Tres relatos porteños Segunda edición
Part 10
Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de veinte años.
Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.
Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar a las oficinas de la Empresa.
Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando la atención con su silbato.
¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia, procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle, sacudiendo jovialmente la mitra:
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»
Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro--¿era verdaderamente su padre?--que la arrastraba en aquel paseo infamante. Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo. Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?
Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta posibilidad, que nunca hasta entonces se le había ocurrido. Pero pronto la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.
FIN
ÍNDICE
_Páginas._
PRÓLOGO 7
EL COCOBACILO DE HERRLIN 15
Capítulo primero.--Simple introducción a una historia complicada 17
Capítulo II.--Un informe consular 20
Capítulo III.--La mancha azul 26
Capítulo IV.--Preliminares de la campaña 30
Capítulo V.--La primera vuelta 34
Capítulo VI.--La máscara de hierro 39
Capítulo VII.--Donde se entra en contacto con el enemigo 42
Capítulo VIII.--Revista de fuerzas coloniales 48
Capítulo IX.--«Don Pepe» 58
Capítulo X.--Síntesis de tres ejercicios financieros 62
Capítulo XI.--Donde el cocobacilo de Herrlin se apresta a entrar en acción 66
Capítulo XII.--«Don Juan» 73
Capítulo XIII.--El honor de los pueblos 79
Capítulo XIV.--La septicemia de Herrlin 84
Capítulo XV.--Una campaña electoral 89
Capítulo XVI.--The Rabbit’s March 96
Capítulo XVII.--«¡El conejo no existe!» 105
Capítulo XVIII.--Donde se revela por fin la singular eficacia del cocobacilo de Herrlin 110
UNA SEMANA DE HOLGORIO 117
Prólogo.--Julio Narciso Dilon 119
Capítulo primero.--Desgraciado en el juego 121
Capítulo II.--...afortunado en el amor 131
Capítulo III.--El damero a media noche 135
Capítulo IV.--Asalto a una Comisaría 139
Capítulo V.--¡Alto el fuego! 142
Capítulo VI.--La luz de un nuevo día 146
Capítulo VII.--Convicto y confeso 149
Capítulo VIII.--Un interrogatorio 153
Capítulo IX.--Aramis 157
Capítulo X.--La ninfa Eco 161
Capítulo XI.--«Hands up!» 164
Capítulo XII.--La vuelta al hogar 168
Capítulo XIII.--El asalto a la Comisaría 44 170
Capítulo XIV.--De cómo recobro el uso de la razón y otros objetos 174
EL CULTO DE LOS HÉROES 179
Capítulo primero.--De cómo D. Juan Martín iba acortando sus paseos 181
Capítulo II.--En que se muestra que la piedad, como otros achaques de la vejez, la miopia por ejemplo, puede corregirse con el uso de cristales adecuados 185
Capítulo III.--Breve excursión a través de los apellidos 191
Capítulo IV.--El huevo de Leda 196
Capítulo V.--La vuelta al Colonial 207
Capítulo VI.--La muerte del héroe 219
Capítulo VII.--Transfiguración 224
Capítulo VIII.--Luto liviano 232
Capítulo IX.--En el cual la señora de Alava reconoce que el Universo está perfectamente bien organizado 236
_Precio: 4 pesetas._