Tres relatos porteños Segunda edición
Part 2
Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El _privat docent_ advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.
Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:
--¡Cuántos empleados!
--Esto no es nada--repuso el postulante--; los otros son muchos más...
--¿Los de otro turno?
--No; los que no vienen nunca...
Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del castellano era todavía deficiente; no se explicó el sentido de las palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el _privat docent_ guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.
Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó el secretario.
«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde ocultarlo...
Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se le asignaba en el presupuesto para el año entrante. Su oposición fué irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de la Rioja.
El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.
No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el asunto.
Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo y la misión que traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:
--Vea, doctor... Dése una vuelta...
Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el ministro.
Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta completa.
Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre al centro del sistema una faz de eterno postulante...
CAPITULO VI
LA MÁSCARA DE HIERRO
En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su misión científica.
El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores; le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había llegado en un momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por contrato.
Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio, consagraba la tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.
Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.
CAPITULO VII
DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO
Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel. Convencido de que la situación política de la República le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó alojamiento en una casa de pensión.
Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el _privat docent_ recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina, un viejo empleado de una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado cultor de la historia patria.
El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de Inclán-Zavaleta.
Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los pocos días como un viejo amigo.
Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.
En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el enemigo.
Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido perpendicularmente... Era un conejo de la variedad «gigantea» (_Lepus cuniculus giganteus_), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas extremidades posteriores.
Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se perdió en las sombras de la noche...
La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se prometió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a la reunión.
Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida familiar... Por último, entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la voz.
Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se habían retirado a descansar.
A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas, buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en un bolsillo del pantalón.
En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del conejo.
Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de establecer contacto con el enemigo.
CAPITULO VIII
REVISTA DE FUERZAS COLONIALES
Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y azadones...» Y esa enumeración de instrumentos de cultivo a precios fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.
La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se desterró.
Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.
Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc., siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el océano.
El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.
A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos escribientes que seguían estudios universitarios se reunían allí para preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.
Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer, y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.
* * * * *
Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Probablemente el servicio de ordenanzas constaba de varios turnos, que se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal, que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía salir a las horas acostumbradas.
Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los _clubmen_ fué así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la partida.
Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con la vuelta del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.
Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección Agrícola debemos relatar la primera visita que el _privat docent_ hizo a sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa actividad nocturna.
Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés... Después de un largo momento de espera, Herrlin se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe pelmanecel natulalmente elguido....»
Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»
La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución del edificio. (El _privat docent_ se ruborizó al enunciar esta inocente superchería.)
Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón. Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sentido de la única alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz». Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo...»
Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que giraban voluptuosamente.
Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba, plofesola de datiloglafía.»
Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba. Caminó y caminó según su costumbre, hasta que pudo plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a formularse:
«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.
»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»
Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas explicaciones, el _privat docent_ se encaminó alegremente a la casa de doña Asunción.
CAPITULO IX
«DON PEPE»
Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.
Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un brazado de hojas de coliflor.
--Míster Herrlin--le avisó--, entre con cuidado; _don Pepe_ se ha metido en su pieza y no quiere salir...
El profesor creyó que _don Pepe_ era algún borracho, y se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.
--Mire debajo de la cama, míster--indicó la patrona, que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.
Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:
--¡Salga de ahí, señor!...