes de empleados y amigos.
El escueto telegrama con que el infante de Aragón se asociara al duelo, desde España, aparecía en el centro de una página, rodeado de una complicada orla dorada con atributos heráldicos y las armas del príncipe.
A medida que pasaba las páginas iba adquiriendo como una revelación de la grandeza del muerto. Fué un descubrimiento que le esclareció súbitamente la evolución operada en su ánimo en las últimas semanas. Había tenido razón; su instinto no la había engañado...
Y bruscamente, al comprender que era un sentimiento lícito, se abandonó a su dolor con una desesperación tanto mayor cuanto más tiempo había sido contenida.
Toda su salvaje ternura filial, retenida y ahogada durante más de veinte años, estalló de pronto en un lamento: «¡Papá! ¡Papá!» Sin reserva alguna, mesándose los cabellos y retorciéndose las muñecas, gritaba: «¡Papá! ¡Papá!»... Era un clamor ronco, angustiado, desesperante.
Una hora después, casi aniquilada, postrada en el suelo, con la cabeza apoyada en el libro de recortes, la cabellera en desorden, imploraba aún con un gemido infantil, entrecortado por hondos suspiros: «¡Papá! ¡Papá!...»
CAPITULO VIII
LUTO LIVIANO
Tres meses después de la muerte de don Juan Martín la señora de Alava escribía esto a una amiga, de paseo por Europa:
«Lentamente vamos reponiéndonos del doloroso golpe que nos dió el Destino. Aunque el vacío dejado por la desaparición de papá es demasiado grande para que pueda olvidarse, nuestro dolor se ha ido dulcificando. Ya no es el sentimiento desgarrador de los primeros días, sino un culto piadoso de su memoria. Le recordamos con ternura a cada momento y nos consolamos pensando que tarde o temprano nos reuniremos a él. Como me decía monseñor de Filippis--que no nos ha abandonado en estos tristes días--, ese consuelo es la gran fuerza de los cristianos. ¡Dios mío! ¿Cómo harán para no morirse de desesperación los incrédulos que pierden un ser querido? ¡Qué enorme desgracia es no tener fe! Sin embargo, aun con la ayuda de la religión, estos meses, a mí sobre todo, que apenas salgo de casa, me parecen interminables. Para ocuparme un poco he hecho sacar del colegio a los dos chicos. ¡Imagínate que en el trastorno del fallecimiento, a causa de lo enervada que me dejó la larga agonía del pobre papá, nos olvidamos de ellos! No pudieron despedirse del abuelo, al cual adoraban, a pesar de que en los últimos años rara vez lo veían. ¡Papá estaba siempre tan ocupado! Si hubiera sido otro habría podido descansar, consagrarnos algún tiempo, hacer vida de familia; pero ¡cualquiera le iba a convencer a él de abandonar sus negocios en otras manos!
»Ahora, con su ausencia, ya es otra cosa. Fernando, mi marido, está por transformar la Empresa en una gran Compañía anónima. Ha recibido en este sentido proposiciones muy ventajosas del barón de Erlanger. El Directorio central se establecería en Londres, y Adolfo se reservaría el cargo de secretario. El muchacho está encantado porque al fin entrevé la posibilidad de realizar su ideal de vivir en Inglaterra. A mí la solución me parece cómoda y ventajosa. Fernando podrá ocuparse con toda libertad de su cabaña y del haras que acaba de instalar. Esto del haras es un viejo proyecto suyo que no quiso llevar a cabo hasta ahora, para no contrariar a papá. El pobre papá no podía tolerar que se le hablase de caballos. Decía siempre que él no había necesitado nunca de caballo alguno para llegar adonde había llegado. También se oponía a que dejáramos esta casa. Se había encariñado con ella como se encariñaba con todas las cosas. Su apego a lo que le rodeaba era tan grande que no dejaba entrar a nadie en sus habitaciones. Por respeto a su memoria hemos conservado su dormitorio tal cual estaba el día de la muerte.
»¡Ah! Olvidaba decirte que estamos por construir una casa en el terreno de la calle Juncal. Desde que falta papá, este caserón, enorme y frío, me parece insoportable. Creo que no recobraré mi tranquilidad hasta que no me vea fuera de él. Tú no te puedes imaginar cuánto lo deseo. Desgraciadamente, las cosas marchan despacio. Hay que hacer venir materiales de España, porque--se lo he dicho bien claro al arquitecto--no quiero una casa de similor. Y eso es largo... Y mientras tanto me consumo en esta inacción forzada a que me obliga el luto...»
CAPITULO IX
EN EL CUAL LA SEÑORA DE ALAVA RECONOCE QUE EL UNIVERSO ESTÁ PERFECTAMENTE BIEN ORGANIZADO
Un cielo límpido, de un azul de esmalte, sin una nube en toda su extensión. Sólo allá adelante, muy lejos, sobre la masa verdinegra de un grupo de árboles, se desvanecía un copo blanco. ¿Una nube? Bien rara, por cierto, si lo era... Desde la ventanilla del tren, Amenábar la veía aparecer bruscamente como un punto blanco, inflarse con torpeza e irse confundiendo poco a poco en el azul purísimo del firmamento, para luego resurgir como un punto blanco, cincuenta metros más arriba o más abajo, hincharse y diluirse de nuevo. Muy atento al extraño fenómeno meteorológico, el clubman había olvidado el objeto de su viaje cuando oyó decir:
«Pronto llegaremos.»
Recordó entonces cómo el encuentro con Adolfito Alava Martín, llegado tres días antes de Londres, le obligara a hacer con él ese viaje, en tren especial, cuando tenía resuelto eludir la ceremonia enviando un telegrama. Pero ahora, ante el encanto de una mañana como aquélla, todo su fastidio se desvaneciera.
¿Qué importaban los discursos, el descubrimiento del busto de D. Juan Martín, la bendición de las salas, los invitados y los miembros de la familia, si con mirar al cielo se sentía penetrado de una paz infinita? Abandonado a un sentimiento bucólico, seguía mirando la caprichosa nube. A medida que se acercaban a ella se concentraba y se disolvía con mayor rapidez. Substrayéndose por un momento a su contemplación, Amenábar pensó con vergüenza en su ignorancia sobre los fenómenos de la Naturaleza. «He ahí un hecho--se dijo--que debe ser sabido de toda la gente de campo, acostumbrada a levantarse temprano, y que a mí, que conozco todas las grandes capitales del mundo, me produce un asombro de salvaje.»
La nube continuaba rehaciéndose y fundiéndose en el azul, sobre el grupo de árboles, con una perseverancia encomiable. A Amenábar le pareció advertir hacia aquel lado unos golpes sordos.
El tren disminuyó su marcha... Entonces Amenábar pudo reconocer sin dificultad el estampido de la bomba, que cada medio minuto se deshacía en un copo de humo blanco, sobre los árboles, anunciando la fiesta.
Por el camino de tierra, que un poco más adelante surgió de improviso al lado de la vía, iban algunos autos, grandes coches de campaña, _fords_ de chacareros, paisanos a caballo y un destacamento de la gendarmería provincial. Avanzando con lentitud, venía detrás un coche de ciudad cerrado, tras cuyos cristales veíase un hábito violeta y dos sotanas negras.
«Es el obispo», dijo alguno de los que se habían agolpado en las ventanillas del vagón. Y con el regocijo de quien ve disiparse una perspectiva desagradable, los que acompañaban a Adolfito Alava Martín comenzaron a reconocer a los que iban por la ruta.
Casi todos los veraneantes del balneario vecino se habían trasladado a la inauguración de la colonia de vacaciones.
El tren especial en que el nieto de D. Juan Martín reuniera a todos los amigos que se hallaban en Buenos Aires entró, multiplicando las señales de alarma, en la pequeña estación. Amenábar, deseando desentumecer las piernas, bajó el primero. Apenas puso el pie en el andén, un operador cinematográfico, enfrentándosele, comenzó a dar vueltas a la manivela de su aparato.
A espaldas suyas estallaron de pronto los clarines de una banda lisa. Era la banda de bomberos de La Plata que, de uniforme de gala, acababa de descender de otro convoy, detenido en un desvío.
Pocos pasos adelante reconoció al gobernador de la provincia, de traje claro y sombrero blando, acompañado por un ministro joven que parecía muy preocupado del efecto del rocío sobre sus botines de charol. Por la ruta que llevaba de la estación al grupo de pabellones blancos con techado rojo, donde se aglomeraba la gente, veía desarrollarse la cinta amarilla de una sección de _boys scouts_. Las bombas, ahora más frecuentes, atronaban el espacio; las bocinas de los automóviles formaban un tumulto confuso y el clamoreo de los clarines parecía querer competir con el sol deslumbrante.
Amenábar perdió la última ilusión que le quedaba de la paz campesina. Aturdido, después de una noche de viaje en tren, se perdió entre la muchedumbre, que a eso llegaba la asistencia a la ceremonia.
«¿Cómo habrá hecho Juana María para reunir esta gente aquí?», pensó, no sin asombro. Luego, con la buena fe de un espectador desinteresado, presenció el descubrimiento del busto de D. Juan Martín en el pequeño _hall_ del pabellón principal. La colonia de vacaciones había sido puesta bajo la advocación de su nombre, como en homenaje a su memoria y como un ejemplo a los que allí se asilaran de lo que pueden el trabajo y la constancia. Descubiertos respetuosamente, los espectadores contemplaban la efigie de mármol sobre cuya fuerte nariz cabalgaban unos lentes de oro... ¡Aquellos lentes que durante su vida le servían para no dejarse apiadar por la miseria, para no ser débil, ni compasivo, ni generoso, para no ver sino lo que resueltamente le convenía!
El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura...»
El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano. Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.
Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.
Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado en la gloria...
A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban contemplar a _Heraldic_, el famoso padrillo que el gran criador había adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros, hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana condición social, que tenían el culto de los _self-mademan_, se dió a buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.
Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito del agua.
«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno de los del grupo. El aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»