Tres relatos porteños Segunda edición
Part 8
Luego, ya distraída del objeto de su esfuerzo rememorativo, pensó en cuán pequeña fuera la parte de la madre en el destino común. Muerta cuando apenas comenzaba a apuntar la prosperidad, su recuerdo no estaba vinculado a ninguno de los sucesivos triunfos familiares logrados merced a la tozudez del padre y a la habilidad de la hija.
La señora de Alava se atribuía, en efecto, un papel importante en el encumbramiento de don Juan Martín, cuyos aciertos financieros había ella realzado y centuplicado mediante la sucesiva elevación del plano social en que debían desenvolverse. Por cierto que la ambiciosa señora no se sentía muy apoyada en esa tarea de equilibrar constantemente el grado, siempre en ascenso, de la riqueza con los gustos, la educación, los modales y el tren del formidable trabajador.
¡El padre era tan brusco, tan limitado, tan egoísta! ¡La había dado tantos disgustos!
Por contraste, pensó en la madre, que no la había dado ninguno; la madre, que se había marchado discretamente de la vida antes de que su ignorancia y su torpeza hubiesen comenzado a importunar a la hija.
De ella no quedaba sino una fotografía desvanecida y una mala ampliación al carbón que D. Juan Martín se obstinaba en conservar en su dormitorio.
La señora retuvo, quizá por primera vez, que de ella había heredado el color de los ojos, la frescura de la boca, el porte gentil...
Y quedóse meditando, los grandes ojos azules perdidos en el vacío, el lápiz de oro apoyado contra los labios bermejos, con aquella expresión a la vez hierática y desdeñosa que se había compuesto inspirándose en las láminas mundanas del _Sketch_.
¿Llegó a recordar la señora de Alava el nombre impublicable?
Probablemente no; porque el aviso que apareció en los diarios decía así: