Tres novelas ejemplares y un prólogo
Part 5
Y rompieron también sus relaciones. Y Julia se decía: «Tampoco éste me quería a mí, tampoco éste. Se enamoran de mi hermosura, no de mí. ¡Yo doy cartel!» Y lloraba amargamente.
—¿Ves, hija mía—le dijo su madre—; no lo decía? ¡Ya va otro!
—E irán cien, mamá; ciento, sí, hasta que encuentre el mío, el que me liberte de vosotros. ¡Querer venderme!
—Eso díselo a tu padre.
Y se fué doña Anacleta a llorar a su cuarto, a solas.
—Mira, hija mía—le dijo, al fin, a Julia su padre—, he dejado pasar eso de tus dos novios, y no he tomado las medidas que debiera; pero te advierto que no voy a tolerar más tonterías de ésas. Conque ya lo sabes.
—¡Pues hay más!—exclamó la hija con amarga sorna y mirando a los ojos de su padre en son de desafío.
—¿Y qué hay?—preguntó éste, amenazador.
—Hay... ¡que me ha salido otro novio!
—¿Otro? ¿Quién?
—¿Quién? ¿A que no aciertas quién?
—Vamos, no te burles, y acaba, que me estás haciendo perder la paciencia.
—Pues nada menos que don Alberto Menéndez de Cabuérniga.
—¡Qué barbaridad!—exclamó la madre.
Don Victorino palideció, sin decir nada. Don Alberto Menéndez de Cabuérniga era un riquísimo hacendado, disoluto, caprichoso en punto a mujeres, de quien se decía que no reparaba en gastos para conseguirlas; casado, y separado de su mujer. Había casado ya a dos, dotándolas espléndidamente.
—¿Y qué dices a eso, padre? ¿Te callas?
—¡Que estás loca!
—No, no estoy loca ni veo visiones. Pasea la calle, ronda la casa. ¿Le digo que se entienda contigo?
—Me voy, porque si no, esto acaba mal.
Y levantándose, el padre se fué de casa.
—¡Pero hija mía, hija mía!
—Te digo, madre, que esto ya no le parece mal; te digo que era capaz de venderme a don Alberto.
La voluntad de la pobre muchacha se iba quebrando. Comprendía que hasta una venta sería una redención. Lo esencial era salir de casa, huir de su padre, fuese como fuese.
* * * * *
Por entonces compró una dehesa en las cercanías de Renada—una de las más ricas y espaciosas dehesas—un indiano, Alejandro Gómez. Nadie sabía bien de su origen, nadie de sus antecedentes, nadie le oyó hablar nunca ni de sus padres, ni de sus parientes, ni de su pueblo, ni de su niñez. Sabíase sólo que, siendo muy niño, había sido llevado por sus padres a Cuba, primero, y a Méjico después, y que allí, ignorábase cómo, había fraguado una enorme fortuna, una fortuna fabulosa—hablábase de varios millones de duros—, antes de cumplir los treinta y cuatro años, en que volvió a España, resuelto a afincarse en ella. Decíase que era viudo y sin hijos, y corrían respecto a él las más fantásticas leyendas. Los que le trataban teníanle por hombre ambicioso y de vastos proyectos, muy voluntarioso, y muy tozudo, y muy reconcentrado. Alardeaba de plebeyo.
—Con dinero se va a todas partes—solía decir.
—No siempre, ni todos—le replicaban.
—¡Todos no; pero los que han sabido hacerlo, sí! Un señoritingo de esos que lo ha heredado, un condesito o duquesín de alfeñique, no, no va a ninguna parte, por muchos millones que tenga; ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo, que he sabido hacerlo por mí mismo, a puño? ¿Yo?
¡Y había que oír cómo pronunciaba _yo_! En esta afirmación personal se ponía el hombre todo.
—Nada que de veras me haya propuesto, he dejado de conseguir. ¡Y si quiero, llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero.
* * * * *
A Alejandro le hablaron de Julia, la hermosura monumental de Renada. «¡Hay que ver eso!»—se dijo. Y luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!»
—¿Sabes, padre—le dijo un día al suyo Julia—, que ese fabuloso Alejandro, ya sabes, no se habla más que de él hace algún tiempo..., el que ha comprado Carbajedo...?
—¡Sí, sí, sé quién es! ¿Y qué?
—¿Sabes que también ése me ronda?
—¿Es que quieres burlarte de mí, Julia?
—No, no me burlo, va en serio; me ronda.
—¡Te digo que no te burles...!
—¡Ahí tienes su carta!
Y sacó del seno una, que echó a la cara de su padre.
—¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste.
—¡Pues qué he de hacer...! ¡Decirle que se vea contigo y que convengáis el precio!
Don Victorino atravesó con una mirada a su hija, y se salió sin decirle palabra. Y hubo unos días de lóbrego silencio y de calladas cóleras en la casa. Julia había escrito a su nuevo pretendiente una carta—contestación henchida de sarcasmos y de desdenes, y poco después recibía otra con estas palabras, trazadas por mano ruda y en letras grandes, angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone.» Y al leerlo, se dijo Julia: «¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo su redentora?» A los pocos días de esta segunda carta llamó don Victorino a su hija, se encerró con ella, y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos, le dijo:
—Mira, hija mía, todo depende ahora de tu resolución: nuestro porvenir y mi honra. Si no aceptas a Alejandro, dentro de poco no podré ya encubrir mi ruina y mis trampas, y hasta mis...
—No lo digas.
—No, no podré encubrirlo. Se acaban los plazos. Y me echarán a presidio. Hasta hoy he logrado parar el golpe..., ¡por ti! ¡Invocando tu nombre! Tu hermosura ha sido mi escudo. «¡Pobre chica!», se decían.
—¿Y si le acepto?
—Pues bien; voy a decirte la verdad toda. Ha sabido mi situación, se ha enterado de todo, y ahora estoy ya libre y respiro, gracias a él. Ha pagado todas mis trampas; ha liberado mis...
—Sí, lo sé, no lo digas. ¿Y ahora?
—Que dependo de él, que dependemos de él, que vivo a sus expensas, que vives tú misma a sus expensas.
—Es decir, ¿que me has vendido ya?
—No, nos ha comprado.
—¿De modo que, quieras que no, soy ya suya?
—¡No, no exige eso; no pide nada, no exige nada!
—¡Qué generoso!
—¡Julia!
—Sí, sí, lo he comprendido todo. Dile que, por mí, puede venir cuando quiera.
Y tembló después de decirlo. ¿Quién había dicho esto? ¿Era ella? No; era más bien otra que llevaba dentro y la tiranizaba.
—¡Gracias, hija mía, gracias!
El padre se levantó para ir a besar a su hija; pero ésta, rechazándole, exclamó:
—¡No, no me manches!
—Pero hija.
—¡Vete a besar tus papeles! O mejor, las cenizas de aquellos que te hubiesen echado a presidio.
* * * * *
—¿No le dije yo a usted, Julia, que Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone? ¿Venirme con aquellas cosas a mí? ¿A mí?
Tales fueron las primeras palabras con que el joven indiano potentado se presentó a la hija de don Victorino, en la casa de ésta. Y la muchacha tembló ante aquellas palabras, sintiéndose, por primera vez en su vida, ante un hombre. Y el hombre se le ofreció más rendido y menos grosero que ella esperaba.
A la tercera visita, los padres los dejaron solos. Julia temblaba. Alejandro callaba. Temblor y silencio se prolongaron un rato.
—Parece que está usted mala, Julia—dijo él.
—¡No, no; estoy bien!
—Entonces, ¿por qué tiembla así?
—Algo de frío acaso...
—No, sino miedo.
—¿Miedo? ¿Miedo de qué?
—¡Miedo... a mí!
—¿Y por qué he de tenerle miedo?
—¡Sí, me tiene miedo!
Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. Julia lloraba desde lo más hondo de las entrañas, lloraba con el corazón. Los sollozos le agarrotaban, faltábale el respiro.
—¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro.
—¡Me han vendido! ¡Me han vendido! ¡Han traficado con mi hermosura! ¡Me han vendido!
—¿Y quién dice eso?
—¡Yo, lo digo yo! ¡Pero no, no seré de usted... sino muerta!
—Serás mía, Julia, serás mía... ¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí? ¿A mí? ¡Pues no faltaba más!
Y hubo en aquel _a mí_ un acento tal, que se le cortó a Julia la fuente de las lágrimas, y como que se le paró el corazón. Miró entonces a aquel hombre, mientras una voz le decía: «¡Este es un hombre!»
—¡Puede usted hacer de mí lo que quiera!
—¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él, insistiendo en seguir tuteándola.
—No sé... No sé lo que me digo...
—¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera?
—Sí, que puede...
—Pero es que lo que yo—y este _yo_ resonaba triunfador y pleno—quiero es hacerte mi mujer.
A Julia se le escapó un grito, y con los grandes ojos hermosísimos irradiando asombro, se quedó mirando al hombre, que sonreía y se decía: «Voy a tener la mujer más hermosa de España.»
—¿Pues qué creías...?
—Yo creí..., yo creí...
Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes. Sintió luego unos labios sobre sus labios y una voz que le decía:
—Si, mi mujer, la mía..., mía..., mía... ¡Mi mujer legítima, claro está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley!
—¡Sí.... tuya!
Estaba rendida. Y se concertó la boda.
* * * * *
¿Qué tenía aquel hombre rudo y hermético que, a la vez que le daba miedo, se le imponía? Y, lo que era más terrible, le imponía una especie de extraño amor. Porque ella, Julia, no quería querer a aquel aventurero, que se había propuesto tener por mujer a una de las más hermosas, y hacer que luciera sus millones; pero, sin querer quererle, sentíase rendida a una sumisión que era una forma de enamoramiento. Era algo así como el amor que debe encenderse en el pecho de una cautiva para con un arrogante conquistador. ¡No la había comprado, no! Habíala conquistado.
«Pero él—se decía Julia—, ¿me quiere de veras? ¿Me quiere a mí? ¿A mí?, como suele decir él. ¡Y cómo lo dice! ¡Cómo pronuncia _yo_! ¿Me quiere a mí, o es que no busca sino lucir mi hermosura? ¿Seré para él algo más que un mueble costosísimo y rarísimo? ¿Estará de veras enamorado de mí? ¿No se saciará pronto de mi encanto? De todos modos, va a ser mi marido, y voy a verme libre de este maldito hogar, libre de mi padre. ¡Porque no vivirá con nosotros, no! Le pasaremos una pensión, y que siga insultando a mi pobre madre, y que se enrede con las criadas. Evitaremos que vuelva a entramparse. ¡Y seré rica, muy rica, inmensamente rica!»
Mas esto no la satisfacía del todo. Sabíase envidiada por las renatenses, y que hablaban de su suerte loca, y de que su hermosura le había producido cuanto podía producirla. Pero ¿la quería aquel hombre? ¿La quería de veras? «Yo he de conquistar su amor—decíase—. Necesito que me quiera de veras; no puedo ser su mujer sin que me quiera, pues eso sería la peor forma de venderse. ¿Pero es que yo le quiero?» Y ante él sentíase sobrecogida, mientras una voz misteriosa, brotada de lo más hondo de sus entrañas, le decía: «¡Este es un hombre!» Cada vez que Alejandro decía _yo_, ella temblaba. Y temblaba de amor, aunque creyese otra cosa o lo ignorase.
* * * * *
Se casaron, y fuéronse a vivir a la corte. Las relaciones y amistades de Alejandro eran, merced a su fortuna, muchas, pero algo extrañas. Los más de los que frecuentaban su casa, aristócratas de blasón no pocos, antojábasele a Julia que debían de ser deudores de su marido, que daba dinero a préstamos con sólidas hipotecas. Pero nada sabía de los negocios de él, ni éste le hablaba nunca de ellos. A ella no le faltaba nada; podía satisfacer hasta sus menores caprichos; pero le faltaba lo que más podía faltarle. No ya el amor de aquel hombre a quien se sentía subyugada y como por él hechizada, sino la certidumbre de aquel amor. «¿Me quiere, o no me quiere?—se preguntaba—. Me colma de atenciones, me trata con el mayor respeto, aunque algo como a una criatura voluntariosa; hasta me mima; ¿pero me quiere?» Y era inútil querer hablar de amor, de cariño, con aquel hombre.
—Solamente los tontos hablan de esas cosas—solía decir Alejandro—. «Encanto..., rica..., hermosa..., querida...» ¿Yo? ¿Yo esas cosas? ¿Con esas cosas a mí? ¿A mí? Esas son cosas de novelas. Y ya sé que a ti te gustaba leerlas.
—Y me gusta todavía.
—Pues lee cuantas quieras. Mira, si te empeñas, hago construir en ese solar que hay ahí al lado un gran pabellón para biblioteca, y te la lleno de todas las novelas que se han escrito desde Adán acá.
—¡Qué cosas dices...!
Vestía Alejandro de la manera más humilde y más borrosa posible. No era tan sólo que buscase pasar, por el traje, inadvertido: era que afectaba cierta ordinariez plebeya. Le costaba cambiar de vestidos, encariñándose con los que llevaba. Diríase que el día mismo en que estrenaba un traje se frotaba con él en las paredes para que pareciese viejo. En cambio, insistía en que ella, su mujer, se vistiese con la mayor elegancia posible y del modo que más hiciese resaltar su natural hermosura. No era nada tacaño en pagar; pero lo que mejor y más a gusto pagaba eran las cuentas de modistos y modistas, eran los trapos para su Julia.
Complacíase en llevarla a su lado y que resaltara la diferencia de vestido y porte entre uno y otra. Recreábase en que las gentes se quedasen mirando a su mujer, y si ella a su vez, coqueteando, provocaba esas miradas, o no lo advertía él, o más bien fingía no advertirlo. Parecía ir diciendo a aquellos que la miraban con codicia de la carne: «¿Os gusta, eh? Pues me alegro; pero es mía, y sólo mía; conque... ¡rabiad!» Y ella, adivinando este sentimiento, se decía: «¿Pero me quiere, o no me quiere, este hombre?» Porque siempre pensaba en él como en _este hombre_, como en _su hombre_. O mejor, el hombre de quien era ella, el amo. Y poco a poco se le iba formando alma de esclava de harén, de esclava favorita, de única esclava, pero de esclava al fin.
Intimidad entre ellos, ninguna. No se percataba de qué era lo que pudiese interesar a su señor marido. Alguna vez se atrevió ella a preguntarle por su familia.
—¿Familia?—dijo Alejandro—. Yo no tengo hoy más familia que tú, ni me importa. Mi familia soy yo, yo y tú, que eres mía.
—¿Pero y tus padres?
—Haz cuenta que no los he tenido. Mi familia empieza en mí. Yo me he hecho solo.
—Otra cosa querría preguntarte, Alejandro, pero no me atrevo...
—¿Que no te atreves? ¿Es que te voy a comer? ¿Es que me he ofendido nunca de nada de lo que me hayas dicho?
—No, nunca, no tengo queja...
—¡Pues no faltaba más!
—No, no tengo queja; pero...
—Bueno, pregunta y acabemos.
—No, no te lo pregunto.
—¡Pregúntamelo!
Y de tal modo lo dijo, con tan redondo egoísmo, que ella, temblando de aquel modo, que era, a la vez que miedo, amor, amor rendido de esclava favorita, le dijo:
—Pues bueno, dime: ¿tú eres viudo...?
Pasó como una sombra un leve fruncimiento de entrecejo por la frente de Alejandro, que respondió:
—Sí, soy viudo.
—¿Y tu primera mujer?
—A ti te han contado algo...
—No; pero...
—A ti te han contado algo, di.
—Pues sí, he oído algo...
—¿Y lo has creído?
—No..., no lo he creído.
—Claro, no podías, no debías creerlo.
—No, no lo he creído.
—Es natural. Quien me quiere como me quieres tú, quien es tan mía como tú lo eres, no puede creer esas patrañas.
—Claro que te quiero...—y al decirlo esperaba a provocar una confesión recíproca de cariño.
—Bueno, ya te he dicho que no me gustan frases de novelas sentimentales. Cuanto menos se diga que se le quiere a uno, mejor.
Y, después de una breve pausa, continuó:
—A ti te han dicho que me casé en Méjico, siendo yo un mozo, con una mujer inmensamente rica y mucho mayor que yo, con una vieja millonaria, y que la obligué a que me hiciese su heredero y la maté luego. ¿No te han dicho eso?
—Sí, eso me han dicho.
—¿Y lo creíste?
—No, no lo creí. No pude creer que matases a tu mujer.
—Veo que tienes aún mejor juicio que yo creía ¿Cómo iba a matar a mi mujer, a una cosa mía?
¿Qué es lo que hizo temblar a la pobre Julia al oír esto? Ella no se dió cuenta del origen de su temblor, pero fué la palabra _cosa_ aplicada por su marido a su primera mujer.
—Habría sido una absoluta necedad—prosiguió Alejandro—. ¿Para qué? ¿Para heredarla? ¡Pero si yo disfrutaba de su fortuna lo mismo que disfruto hoy de ella! ¡Matar a la propia mujer! ¡No hay razón ninguna para matar a la propia mujer!
—Ha habido maridos, sin embargo, que han matado a sus mujeres—se atrevió a decir Julia.
—¿Por qué?
—Por celos, o porque les faltaron ellas...
—¡Bah, bah, bah! Los celos son cosa de estúpidos. Sólo los estúpidos pueden ser celosos, porque sólo a ellos les puede faltar su mujer. ¿Pero a mí? ¿A mí? A mí no me puede faltar mi mujer. ¡No pudo faltarme aquélla, no me puedes faltar tú!
—No digas esas cosas. Hablemos de otras.
—¿Por qué?
—Me duele oírte hablar así. ¡Como si me hubiese pasado por la imaginación, ni en sueños, faltarte...!
—Lo sé, lo sé sin que me lo digas; sé que no me faltarás nunca.
—¡Claro!
—Que no puedes faltarme. ¿A mí? ¿Mi mujer? ¡Imposible! Y en cuanto a la otra, a la primera, se murió ella sin que yo la matara.
Fué una de las veces en que Alejandro habló más a su mujer. Y ésta quedóse pensativa y temblorosa. ¿La quería, sí o no, aquel hombre?
* * * * *
¡Pobre Julia! Era terrible aquel su nuevo hogar; tan terrible como el de su padre. Era libre, absolutamente libre; podía hacer en él lo que se le antojase, salir y entrar, recibir a las amigas y aun amigos que prefiriera. ¿Pero la quería, o no, su amo y señor? La incertidumbre del amor del hombre la tenía como presa en aquel dorado y espléndido calabozo de puerta abierta.
Un rayo de Sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. «Ahora sabré si me quiere o no», se dijo.
Cuando le anunció la buena nueva, exclamó aquél:
—Lo esperaba. Ya tengo un heredero y a quien hacer un hombre, otro hombre como yo. Le esperaba.
—¿Y si no hubiera venido?—preguntó ella.
—¡Imposible! Tenía que venir. ¡Tenía que tener un hijo yo, yo!
—Pues hay muchos que se casan y no lo tienen...
—Otros, sí. ¡Pero yo, no! Yo tenía que tener un hijo.
—¿Y por qué?
—Porque tú no podías no habérmelo dado.
Y vino el hijo; pero el padre continuó tan hermético. Sólo se opuso a que la madre criara al niño.
—No, yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello; pero las madres que crían se estropean mucho, y yo no quiero que te estropees: yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible.
Y sólo cedió cuando el médico le aseguró que, lejos de estropearse, ganaría Julia con criar al hijo, adquiriendo una mayor plenitud su hermosura.
El padre rehusaba besar al hijo. «Con eso de los besuqueos no se hace más que molestarlos», decía. Alguna vez lo tomaba en brazos y se le quedaba mirando.
—¿No me preguntabas una vez por mi familia?—dijo un día Alejandro a su mujer—. Pues aquí la tienes. Ahora tengo ya familia, y quien me herede y continúe mi obra.
Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra; pero no se atrevió a ello. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra de aquel hombre?» Ya otra vez le oyó la misma expresión.
De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de Bordaviella, sobre todo él, el conde, que tenía negocios con Alejandro, quien le había dado a préstamo usurario cuantiosos caudales. El conde solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia, aficionada a ese juego, y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga, la mujer de su prestamista, sus infortunios domésticos. Porque el hogar condal de los Bordaviella era un pequeño infierno, aunque de pocas llamas. El conde y la condesa ni se entendían ni se querían. Cada uno de ellos campaba por su cuenta, y ella, la condesa, daba cebo a la maledicencia escandalosa. Corría siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?»; y el pobre conde iba a casa de la hermosa Julia a hacerle la partida de ajedrez y a consolarse de su desgracia buscando la ajena.
—¿Qué, habrá estado también hoy el conde ese?—preguntaba Alejandro a su mujer.
—El conde ese..., el conde ese...; ¿qué conde?
—¡Ese! No hay más que un conde, y un marqués, y un duque... O para mí todos son iguales y como si fuesen uno mismo.
—¡Pues sí ha estado!
—Me alegro, si eso te divierte. Es para lo que sirve el pobre mentecato.
—Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto, y muy bien educado y muy simpático...
—Sí, de los que leen novelas. Pero, en fin, si eso te distrae...
—Y muy desgraciado.
—¡Bah; él se tiene la culpa!
—¿Y por qué?
—Por ser tan majadero. Es natural lo que le pasa. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. ¡Si eso no es un hombre! No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa. Por supuesto, que no se casó con él, sino con el título. ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdichado le hace la suya...!
Julia se quedó mirando a su marido, y de pronto, sin darse apenas cuenta de lo que decía, exclamó:
—¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya.
—Tonterías—y Alejandro se echó a reír—. Te empeñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. Y si es que quieres probarme dándome celos, te equivocas. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella.
«Pero, ¿será cierto que este hombre no siente celos?—se decía Julia—. ¿Será cierto que le tiene sin cuidado que el conde venga y me ronde y me corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es indiferencia? ¿Me quiere, o no me quiere?» Y empezaba a exasperarse. Su amo y señor marido le estaba torturando el corazón.
La pobre mujer se obstinaba en provocar celos en su marido, como piedra de toque de su querer, mas no lo conseguía.
—¿Quieres venir conmigo a casa del conde?
—¿A qué?
—¡Al te!
—¿Al te? No me duelen las tripas. Porque en mis tiempos y entre los míos no se tomaba esa agua sucia más que cuando le dolían a uno las tripas. ¡Buen provecho te haga! Y consuélale un poco al pobre conde. Allí estará también la condesa con su último amigo, el de turno. ¡Vaya una sociedad! ¡Pero, en fin, eso viste!
* * * * *
En tanto, el conde proseguía el cerco de Julia. Fingía estar acongojado por sus desventuras domésticas para así excitar la compasión de su amiga, y por la compasión llevarla al amor, y al amor culpable, a la vez que procuraba darle a entender que conocía también algo de las interioridades del hogar de ella.
—Sí, Julia, es verdad; mi casa es un infierno, un verdadero infierno, y hace usted bien en compadecerme como me compadece. ¡Ah, si nos hubiésemos conocido antes! ¡Antes de yo haberme uncido a mi desdicha! Y usted...
—Yo a la mía, ¿no es eso?
—¡No, no; no quería decir eso..., no!
—¿Pues qué es lo que usted quería decir, conde?
—Antes de haberse usted entregado a ese otro hombre, a su marido...
—¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted?
—¡Oh, sin duda, sin duda...!
—¡Qué petulantes son ustedes los hombres!
—¿Petulantes?
—Sí, petulantes. Ya se supone usted irresistible.
—¡Yo... no!
—¿Pues quién?
—¿Me permite que se lo diga, Julia?
—¡Diga lo que quiera!
—¡Pues bien, se lo diré! Lo irresistible habría sido, no yo, sino mi amor. ¡Sí, mi amor!
—¿Pero es una declaración en regla, señor conde? Y no olvide que soy una mujer casada, honrada, enamorada de su marido...
—Eso...
—¿Y se permite usted dudarlo? Enamorada, sí, como me lo oye, enamorada, sinceramente enamorada de mi marido.
—Pues lo que es él...
—¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Quién le ha dicho a usted que él no me quiere?
—¡Usted misma!
—¿Yo? ¿Cuándo le he dicho yo a usted que Alejandro no me quiere? ¿Cuándo?
—Me lo ha dicho con los ojos, con el gesto, con el porte...
—¡Ahora me va a salir con que he sido yo quien le he estado provocando a que me haga el amor...! ¡Mire usted, señor conde, ésta va a ser la última vez que venga a mi casa!
—¡Por Dios, Julia!
—¡La última vez, he dicho!
—Por Dios, déjeme venir a verla, en silencio, a contemplarla, a enjugarme, viéndola, las lágrimas que lloro hacia adentro...
—¡Qué bonito!
—Y lo que le dije que tanto pareció ofenderla...
—¿Pareció? ¡Me ofendió!
—¿Es que puedo yo ofenderla?
—¡Señor conde...!