Tres novelas ejemplares y un prólogo
Part 7
«Como ya sabrá usted, señor conde—le decía en una carta—, mi mujer ha salido del manicomio completamente curada; y como la pobre, en la época triste de su delirio, le ofendió a usted gravemente, aunque sin intención ofensiva, suponiéndole capaz de infamias de que es usted, un perfecto caballero, absolutamente incapaz, le ruego, por mi conducto, que venga pasado mañana, jueves, a acompañarnos a comer, para darle las satisfacciones que a un caballero, como es usted, se le deben. Mi mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. Porque si usted no viene ese día a recibir esas satisfacciones y explicaciones, sufrirá las consecuencias de ello. Y usted sabe bien de lo que es capaz
ALEJANDRO GÓMEZ.»
El conde de Bordaviella llegó a la cita pálido, tembloroso y desencajado. La comida transcurrió en la más lóbrega de las conversaciones. Se habló de todas las mayores frivolidades—los criados delante—, entre las bromas más espesas y feroces de Alejandro. Julia le acompañaba. Después de los postres, Alejandro, dirigiéndose al criado, le dijo: «Trae el te.»
—¿Te?—se le escapó al conde.
—Sí, señor conde—le dijo el señor de la casa—. Y no es que me duelan las tripas, no; es para estar más a tono. El te va muy bien con las satisfacciones entre caballeros.
Y volviéndose al criado: «¡Retírate!»
Quedáronse los tres solos. El conde temblaba. No se atrevía a probar el te.
—Sírveme a mí primero, Julia—dijo el marido—. Y yo lo tomaré antes para que vea usted, señor conde, que en mi casa se puede tomar todo con confianza.
—Pero si yo...
—No, señor conde; aunque yo no sea un caballero, ni mucho menos, no he llegado aún a eso. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones.
Alejandro miró a Julia, y ésta, lentamente, con voz fantasmática, empezó a hablar. Estaba espléndidamente hermosa. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago. Sus palabras fluían frías y lentas, pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego consumidor.
—He hecho que mi marido le llame, señor conde—dijo Julia—, porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente.
—¿A mí, Julia?
—¡No me llame usted Julia! Sí, a usted. Cuando me puse loca, loca de amor por mi marido, buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no, quise tomarle a usted de instrumento para excitar sus celos, y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme seducido. Y esto fué un embuste, y habría sido una infamia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba loca. ¿No es así, señor conde?
—Sí, así es, doña Julia...
—Señora de Gómez—corrigió Alejandro.
—Lo que le atribuí a usted, cuando le llamábamos mi marido y yo el michino..., ¡perdónenoslo usted!
—¡Por perdonado!
—Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame, indigna de un caballero como usted...
—¡Muy bien—agregó Alejandro—, muy bien! Acción villana e infame, indigna de un caballero; ¡muy bien!
—Y aunque, como le repito, se me puede y debe excusar en atención a mi estado de entonces, yo quiero, sin embargo, que usted me perdone. ¿Me perdona?
—Sí, sí; le perdono a usted todo; les perdono a ustedes todo—suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa.
—¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro—. A mí no me tiene usted nada que perdonar.
—¡Es verdad, es verdad!
—Vamos, cálmese—continuó el marido—, que le veo a usted agitado. Tome otra taza de te. Vamos, Julia, sírvele otra taza al señor conde. ¿Quiere usted tila en ella?
—No..., no...
—Pues bueno, ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle, y usted le ha perdonado su locura, a mí no me queda sino rogarle que siga usted honrando nuestra casa con sus visitas. Después de lo pasado, usted comprenderá que sería de muy mal efecto que interrumpiéramos nuestras relaciones. Y ahora que mi mujer está ya, gracias a mí, completamente curada, no corre usted ya peligro alguno con venir acá. Y en prueba de mi confianza en la total curación de mi mujer, ahí les dejo a ustedes dos solos, por si ella quiere decirle algo que no se atreve a decírselo delante de mí, o que yo, por delicadeza, no deba oír.
Y se salió Alejandro, dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más sorprendidos de aquella conducta. «¡Qué hombre!», pensaba él, el conde, y Julia: «¡Este es un hombre!»
Siguióse un abrumador silencio. Julia y el conde no se atrevían a mirarse. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el marido.
—No—le dijo Julia—, no mire usted así; no conoce usted a mi marido, a Alejandro. No está detrás de la puerta espiando lo que digamos.
—¡Qué sé yo...! Hasta es capaz de traer testigos...
—¿Por qué dice usted eso, señor conde?
—¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella horrible escena en que me humilló cuanto más se puede y cometió la infamia de hacer que la declarasen a usted loca?
—Y así era la verdad, porque si no hubiese estado yo entonces loca, no habría dicho, como dije, que era usted mi amante...
—Pero...
—¿Pero qué, señor conde?
—¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que va usted a negarme, Julia...?
—¡Doña Julia o señora de Gómez!
—¿Es que va usted a negarme, señora de Gómez, que, fuese por lo que fuera, acabó usted, no ya sólo aceptando mis galanteos...; no, galanteos, no; mi amor...?
—¡Señor conde...!
—¿Que acabó, no sólo aceptándolos, sino que era usted la que provocaba y que aquello iba...?
—Ya le he dicho a usted, señor conde, que estaba entonces loca, y no necesito repetírselo.
—¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su amante?
—Vuelvo a repetirle que estaba loca.
—No se puede estar ni un momento más en esta casa. ¡Adiós!
El conde tendió la mano a Julia, temiendo que se la rechazaría. Pero ella se la tomó y le dijo:
—Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi marido. Usted puede venir acá cuando quiera, y ahora que estoy yo, gracias a Dios y a Alejandro, completamente curada, curada del todo, señor conde, sería de mal efecto que usted suspendiera sus visitas.
—Pero Julia...
—¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces loca?
—A quien le van a volver ustedes loco, entre su marido y usted, es a mí...
—¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil...
—¡Claro! ¡El michino!
Julia se echó a reír. Y el conde, corrido y abochornado, salió de aquella casa decidido a no volver más a ella.
* * * * *
Todas esas tormentas de su espíritu quebrantaron la vida de la pobre Julia, y se puso gravemente enferma, enferma de la mente. Ahora sí que parecía que de veras iba a enloquecer. Caía con frecuencia en delirios, en los que llamaba a su marido con las más ardientes y apasionadas palabras. Y el hombre se entregaba a los transportes dolorosos de su mujer procurando calmarla. «¡Tuyo, tuyo, tuyo, sólo tuyo y nada más que tuyo!», le decía al oído, mientras ella, abrazada a su cuello, se lo apretaba casi a punto de ahogarlo.
La llevó a la dehesa a ver si el campo la curaba. Pero el mal la iba matando. Algo terrible le andaba por las entrañas.
Cuando el hombre de fortuna vió que la Muerte le iba a arrebatar su mujer, entró en un furor frío y persistente. Llamó a los mejores médicos. «Todo era inútil», le decían.
—¡Sálvemela usted!—le decía al médico.
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¡Sálvemela usted, sea como sea! ¡Toda mi fortuna, todos mis millones por ella, por su vida!
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¡Mi vida, mi vida por la suya! ¿No sabe usted hacer eso de la transfusión de la sangre? Sáqueme toda la mía y désela a ella. Vamos, sáquemela.
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¿Cómo imposible? ¡Mi sangre, toda mi sangre por ella!
—¡Sólo Dios puede salvarla!
—¡Dios! ¿Dónde está Dios? Nunca pensé en Él.
Y luego a Julia, su mujer, pálida, pero cada vez más hermosa, hermosa con la hermosura de la inminente muerte, le decía:
—¿Dónde está Dios, Julia?
Y ella, señalándoselo con la mirada hacia arriba, poniéndosele con ello los grandes ojos casi blancos, le dijo con una hebra de voz:
—¡Ahí le tienes!
Alejandro miró al crucifijo, que estaba a la cabecera de la cama de su mujer, lo cogió y apretándolo en el puño, le decía: «Sálvamela, sálvamela y pídeme todo, todo, todo, mi fortuna toda, mi sangre toda, yo todo..., todo yo.»
Julia sonreía. Aquel furor ciego de su marido le estaba llenando de una luz dulcísima el alma. ¡Qué feliz era al cabo! ¿Y dudó nunca de que aquel hombre la quisiese?
Y la pobre mujer iba perdiendo la vida gota a gota. Estaba marmórea y fría. Y entonces el marido se acostó con ella y la abrazó fuertemente, y quería darle todo su calor, el calor que se le escapaba a la pobre. Y le quiso dar su aliento. Estaba como loco. Y ella sonreía.
—Me muero, Alejandro, me muero.
—¡No, no te mueres—le decía él—, no puedes morirte!
—¿Es que no puede morirse tu mujer?
—No; mi mujer no puede morirse. Antes me moriré yo. A ver, que venga la muerte, que venga. ¡A mí! ¡A mí la muerte! ¡Que venga!
—¡Ay, Alejandro, ahora lo doy todo por bien padecido...! ¡Y yo que dudé de que me quisieras...!
—¡Y no, no te quería, no! Eso de querer, te lo he dicho mil veces, Julia, son tonterías de libros. ¡No te quería, no! ¡Amor..., amor! Y esos miserables, cobardes, que hablan de amor, dejan que se les mueran sus mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra de su voz, volviendo a ser presa de su vieja congoja, Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!—y estalló en secos sollozos, en sollozos que parecían un estertor, un estertor de pena y de amor salvaje.
—¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del triunfo.
—¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quiero que te mueras! ¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, mátame, mátame!
—Sí, me muero...
—¡Y yo contigo!
—¿Y el niño, Alejandro?
—Que se muera también. ¿Para qué le quiero sin ti?
—Por Dios, por Dios, Alejandro, que estás loco...
—Sí, yo, yo soy el loco, yo el que estuve siempre loco..., loco de ti, Julia, loco por ti... Yo, yo el loco. ¡Y mátame, llévame contigo!
—Si pudiera...
—Pero no, mátame y vive, y sé tuya...
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Si no puedo ser tuyo, de la muerte!
Y la apretaba más y más, queriendo retenerla.
—Bueno, y al fin, dime, ¿quién eres, Alejandro?—le preguntó al oído Julia.
—¿Yo? ¡Nada más que tu hombre..., el que tú me has hecho!
Este nombre sonó como un susurro de ultramuerte, como desde la ribera de la vida, cuando la barca parte por el lago tenebroso.
Poco después sintió Alejandro que no tenía entre sus brazos de atleta más que un despojo. En su alma era noche cerrada y arrecida. Se levantó y quedóse mirando a la yerta y exánime hermosura. Nunca la vió tan espléndida. Parecía bañada por la luz del alba eterna de después de la última noche. Y por encima de aquel recuerdo en carne ya fría sintió pasar, como una nube de hielo, su vida toda, aquella vida que ocultó a todos, hasta a sí mismo. Y llegó a su niñez terrible y a cómo se estremecía bajo los despiadados golpes del que pasaba por su padre, y cómo maldecía de él, y cómo una tarde, exasperado, cerró el puño, blandiéndolo, delante de un Cristo de la iglesia de su pueblo.
Salió al fin del cuarto, cerrando tras sí la puerta. Y buscó al hijo. El pequeñuelo tenía poco más de tres años. Lo cogió el padre y se encerró con él. Empezó a besarlo con frenesí. Y el niño, que no estaba hecho a los besos de su padre, que nunca recibiera uno de él, y que acaso adivinó la salvaje pasión que los llenaba, se echó a llorar.
—¡Calla, hijo mío, calla! ¿Me perdonas lo que voy a hacer? ¿Me perdonas?
El niño callaba, mirando despavorido al padre, que buscaba en sus ojos, en su boca, en su pelo, los ojos, la boca, el pelo de Julia.
—¡Perdóname, hijo mío, perdóname!
Se encerró un rato a arreglar su última voluntad. Luego se encerró de nuevo con su mujer, con lo que fué su mujer.
—Mi sangre por la tuya—le dijo, como si le oyera, Alejandro—. La muerte te llevó. ¡Voy a buscarte!
Creyó un momento ver sonreír a su mujer y que movía los ojos. Empezó a besarla frenéticamente por si así la resucitaba, a llamarla, a decirle ternezas terribles al oído. Estaba fría.
Cuando más tarde tuvieron que forzar la puerta de la alcoba mortuoria, encontráronle abrazado a su mujer y blanco del frío último, desangrado y ensangrentado.
Salamanca, abril de 1916.
FIN
ÍNDICE
ÍNDICE
Páginas.
Prólogo 7
Dos madres 29
El marqués de Lumbría 81
Nada menos que todo un hombre 103