Tres relatos porteños Segunda edición
Part 5
Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa pública; los taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al _privat docent_, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el autor de los brillantes trabajos que figuraban en el _Informe_, y que éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se organizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la intención de renunciar a la vuelta.
El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.
Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga, pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover un vagón de ferrocarril...
CAPITULO XVIII
DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN
Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así, cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente, con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al país. «Es cierto--le dijo--que el conejo carece de existencia ideal, pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las clases rurales.»
Después de esa, Simón Camilo Sánchez tuvo una serie de largas conferencias con el primer magistrado, y al cabo de algunas semanas le presentó un proyecto de reorganización del Departamento de Protección Agrícola. La reforma estaba inspirada en el concepto de que era necesario llevar a la mente de todos los agricultores del país la convicción de que sin sembrar no es posible cosechar y que, en consecuencia, debían sembrar y sembrar sin descanso. Por una ley de la nación se instituyó el _Día de la Siembra_, solemne festividad en que todos los niños de las escuelas de la República debieron sembrar semillas simbólicas en las plazas, parques y lugares abiertos de las ciudades. Para dar ejemplo, el doctor Vértiz, rodeado de todos sus ministros, plantó unas semillas de alpiste en el _rond-point_ de la calle Florida y Diagonal Norte y regaló al cacique Chepalofú, jefe de una tribu de fueguinos que había venido a visitarle, una reproducción en terracota del _Sembrador_, de Meunier.
Las macetas subieron de precio; los azadones de juguete para niño se agotaron en plaza; la tierra extraída de las construcciones urbanas se cotizó en la Bolsa, y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó de los que no tenían tierra alguna en que sembrar.
La propaganda del Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este sentido el _summum_ de la perfección. No podía abrirse una caja de fósforos sin encontrar las leyendas: _Siembre, si quiere cosechar. No deje pasar su oportunidad de sembrar. ¿Por qué permite usted que los cardos invadan su campo?_, etcétera, etc. El interior de los tranvías estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del Departamento volvió a publicar mensualmente mapas de toda la República, con la indicación de las zonas sometidas a la benéfica acción del arado, y todos los carteles sobre la plaga leporina se substituyeron con _affiches_ optimistas. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola subió a quince millones.
* * * * *
Augusto Herrlin fué poco a poco, gracias a los cuidados de doña Asunción, recobrando la memoria y el apetito. Pero a medida que se le iban presentando los recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense se desvanecían todas las impresiones de su existencia anterior. Y cuando pudo reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la última palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del profesor Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a conmoverle los vestigios de su hipóstasis europea.
De toda su aventura sólo sacó una cariñosa simpatía por _don Pepe_, que había sido el compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto por su patrona.
Cierta vez, el conejo de Flandes, revolviendo entre los trastos de la habitación del profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo con un tapón de madera. _Don Pepe_, asegurando el tubo con sus dos manecitas, comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de la embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que _don Pepe_ husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que había cometido, fué a esconderse en un rincón del jardín. Allí le acometieron al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dió los signos del decaimiento más desesperante.
Cuando doña Asunción, extrañada por su ausencia, salió en su busca, le halló ya en la terrible agonía característica de la septicemia de Herrlin. _Don Pepe_ murió a los pocos minutos en los brazos de su patrona. Su cadáver ofrecía un aspecto tan espantoso, que el consejo de pensionistas decidió proceder de inmediato a su inhumación. _Don Pepe_ fué enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.
Pocos días después el profesor Herrlin depositaba sobre su tumba una lápida que decía:
A «DON PEPE» PRIMERA Y UNICA VICTIMA AMERICANA DEL COCOBACILO DE HERRLIN MCMXVIII
Y para compensar de su pérdida a doña Asunción, se casó con ella.
UNA SEMANA DE HOLGORIO
He nacido en Buenos Aires. ¡Qué me importan los desaires con que me trata la suerte! Argentino hasta la muerte. He nacido en Buenos Aires.
(_Trova_, de Carlos Guido Spano.)
PROLOGO
JULIO NARCISO DILÓN
Julio Narciso Dilón, el protagonista de la historia que reproducimos en seguida, no está formado de la pasta de los héroes. Le falta para serlo alguna imaginación y capacidad de entusiasmo. La pobreza de aquella facultad le impide exagerar el peligro en la medida necesaria, y la ausencia de esta última condición no le permite enardecerse para sobrepujarlo. Por eso, aunque no es medroso, no tiene fama de _guapo_ entre sus compañeros de cabaret. Se explica así que, habiendo estado mezclado a los episodios más impresionantes de la semana de enero, su narración adolezca de cierto escepticismo...
Como Paul Louis Courier en la campaña de Italia, la actitud de Dilón en los días trágicos que acaban de transcurrir difícilmente puede inspirar sentimientos épicos.
El también, a semejanza del inquieto traductor de _Daphnis y Cloe_, sería capaz de irse a jugar al billar después de haber participado en la proclamación de un emperador.
Y es que, a fuerza de vivir al día, mi buen amigo ha acabado por perderle todo respeto a la historia.
En la sucesión de momentos que componen su vida, todos le parecen igualmente graves... o idénticamente fútiles. Su impresión presente colorea de júbilo o de tristeza todo el pasado y todo el porvenir.
Por eso, aunque no pueda dudarse nunca de su sinceridad, resulta discutible su autoridad de historiador.
A. C.
Buenos Aires, febrero de 1919.
CAPITULO PRIMERO
DESGRACIADO EN EL JUEGO...
Jueves, 9 de enero.--Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que yo madrugo ocurre algo extraordinario.
He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un coche de plaza, cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:
--Mirá, _gringo_: si en veinte minutos no me _dejás_ en la puerta del Hipódromo te hago meter preso por maximalista.
Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.
Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los caballos, dijo entre dientes: «_¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo facisse vede io lu masimalismu._»
Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en el tiempo en que Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de trabajos revolucionarios.
He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado para almorzar en el _restaurant_ del _paddock_. Al descender del coche advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco, excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero, todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis ganadores seguidos, jugando _derecho_, había venido también en un coche de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito _maximalista_ me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé pensando en los extraños designios de la suerte...
Almuerzo frugal en el _restaurant_ del _paddock_. Concurrencia lamentablemente escasa. Tarde de _guigne_; confiado en el buen augurio de mi llegada, he jugado como un cronista de _sport_ de diario grande.
A la altura de la séptima carrera me quedan seis pesos por todo capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en lontananza. Decido el regreso.
Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares, recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos. Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de lo instable de su fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?...
Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al _tatersall_, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al final de las tribunas populares.
La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando carruajes.
La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud de obreros como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación, deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador, el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi despecho.
Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino encuentro numerosos carros con los caballos desenganchados y un coche con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!
Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso. Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad; incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once. Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.
En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente, teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su compañera entre divertida y medrosa:
--¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y por esos barrios todo a obscuras!
--Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.
--Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!...
--¿No tienes medios de avisarles?
--No...
Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así como mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos... y acabo de resolverme a desandar cincuenta cuadras.
La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar a largos trancos.
Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódromo, el regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito deslumbramiento que experimenté al verla...
Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.
CAPITULO II
... AFORTUNADO EN EL AMOR
Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía, según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la renta... Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre filosofía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta noche estival.
Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir aproximando a nuestro punto de destino--es decir, al de ella--, porque mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.
Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.
Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano--acaban de dar las diez--; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido... ¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche! Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli, la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de esos carros colmados de heno.)
Mis insinuaciones no parecen caer mal... Me dispongo a iniciar una aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»
Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable de caballos, uno de ellos blanco...
Recuerdo el incidente del mediodía: «_¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu_», y el espectáculo del coche casi destrozado por culpa mía.
Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de casas.
Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura galante.
CAPITULO III
EL DAMERO A MEDIA NOCHE
Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición, debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía. Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido la intendencia de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el simple trazado del damero municipal.
Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas...