Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos

Chapter 5

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»Todas las precauciones fueron inútiles: ya sabes lo lista que es. Enseguida lo notó todo, y dándonos sus llaves, pidió un espejo de mano que tenía guardado. Hubo que obedecer. Se miró, hizo un esfuerzo violentísimo por sobreponerse a la impresión que debió de sufrir, y luego inclinó la cabeza sobre el pecho, mientras por las mejillas le caían dos lagrimones que no podían resbalar como antes sobre la tersura de la piel, sino que fueron cayendo de hueco en hueco y de hoyo en hoyo como gotas de agua arrojadas contra arena dura. ¡Qué escena tan triste! No es para descrita.

»En muchas horas no hubo modo de arrancarle palabra. No comió ni durmió. A la tarde siguiente me llamó, haciéndome sentar a su lado y me encargó que te escribiera.

»He aquí, poco más o menos, sus palabras, que pronunció serena, fríamente, y las cuales, a mi juicio, son el fruto de una noche de horrible insomnio y de sin igual tormento:

»Escribe a Manuel, dile que he estado mala, lo que he tenido... y cómo me he quedado. La verdad desnuda... que estoy horrible, espantosa, que puedo inspirar lástima; pero que el amor y el mundo se han acabado para mí: que le devuelvo su palabra... y que sea tan feliz como merece. Ya ves--añadió--es hombre, y por grande que sea su amor, ¿qué pasión resiste a esta prueba? Hasta me complazco en creer que sufrirá. ¡Ya ves si soy egoísta! Pasará una temporada cruel, pero ni puedo ni quiero exigirle que se case conmigo. ¡Qué desencanto si me viese! En mi belleza--siguió diciendo se fundaba su amor; la he perdido y tiene derecho a la libertad: si yo no se la diese ahora, él la recobraría luego... y sería peor. Esta resolución es irrevocable; nada podrá torcerla. En cuanto pasen unos días y me sienta más fuerte, me iré a la Puebla del Maestre, procuraré restablecerme, y trataré de olvidar un mundo donde, ya lo ves, la dicha depende de una calentura y unos cuantos granos feos en la cara. ¡Pobre de mí! Escribe a Manuel de modo que sufra lo menos posible, pero persuádele de que esto se acabó; ahórrale penas, pero quítale toda esperanza. Bien miradas las cosas, aunque ahora lo sienta, cuando sepa cómo estoy, bendecirá este arranque mío. No debemos volver a vernos. Quiero que, de conservar memoria mía, guarde el recuerdo de la otra Felisa, la de antes.

»He tratado de repetir sus mismas frases: lo que no puedes imaginar es el acento de amarga y firme resolución con que las dijo.

»Y he aceptado el encargo de escribirte esta carta violentándome mucho, porque sé la pena que ha de causarte: pero ten la seguridad de que nadie participará de ella tan sinceramente como tu antigua y buena amiga,

LORENZA.»

Manuel estuvo abatidísimo durante la lectura de la carta, y concluida, interrogó a su amigo con la mirada, invitándole a que hablase. Pepe lo hizo así:

--¿Qué quieres que te diga? El golpe es rudo... pero vamos a cuentas. Del exceso del mal brota a veces en la vida el consuelo, y si no el consuelo, la persuasión de que las fuerzas humanas se estrellan contra la realidad. La cosa es dolorosísima: para un enamorado, saber que su amada se ha puesto fea es robarle el sol a medio día... En cambio la situación no puede ser más despejada. Todo te lo dan hecho.

--Explícate.

--Una de dos: o amas a esa mujer de tal modo que aun desfigurada, la haces tuya... y créeme, ella cederá si lo intentas; o no te atreves a tanto, y entonces... pues te quedas aquí un año, y chico... ¿cómo ha de ser? la mancha de la mora... De todos modos, piénsalo mucho, interrógate y contéstate sinceramente, porque ni debes hacer nuevas protestas de pasión, movido sólo de conmiseración y lástima, ni exponerte a que un arrepentimiento tardío te haga desdichado para el resto de tu vida.

Manuel no estaba para sostener discusión, ni siquiera para expresar lo que sentía.

Pepe siguió haciéndole reflexiones de las que a sangre fría se discurren cuando no es propio el mal que las motiva.

Así estuvieron todo el día y parte de la noche encerrados en el cuarto de la fonda: Manuel, triste y silencioso, leyendo y releyendo la carta: Pepe, aguzando el ingenio y prodigando sutilezas que endulzasen tanta amargura.

* * * * *

Pocos días después Lorenza recibía la presente carta:

«Mi querida amiga: El ser yo quien conteste a lo que ha escrito V. a Manuel, necesita previa explicación. Yo también soy medianero de tristezas: V. experimentará, al leer lo que voy a decirle, una impresión tan dolorosa como la que yo he sufrido leyendo lo que V. ha escrito.

»Cuando Manuel marchó al Havre para embarcarse, me rogó que recibiese cuantas cartas llegasen para él. «Casi todas--me dijo--serán de negocios; las abres y contestas según instrucciones que luego te daré.» Y después, enseñándome el sobre de una escrita por Felisa, añadió: «Las que tengan esta letra me las guardas.» Con posterioridad a su partida llegaron varias que conocí ser de _ella_, y las guardé: luego faltaron, y como hace tres días recibí la de V., y la letra del sobre en nada se parece a la de Felisa, claro está, la abrí y leí. Por el mal rato que habrá V. pasado al escribirla, podrá V. comprender el que yo estaré sufriendo ahora, porque el objeto de estas líneas es igualmente doloroso. ¡Razón tienen los que afirman que lo novelesco e inverosímil abunda más en la realidad que en los libros!

»Hace cuatro días, cuando esperaba la llegada de Manuel, recibí un telegrama puesto por el cónsul de España en el Havre, que es antiguo amigo mío, y que estaba redactado en estos términos:

»Ocurrido grave y desgraciado accidente a Manuel al desembarcar procedente de América. Conviene venga V. por primer tren.»

»A las pocas horas de recibida esta triste noticia, llegué al Havre. El accidente a que se refería el cónsul había sido horrible. En el momento en que, recién llegado de Nueva York, saltaba Manuel desde el vapor que le había traído, al bote que debía conducirle hasta el muelle, estaban en la entrada del puerto dos ingenieros holandeses haciendo las primeras pruebas de una lancha movida por un aparato de su invención, llamado «propulsor de reacción». Quizá, como señora, no entienda V. bien lo que esto significa, ni esta es ocasión de explicárselo. Bástele a V. saber que se trata de un nuevo sistema de locomoción marítima, sin ayuda de remos, velas, vapor ni electricidad.

»La mañana estaba hermosísima; miles de curiosos llenaban los muelles; el lanchón de los holandeses, que surcaba las aguas con pasmosa velocidad, pasó junto al bote en que venía Manuel.

»Este, como buen ingeniero y apasionado de su profesión, quiso presenciar a corta distancia el experimento, y para lograrlo, dio propina a los remeros, diciéndoles que siguiesen de cerca a la embarcación de los inventores.

»Pocos momentos después, el aparator motor que manejaban los holandeses, cargado con sustancias químicas, estalló, causando varias víctimas.

»Uno de los que lo manejaban quedó muerto en el acto; el que hacia de timonel sufrió graves quemaduras, y nuestro pobre Manolo, que tan imprudentemente se había aproximado, recibió en la cara gran parte de la carga química que debía mover el malhadado invento.

»Los remeros, viéndole caer sobre las tablas del bote con el rostro ensangrentado, le trajeron inmediatamente a tierra.

»Las heridas son, como dicen los médicos, de pronóstico reservado; mas por lo que yo he podido comprender, el pobre Manuel quedará ciego.

»Fue llevado al hospital de marina, y de allí, con grandes precauciones, le traje a París en cuanto lo permitió la prudencia. No está en peligro su vida, por fortuna, pero repito que la pérdida de ambos ojos parece inevitable: sólo un milagro puede hacer que estos temores no se cumplan. Ya ve V. lo cruel que sería comunicarle ahora todo lo que V. me dice en su carta sobre la enfermedad y la resolución de la desgraciada Felisa.

»¿Querrá ella, después de leer estas líneas, renunciar a su propósito? ¿Qué resolverá? Ni puedo ni quiero adelantarme a interpretar su voluntad, que acaso se modifique dadas las circunstancias.

»El desdichado ignora la gravedad de su situación; supone que se curará por completo; cree que verá pronto, y a quien más desea ver es a su Felisa.

»Con tal intensidad se ha posesionado de él este deseo, que me ha dado encargo de hacer a Felisa la proposición siguiente:

»Dice que, según ellos convinieron, Felisa debe tener arreglados todos los documentos necesarios para la boda, y que como él tiene también corrientes los suyos, el matrimonio se puede celebrar en Madrid por poderes, luego de lo cual espera que ella venga inmediatamente a París, no a pasar una luna de miel, sino a cuidar a su marido enfermo. Tal es la mezcla de amor y de egoísmo que se ha imaginado.

»Esto me ha dicho hace dos horas. ¿Cómo quiere V. que yo le entere de que su Felisa ha perdido aquella belleza que era su orgullo, y además le diga que ha resuelto no casarse? Se supone querido e ignora que quedará ciego. A su discreción de V. fío cómo debe enterar a Felisa de todo este, y con arreglo a lo que resuelva aguardo instrucciones.

»Hable V. con ella y contésteme lo antes posible.

»Suyo afectísimo siempre.

PEPE.»

La lectura de esta carta produjo a Felisa una emoción extraordinaria e imposible de analizar: sintió pena por el infortunio del ser amado, incertidumbre de lo que debiera procurar según lo extraordinario de las circunstancias, y alegría por vislumbrar la ocasión de ver puesta a prueba la grandeza de su corazón.

Con cierto refinamiento egoísta de idealismo pervertido y femenino, se complacía en persuadirse de que la desgracia de Manuel daba solución al pavoroso problema de sus dudas; porque si había de quedarse ciego, ¿qué importaba ya que en ella subsistiese el encanto de su belleza heredada y funesta?

Además, ella le hablaría de su hermosura como de un bien ilusorio, por lo fugaz, y del amor de su alma como de una realidad inacabable y constante. ¿Qué importaban ni qué valían la púrpura de su boca, ni el llamear de sus ojos, comparados con la ternura de su espíritu?

La fuente de los placeres terrenos y groseros estaba para él cegada, y en cambio, ella, en su alma, sentía brotar y correr hacia el amado un raudal de abnegación y dulzura. Aquello era la purificación de toda torpeza, la clara visión interna del amor: amar sin ver el objeto de la pasión, algo semejante a la fe que adora lo que acaso no existe.

* * * * *

Lorenza contestó telegráficamente a Pepe, que Felisa accedía al matrimonio por poderes, y que enseguida de verificado saldría para París con dos criados, si, dada su avanzada edad, no podía el tutor acompañarla.

Envió Manuel los poderes necesarios, y allanó Felisa a fuerza de dinero cuantas dificultades surgieron, resolviendo, por último, que un primo suyo representase al novio, y que la ceremonia se verificara en la Puebla del Maestre, donde todo había de serle más fácil de lograr, gracias a los amigos y deudos que allí se desvivirían por servirla. Salieron las cosas a medida de su deseo, y una mañana, muy temprano, ante poca gente, puesto el pensamiento en el hombre a quien quería, dio palabra y entregó mano de esposa al que le representaba. Hasta la anormalidad de ser otro distinto de su amante quien recibió su juramento, le pareció cosa conforme al estado de su espíritu, porque, en vez de sentir el terror que le inspiraba la idea de dejarse poseer, pudo complacerse en saborear mentalmente el casto placer de pensar que su porvenir y su vida estaban para siempre unidos a los de un hombre que la quería, y que, no pudiendo verla, no habla de fundar la pasión en sólo la hermosura.

Hallábase al otro día ocupada en los preparativos para marchar a París, cuando recibió un telegrama fechado en Burdeos, donde sin mas explicaciones, decía Manuel:

«No salgas del pueblo: llegaré pasado mañana.»

Su sorpresa no pudo ser mayor; pero ¿qué remedio, sino esperar y obedecer?

* * * * *

Al expirar el plazo marcado a su impaciencia, Felisa, acompañada de Lorenza, salió a recibir a Manuel hasta legua y media más allá del pueblo, esperándole nerviosa y desasosegada, al caer la tarde, en un recodo del camino.

En la última línea del horizonte, bajo la inmensidad azul, se destacaban las cumbres violáceas de la sierra, oíase a lo lejos acompasado y lento el campanilleo de una recua, y una bandada de golondrinas, piando alegremente, volaba en torno de los murallones de un castillo ruinoso que parecía perdido y olvidado en la extensa soledad del llano.

De pronto sonó ruido de cascabeles y trallazos, y ambas mujeres vieron venir por la carretera un coche de colleras tirado por cuatro mulas y envuelto en una nube de polvo.

Pocos minutos después el coche se detenía, y el amante esperado se apeaba solo, ligero y ágil, saltando como un muchacho.

Felisa, sin acertar a creer lo que veía, gritó a su compañero:

--¡Es él! ¡Solo! ¡Sin vendas ni trapos!

Manuel la abrazó con fuerza, como quien se apodera de algo propio largamente codiciado, y ella se dejó estrechar sin sustraerse al legítimo halago.

--¿Pero qué engaño ha sido este?--preguntó él, trémulo de gozo, viendo su rostro sin la menor señal de la mentida enfermedad.

--Quise saber--repuso ella--hasta dónde llegaba tu cariño. ¿Pero y tus ojos y tu ceguera?

--De tu mentira, que creí verdad, nació la mía. ¿Qué te sorprende? Quise demostrarte que tu corazón me atraía más que tu belleza. Yo te amaba desfigurada y fea... como tu me has querido ciego. Piensa ahora si seremos dichosos: tú hermosa, yo pudiendo mirarte, y los dos seguros uno de otro.

_Este libro se acabó de imprimir en Madrid, en casa de A. Avrial, el día 12 de Junio de 1896_