Tres relatos porteños Segunda edición

Part 7

Chapter 73,967 wordsPublic domain

Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas pueden componer un idioma?

Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y blanco, corre a su encuentro revólver en mano.

--¡Párese! ¡Arriba las manos!

El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:

--¡Arriba las manos!

El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con la mano izquierda en alto... Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo, sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de sangre sobre el pavimento.

El viejo «era» manco.

CAPITULO XII

LA VUELTA AL HOGAR

Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo, por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.

Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y se me antojaba torva y siniestra la figura del matador... Nada de eso, sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.

Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa o la liga de la mucama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso. Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado su puntería.

Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker. Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado austeramente...

CAPITULO XIII

EL ASALTO A LA COMISARÍA 44

Domingo, 12.--Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y leo:

«=El asalto a la Comisaría 44.=--El primer ataque, preludio y quizá preparación combinada de los que se produjeron al día siguiente, se dirigió contra la Comisaría 44. El asalto se inició contra los centinelas avanzados que se encontraban a media cuadra del local de dicha Comisaría. A consecuencia de este ataque, se cambió un nutrido tiroteo entre los leales defensores del orden público y los maximalistas, que se hallaban perfectamente pertrechados y poseían máuseres de último modelo, muchos de los cuales conservaban aún la etiqueta de venta.

Dará una idea del armamento que poseían los ácratas el hecho de que una barrica que se hallaba en la calle, frente a la misma Comisaría, fué literalmente convertida en una criba por los proyectiles que se dirigieron contra el local.

En esa refriega los defensores de las instituciones tuvieron que hacer actos de verdadero arrojo para impedir que la turba de agitadores se apoderara de la Comisaría, en cuyo zaguán se libró una verdadera batalla.

Contenido el asalto por las fuerzas policiales, pudo notarse que dentro de la Comisaría se hallaba un sujeto extraño a ella, el cual se señaló desde el primer momento como uno de los cabecillas del atropello. Estas sospechas pudieron confirmarse más tarde cuando dicho sujeto, que dijo llamarse Nicolás Dilonoff, después de un hábil interrogatorio, que contestó con evasivas, trató de desarmar a uno de los agentes. También gritó «¡Viva el maximalismo!», aprovechando un momento de descuido de sus guardianes.

En vista de esto, el temible agitador, en cuyo poder se encontraron grandes sumas de dinero, fué puesto a buen recaudo por la autoridad, y a la mañana siguiente enviado al Departamento Central de Policía bajo segura custodia.

Por desgracia, los compañeros de Dilonoff lograron conocer el recorrido por donde debía pasar y atacaron a la escolta que lo conducía no bien ésta desembocó por una de las calles adyacentes al lugar donde se produjo el hecho. Los agentes trataron de repeler la agresión, cambiándose entre los dos bandos más de tres mil tiros.

Aprovechando la confusión que se produjo a raíz de este ataque, el temible agitador logró eludir la vigilancia de la policía, ignorándose hasta este momento su paradero. Se espera, sin embargo, detenerle de un momento a otro.

Nicolás Dilonoff, que también se hace llamar Jesús Martínez, es un viejo conocido de nuestra policía. Ha llegado al país hace pocos meses, y a pesar de eso habla correctamente el español. Se sabe que en Rusia, su país de origen, ha mantenido estrechas relaciones con Lenín y Trotsky.»

Suspendo la lectura y llamo al mucamo: ¡Mauricio! ¡Mauricio!... Mauricio se presenta alarmado. Yo me vuelvo hacia él con una profunda congoja y le digo: «Mauricio, estoy mal de la cabeza. Llama inmediatamente a un médico; prepárame un sinapismo; llévate esos diarios; alcánzame la aspirina; corre el cortinado; disponme otro baño; avísale a Perucho, pero no le dejes entrar; no estoy para nadie; descuelga el tubo del teléfono y arréglame las valijas, porque me voy a Montevideo...»

Mauricio supone que efectivamente estoy mal de la cabeza, y yo me vuelvo a meter en cama...

CAPITULO XIV

DE CÓMO RECOBRO EL USO DE LA RAZÓN Y OTROS OBJETOS

Miércoles, 15.--He pasado una terrible crisis. Desde el domingo hasta anoche he sido presa de la fiebre y del delirio. Sólo ayer, a la hora de la comida, después de un breve sueño reparador, he vuelto a ser el hombre normal de hace ocho días. El médico cree que aun estoy débil y ha prohibido que se me hable de la huelga; pero, como es natural, durante toda la noche no nos hemos ocupado de otra cosa con Perucho Salcedo y con Amenábar, que han estado a visitarme. Les he contado todo lo que me ocurrió desde el jueves último, a medida que me iba acordando, y ¡bien sabe Dios si hay fallas en mi memoria!

¡Cosa singular! Se han reído hasta desternillarse. Cuando hubieron terminado de reírse, examinamos mi situación personal. Perucho me aconsejó que le mandase los padrinos al comisario de la 44, y Amenábar, que fuera a reclamar el reloj, la tabaquera, las llaves y el dinero que me habían sacado. Este último consejo me parece el más oportuno; pero antes debo liquidar mi situación como delincuente, porque no hay que olvidar que tengo la captura recomendada... Para la Policía soy Dilonoff, el terrible Dilonoff, un prófugo, un conjurado, un perturbador del orden social.

Amenábar ha prometido arreglarme el asunto en el día, pero no las tengo todas conmigo. Si fuese un delincuente empedernido podría contar, por lo menos, con el indulto presidencial; pero como soy inocente...

A las cuatro llega Amenábar en su soberbio «Packard». Vienen con él Perucho, Totó Arribillaga y el mono Sánchez Oriol, que es medio pariente del comisario de la 44. Todos quieren presenciar el efecto de mi reaparición en la Comisaría que asalté yo solo, por mi cuenta.

Como ya me siento bien y además tengo deseos de unirme con mi reloj, no opongo obstáculos al viaje, cuya duración no deja de preocuparme. ¡Estos jóvenes no saben dónde queda la Comisaría 44! Sin embargo, a los veinte minutos nos detenemos ante un edificio, que reconozco vagamente. Hemos venido en línea recta, sin la menor desviación ni el más pequeño barquinazo. ¿Es el coche o las calles? Vuelvo a sufrir la ilusión del damero.

Cruzamos el zaguán obscuro, en el que ya no se advierte rastro alguno de las pasadas luchas. (La Comisaría ha seguido siendo asaltada después de mi retiro.)

El mono Sánchez Oriol se adelanta y, después de parlamentar brevemente, nos hace pasar al despacho del comisario.

Este nos recibe de pie con una afabilidad de gran caballero.

Presentaciones: Amenábar, Salcedo, Arribillaga. Grandes saludos. Cuando me llega el turno, el mono dice simplemente: «¡Dilonoff!» Coro general de carcajadas. El comisario es el que ríe con más ganas. Después de un momento de conversación, durante el cual nos muestra un retrato de Sarmiento destrozado por las balas (es el retrato que el sargento arrojó sobre la barricada), procede a entregarme «mis efectos». Por una deferencia especial no me pide recibo.

Nos despedimos; pero cuando todos han salido, el simpático comisario me retiene para decirme con tono de dulce reproche: «Pero, amigo, ¿cómo no me dijo usted que era socio del Jockey?...»

Al regresar vamos a toda velocidad por la anchurosa avenida con arboleda central. Inesperadamente el mono Sánchez Oriol prorrumpe en un alarido: «¡Viva el presidente del Soviet!» Este grito hace volver la cabeza a los transeuntes, y creo reconocer rápidamente dos ojos garzos que me miran con asombro, una cabellera castaña, un traje blanco suelto. ¿Es una ilusión?... ¡Estos autos marchan tan rápido!...

EL CULTO DE LOS HEROES

CAPITULO PRIMERO

DE CÓMO DON JUAN MARTÍN IBA ACORTANDO SUS PASEOS

Al salir aquella mañana, don Juan Martín habíase dado con el mayor de sus nietos, quien, cansado y furtivo, regresaba al domicilio familiar. El muchacho, sorprendido, no acertó sino a decir: «Buenos días», cortesía trivial que el anciano retribuyó con un «Buenas noches» cortante como el aire frío de la madrugada.

No dijo más; pero el encuentro habíale puesto de mal humor.

Por un antiguo hábito ambulatorio, don Juan Martín tenía la costumbre de meditar sobre sus negocios mientras iba por la calle, solo y abstraído, en medio del tumulto urbano. La primera idea de su gran empresa ocurriérasele en esa forma, al cabo de cinco años de pasear por la ciudad su aparejo de afilador, y otros tantos había madurado el proyecto en sus interminables caminatas. Cinco años, durante los cuales empujó su máquina rudimentaria con aire ausente, acariciando en su espíritu vagos sueños de riqueza y arrancando a su silbato, de trecho en trecho, un sonido largo y modulado como un reclamo a la fortuna.

Por cierto que ese pregón, tradicional en Buenos Aires, no tuvo poca parte en la ulterior prosperidad de Juan Martín. A causa de él, los robustos changadores gallegos que en muchas esquinas comentaban indolentemente la exigua crónica telegráfica de los diarios de entonces, a la espera de que se les mandase llamar para transportar un piano o conducir una carta de amor, tareas desproporcionadas que realizaban con igual indiferencia e idéntica celeridad, solían burlarse de su cuasi conterráneo--Juan Martín era de los límites de Asturias--con toda la pesadez de su inteligencia de atletas. En Galicia, con el mismo reclamo, largo y modulado, anuncian su presencia en las aldeas los castradores de cerdos. Y eran sobre ese _leit-motiv_ procaz, un número infinito de variaciones y desarrollos que el pobre ambulante escuchaba resignado, traduciendo únicamente su sorda irritación en el leve temblor del silbato de níquel que colgaba siempre de su boca como una prolongación natural del belfo. ¿Fué un efecto de su antipatía hacia aquel gremio jocundo y holgazán la primer idea de la industria que lo enriqueció y llegó a cambiar uno de los aspectos de la ciudad? ¿O no se debió todo sino a la antigua hostilidad de las tribus nómadas hacia las de hábitos sedentarios, causa de tantas luchas prehistóricas, reconocible aún, bajo pretextos nuevos, en los conflictos de los gremios urbanos? Fuera uno u otro sentimiento la raíz oculta de su invención, o ambas a la vez, el hecho es que a Juan Martín se le ocurrió realizar los servicios que llevaban a cabo sus pesados burladores con carros ligeros de dos ruedas, y un buen día, dejando su máquina de afilar en un rincón de la pieza que habitaba con su mujer y su hija, se lanzó a la calle arrastrando el primer vehículo a tracción humana que se conoció en la capital. En los años que siguieron y que marcaron un ascenso lento, pero constante, en su pequeña industria, D. Juan Martín continuó recorriendo la ciudad al paso flexible y silencioso de sus alpargatas, revisando en su mente cálculos de enriquecimiento cada vez más concretos. Y a medida que se engrandecía su negocio iba disminuyendo el radio de sus paseos y la amplitud de sus meditaciones.

Ahora que estaba enormemente rico, que había centralizado en su empresa casi todos los servicios de transportes y encomiendas del país, que figuraba en el directorio del Banco Español y era uno de los mayores propietarios de inmuebles de la ciudad, el breve trayecto entre su lujoso hotel de la calle Maipú y el viejo edificio de las oficinas en el Paseo de Julio, cerca del Retiro, bastábale para resolver todos sus asuntos. Pero siempre el ritmo de su paso era el mismo de cuando iba empujando su aparejo, y aunque algo relajado por la senectud, su belfo se avanzaba como si aun intentara, con el silbato ausente, lanzar uno de aquellos largos y modulados reclamos a la fortuna.

CAPITULO II

EN QUE SE MUESTRA QUE LA PIEDAD, COMO OTROS ACHAQUES DE LA VEJEZ, LA MIOPIA, POR EJEMPLO, PUEDE CORREGIRSE CON EL USO DE CRISTALES ADECUADOS

Esa vez, al llegar al edificio de la Empresa, D. Juan Martín advirtió que, contra su costumbre, no había sido durante la breve caminata dueño de sus pensamientos. Evidentemente, el encuentro con su nieto habíale puesto de mal humor. Una sucesión lenta de ingratas escenas familiares, un sentimiento difuso de soledad y la impresión angustiosa de que su ausencia definitiva no sería lamentada por nadie, le dominaron durante todo el trayecto. Así, cuando se vió ante la puerta de su despacho y recordó que debía resolver en última instancia aquel asunto de los terrenos de Puente Alsina, se notó desapercibido y en mal estado de ánimo.

Don Juan Martín nunca dejaba librado al azar de una entrevista el resultado de un negocio, pequeño o grande. Iba siempre a ella con un plan apenas esbozado, pero llevando una decisión prolijamente madurada en sus paseos, de la que no se apartaba un ápice.

Pero en esta ocasión estaba desorientado e indeciso. ¿Consentiría en renovar una vez más el contrato de alquiler a los paisanos suyos, que desde tiempo inmemorial poseían en aquellos terrenos un establecimiento entre rural y urbano, a la vez fonda, cancha de bochas y corralón de hacienda?

El creciente desvío de la hija, que comenzara poco después de la muerte de la madre, le había ido acercando a sus paisanos, le hacía complacerse en las evocaciones de la tierra natal, tan lejana en sus recuerdos, y le convirtiera en el filántropo de que hablaban los periódicos regionales de aquí y de allá. Por eso mantuviera hasta entonces improductivos aquellos terrenos comprados casi por nada a fines del siglo, que había visto, en su última visita, rodeados de amplias avenidas, calles pavimentadas, líneas de tranvías, casas modernas y edificios industriales. Sus dos paisanos, padre e hijo, venían disfrutando de esa locación excepcional con la misma candorosa indiferencia con que se habían dejado cercar por el progreso y la riqueza, sin modificar sus hábitos rurales adquiridos treinta años antes, cuando aquel lugar era el tránsito obligado de los arreos que iban al matadero. ¿Prolongaría esa situación absurda, perjudicando un plan ya antiguo de ampliación de los depósitos de la Empresa, para no alterar la dejadez crónica de los dos acriollados asturianos?

Cuando penetró en el despacho, ya le estaban aguardando, zurdamente acomodados en sendos sillones, sus dos inquilinos: el padre, un anciano de barba blanca, pañuelo de seda negra al cuello, ropa obscura y botines de elástico, y el hijo, un hombre ya maduro, fornido, con aspecto de capataz de estancia. Don Juan Martín los saludó sin mucha espontaneidad; ocupó su asiento tras el escritorio, y al punto entabló la conversación con sus comprovincianos. Los dos inquilinos no conservaban el menor dejo del acento nativo. Hablaban con la prosodia llana y el lenguaje descuidado de los hombres del campo de Buenos Aires. En cambio, D. Juan Martín, que nunca perdiera la ruda pronunciación regional, había adquirido en la última época de su vida, por su frecuentación del alto comercio español, el prurito del casticismo. Y nada más cómico, a causa de esa diferencia idiomática, que la continua apelación a los orígenes comunes, al deber de ayudar a los paisanos, al amor al terruño con que los dos suplicantes procuraban ablandar al hombre de negocios.

Mientras así le hablaban, D. Juan Martín, lejos de conmoverse por las evocaciones ingenuas de la aldea, casi desvanecida en su memoria, pensaba en la catástrofe que significaría para aquel viejo verse expulsado del lugar en que, por una síntesis frecuente en los inmigrantes españoles que no han sido arrastrados por el vértigo de la ciudad, conciliara desde su llegada al país el espíritu sedentario del agricultor europeo con la clásica despreocupación del gaucho. En todo el tiempo que llevaban aquí no habían ahorrado un centavo, ni acreditado su negocio, ni conseguido aptitud alguna para abrirse camino en la vida. Todo su capital consistía en la clientela, cada vez más escasa, que acudía a aquel establecimiento indefinido, último representante de la ya olvidada tradición del barrio. Contra la formidable presión del ambiente que tendía en cien formas distintas a desplazarlos, a arrojarlos a los nuevos suburbios, para hacerles repetir al cabo de cuarenta años los días azarosos de la inmigración, no tenían más defensa que la buena voluntad de su afortunado paisano.

Don Juan Martín sentía que se iba emocionando. Le impresionaba, sobre todo, la afinidad espiritual que era posible advertir entre el padre y el hijo, el cariño viril que se profesaban, la semejanza en la figura, en los gestos, en la voz... Y envidiaba al pobre viejo de barba blanca esa paternidad absoluta, acabada, tanto quizá como él suponía codiciaban los otros su actual opulencia.

Estaba a punto de pronunciar la palabra definitiva que devolvería la tranquilidad a sus visitantes--D. Juan Martín nunca se desdecía--cuando alcanzó a ver sobre la mesa el estuche de los lentes. Con un gesto maquinal los abrió, montó los cristales sobre su fuerte nariz y comenzó a revisar el fajo de papeles que tenía ante sí. Era el anteproyecto del inmenso depósito para la Empresa, a construirse sobre los terrenos de Puente Alsina. La oficina técnica que los había formulado algunos años antes y que ahora insistía en ellos con motivo de la terminación del irrisorio contrato señalaba la necesidad, cada día más imperiosa, de descongestionar la casa central, de tener un local adecuado para los camiones, de alejar el tráfico de las parroquias aristocráticas. Había que aprovechar, además, los precios transitoriamente bajos de los materiales de construcción. Todo esto, gracias a la ampliación de los cristales, se le aparecía con caracteres nítidos, con una acuidad de visión que era a la vez un placer del sentido y de la mente.

En cambio, al levantar la cabeza, las siluetas de los dos hombres que, encogidos en la penumbra, estaban aguardando la respuesta, se le presentó borrosa, confusa, apenas perceptible.

Y sin vacilar, con un solo movimiento negativo, condenó irrevocablemente a sus dos paisanos a la miseria.

CAPITULO III

BREVE EXCURSIÓN A TRAVÉS DE LOS APELLIDOS

«... but the last name is certainly meant, by all logic and history, to link a man with his human origins, habits or habitation.»--_G. K. Chesterton._

Don Juan Martín no tenía apellido. Es decir, el nombre de Martín, que recibiera de su padre, y éste a la vez de sus obscuros antepasados, no había sufrido la deformación que la costumbre exige para que se le considere un apellido. Parecía un nombre de expósito, y a esta circunstancia, que causara la aflicción de su hija, debiérase el que, por un homenaje inconsciente al iniciador de la industria, todas las Empresas de mudanzas llevaran durante un tiempo en Buenos Aires nombres de expósitos: Juan José, Pedro Juan, Luis Martín, etc.

Tal suerte de apellidos no evolucionados es relativamente numerosa y no tiene por fuerza consecuencias nefastas para el ansia de figuración social de sus poseedores. Basta juntarlos indisolublemente con los apellidos maternos, con lo cual fórmase un nombre compuesto más o menos eufónico, pero que es prenda segura de un antiguo linaje.

A la chica de Martín, cuando soltera, ni siquiera ese recurso le había quedado. El apellido de la madre, muerta hacia fines del siglo pasado, era un nombre imposible de exhibir a causa de lo que evocaba. Debió, pues, limitarse al uso del simple apellido paterno hasta que por el matrimonio lo completó con el de su marido, Alava, anteponiéndole la obligada partícula _de_, que acentuaba el efecto, al añadirle una vaga ilusión de aristocracia.

Doña Juana María Martín de Alava había olvidado hacía ya mucho tiempo esa humillante preocupación de su juventud. Así, cuando advertida por el padre de que en la semana próxima cumpliríase el vigésimoquinto aniversario del fallecimiento de la madre, y al disponerse a redactar el aviso de unos funerales, no es de extrañar que tuviera una ligera vacilación: la señora de Alava no recordaba el apellido de la madre.

Largo tiempo estuvo con el extremo del lápiz de oro entre sus labios bermejos, la mirada de sus ojos azules perdida en el vacío y el busto inclinado tratando de recordar el otro nombre de la madre.

No sin una ligera emoción, evocó su imagen. Volvió a verla, y se vió ella como hacía treinta años, pequeña, descalza, desarrapada, ayudándole a torcer la ropa en el lavadero de la ribera y siguiéndola luego por la barranca de la calle Comercio, en el camino de regreso a casa. Con un rubor retrospectivo recordó las injurias dialectales con que solía contestar los chicoleos atrevidos de los _cuarteadores_, a quienes llamaban la atención sus colores de campesina y el garbo con que llevaba en equilibrio sobre la cabeza, por la empinada cuesta, el monumental cesto de la ropa blanca.

Doña Juana María se asombró un poco de tener tan presente ahora el lugar de la escena. La vez pasada, con motivo de una visita a la sala del Patronato de la Infancia, que se halla por aquellas inmediaciones, había pasado por allí y nada recordara.