Tres relatos porteños Segunda edición

Part 6

Chapter 63,988 wordsPublic domain

Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero. Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez minutos desemboco en un horno de ladrillos... Vuelvo hacia atrás y me encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy, de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con veredas arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.

Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera. Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de reparación de carros... Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y debo batirme prudentemente en retirada.

Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo. Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta...

CAPITULO IV

ASALTO A UNA COMISARIA

Viernes, 10.--¿Cuántas horas he dormido así?... Lo ignoro, pues se me acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas horas recorrimos amorosamente... Redoblo el paso con alegría y por primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: _It’s a long way to Tipperary..._

De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su microscopio.

Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y comienza a tiros contra los árboles del paseo central... A pocos metros suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.

El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y huye velozmente calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque debo entregar el máuser a su dueño.

Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.

Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego... El vigilante que me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos, descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos... La luz se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme cuenta de que estoy en una Comisaría.

Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.

CAPITULO V

¡ALTO EL FUEGO!...

Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única sensación de regularidad que se percibe en este desorden.

Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:

--¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!

Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el ángulo opuesto al mío, vocifera:

--¡A ver!... ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!

Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel _bric a brac_, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente...

Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:

--¡Una cartuchera!

Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros como un chimpancé, berreando con viril angustia:

--¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!

Yo me resisto... Un oficialito, emocionado por esta escena de fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:

--¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!...

El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya, grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias defensas nos impiden avanzar un solo paso... La guardia de la azotea se asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro. Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»

¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en cuarenta, en cien. En el patio pulula una multitud heterogénea: bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando imperiosamente: «¡Alto el fuego!... ¡Alto el fuego!» Un trompa del escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.

Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada, comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala prorrumpen carcajadas estruendosas...

CAPITULO VI

LA LUZ DE UN NUEVO DÍA...

La luz del nuevo día viene por fin a iluminar esta escena de confusión que puede haber durado entre diez minutos y dos horas. Yo no tengo noción del tiempo que ha transcurrido. Sólo sé que después de un momento el comisario ha reiterado la orden de cesar el fuego y que, al pretender el trompa del escuadrón traducírsela melódicamente, le arrebató el clarín con espanto como si fuese la trompeta del Juicio final. Me he puesto de pie y le he dicho:

--Es una sabia medida, comisario; el clarín es un instrumento belicoso. Otro toque más y nos agarramos a tiros entre nosotros. Por lo demás, el instrumento de la policía es el pito...

Debía haber dicho el silbato, porque esta observación última ha desagradado evidentemente al voluminoso comisario. Repara en mí con fijeza, y bruscamente me interroga:

--¿Y usted quién es?...

--Usted no me conoce--replico sonriendo.

--Por eso se lo pregunto.

Antes de que pueda ordenar rápidamente mis recuerdos, para explicar el encadenamiento de circunstancias que me han traído aquí, el prudente funcionario ordena:

--¡A ver! ¡Sáquenle ese máuser!... ¡Pálpenlo de armas! ¡Pásenlo a mi despacho!

El trompa del escuadrón me arrebata tan violentamente el arma, que estoy a punto de perder el equilibrio. Extiendo las manos como balancín y veinte fusiles me apuntan de frente. Quedo con los brazos extendidos, inmovilizado por el terror, mientras el sargento fornido y retacón procede a la operación de palparme. Según la acepción corriente, palpar significa tocar exteriormente con las manos. En la práctica policial consiste en meter la mano hasta el codo en los bolsillos del presunto malhechor. Me despojan así de mi llavero, mi reloj, mi cigarrera vacía y mi billetera casi exhausta. Luego, con una escolta digna de un regicida, me hacen entrar en una habitación y me ponen de cara a la pared, en un ángulo de la estancia. No puedo hablar ni darme vuelta.

Estoy de penitencia como hace veinticinco años en el colegio y tengo una hambre también como la de entonces. Para saber lo que es apetito hay que ser pupilo o estar preso...

CAPITULO VII

CONVICTO Y CONFESO

Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos que ha caído prisionero.

A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro balazos...

«Buena puntería--digo entre mí--, pero mal empleada; era mucho mejor que me hubiese bebido la cerveza...» Paso la lengua por mis labios resecos y recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?... Apoyo la cabeza en el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle, me dice ferozmente: «_¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu!_»

Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con el rincón de pared que habito desde hace tantos años... Imprevistamente, una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: _¡Viva el maximalismo!_...

El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al sargento fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.

Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.

Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento, estoy convicto y confeso...

CAPITULO VIII

UN INTERROGATORIO

Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero del cigarrillo ofrecido y solicito desenfadadamente una taza de te con bizcochos. Sin eso no puedo hablar...

Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga... Nada me sirve.

Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a interrogarme con toda solemnidad.

--¿Cómo se llama usted?

--Julio Narciso Dilón.

--Ese apellido no es de aquí...

--No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)

--¿Es usted catalán?

--No, señor.

--¿Ruso?

--Tampoco.

--¿Italiano? ¿Francés? ¿Alemán?

--Nada de eso.

--¿Cuál es su nacionalidad?

--Soy argentino.

--¿Hace mucho que está radicada su familia en América?

--Dos siglos.

--¿Cómo dice?

--Doscientos años.

El comisario cuchichea con los oficiales, se sonríe y me pregunta:

--Su abuelo paterno, ¿qué fué?

--Diputado al Congreso de Tucumán.

--¿Por qué provincia?

--Potosí...

Grandes carcajadas del auditorio. El comisario hace esfuerzos por mantener la seriedad y dice:

--Potosí no es una provincia, es una calle.

Me encojo de hombros y me sonrío con una estupidez incomparable. No estoy con ánimo para lanzarme en una disertación histórica. Que el comisario crea lo que le parezca conveniente.

El interrogatorio prosigue. Cada vez que intento defenderme de la terrible acusación que pesa sobre mí me quitan la palabra. El comisario me dirige preguntas insidiosas, que no tienen respuesta. Por último, recapitulando los debates, me dice:

--Si usted es inocente, ¿por qué se introdujo subrepticiamente en la Comisaría? ¿Por qué profirió gritos subversivos? ¿Por qué intentó desarmar al sargento?...

Y antes de que pueda replicar me hace conducir al calabozo.

CAPITULO IX

ARAMIS

Sábado, 11.--He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma, bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento horrible que se llama un bandoleón?

El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al silbido alterno de la bomba extractora de cerveza...

Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones, accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche triste», «Piantá piojito...» En su torno bailan una infinidad de vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.

De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:

--¡A ver el diputado por Potosí!...

Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:

--Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar inmediatamente...

Con esa resignación que uno tiene en las pesadillas, cuando duran demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.

--Le damos cinco minutos para que se decida...

Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor; me despertaré en mi cama.

El capitán Aramis se ha levantado, y acercándose a la puerta ha ordenado con una sonrisa:

--¡Formen el cuadro en el segundo patio! ¡Preparen el pelotón!...

¡Tanto mejor! Quizá la impresión del fusilamiento me despierte por completo.

Los cinco minutos han pasado. Aramis y los dos oficiales acaban de salir. Oigo afuera órdenes imperiosas y ruido de armas. Las culatas de los máuseres chocan contra las baldosas. El jefe del piquete me toca en un hombro. Me levanto automáticamente, me coloco en medio de los soldados y salimos de la estancia.

La guardia está formada. Pero en vez de dirigirnos al segundo patio vamos hacia el zaguán. Pasamos por entre una doble fila de bomberos rígidamente alineados, con la bayoneta calada, y nos encontramos en la calle. Junto a la acera se halla un carrito de bomberos, y, rodeándolo, un destacamento de soldados del escuadrón a caballo y con las tercerolas apoyadas en el muslo. A su frente está Aramis, bello como un capitán de ulanos. Cuando me suben al carro, se me cae el pañuelo con que me voy secando el sudor frío que me corre por la cara, y Aramis, buen jinete y cortés caballero, lo recoge y me lo entrega con una elegancia digna de su héroe epónimo.

CAPITULO X

LA NINFA ECO

El carrito echa a andar y yo me tumbo de espaldas sobre las tablas. Por un momento no escucho más que el rodar de la carretela y el trote de los veinte caballos que me dan escolta. Luego, absorto en la contemplación del azul del cielo, me voy quedando dormido...

Repentinamente me despierta un estampido, al que sigue un segundo después una detonación más sonora. Mi escolta ha echado pie a tierra, y los soldados, parapetados tras de los caballos, inician un fuego nutrido. A poca distancia se escuchan otros disparos igualmente nutridos, pero de un sonido más amplio. Cada descarga nuestra nos es devuelta inmediatamente con creces.

--¡Nos están baleando sin asco!--grita el capitán Aramis.

--Es desde aquella casa alta--dice tranquilamente el bombero que maneja el carrito y que está observando la escena con curiosidad.

Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen, a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.

De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»

¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»

A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.

Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta oficiosidad.

¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea, mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán Narciso y estudiarán acústica...

CAPITULO XI

«HANDS UP!»

Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis, a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente, absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle nuestro corazón y nuestra casa... Pero por proceder así he sufrido dos días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca. Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído...»

En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del sujeto.