Tres relatos porteños Segunda edición
Part 4
A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex embajador, etcétera, etc.
El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las Cámaras de apelaciones, ni había renunciado tantos ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.
El profesor Herrlin no podía iniciar sus trabajos hasta tanto la Junta no le oyese y aprobase su plan. Tuvo, pues, que aguardar a que se constituyese, redactase su reglamento, eligiese presidente al doctor Gaona, nombrase dos secretarios rentados y discutiese durante varias semanas el local en que celebraría definitivamente sus sesiones.
Por fin cierto día pudo exponer ante la Junta en pleno, y en presencia del ministro de Agricultura, las virtudes de su cocobacilo. Su disertación fué escuchada en medio de un silencio impresionante. El _privat docent_, después de explicar minuciosamente los detalles que diferencian el género bacteria (_bacterium_) del bacilo (_bacillus_), confundidos con frecuencia por el vulgo, señaló todas las excepciones conocidas de esa clasificación en dos géneros, y terminó estableciendo la regla llamada «principio de Hedenius», según la cual los bacilos pueden ostentar todos los caracteres de las bacterias y las bacterias todos los caracteres de los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba, como todos sus congéneres, en el principio de su sabio maestro de Upsala, y excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la resistencia de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era el agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la espontánea de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo determinaba su muerte en menos de veinte horas. Apenas recibían en sus tejidos al terrible huésped, los pobres roedores se mostraban abatidos, con signos de decaimiento moral, faltos de apetito, y con las orejas gachas y el pelo erizado se apelotonaban en el fondo de sus cuevas.
Allí, después de una serie de trastornos intestinales, iba a sorprenderles irremediablemente la muerte.
Pero lo maravilloso de los estudios del profesor sueco residía en el grado de domesticación a que había llevado su cocobacilo. Este le obedecía con la docilidad de un perro, y así, a su arbitrio, aumentando o disminuyendo su virulencia, podía fulminar a los conejos en menos de dos horas o prolongar su agonía durante muchos meses, atacar únicamente a las hembras o exterminar sólo a los machos y hacerlo mortífero en verano e inocuo en invierno o viceversa. Además, mediante un régimen especial, podía convertir a ciertos conejos en agentes propagadores del bacilo. Los animales preparados para esas funciones derrotistas adquirían una vitalidad a toda prueba y una extraña afición por la sociedad de sus semejantes. Sin respetos por las castas sociales ni por los usos venerables del mundo cunicular, se introducían audaz y afablemente en las cuevas ajenas, se hacían de la familia, infectaban a todos sus miembros, y apenas recogían el último suspiro del último representante de la tribu corrían a la cueva más próxima, donde se instalaban con el desenfado de los conejos habituados al trato mundano. Y la descripción que hacía el profesor sueco de la afabilidad, el buen humor y el don de gentes de esos individuos consagrados a llevar la desolación y la muerte a los hogares era realmente siniestra.
«¡Qué formidables _jettatores_!», pensó entre sí el doctor Gaona, que era supersticioso.
Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con melancolía en el porvenir del Departamento cuando ya no existiesen conejos a quien vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando voluptuosamente en aplastar a la diputación socialista bajo una montaña de pestilentes cadáveres de conejos.
CAPITULO XV
UNA CAMPAÑA ELECTORAL
A tiempo que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto al informe del profesor Herrlin, las elecciones de renovación presidencial comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no se conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras habían librado ya en torno del presupuesto de la Protección Agrícola su primer combate con las del Gobierno, y la propaganda partidista había convertido aquel organismo burocrático en el emblema del oficialismo ignaro y corruptor. Algunas elecciones provinciales, preludio del gran acto comicial, fueron ganadas por los elementos de Delfín Acuña, empleados todos de los Comisariatos locales, y esta derrota enardeció a las oposiciones. El Departamento de Protección Agrícola fué calificado de «máquina electoral puesta al servicio del Gobierno y alimentada con los dineros del pueblo» y estigmatizada en mil manifiestos.
Y cuando la Convención del partido oficial designó su candidato al doctor Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, los grupos de opositores arreciaron en su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.
En contra de Gaona, la coalición opositora alzó el nombre del doctor Juan Carlos Vértiz, que había sido intendente de San Luis durante la revolución del año 96, que, como se sabe, duró tres horas y cuarenta y cinco minutos.
Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y el de su antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos, propulsión de las industrias y el comercio».
Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.
Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del viejo caserón.
Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el velorio de un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»
Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar resueltamente: «El conejo no existe... El conejo es una invención del régimen oprobioso...»
Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, debía aparecer un _Atlas_ con la colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se niega a reconocer el peligro».
El _Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo_, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.
Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen: «¡El conejo no existe!... _Avanti!_» Sus correligionarios contemplaban la mole enorme del _Informe_ y movían la cabeza con desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se atrevía con las 4.375 páginas de texto!
Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse al _Informe_; pero atacaron con más acritud si cabe al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales, que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición, los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más vigorosamente que los otros alcanzó en una sien al estupefacto Herrlin. Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.
CAPITULO XVI
THE RABBIT’S MARCH
Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho, y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El _privat docent_ se incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había olvidado del castellano...
Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los estudiantes abandonaban el _aula magna borealis_ de su vieja Universidad.
Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.
El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de sentimiento arrancó por un instante al _privat docent_ de la inconsciencia a que se había abandonado.
Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: «¡Pobrecito, me ha reconocido!...»
Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.
Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se comprometería el orden público.
Toda la Prensa condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció el prestigio mundial de la víctima. Sólo _El León de Castilla_ se permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable. Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la civilización argentina».
Delfín Acuña, que se constituyera en _manager_ de la candidatura oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados del Departamento de Protección Agrícola; de los cientos de Comités gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a saludar al _privat docent_ a la salida del teatro donde se tendería la mesa.
Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en el inmenso recinto agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el _privat docent_ había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha:
--El profesor está mamado....
Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está mamado!... ¡El profesor está mamado!...»
Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.
Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del banquete se componía todo de platos alusivos: _Salpicon de p’tit lapin_, _Soupe de lièvre_, _Oreilles de lapin a la Hindenburg_, _Civet de lièvre_, _Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould_, _Welsh-Rabbit_, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.
El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y encarándose con el _privat docent_ le expuso cuánta admiración tenía por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al _privat docent_ un puñetazo en el estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de _The Rabbit’s March_ (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial de los _gaonistas_. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:
Combatimos al conejo Desde el norte del Bermejo Hasta el cabo Santa Cruz (_bis_)
* * * * *
El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica emoción, entonaron el himno augusto:
Combatimos al conejo Desde el norte del Bermejo Hasta el cabo Santa Cruz (_bis_)
* * * * *
Los soldados del escuadrón hicieron la venia...
CAPITULO XVII
«¡EL CONEJO NO EXISTE!»
El doctor Gaona triunfaba. La publicación del _Informe_ había inclinado la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: _¡El conejo no existe...!_
A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.
Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del _Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria_ entre los veinte secretarios de los Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había gastado en la primera semana del primer año en el Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable _Atlas_ eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo, trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil que las cubría!
Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo produjeron en todo el país una sensación de estupor.
El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento del _affaire_, y dió, en efecto, órdenes al jefe de Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora parlamentaria.