Tres relatos porteños Segunda edición
Part 3
A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.
--Tírele de las orejas--insinuó ésta amablemente.
Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico; pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las incidencias de un pugilato le parecieron impropias de un profesor universitario.
Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a _don Pepe_ denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.
El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con el nombre de «gigante de Flandes» (_Lepus cuniculus giganteus_).
Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje; hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de bruces sobre el camión de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del conejo.
Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.
Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar:
--¡Por favor, míster!... ¡No me lo mate!... ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es inocente!!
El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona. Comprendió que _don Pepe_ era el animal tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción.
Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a una mujer.
CAPITULO X
SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS
Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario, a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas, veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»
Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.
Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la próxima cosecha.
En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el _privat docent_ debió redactar, sobre la base de los partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus informes se archivaban sin ser tomados en consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.
CAPITULO XI
DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN
Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente combatido por la diputación socialista.
«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.
Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.
Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó en la ley de Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión del germen fatal.
Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.
La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una amplia casa-quinta en la Floresta.
Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la primavera.
El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus bacilos, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.
A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín... A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo (_Cocobacillus cuniculosum_), que iba por fin a poder expandirse libremente por el territorio de la República.
Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves remordimientos.
La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.
Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:
1.º Himno nacional.
2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.
3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados.
4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.
5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.
6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.
7.º _Lunch._
La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa admiración.
En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo de D. José María de Inclán-Zavaleta.
Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de Strabon, recordó que en tiempos de Augusto los habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de Tarragona.
Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más caballeresca de la historia.
Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.
«Tengamos presente asimismo--agregó--que Cátulo llama a España «cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies un conejo pequeño.»
El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al conejo a través de las edades, y remató encarándose con el presidente de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.»
Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la sala del _lunch_.
Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y _sándwichs_ que cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del Instituto.
CAPITULO XII
«DON JUAN»
Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.
La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico del doctor David Peña.
De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal único al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y en su corazón.
Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión, retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que las veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien helada...
Don Augusto--como había acabado la patrona por llamarle--sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.
No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.
Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.
Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.
_Don Pepe_, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca; la _matinée_, que señalaba, sin destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas, le pareció al _privat docent_ la figura, acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió ofender su pudor.
Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así que, fijándose en el animal, comenzó a decir:
--Este conejo, de la variedad «gigantea», apellidado vulgarmente «gigante de Flandes», por su nombre científico _Lepus cuniculus giganteus_, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse _don Pepe_, sino _don Juan_.
--¿Por qué, don Augusto?--preguntó suavemente la patrona.
--Las funciones esenciales de estos seres--continuó el profesor--son, en efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco...
Y el _privat docent_ de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de las liebres.
Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. _Don Pepe_ o _don Juan_, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.
Pero desde la sabia disertación del jardín, _don Pepe_ fué para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!...»
CAPITULO XIII
EL HONOR DE LOS PUEBLOS
El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras maestras, quedó inconclusa.
A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.
--Deben de ser periodistas--dijo la patrona para explicarse la inoportunidad de su arribo.
Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de _El León de Castilla_, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera habíase referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del profesor sueco.
--Pero, señores, si no hay ofensa alguna...
--No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto--replicó severamente uno de los padrinos.
--Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes históricas...
--Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles--repuso airadamente el otro padrino--. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo...
--No conozco a esos cuatro señores--contestó pacíficamente el sabio--; pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la _Geográfica_, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el _Códice de París_, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la disposición del señor Pérez de Manara...
--Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a una biblioteca...
Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el _privat docent_ intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y exclamaban a coro:
--¡Somos castellanos!...
--¡Y yo soy sueco!--dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.
--No sólo lo es usted, sino que se lo hace--enunció el primer padrino.
Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de padrinos comenzó a deliberar.
Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen de la _Geográfica_, de Strabon, en la correcta edición de Kramer, Berlín, 1844.
«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas.
E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.
Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sánchez y el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su adversario.
Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su primogénito.
Uno de los redactores de _El León de Castilla_, indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a modo de despedida:
--¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente a frente!
CAPITULO XIV
LA SEPTICEMIA DE HERRLIN