Tres relatos porteños Segunda edición

Part 1

Chapter 13,721 wordsPublic domain

ARTURO CANCELA

TRES RELATOS PORTEÑOS

EL COCOBACILO DE HERRLIN UNA SEMANA DE HOLGORIO EL CULTO DE LOS HEROES

(SEGUNDA EDICIÓN)

COLECCIÓN CONTEMPORANEA · CALPE

TRES RELATOS PORTEÑOS

ES PROPIEDAD COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1923

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA

Talleres "Calpe", Ríos Rosas, 24.--MADRID

PRÓLOGO

Men walk as prophecies of the next age.--EMERSON.

_El autor de_ TRES RELATOS PORTEÑOS _nació en 1892. Le quedan muchos años por vivir. Vió la luz en Buenos Aires. La vida intensa de estos hormigueros y caravanseras que ha socavado y llevado la civilización en la tenue y quebradiza costra del planeta no tiene para él secretos ningunos. Estudió en el Colegio Nacional. Tiene ganado en brava lucha su título de bachiller. Asistió más tarde a las aulas de la Escuela de Medicina, con el propósito de conocer al hombre, mas no con el de aliviarle sus dolencias por medio de las drogas o el bisturí, porque, a poco andar, ya había plantado sus reales en el Instituto Pedagógico, si hemos de creer a sus biógrafos más desinteresados. Su curiosidad de las cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio, puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó, allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros._

_Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el don de describir. Hay quienes describen sin haber visto y deslumbran como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad. Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la de las necias._

_Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna: sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la reacción del espíritu vulnerado, la reverberación y el encono pasan pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los ha producido._

_Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en que se celebra el rito de la técnica._

_Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el ocaso de la cultura griega. En_ Una semana de holgorio _está de bulto la ceguedad del odio de clases._

_Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos. Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social estudiado en_ El culto de los héroes.

_Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por el valle después de haber golpeado el cristal de sus ondas contra las rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías ambulantes del mundo que ha de venir._ Adveniat regnum tuum.

_No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe» por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana. El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas. La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas._

B. SANÍN CANO.

EL COCOBACILO DE HERRLIN

CAPITULO PRIMERO

SIMPLE INTRODUCCIÓN A UNA HISTORIA COMPLICADA

Cuando Augusto Herrlin, _privat docent_ de la Facultad de Upsala, publicó su «Informe sobre algunas observaciones hechas acerca de una nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (_Lepus cuniculus vulgaris_)» era todavía lo que en los círculos científicos de la vieja ciudad universitaria suele llamarse un joven de porvenir. Acababa de entrar en los cuarenta años; hacía justamente ocho que estaba de novio con la séptima hija del profesor Hedenius, titular de su materia, y tenía abiertas ante sí, en todo sentido, perspectivas envidiables. Su reputación profesional comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con que seguía la práctica de los deportes de invierno en las revistas ilustradas de Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de substituir en la cátedra a su futuro padre político.

La publicación del informe--cuyo texto era ya conocido, pues había figurado, a modo de artículo, en la _Revista del Instituto de Bacteriología_ de Lund, se hallaba incluído en los _Anales de la Real Academia de Upsala_ y fuera divulgado en uno de los últimos números de los _Cuadernos bimensuales de la Sociedad Escandinava de Agricultura científica_--no obedecía, como podría creerse, a un ansia de popularidad. Augusto Herrlin desdeñaba las reputaciones demasiado ruidosas que trascienden los medios académicos y llegan hasta los libreros y los alumnos del Gimnasio Real de la localidad. La edición, en folleto, de su interesante trabajo debíase, por consiguiente, a sentimientos de otro género.

En la primera semana de mayo se cumplía el octavo aniversario de su compromiso con la séptima hija del profesor Hedenius. ¿Qué mejor testimonio de la constancia de su afecto que ofrecerle en esa ocasión el fruto de sus labores juveniles?

Herrlin había encargado, pues, al impresor de la Universidad una edición reducida del «Informe», que ostentaba en su anteportada la siguiente dedicatoria:

A MI PROMETIDA HAROLDA HEDENIUS QUE UNE A SU VIRTUD Y BELLEZA UN NOMBRE ILUSTRE EN LAS CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA

CAPITULO II

UN INFORME CONSULAR

Hasta hace algún tiempo, el único argentino establecido en Estocolmo era M. Johann van der Elst, un holandés naturalizado que acostumbraba a residir en Rotterdam, lo cual no le impedía desempeñar con celo y contracción ejemplares las funciones de vicecónsul de la República en la capital sueca.

La información que enviaba mensualmente al Ministerio de Relaciones Exteriores era un índice preciso y minucioso del intercambio comercial sueco argentino, aumentado, a menudo, con abundantes noticias sobre las invenciones, descubrimientos y nuevos métodos científicos e industriales que pudiesen interesar a la agropecuaria sudamericana. Esa contribución de van der Elst al progreso de nuestras industrias madres era difundida en todo el país por el _Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores_, que adquiría en tales circunstancias un volumen considerable.

A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía en sus publicaciones parte de la correspondencia del vicecónsul en Estocolmo, y hasta en cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de propaganda sobre un nuevo procedimiento para la producción de quesos frescos, transmitido por van der Elst.

Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fué el referente al empleo del marlo del maíz en la fabricación de pasta de papel. Llegado al país en momentos en que mayor era la escasez de este producto, fué publicado en el _Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores_, reproducido en los _Anales del Ministerio de Agricultura_, insertado en síntesis en los grandes diarios de la capital y del Rosario, incluído en la _Revista de la Universidad de Buenos Aires_ como nota de un artículo del doctor Ernesto Quesada, y transcrito, por último, en el _Diario de Sesiones_ de la Cámara de Diputados, acompañando el proyecto de ley por el cual se mandaba iniciar los estudios necesarios para el establecimiento de la nueva industria. Así, por una paradoja frecuente en la terapéutica social, el primer efecto del salvador informe de van der Elst consistió en la agudización de la crisis papelera.

No es, pues, nada extraño que, al recibirse en Buenos Aires una correspondencia del Viceconsulado en Estocolmo dando cuenta de que el profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala, había descubierto un bacilo que determinaba una epizootia fatal entre los conejos silvestres, la noticia se difundiese rápidamente. El relato de esa brillante conquista científica y las consideraciones de van der Elst sobre las consecuencias de su aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre, enemigos naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los espíritus porteños.

Este último informe llegaba en momentos en que el apetito de algunos millares de conejos se satisfacía a costa de los campos del Sur, y muy pronto el cocobacilo de Herrlin fué bendecido por muchos corazones como el ángel salvador de los sembrados.

Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un diputado reprochó a la cancillería no reservara exclusivamente a los ciudadanos nativos el desempeño de los cargos consulares. Y para justificar su observación leyó una lista de los extranjeros y ciudadanos naturalizados que tenían la representación de nuestros intereses comerciales en el exterior, en la que figuraba, naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.

¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo colaborador del _Boletín_ de su ministerio, el canciller se agitó en su banca y pidió la palabra con voz trémula. Se la concedieron de inmediato, y comenzó su discurso en medió de la expectativa de la Cámara. Recogió el último nombre leído por el diputado, el de Johann van der Elst, como ejemplo de los errores e injusticias a que pueden conducir los defectos de información y la precipitación en los juicios. No quería fatigar a la Cámara; mas para llevar a todos el convencimiento de que la vigilancia de nuestros intereses comerciales en el exterior se hallaba en buenas manos, él iba a ceder la palabra a su colega de Agricultura, quien diría en qué forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de las industrias «cardinales» de la nación...

A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial, el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda, y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior...

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al ministro de Agricultura.

CAPITULO III

LA MANCHA AZUL

Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el intérprete inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo...

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de Protección agrícola». Por ese proyecto, el territorio de la República se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.

Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisariatos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios, llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría todo... Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.

CAPITULO IV

PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA

Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en toda la provincia--decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza--no bastan los diez empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los Comisariatos era efectivamente escaso. La Comisión propuso en seguida un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300 nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, considerando que para la completa realización de los fines de la Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó a expedir millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de mapas de la República horriblemente manchados de azul...

La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

CAPITULO V

LA PRIMERA VUELTA

Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.