Tres novelas ejemplares y un prólogo
Part 6
—Lo que la dije, y que tanto la ofendió, fué tan sólo que, si nos hubiésemos conocido antes de haberme yo entregado a mi mujer y usted a su marido, yo la habría querido con la misma locura que hoy la quiero... ¡Déjeme desnudarme el corazón! Yo la habría querido con la misma locura con que hoy la quiero, y habría conquistado su amor con el mío. No con mi valor, no; no con mi mérito, sino sólo a fuerza de cariño. Que no soy yo, Julia, de esos hombres que creen domeñar y conquistar a la mujer por su propio mérito, por ser quienes son; no soy de esos que exigen se los quiera, sin dar, en cambio, su cariño. En mí, pobre noble venido a menos, no cabe tal orgullo.
Julia absorbía lentamente y gota a gota el veneno.
—Porque hay hombres—prosiguió el conde—incapaces de querer, pero que exigen que se los quiera, y creen tener derecho al amor y a la fidelidad incondicionales de la pobre mujer que se les rinda. Hay quienes toman una mujer hermosa y famosa por su hermosura para envanecerse de ello, de llevarla al lado como podrían llevar una leona domesticada, y decir: «Mi leona; ¿véis cómo me está rendida?» ¿Y por eso querría a su leona?
—Señor conde..., señor conde, que está usted entrando en un terreno...
Entonces el de Bordaviella se le acercó aún más, y casi al oído, haciéndola sentir en la oreja, hermosísima rosada concha de carne entre zarcillos de pelo castaño refulgente, el cosquilleo de su aliento entrecortado, le susurró:
—Donde estoy entrando es en tu conciencia, Julia.
El _tu_ arreboló la oreja culpable.
El pecho de Julia ondeaba como el mar al acercarse la galerna.
—Sí, Julia, estoy entrando en tu conciencia.
—¡Déjeme, por Dios, señor conde, déjeme! ¡Si entrase él ahora...!
—No, él no entrará. A él no le importa nada de ti. Él nos deja así, solos, porque no te quiere... ¡No, no te quiere! ¡No te quiere, Julia, no te quiere!
—Es que tiene absoluta confianza en mí...
—¡En ti, no! En sí mismo. ¡Tiene absoluta confianza, ciego, en sí mismo! Cree que a él, por ser él, él, Alejandro Gómez, el que ha fraguado una fortuna..., no quiero saber cómo..., cree que a él no es posible que le falte mujer alguna. A mí me desprecia, lo sé...
—Sí, le desprecia a usted...
—¡Lo sabía! Pero tanto como a mí te desprecia a ti...
—¡Por Dios, señor conde, por Dios, cállese, que me está matando!
—Quien te matará es él, él, tu marido. ¡Y no serás la primera!
—¡Eso es una infamia, señor conde; eso es una infamia! ¡Mi marido no mató a su mujer! ¡Y váyase, váyase; váyase y no vuelva!
—Me voy; pero... volveré. Me llamarás tú.
Y se fué, dejándola malherida en el alma. «¿Tendrá razón este hombre?—se decía—. ¿Será así? Porque él me ha revelado lo que yo no quería decirme ni a mí misma. ¿Será verdad que me desprecia? ¿Será verdad que no me quiere?»
* * * * *
Empezó a ser pasto de los cotarros de maledicencia de la corte lo de las relaciones entre Julia y el conde de Bordaviella. Y Alejandro, o no se enteraba de ello, o hacía como si no se enterase. A algún amigo que empezó a hacerle veladas insinuaciones le atajó diciéndole: «Ya sé lo que me va usted a decir; pero déjelo. Esas no son más que habladurías de las gentes. ¿A mí? ¿A mí con ésas? ¡Hay que dejar que las mujeres románticas se hagan las interesantes!» ¿Sería un...? ¿Sería un cobarde?
Pero una vez que en el Casino se permitió uno, delante de él, una broma de ambiguo sentido respecto a cuernos, cogió una botella y se la arrojó a la cabeza, descalabrándole. El escándalo fué formidable.
—¿A mí? ¿A mí con bromitas de ésas?—decía con su voz y su tono más contenidos—. Como si no le entendiese... Como si no supiera las necedades que corren por ahí, entre los majaderos, a propósito de los caprichos novelescos de mi pobre mujer... Y estoy dispuesto a cortar de raíz esas hablillas...
—Pero no así, don Alejandro—se atrevió a decirle uno.
—¿Pues cómo? ¡Dígame cómo!
—¡Cortando la raíz y motivo de las tales hablillas!
—¡Ah, ya! ¿Que prohiba la entrada del conde en mi casa?
—Sería lo mejor.
—Eso sería dar la razón a los maldicientes. Y yo no soy un tirano. Si a mi pobre mujer le divierte el conde ese, que es un perfecto y absoluto mentecato, se lo juro a usted, es un mentecato inofensivo, que se las echa de tenorio...; si a mi pobre mujer le divierte ese fantoche, ¿voy a quitarle la diversión porque los demás mentecatos den en decir esto o lo otro? ¡Pues no faltaba más...! Pero, ¿pegármela a mí? ¿A mí? ¡Ustedes no me conocen!
—Pero don Alejandro, las apariencias...
—¡Yo no vivo de apariencias, sino de realidades!
Al día siguiente se presentaron en casa de Alejandro dos caballeros, muy graves, a pedirle una satisfacción en nombre del ofendido.
—Díganle ustedes—les contestó—que me pase la cuenta del médico o cirujano que le asista, y que la pagaré, así como los daños y perjuicios a que haya lugar.
—Pero don Alejandro...
—¿Pues qué es lo que ustedes quieren?
—¡Nosotros, no! El ofendido exige una reparación..., una satisfacción..., una explicación honrosa...
—No les entiendo a ustedes..., ¡o no quiero entenderles!
—¡Y si no, un duelo!
—¡Muy bien! Cuando quiera. Díganle que cuando quiera. Pero para eso no es menester que ustedes se molesten. No hacen falta padrinos. Díganle que en cuanto se cure de la cabeza..., quiero decir del botellazo..., que me avise, que iremos donde él quiera, nos encerraremos y la emprenderemos uno con otro a trompada y a patada limpias. No admito otras armas. Y ya verá quién es Alejandro Gómez.
—¡Pero don Alejandro, usted se está burlando de nosotros!—exclamó uno de los padrinos.
—¡Nada de eso! Ustedes son de un mundo y yo de otro. Ustedes vienen de padres ilustres, de familias linajudas... Yo, se puede decir que no he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho. Yo vengo de la nada, y no quiero entender esas andróminas del Código del honor. ¡Conque ya lo saben ustedes!
Levantáronse los padrinos, y uno de ellos, poniéndose muy solemne, con cierta energía, mas no sin respeto—que al cabo se trataba de un poderoso millonario y hombre de misteriosa procedencia—, exclamó:
—Entonces, señor don Alejandro Gómez, permítame que se lo diga...
—Diga usted todo lo que quiera; pero midiendo sus palabras, que ahí tengo a la mano otra botella.
—¡Entonces—y levantó más la voz—, señor don Alejandro Gómez, usted no es un caballero!
—¡Y claro que no lo soy, hombre, claro que no lo soy! ¡Caballero yo! ¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié burrero y no caballero, hombre. Y ni en burro siquiera solía ir a llevar la merienda al que decían que era mi padre, sino a pie, a pie y andando. ¡Claro que no soy un caballero! ¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vamos..., vamos...
—Vámonos, sí—dijo un padrino al otro—, que aquí no hacemos ya nada. Usted, señor don Alejandro, sufrirá las consecuencias de esta su incalificable conducta.
—Entendido, y a ellas me atengo. Y en cuanto a ese..., a ese caballero de lengua desenfrenada a quien descalabré la cabeza, díganle, se lo repito, que me pase la cuenta del médico, y que tenga en adelante cuenta con lo que dice. Y ustedes, si alguna vez—que todo pudiera ser—necesitaran algo de este descalificado, de este millonario salvaje, sin sentido del honor caballeresco, pueden acudir a mí, que los serviré, como he servido y sirvo a otros caballeros.
—¡Esto no se puede tolerar, vámonos!—exclamó uno de los padrinos.
Y se fueron.
* * * * *
Aquella noche contaba Alejandro a su mujer la escena de la entrevista con los padrinos, después de haberle contado lo del botellazo, y se regodeaba en el relato de su hazaña. Ella le oía despavorida.
—¿Caballero yo? ¿Yo caballero?—exclamaba él—. ¿Yo? ¿Alejandro Gómez? ¡Nunca! ¡Yo no soy más que un hombre, pero todo un hombre, nada menos que todo un hombre!
—¿Y yo?—dijo ella, por decir algo.
—¿Tú? ¡Toda una mujer! Y una mujer que lee novelas. ¡Y él, el condesito ese del ajedrez, un nadie, nada más que un nadie! ¿Por qué te he de privar el que te diviertas con él como te divertirías con un perro faldero? Porque compres un perrito de esos de lanas, o un gatito de Angora, o un tití, y le acaricies y hasta le besuquees, ¿voy a coger el perrito, o el michino, o el tití, y voy a echarlos por el balcón a la calle? ¡Pues estaría bueno! Mayormente, que podían caerle encima a uno que pasase. Pues lo mismo es el condesito ese, otro gozquecillo, o michino, o tití. ¡Diviértete con él cuanto te plazca!
—Pero, Alejandro, tienen razón en lo que te dicen... Tienes que negarle la entrada a ese hombre...
—¿Hombre?
—Bueno. Tienes que negarle la entrada al conde de Bordaviella.
—¡Niégasela tú! Cuando no se la niegas es que maldito lo que ha conseguido ganar tu corazón. Porque si hubieras llegado a empezar a interesarte por él, ya le habrías despachado para defenderte del peligro.
—¿Y si estuviese interesada...?
—¡Bueno, bueno...! ¡Ya salió aquello! ¡Ya salió lo de querer darme celos! ¿A mí? ¿Pero cuándo te convencerás, mujer, de que yo no soy como los demás?
* * * * *
Cada vez comprendía menos Julia a su marido, pero cada vez se encontraba más subyugada a él y más ansiosa de asegurarse de si le quería o no. Alejandro, por su parte, aunque seguro de la fidelidad de su mujer, o mejor de que a él, a Alejandro—¡nada menos que todo un hombre!—, no podía faltarle su mujer—¡la suya!—diciéndose: «A esta pobre mujer le está trastornando la vida de la corte y la lectura de novelas», decidió llevarla al campo. Y se fueron a una de sus dehesas.
—Una temporadita de campo te vendrá muy bien—le dijo—. Eso templa los nervios. Por supuesto, si es que piensas aburrirte sin tu michino, puedes invitarle al condezuelo ese a que nos acompañe. Porque ya sabes que yo no tengo celos, y estoy seguro de ti, de mi mujer.
Allí, en el campo, las cavilaciones de la pobre Julia se exacerbaron. Aburríase grandemente. Su marido no la dejaba leer.
—Te he traído para eso, para apartarte de los libros y cortar de raíz tu neurastenia, antes de que se vuelva cosa peor.
—¿Mi neurastenia?
—¡Pues claro! Todo lo tuyo no es más que eso. La culpa de todo ello la tienen los libros.
—¡Pues no volveré a leer más!
—No, yo no exijo tanto... Yo no te exijo nada. ¿Soy acaso algún tirano yo? ¿Te he exigido nunca nada?
—No. ¡Ni siquiera exiges que te quiera!
—¡Naturalmente, como que eso no se puede exigir! Y, además, como sé que me quieres y no puedes querer a otro... Después de haberme conocido y de saber, gracias a mí, lo que es un hombre, no puedes ya querer a otro, aunque te lo propusieras. Te lo aseguro yo... Pero no hablemos de cosas de libros. Ya te he dicho que no me gustan novelerías. Esas son bobadas para hablar con condesitos al tomar el te.
Vino a aumentar la congoja de la pobre Julia el que llegó a descubrir que su marido andaba en torpes enredos con una criada zafia y nada bonita. Y una noche, después de cenar, encontrándose los dos solos, la mujer dijo de pronto:
—No creas, Alejandro, que no me he percatado del lío que traes con la Simona...
—Ni yo lo he ocultado mucho. Pero eso no tiene importancia. Siempre gallina, amarga la cocina.
—¿Qué quieres decir?
—Que eres demasiado hermosa para diario.
La mujer tembló. Era la primera vez que su marido la llamaba así, a boca llena: hermosa. Pero, ¿la querría de veras?
—¡Pero con ese pingo...!—dijo Julia por decir algo.
—Por lo mismo. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. No olvides que yo casi me crié en un estercolero, y tengo algo de lo que un amigo mío llama la voluptuosidad del pringue. Y ahora, después de este entremés rústico, apreciaré mejor tu hermosura, tu elegancia y tu pulcritud.
—No sé si me estás adulando o insultando.
—¡Bueno! ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en camino de curación...!
—Por supuesto, vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje, y faltarnos...
—¿Quién te ha faltado?
—¡Tú!
—¿A eso llamas faltarte? ¡Bah, bah! ¡Los libros, los libros! Ni a mí se me da un pitoche de la Simona, ni...
—¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita, o una gatita, o una mona!
—¡Una mona, exacto; nada más que una mona! Es a lo que más se parece. ¡Tú lo has dicho: una mona! ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido?
—Querrás decir que no he dejado yo por eso de ser tu mujer...
—Veo, Julia, que vas tomando talento...
—¡Claro, todo se pega!
—¿Pero de mí, por supuesto, y no del michino?
—¡Claro que de ti!
—Pues bueno; no creo que este incidente rústico te ponga celosa... ¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi mujer? ¿Y de esa mona? Y en cuanto a ella, ¡la doto, y encantada!
—Claro, en teniendo dinero...
—Y con esa dote se casa volando, y le aporta ya al marido, con la dote, un hijo. Y si el hijo sale a su padre, que es nada menos que todo un hombre, pues el novio sale con doble ganancia.
—¡Calla, calla, calla!
La pobre Julia se echó a llorar.
—Yo creí—concluyó Alejandro—que el campo te había curado la neurastenia. ¡Cuidado con empeorar!
A los dos días de esto volvíanse a la corte.
* * * * *
Y Julia volvió a sus congojas, y el conde de Bordaviella a sus visitas, aunque con más cautela. Y ya fué ella, Julia, la que, exasperada, empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo, pero sobre todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido, que alguna vez se limitaba a decir: «Habrá que volver al campo y someterte a tratamiento.»
Un día, en el colmo de la exasperación, asaltó Julia a su marido, diciéndole:
—¡Tú no eres un hombre, Alejandro, no, no eres un hombre!
—¿Quién, yo? ¿Y por qué?
—¡No, no eres un hombre, no lo eres!
—Explícate.
—Ya sé que no me quieres, que no te importa de mí nada, que no soy para ti ni la madre de tu hijo; que no te casaste conmigo nada más que por vanidad, por jactancia, por exhibirme, por envanecerte con mi hermosura, por...
—¡Bueno, bueno; ésas son novelerías! ¿Por qué no soy hombre?
—Ya sé que no me quieres...
—Ya te he dicho cien veces que eso de querer y no querer, y amor, y todas esas andróminas, son conversaciones de te condal o danzante.
—Ya sé que no me quieres...
—Bueno, ¿y qué más...?
—Pero eso de que consientas que el conde, el michino, como tú le llamas, entre aquí a todas horas...
—¡Quien lo consiente eres tú!
—¿Pues no he de consentirlo, si es mi amante? Ya lo has oído, mi amante. ¡El michino es mi amante!
Alejandro permanecía impasible mirando a su mujer. Y ésta, que esperaba un estallido del hombre, exaltándose aún más, gritó:
—¿Y qué? ¿No me matas ahora como a la otra?
—Ni es verdad que maté a la otra, ni es verdad que el michino sea tu amante. Estás mintiendo para provocarme. Quieres convertirme en un Otelo. Y mi casa no es teatro. Y si sigues así, va a acabar todo ello en volverte loca y en que tengamos que encerrarte.
—¿Loca? ¿Loca yo?
—¡De remate! ¡Llegarse a creer que tiene un amante! ¡Es decir, querer hacérmelo creer! ¡Como si mi mujer pudiese faltarme a mí! ¡A mí! Alejandro Gómez no es ningún michino; ¡es nada menos que todo un hombre! Y no, no conseguirás lo que buscas, no conseguirás que yo te regale los oídos con palabras de novelas y de tes danzantes o condales. Mi casa no es un teatro.
—¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!—gritó ya Julia, fuera de sí—.¡Cobarde!
—Aquí va a haber que tomar medidas—dijo el marido.
Y se fué.
* * * * *
A los dos días de esta escena, y después de haberla tenido encerrada a su mujer durante ellos, Alejandro la llamó a su despacho. La pobre Julia iba aterrada. En el despacho la esperaban, con su marido, el conde de Bordaviella y otros dos señores.
—Mira, Julia—le dijo con terrible calma su marido—. Estos dos señores son dos médicos alienistas, que vienen, a petición mía, a informar sobre tu estado para que podamos ponerte en cura. Tú no estás bien de la cabeza, y en tus ratos lúcidos debes comprenderlo así.
—¿Y qué haces tú aquí, Juan?—preguntó Julia al conde, sin hacer caso a su marido.
—¿Lo ven ustedes?—dijo éste dirigiéndose a los médicos—. Persiste en su alucinación; se empeña en que este señor es...
—¡Sí, es mi amante!—le interrumpió ella—. Y si no, que lo diga él.
El conde miraba al suelo.
—Ya ve usted, señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella—, cómo persiste en su locura. Porque usted no ha tenido, no ha podido tener, ningún género de esas relaciones con mi mujer...
—¡Claro que no!—exclamó el conde.
—¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos.
—Pero cómo—gritó Julia—, ¿te atreves tú, tú, Juan, tú, mi michino, a negar que he sido tuya?
El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro, y dijo:
—Repórtese, señora, y vuelva en sí. Usted sabe que nada de eso es verdad. Usted sabe que si yo frecuentaba esta casa, era como amigo de ella, tanto de su marido como de usted misma, señora, y que yo, un conde de Bordaviella, jamás afrentaría así a un amigo como...
—Como yo—le interrumpió Alejandro—. ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez? Ningún conde puede afrentarme, ni puede mi mujer faltarme. Ya ven ustedes, señores, que la pobre está loca...
—¿Pero también tú, Juan? ¿También tú, michino?—gritó ella—. ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Mi marido te ha amenazado, y por miedo, por miedo, cobarde, cobarde, cobarde, no te atreves a decir la verdad y te prestas a esta farsa infame para declararme loca! ¡Cobarde, cobarde, villano! Y tú también, como mi marido...
—¿Lo ven ustedes, señores?—dijo Alejandro a los médicos.
La pobre Julia sufrió un ataque, y quedó como deshecha.
—Bueno; ahora, señor mío—dijo Alejandro dirigiéndose al conde—, nosotros nos vamos, y dejemos que estos dos señores facultativos, a solas con mi pobre mujer, completen su reconocimiento.
El conde le siguió. Y ya fuera de la estancia, le dijo Alejandro:
—Conque ya lo sabe usted, señor conde: o mi mujer resulta loca, o les levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. Usted escogerá.
—Lo que tengo que hacer es pagarle lo que le debo, para no tener más cuentas con usted.
—No; lo que debe hacer es guardar la lengua. Conque quedamos en que mi mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. ¡Y ojo con ésta!—y le enseñó una pistola.
Cuando, algo después, salían los médicos del despacho de Alejandro, decíanse:
—Esta es una tremenda tragedia. ¿Y qué hacemos?
—¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque, de otro modo, ese hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde.
—Pero ¿y la conciencia profesional?
—La conciencia consiste aquí en evitar un crimen mayor.
—¿No sería mejor declararle loco a él, a don Alejandro?
—No, él no es loco: es otra cosa.
—Nada menos que todo un hombre, como dice él.
—¡Pobre mujer! ¡Daba pena oírle! Lo que yo me temo es que acabe por volverse de veras loca.
—Pues con declararla tal, acaso la salvemos. Por lo menos se la apartaría de esta casa.
Y, en efecto, la declararon loca. Y con esa declaración fué encerrada por su marido en un manicomio.
* * * * *
Toda una noche espesa, tenebrosa y fría, sin estrellas, cayó sobre el alma de la pobre Julia al verse encerrada en el manicomio. El único consuelo que le dejaban es el de que le llevaran casi a diario a su hijito para que lo viera. Tomábalo en brazos y le bañaba la carita con sus lágrimas. Y el pobrecito niño lloraba sin saber por qué.
—¡Ay, hijo mío, hijo mío!—le decía—. ¡Si pudiese sacarte toda la sangre de tu padre...! ¡Porque es tu padre!
Y a solas se decía la pobre mujer, sintiéndose al borde de la locura: «¿Pero no acabaré por volverme de veras loca en esta casa, y creer que no fué sino sueño y alucinación lo de mi trato con ese infame conde? ¡Cobarde, sí, cobarde, villano! ¡Abandonarme así! ¡Dejar que me encerraran aquí! ¡El michino, sí, el michino! Tiene razón mi marido. Y él, Alejandro, ¿por qué no nos mató? ¡Ah, no! ¡Esta es más terrible venganza! ¡Matarle a ese villano michino...! No, humillarle, hacerle mentir y abandonarme. ¡Temblaba ante mi marido, sí, temblaba ante él! ¡Ah, es que mi marido es un hombre! ¿Y por qué no me mató? ¡Otelo me habría matado! Pero Alejandro no es Otelo, no es tan bruto como Otelo. Otelo era un moro impetuoso, pero poco inteligente. Y Alejandro... Alejandro tiene una poderosa inteligencia al servicio de su infernal soberbia plebeya. No, ese hombre no necesitó matar a su primera mujer; la hizo morir. Se murió ella de miedo ante él. ¿Y a mí me quiere?»
Y allí, en el manicomio, dió otra vez en trillar su corazón y su mente con el triturador dilema: «¿Me quiere, o no me quiere?» Y se decía luego: «¡Yo sí que le quiero! ¡Y ciegamente!»
Y por temor a enloquecer de veras, se fingió curada, asegurando que habían sido alucinaciones lo de su trato con el de Bordaviella. Avisáronselo al marido.
Un día llamaron a Julia adonde su marido la esperaba, en un locutorio. Entró en él, y se arrojó a sus pies sollozando:
—¡Perdóname, Alejandro, perdóname!
—Levántate, mujer—y la levantó.
—¡Perdóname!
—¿Perdonarte? ¿Pero de qué? Si me habían dicho que estabas ya curada..., que se te habían quitado las alucinaciones...
Julia miró a la mirada fría y penetrante de su marido con terror. Con terror y con un loco cariño. Era un amor ciego, fundido con un terror no menos ciego.
—Sí, tienes razón, Alejandro, tienes razón; he estado loca, loca de remate. Y por darte celos, nada más que por darte celos, inventé aquellas cosas. Todo fué mentira. ¿Cómo iba a faltarte yo? ¿Yo? ¿A ti? ¿A ti? ¿Me crees ahora?
—Una vez, Julia—le dijo con voz de hielo su marido—, me preguntaste si era o no verdad que yo maté a mi primera mujer, y, por contestación, te pregunté yo a mi vez que si podías creerlo. ¿Y qué me dijiste?
—¡Que no, que no lo creía, que no podía creerlo!
—Pues ahora yo te digo que no creí nunca, que no pude creer, que tú te hubieses entregado al michino ese. ¿Te basta?
Julia temblaba, sintiéndose al borde de la locura; de la locura de terror y de amor fundidos.
—¿Y ahora—añadió la pobre mujer abrazando a su marido y hablándole al oído—, ahora, Alejandro, dime, me quieres?
Y entonces vió en Alejandro, su pobre mujer, por vez primera, algo que nunca antes en él viera; le descubrió un fondo del alma terrible y hermética que el hombre de la fortuna guardaba celosamente sellado. Fué como si un relámpago de luz tempestuosa alumbrase por un momento el lago negro, tenebroso de aquella alma, haciendo relucir su sobrehaz. Y fué que vió asomar dos lágrimas en los ojos fríos y cortantes como navajas de aquel hombre. Y estalló:
—¡Pues no he de quererte, hija mía, pues no he de quererte! ¡Con toda el alma, y con toda la sangre, y con todas las entrañas; más que a mí mismo! Al principio, cuando nos casamos, no. ¿Pero ahora? ¡Ahora sí! Ciegamente, locamente. Soy yo tuyo más que tú mía.
Y besándola con furia animal, febril, encendido, como loco, balbuceaba: «¡Julia! ¡Julia! ¡Mi diosa! ¡Mi todo!»
Ella creyó volverse loca al ver desnuda el alma de su marido.
—Ahora quisiera morirme, Alejandro—le murmuró al oído, reclinando la cabeza sobre su hombro.
A estas palabras, el hombre pareció despertar y volver en sí como de un sueño; y como si se hubiese tragado con los ojos, ahora otra vez fríos y cortantes, aquellas dos lágrimas, dijo:
—Esto no ha pasado, ¿eh, Julia? Ya lo sabes; pero yo no he dicho lo que he dicho... ¡Olvídalo!
—¿Olvidarlo?
—¡Bueno, guárdatelo, y como si no lo hubieses oído!
—Lo callaré...
—¡Cállatelo a ti misma!
—Me lo callaré; pero...
—¡Basta!
—Pero, por Dios, Alejandro, déjame un momento, un momento siquiera... ¿Me quieres por mí, por mí, y aunque fuese de otro, o por ser yo cosa tuya?
—Ya te he dicho que lo debes olvidar. Y no me insistas, porque si insistes, te dejo aquí. He venido a sacarte; pero has de salir curada.
—¡Y curada estoy!—afirmó la mujer con brío.
Y Alejandro se llevó su mujer a su casa.
* * * * *
Pocos días después de haber vuelto Julia del manicomio, recibía el conde de Bordaviella, no una invitación, sino un mandato de Alejandro para ir a comer a su casa.