Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos
Chapter 2
¡Qué contraste el formado por la vida y la muerte que allí se mostraban con toda la brutal realidad de los hechos: ¡Qué lástima de mujer, tan hermosa y tan buena! ¿Qué falta hacía a nadie arrancarle la existencia como se descuaja una planta? ¿Ni qué falta hacían en el mundo aquellos angelitos?
Valeria les contemplaba con miradas de ternura, iguales para ambos, cual si se le hubiese duplicado el cariño de madre, y a pesar de la tristeza que sentía, no le era posible sustraerse al influjo de una observación que ya había hecho y que en aquel momento, hasta contra su voluntad, se le iba entrando al pensamiento, agitándoselo con desvaríos de la imaginación.
Cada vez que se acercaba a las camitas donde estaban acostados y se fijaba en ellos, aquella observación se confirmaba con más fuerza. Los niños se parecían muchísimo: ambos eran muy blancos, de pelo y ojos negros, chatillos, gorditos, casi de igual volumen. Claro estaba que andando el tiempo habrían de diferenciarse física y moralmente, revelando su distinto origen; pero entonces, casi hubieran podido pasar por mellizos. A Valeria le parecía el suyo mil veces más hermoso y mejor formado, y sin embargo, hubo un momento en que pensó: «Vaya, que se parecen mucho, son casi iguales, tan semejantes, que si dejara de verlos unos cuantos meses..., no acertaría con el mío; es decir, míos son los dos; en fin, con el que yo he parido.»
Luego, en el largo monólogo de aquella noche interminable cruzaron por su mente recuerdos de la juventud, memorias de gratitud hacia Susana, punzadas de dolor renovado por la pérdida del hombre a quien había querido, e ideas de miedo y responsabilidad ante la carga que para ella representaba el porvenir de aquellos niños.--«¿Sabré corresponder--se decía--a todo lo que Susana ha hecho conmigo? ¿Podré pagar al hijo lo que debo a la madre? ¿Llegará un momento en que las circunstancias me obliguen a favorecer al mío en perjuicio del suyo? El poco dinero que queda entre mis manos no es _nuestro_, yo nada tengo... ¿Me asaltará algún día la tentación del despojo..., será más fuerte mi amor de madre que el recuerdo de la gratitud y el cumplimiento del deber?» Y al mismo tiempo que discurría todo esto, en su pensamiento iban hermanándose y confundiéndose, hasta compenetrarse, aquella observación insistente del parecido de los niños y aquella idea extravagante favorecida por las condiciones de la realidad.
Sus propias palabras eran la síntesis de la situación: «Si dejases de verlos unos cuantos días, no sabrías cuál es el tuyo.»
* * * * *
¿Fue propósito razonado de alma grande, fruto de una extraordinaria elevación de espíritu? ¿Desarreglo de inteligencia trabajada por una idea fija? ¿Acaso sugestión de ese algo misterioso que a veces nos aproxima, por el anhelo del bien, a la divinidad?
Nadie lo sabrá nunca: lo cierto es que aquella idea le fue labrando surco en el pensamiento y acabó por arraigar en él de tal suerte, que se enseñoreó de su voluntad, y la puso por obra.
¿Quién dirá si Valeria llegó por gratitud a la locura, o a la suma piedad por la noción del deber? Aquel la juzgue que sepa bucear en las reconditeces del alma.
VII
Luego de enterrada su amiga, Valeria se marchó a Galicia con los niños, aposentándose en la casa de Rivaria.
Su primer cuidado, después de arregladas las cosas necesarias a la vida, fue observar la índole y carácter de los colonos, marido y mujer, de quienes Susana había dicho que nunca pagaban el arrendamiento. Afortunadamente, él, como buen gallego, era muy listo, y ella se pasaba de buena. Valeria se propuso aprovechar las cualidades de ambos, y entre tanto, poseída por su idea fija, procuró ver poco a los niños; lentamente fue desentendiéndose de ellos; casi no les miraba, mostrando una fuerza de voluntad increíble.
Haciendo vida campestre y retirada en aquel lugar, había un acaudalado caballero a quien por lo caritativo llamaban sus convecinos _el Santo_, y en éste se fijó principalmente Valeria para realizar su propósito. Le dijo que, viéndose obligada a emprender un largo viaje por mar, y no atreviéndose a llevar consigo los pequeñuelos, quería confiarlos a su cuidado; le dio dinero para cuanto necesitasen durante cierto tiempo, y dispuso que el labriego y su mujer le obedecieran ciegamente. Por último, obrando astuta y sagazmente, tuvo la horrible precaución de ocultar los verdaderos nombres de los niños, que eran los de sus padres, llamándolos Juan y Pedro, ardid en que estaba fundado su propósito: hecho todo lo cual desapareció del pueblo.
Cerca anduvo de arrepentirse por su condescendencia aquel santo varón; casi se asustó de haber aceptado tamaña responsabilidad, pero jamás llegó a preocuparse formalmente: primero, porque su compromiso era sólo verbal y no había pruebas que pudieran perjudicarle; segundo, porque ¿quién habría en la comarca capaz de perseguirle ni acusarle? Sobre todo, sin saber la causa, sin que él se diera cuenta de ello, Valeria le había inspirado simpatía profunda y confianza ciega. Estaba persuadido de que aquella mujer era mediadora de buena fe o víctima en una de esas intrigas amorosas, donde sólo el misterio puede estorbar la iniquidad. Lo principal para él era que, con caer las criaturitas en sus manos, se habría casi seguramente evitado un crimen. Resta sólo decir que inducido a error llamó Juan al mayorcito de los niños y Pedro al menor.
De esta suerte comenzaba a lograrse la confusión que Valeria deseaba.
Cada tres meses recibía _el Santo_ en pliego certificado un billete de Banco, cuyo valor era bastante a cubrir los gastos ocasionados por los niños. Lo que jamás recibió fue carta, mensaje, ni visita que le hablase de la desaparecida. Cuantas tentativas hizo para saber su paradero fueron inútiles. Así pasaron cinco anos.
En tan largo lapso de tiempo, Valeria estuvo muchas veces a punto de renunciar a su tremendo sacrificio: en más de una ocasión le faltó poco para volver a la aldea, exigir que le devolviesen los niños y escudriñarles el cuerpo para distinguirlos, hasta recobrar la certeza de cuál era el ajeno y cuál el suyo. Su vida fue un martirio insoportable; mas lo padeció sin arrepentirse de lo hecho.
Fuese extravagancia de entendimiento perturbado, fuese abnegación premeditada, había en su conducta heroica grandeza, algo casi sobrehumano, que consistía en imponerse el doble sacrificio de privarse de su hijo, y aceptar por tal al que no lo era, para que esta ignorancia la hiciese luego tratar a ambos con el mismo cariño. Ignoraba que alma de su temple jamás hubiera perjudicado al ajeno en provecho del propio, mas quiso colocarse en tales condiciones, que hasta le fuesen imposibles la preferencia y la injusticia.
¿Quién podía prever la suerte que les estaba deparada? ¿Qué haría ella, por ejemplo, el día en que por los azares del mundo fuese preciso anteponer en su corazón uno a otro, darle mayores facilidades de éxito, o salvarle de un riesgo? ¿A quién acudiría primero? ¿No juró confundirles en el mismo cariño? ¿Pues que mejor manera de realizar el juramento que conseguir la imposibilidad de quebrantarlo? Según su corazón, que estaba sorbido y dominado por la gratitud, todo aquello y más debía a Susana, que la libró de ser arrojada del convento, la trató como hermana, y finalmente, la unió al hombre de quien estaba enamorada. ¿Qué hubiera sido de ella sin Susana? ¿Hasta dónde hubiera rodado impulsada por vientos de desgracia?
VIII
Por fin, al comenzar el sexto año de separación, Valeria estuvo enferma, y entonces, aterrada ante la idea de morir, sintió doblegarse su entereza. Apenas convaleciente, corrió a la aldea. Su viaje le pareció un tormento, más largo que el de los cinco años transcurridos. ¿Vivirían los dos niños? ¿Cómo los encontraría? ¿Cuál sería su índole? ¿Cuál mostraría mejores sentimientos? ¿Cuál la querría más? De fijo el suyo... Pero ¿cómo le conocería?
¡Sacrificio inútil, batalla estéril contra la flaca condición humana! Aún no habían llegado aquellos seres a la edad en que se revelan el corazón y la inteligencia, y ya instintivamente ambicionaba que su hijo fuese superior al hermano pegadizo.
* * * * *
Le parecía que el coche no iba bastante aprisa, que los árboles de las laderas del camino eran siempre los mismos, que huía a lo lejos el horizonte prolongando la separación..., hasta que al volver un recodo próximo a la aldea, descubrió dos niños vestidos con relativo esmero. Estaban jugando bajo un gigantesco grupo de castaños, saltando sobre un espeso tapiz de musgo aterciopelado, donde el sol y las sombras del ramaje formaban maravillosos arabescos.
Al llegar el carruaje cerca de aquel sitio, mandó parar, bajó, y acercándose a los niños y conociéndolos, porque a su lado estaba la mujer del colono, los envolvió en una mirada indefinible. Clavó en ellos los ojos, quiso dirigirse primero a uno y luego a otro, vaciló, llenarónsele las mejillas de lágrimas, y por último, extendiendo abiertos los brazos, cogió a los dos al mismo tiempo, les atrajo contra su pecho..., los apartó, tornó a mirarlos, y enloquecida de dudas y alegrías, apretándoles de nuevo contra sí, abarcando juntas las cabezas, se las cubrió de besos y caricias, mientras la aldeana, que la reconoció en seguida, gritaba con su dulce acento gallego:--«Juan, está quieto;--Pedro non te vayas.»
La mujer de alma grande tenía logrado su propósito. No sabía cuál era el que había parido.
IX
Pasaron años. Desde que Valeria recogió los niños de manos del _Santo_ hasta que se hicieron hombres no le causaron más penas que los disgustillos que dan de sí la infancia y la primera época de la juventud: jugarretas, trastadas, bromas y travesuras. Llegada la edad de la razón, Juan y Pedro fueron buenísimos para ella. Sus corazones no cesaban de brotar y consagrarle nuevos tesoros de ternura. ¿Quién la quería mas? Era imposible averiguarlo. Del carácter sensato y juicioso del uno, de las genialidades prontas e irreflexivas del otro, surgían continua e inesperadamente pruebas de amor filial. Ella, en tanto, hoy mimaba a Juan, mañana prefería a Pedro, igual cariño profesaba a los dos, pero cariño ciego, vacilante, inseguro, como si viviese condenado a la incertidumbre de su propia sinceridad. Ambos ante su conciencia eran hijos suyos, mas siempre le quedaba en el fondo del alma la duda, nunca satisfecha; la esperanza, jamás colmada, de que el mejor fuese el que ella había llevado en las entrañas.
Andando el tiempo, Valeria, exclusivamente dedicada a estudiar aquellas dos almas, hizo un descubrimiento que la llenó de angustia. Ambos tenían novia y cada cual quería a la suya, no con un sentimiento vulgar y pasajero, sino con pasión digna de ellos. Aquella era la ocasión de probarles.
Había pagado su deuda haciéndoles buenos y felices: ninguno tenía derecho a proferir la menor queja: ella lo tenía a saber cuál era su verdadero hijo, forjándose la ilusión de creer que lo sería el que mostrase quererla más. En otro tiempo le cegó la gratitud: ahora le cegaba el ansia de cariño.
Luego de haber madurado su propósito, con la astucia propia de su índole y carácter, les juntó un día y les dijo:
--Os llamo porque ocurren grandes novedades. Estamos medio arruinados. No podemos seguir viviendo con la holgura relativa que hemos disfrutado hasta ahora. Es necesario que uno se separe de mí y de su hermano. Tengo la seguridad de conseguir un buen destino para Ultramar. Mientras cambia la fortuna, es preciso que uno de vosotros se vaya muy lejos y ayude a los que aquí quedemos. ¿Quién quiere separarse de mí? ¿Quién se quiere quedar? Resolvedlo vosotros, y decídmelo mañana.
Oyéronla ambos en silencio y aquella misma noche se reunieron a deliberar.
Valeria, descalza, para no ser sentida, fue hasta la puerta del cuarto donde estaban, y pegando la oreja al ojo de la llave escuchó todo lo que hablaron.
--¿Has oído a madre?--dijo Juan.
--Sí--repuso Pedro.
--¿Y qué dices?
--Que no me voy.
--Ni yo tampoco.
--¿Por qué?
--Porque no me separo de ella... ni de ti.
--Lo mismo digo.
--Pues ella dispone que se vaya uno.
--Ya le haremos ceder.
--¿Y si no cede?
--Ya no pienso en casarme. Estoy dispuesto a ganar un jornal, a arrancar piedras con los dientes, a todo, menos a separarme de ella.
--Tienes razón. Igual pienso yo. Aquí a su lado soportaré escasez, pobreza, lo que venga: yo también renuncio a la mujer que amo; pero ¿irme lejos, exponerme a que mi madre se muera sin verla? ¡Eso no! Aunque lo mande. Si quieres, márchate tú.
--Y ¿por qué he de ser yo el sacrificado? ¿No soy tan hijo suyo como tú?
Aquellos dos muchachos, que se querían entrañablemente, que jamás habían reñido por nada, ni de niños ni de mozos, estuvieron a punto de venir a las manos. Con todo transigían, todo lo aceptaban menos lo que pudiera significar despego hacia su madre. Cruzáronse entre ellos algunas palabras fuertes, algunas frases agrias; pero al fin pudo el cariño más que ningún otro sentimiento, y Juan dijo:
--Mira, no añadamos a la pesadumbre que ya tenemos la pena de enfadarnos uno con otro. No hay remedio: si madre lo manda, uno tendrá que sacrificarse. Que ella lo designe, y ese que baje la cabeza, obedezca y se resigne sin chistar. ¿Convienes en ello?
--Convenido, ella decidirá.
Y abriéndose mutuamente los brazos, lloraron juntos, como dos niños.
* * * * *
Valeria les escuchó henchida el alma de alegría. Aquel fue el único momento egoísta de su vida. Todas sus penas hallaron resarcimiento, todos sus dolores tuvieron premio. Luego, andando de puntillas, se alejó de junto a la puerta, y a los pocos días, con fingida tranquilidad, dijo que las circunstancias habían variado y que la separación no era precisa.
Nunca supo quién era su verdadero hijo, pero adquirió el convencimiento de que ambos adoraban en ella. En un mismo culto la confundían el que llevó en las entrañas y el que formó con la bondad de su alma. Aquella doble maternidad fue la recompensa de su vida.
La prueba de un alma.
Durante el verano de 188... la concurrencia de bañistas fue en Saludes mayor que nunca: desde la fundación del balneario no se había visto allí tanta gente, ni tan lucida y bulliciosa.
Los enfermos graves eran pocos, y como por razón de su estado se hallaban recluidos en sus habitaciones, no molestaban a los que querían divertirse; los cuartos eran limpios, la comida, si no muy delicada, abundante y sabrosa, las camas aceptables, el campo delicioso, y las excursiones salían baratas; de suerte que todo el mundo estaba contento, sin acordarse el bolsista de sus negocios, ni el empleado de su oficina, ni la mujer hacendosa de los quehaceres de su casa, ni mucho menos el estudiante de sus libros: las niñas en estado de merecer disfrutaban bastante libertad para dejarse galantear a sus anchas por los muchachos; y, según malas lenguas, de igual libertad se aprovechaban algunas casadas, si no para permitir que fuese invadido allí mismo el cercado ajeno, a lo menos para demostrar que no lo defenderían mucho cuando, de regreso en la corte, fuesen menor el peligro de la murmuración y las ocasiones más seguras.
A que resultara grata la permanencia en Saludes contribuía mucho el director facultativo, hombre de treinta o pocos más años, simpático, muy inteligente, y en quien se daban reunidas raras circunstancias y envidiables prendas.
El doctor Ruiloz era el primogénito de un banquero, socio principal de la casa Ruiloz y Compañía, de Madrid. Desde muchacho se empeñó en seguir la carrera de médico, dejando a su segundo hermano el cuidado y la gloria de continuar amontonando millones. En un principio la familia trató de quitarle de la cabeza aquel propósito, mas tan resuelto y decidido le vieron, que no hubo sino dejárselo lograr. «Aunque le falten enfermos--cuentan que dijo su padre--no ha de faltarle dinero, teniendo yo tanto como tengo.» Con la tenacidad mostrada al elegir carrera, y con la conducta que observó al estudiarla, quedaron probadas la energía y la fuerza de voluntad que Dios había puesto en el alma de Juan Ruiloz, porque sin mermar a la juventud sus fueros, ni dejar de divertirse durante aquella edad en que la alegría es media vida, fue primero modelo de estudiantes y luego espejo de médicos.
Trabajando mucho, prescindiendo de la influencia y riqueza de sus padres, verdaderamente obstinado en deberlo todo a su propio esfuerzo, se hizo hombre y comenzó a labrarse la reputación, logrando verla consolidada en pocos años con algunos buenos escritos referentes a su facultad, y gracias a unas cuantas curas y operaciones tan sabias como afortunadas. Su estancia en Saludes fue puramente accidental. El médico en propiedad del balneario, que era un intimo amigo y compañero suyo, cayó enfermo, pidió licencia, concediéronsela, necesitó prórroga, se la negaron, y cuando se hallaba a punto de perder la plaza, le dijo Juan:
--No te apures: para estas ocasiones son los amigos de mis padres; yo haré que me nombren director de Saludes, como supernumerario, en comisión, sin sueldo, de cualquier modo... y en paz: te curas, y cuando puedas trabajar me retiro modestamente por el foro.
De esta manera llegó a ser médico del humilde balneario el doctor Ruiloz, a pesar de que por entonces ya su nombre corría de boca en boca, seguido de tales alabanzas, que nadie pudo comprender cómo ni por qué aceptó destino tan poco lucrativo. Los que estaban en el secreto de la cosa y conocían íntimamente a Juan, no se sorprendieron, sabiendo que, a más de ser amigo de hacer favores, había en él cierta innata tendencia a buscar en lo anormal y extraordinario el encanto de la vida. ¿Y dónde cosa menos vulgar y más desacostumbrada para un médico rico y mimado por la suerte, que ir a encerrarse en un balneario de tercera clase, en el cual no había de ganar honra ni provecho, sólo por servir a un compañero?
Tal es la excelencia de las buenas acciones, que a veces el favor que se hace en obsequio de uno redunda en provecho de muchos, y así sucedió en este caso, porque cuando su clientela adinerada y elegante de Madrid supo que Ruiloz iba aquel año de médico a Saludes, allá se fueron tras él muchas familias de la corte; unas por tener cerca a su doctor favorito, y otras esperanzadas en que, no hallándose tan cargado de trabajo, podrían consultarle más despacio, con lo cual acudió tanta gente, que todo el verano fue agosto para el humilde lugarejo.
Iba ya vencida la temporada, y Ruiloz estaba, aunque no arrepentido del favor hecho a su amigo, cansado de tener más trabajo que en Madrid, cuando llegó a Saludes un matrimonio joven, acompañado y servido por una doncella y un ayuda de cámara: albergáronse amos y criados en la mejor casa del pueblo, y en seguida el marido, que se llamaba D. Javier Molínez, se presentó a Ruiloz diciéndole que su esposa venía enferma, y que sólo para que él la asistiese habían hecho el viaje. Fue el doctor a visitarla, preguntó cuanto creyó conveniente, hizo los reconocimientos propios del caso, infundió ánimo en el abatido espíritu de aquella señora, que además de joven era hermosa, y luego, llegada la noche, y en vista de las reiteradas súplicas que Molínez le hizo para saber el verdadero estado de su mujer, le habló de este modo mientras paseaban por el jardín del balneario.
--Ya que V. la exige y tiene valor para escucharla, le diré la verdad. El caso no es desesperado, pero poco menos. Cuando llegan a este grado de desarrollo, las afecciones del corazón son peligrosísimas. Aquí no deben Vds. permanecer más tiempo que el preciso para que recobre fuerzas: vuélvanse Vds. pronto a su casa. Ni sé cómo ha podido soportar el viaje en las condiciones en que está.
Hizo luego una breve explicación científica, y terminó diciendo:
--Puede vivir unos cuantos meses... tal vez años, aunque desgraciadamente no lo espero... y cualquier contratiempo en la marcha de la enfermedad puede también ocasionar un desenlace fatal en pocos días. Acaso la saquemos adelante; pero hoy por hoy su estado es muy grave. Si mejorase algo, lo más juicioso sería llevársela a Madrid.
--¿De modo que no hay esperanza?
--Eso... sólo Dios puede saberlo.
--¿Y cree V. que debo avisar a mi suegra para que venga?
--Indudablemente, con tal de que halle V. pretexto para justificar su llegada, porque su señora de V. no está para soportar emociones fuertes.
Sin duda Molínez tenía, o halló, modo de justificar el viaje de su madre política, pues le telegrafió para que acudiese a Saludes, donde llegó a las treinta horas, acompañada de una mujer entrada en años, que era su ama de llaves, y de una señorita de gracioso rostro y gentil figura a quien llamaba Julia.
Pocos días bastaron para que los Molínez y el doctor simpatizaran: entre los atractivos personales de éste y el agradable trato de aquéllos, que se esforzaban en atraerle y agasajarle en beneficio de la enferma, pronto se hicieron amigos. Ruiloz y Javier daban juntos largos paseos, jugaban al ajedrez y con frecuencia comía el primero en casa del segundo; de suerte que los forasteros siempre tenían cerca al médico y éste se complacía en el afable trato de la familia madrileña.
Esto sucedía a principios de Agosto.
Transcurrido un mes, todos los habitantes del balneario sabían que la señora de Molínez estaba muy aliviada, y que, sin embargo, el doctor cada día pasaba más tiempo en su casa, con lo cual hallaron fundamento las suposiciones de los malévolos y ocupación las lenguas de los murmuradores. «Las enfermedades del corazón deben de ser contagiosas--cuentan que dijo un chusco--porque desde que llegó esa señora de Molínez el médico está muy grave.»
Realmente, la variación sufrida por Ruiloz en poco tiempo era tal, que sólo un ciego podía dejar de observarla. De alegre, decidor y bromista, se hizo triste, callado y serio; algunos días hasta se mostraba desabrido y seco con los enfermos; en el salón del balneario apenas ponía los pies; negose a recibir fuera de las horas marcadas para la consulta y, por último, su semblante adquirió una expresión de melancolía que hubiese justamente alarmado a sus padres y amigos si de improviso llegaran a Saludes.
Este cambio, casi repentino, y las constantes visitas a la familia de Molínez, daban cierta apariencia de verdad a la suposición de que al doctor no le preocupaba única y exclusivamente el cuidado de un enfermo grave. La mejoría de Clotilde Molínez valió a Ruiloz muchas enhorabuenas, pero a espaldas suyas dio pábulo a grandes murmuraciones. Todo el mundo, pasándose de listo y sin recordar que en aquella casa había dos mujeres, una soltera y otra casada, creía o fingía creer que el médico estaba enamorado de la segunda. Sin embargo, el marido de ésta podía dormir tranquilo.
Quien ocasionaba las cavilaciones del doctor era Julia, la joven que llegó a Saludes con la suegra de Molínez.
Representaba más de veinte y menos de veinticinco años: tenía la mirada inteligente y expresiva, las facciones delicadas, el andar airoso y el cuerpo bien formado; pero su principal encanto estaba en la conversación, en el lenguaje, y no sólo en lo que decía sino en el modo de decirlo, porque además de gran claridad de entendimiento y mucho ingenio, descubrían sus palabras superior bondad de alma y sinceridad extraordinaria.
Era ilustrada sin afectación, religiosa sin fanatismo, honesta sin hipocresía y franca sin descaro. La única condición que pudiera deslucir algo estas cualidades consistía en cierta dureza y sequedad de genio y acritud en las frases, cuando en la conversación salían a plaza determinadas flaquezas humanas: la mentira y el engaño, el disimulo y la astucia le eran aborrecibles.