Chapter 9
Después de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardín Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos veían, por entre las plantas y los arbustos, la silueta de Melchor dando órdenes en la caballeriza.
--¡No ha de ser sólo por buscar correspondencia!... don Ricardo--decía Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo exterior pasó por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la yema del pulgar pasada de punta a punta.
--Y por pasear un poco, Baldomero.
--¡Y por hacer alguna visita!...
--No haría más que cumplir lo prometido.
--¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño!
--Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan educadita!...
--En eso, dificulto--dijo Baldomero--que haya otra igual... ¡porque miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los días con los libros... y «meta» piano de sol a sol.
--Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita?
--Vea, don Ricardo--así sabía decirme el viejo cada que yo le decía lo mismo:--«lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de casar otra vez... la muchachita es linda por demás y me la van a codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... así que he creído que con la educación se le puede dar una defensa... para que pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...»
--¿Qué sensato el viejo, eh?
--Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qué decir, eso sí, y todos saben que el que cae a la chacra con malas intenciones... ¡sale como escupida en plancha caliente!...
--¡Qué buena comparación!--exclamó Ricardo riéndose a tiempo en que Lorenzo decía:
--La Pampita habrá salido ingénitamente honesta... porque lo que es la educación no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional puesto en contacto asiduo con la naturaleza.
--Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que sé decirle es que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte.
--Yo creo que estás perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, ¿cómo no ha de haber influido la educación en ella como en toda persona?
--¿Para conducirse honesta y virtuosa en la situación de ella?... ¿Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condición? ¿Con veinte años y la libertad de que ha debido gozar?... ¡Bah!... ¡eso no lo hace la educación!
--¡Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se advierte en las sociedades menos educadas... compara a una niña de la alta sociedad con una chinita inculta... ¿Cómo vas a sostener que tienen el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro?
--Esos son resultados del medio en que se vive.
--Claro está, y según parece lo que don Casiano se proponía era poner a su hija a cubierto de las influencias del medio en que debía vivir, exactamente: tú lo has dicho.
--En eso yo no entro--dijo Baldomero,--pero que la Pampita es una muchacha decente... ¿eso?... ¡por donde la busquen!... Y póngala a la prueba, don Lorenzo.
--¡Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y por otra parte si así no fuera, no la habría mandado el padre a pasear sola con nosotros, por el jardín.
--Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo decía... ¡Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!...
--Por lo pronto yo voy a... bañarme--dijo Lorenzo levantándose.
--No te demores... que yo también quiero bañarme y usted acompáñeme a traer duraznos...
--Como quiera, don Ricardo. Vamos.
Al dirigirse al monte de durazneros cruzaron el jardín en silencio; pero al entrar en aquél, dijo Ricardo:
--Baldomero, en los pocos días que lo he tratado me ha parecido encontrar en usted un hombre serio, de experiencia y capaz de dar un consejo.
--Usted dirá, don Ricardo.
--Yo quiero hacerle una confidencia, primero, para que se explique usted mi situación.
--Algo me habló don Melchor...
--Él le habrá dicho entonces que he sido un hombre muy desgraciado en mis aspiraciones.
--¡Zonceras de mujeres!...
--Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera tenido un amigo como Melchor.
--Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie.
--He sido engañado de la manera más cruel y más infame... haciéndoseme el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien calculaba que yo valía en plata más de lo que puedo tener... y no una vez.
--¡Olvídese, don Ricardo!...
--Así lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energías y voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo... como si me hubiera dado un pedazo de su gran espíritu.
--¡Capaz de dárselo todo!...
--Él me ha salvado y gracias a él, y nada más que a él, cada día que paso me siento más fuerte y más capaz de luchar como un hombre, tomando «las cosas como son y no como deben ser».
--¡Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto!
--Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... ¡y con tantos otros!... Bueno, pues, ¿cómo cree usted que me recibiría la «Pampita», si yo le mostrara pretensiones?
--¡No le decía yo, don Ricardo!...
--Conteste a mi pregunta, usted que la conoce perfectamente.
--Vea, don Ricardo, para qué le voy a decir una cosa por otra: la «Pampita» es una muchacha de mucha voluntad... ahora si usted la quiebra... puede que agarre...
--¿Cree usted que esté firmemente resuelta a conservarse al lado del padre?...
--¡Ni que hablar!... ¡Si ya le he dicho que ha tenido miles de ocasiones!... mejorando lo presente; pero haga la diligencia, don Ricardo... ¡de menos nos hizo Dios!
--¿Usted querría acompañarme?...
--Vea, don Ricardo, vaya solo, ¡que en cuestiones de mujeres... es como en punto a domar!--dijo riéndose afablemente Baldomero--...¡entre dos no sacan caballo bueno!
--¿Y quién podría acompañarme?
--¿Hasta el pueblo?... Juancito lo puede acompañar.
--Convenido, y que esto quede entre nosotros, ¿eh?...
--¡Don Ricardo, ni que hablar!
* * *
--¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te ríes?
--¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!...
--¿Y tú los has leído?...
--¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme en eso!...
--¿Y para qué los trajiste?
--¡Porque los compré!...
--¿Y para qué los compraste?
--Por no ser menos que tú.
--Bueno, contesta: ¿dónde están?...
--Ricardo los guardó, pero yo no sé dónde.
--¡Qué fastidio!... ¡José!--dijo Lorenzo alzando la voz.
--¿Señor?
--Hágame el servicio de ver en nuestro dormitorio... o por ahí... si están unos diarios... y tráigamelos.
--Don Ricardo los guardó en el baúl, señor... pero se llevó la llave.
--¡Qué contrariedad tan grande!... ¡Caramba!... ¿está seguro, José?
--Sí, señor, si los guardó delante de mí... estaban arriba de la mesa desde que ustedes vinieron.
--¡Qué fastidio!... Bueno... vaya no más; ¿pero para qué los habrá guardado?... ¡qué tontera tan grande!...
--Realmente, Lorenzo, es como para sublevar... ¡como que yo también estoy por indignarme!...
--No digo eso; pero no me negarás que ha sido una tilinguería guardarlos bajo llave... ¿asunto de qué?...
--Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... ¡calcula cómo tendría la cabeza ante la idea de ir a conquistar a la «Pampita»!
--¡Cómo le irá a Ricardo! ¿eh?...
--Puede ser que le vaya bien.
--Yo no creo que esté enamorado... así: fulminantemente.
--¡Que no!... ¡piensa que es linda como un sol!
--Aunque lo sea... para mí, Ricardo va tras la «Pampita» por un movimiento de despecho y nada más. Él se ha entusiasmado con la idea de lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias... ¡esto es todo!
--¿Por qué pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales, y no tiene nada de extraño que se sienta inclinado a ella.
--Eso estaría muy bueno después de tratarla un tiempo.
--No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al fin la que más convenga, y esto mismo es antipático, casi inmoral: ¡se quiere porque sí y sepa Dios por qué!
--¡Así son los chascos!
--¡Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a equivocarse calculando.
--Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos--dijo Lorenzo sonriendo afablemente.
--¡Tú!... ¡qué gracia!... Tú has vivido en forma que no te permitía pensar en «novias»...
--Eso es historia antigua...
--Felizmente para ti. Después el estudio te ha absorbido todo tu tiempo, como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra alforja...
--Para recuperar lo perdido.
--¡Una barbaridad!... ¡ché... dar de a tres años de ingeniería juntos... y estudiar veinte horas diarias!
--¡Qué exageración!
--¡Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a esa vida.
--No tuve más remedio... cuando me enfermé.
--¡Qué enfermedad, ni qué embelecos! ¡Tú eres más sano que yo! y lo has sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cómo te repones por días; duermes perfectamente ahora; comes con bastante apetito... ¡calcula cómo estarás dentro de un mes!
--¡Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacías cuando me estimulabas a reaccionar en los días en que me sentía más abatido... Hoy recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercías en mi espíritu y la situación de ánimo en que me dejabas después de aquellos sermones inacabables...
--Eso es historia antigua, te diré a mi vez.
--Pero que llena mi espíritu como una enseñanza suprema. ¡Si a veces pienso en que tú has realizado en mí un caso de «avatar», como el de Gauthier, ¿te acuerdas?
--No lo he leído.
--¿No?... ¡qué raro!
--Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; ¿te has fijado?
--¿El qué?
--Confesar que no se ha leído un libro de cierta notoriedad; ¿tú has encontrado a alguien que confiese no haber leído a Sarmiento, a Mitre, a López, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre?
--Tal vez tienes razón.
--¡Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya dicho que no ha leído el «Facundo», por ejemplo.
--Y lo habrán leído...
--El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ché, nada más que los programas de las carreras y la crónica social de los diarios.
--¡No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la conducta de Ricardo.
--¿Qué canallada, eh?
--Con permiso...--dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado éste en el sofá, mientras esperaban la hora de almorzar.
--¡Entre, Baldomero!
--¡Aquí está fresquito!--dijo éste sacándose el sombrero y peinándose el cabello con los dedos.
--Siéntese... ¿qué hay de nuevo?
--Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenón, ¿sabe?, el peón de los Cabrales, que venía de llevar unos animales para el campo de los Unzueces y dice que por el cañadón de las tunas, ¿sabe?, encontró a doña Ramona, que se viene de a pie con esta calor..
--¿Viene para acá?
--Así dice.
--¿Y por qué no la alzó?
--Porque no es de anca el que montaba y venía con gran apuro de llegar ligero, que de no, dice, le habría dado su caballo.
--¡Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: ¿volvió el carrito de repartir la carne a los puestos?
--«Reciencito» llegó.
--Vaya corriendo, y dígale a Hipólito que a todo lo que pueda salga con el carrito y la traiga a esa infeliz.
Instantes, después se oía el ruido del carrito que salía en la dirección indicada.
--¿Qué distancia hay, Melchor, de aquí al cañadón de las tunas?
--Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este día.
--¡Pobre mujer!... ¿qué le habrá pasado?
--Alguna paliza del bestia de Anastasio.
--¿Pero es posible que le pegue a esa mujer?
--Es que bebe... tal vez algún «peludo»... por otra parte Anastasio es un hombre de muy mal carácter y como te decía el otro día, ha tomado a Ramona para tener quien le lave y le cocine; pero no le tiene ni el más mínimo cariño.
--¿Él la habrá despedido o ella vendrá no más por tu ofrecimiento?
--No; sin un motivo fundado no se vendría.
--¿Y no tendrá consecuencias para ti?
--¿Qué consecuencias?
--Él sabrá que se viene a la estancia, por supuesto.
--Si no lo sabe ya, lo sabrá, ¿y qué tiene eso?
--¡Quién sabe!, ese hombre tiene un aspecto diabólico.
--¡Pero si Ramona no está casada con él!; ella es una mujer dueña de hacer lo que quiera... y si él la maltrata puede venir a refugiarse aquí o a donde le convenga.
--Sí, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervención, no sea el diablo que él crea que tú la has sonsacado...
--¡Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase... pero ¡una mujer de casi cuarenta años!
--¿Y no tiene familia?
--Creo que sí... no estoy seguro... esta mujer vivió con un soldado de la policía, al que lo mataron en un boliche, y después se unió con Anastasio... es todo lo que sé.
--Está el almuerzo, niño--dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al comedor.
Al terminar el almuerzo se presentó Baldomero y preguntó:
--¿Dónde la va a poner a Ramona, don Melchor?
--¡Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... ¿En sus piezas no cabría?...
--¿De dónde?... Si el patrón hubiera hecho los cuartos que dijo...
--¿Y en los galpones?...
--¿Qué?... ¿la piensa poner con los peones?
--En el cuarto de Águeda.
--Sólo bajo la cama... si la vieja duerme en el cuartito de las herramientas, ¿sabe? que es un brete.
--La pondremos entonces en el cuarto de las sirvientas, ¿no le parece?
--Como usted disponga, don Melchor; pero quién sabe si a la señora le gusta que esté aquí...
--¡Que no! Si Ramona es una mujer limpia.
--Ya empieza a darte trabajo esa mujer--dijo Lorenzo.
--¡Ninguno!--replicó Melchor.--Nosotros si que vamos a darle trabajo: la haremos nuestra sirvienta, y nos tenderá las camas mejor que José, para lo que no se necesita mucho.
--Hago lo que puedo, niño--dijo José, levantando las copas de la mesa;--no soy muy baquiano en tender camas.
--¡Si lo digo en broma, José! Usted las tiende perfectamente... mal--agregó Melchor, en momentos que José se alejaba llevando una bandeja al antecomedor.
--¿Quedamos entonces que a doña Ramona la va poner en ese cuarto?
--Eso es, Baldomero.
Este se retiró, diciendo medio entre dientes «¡qué criolla diabla!... cómo ha calzado»...
* * *
La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se disponía a ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro días de ausencia y en momentos en que se levantaban de almorzar, llegó a la estancia bajo un sol de fuego.
--¿Cómo vienes a esta hora?--fue el saludo de Melchor.
--¡Si vieran!--repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dejó caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,--¡el monstruo de Anastasio nos sacó cortitos!... ¿Y por aquí?... ¿qué tal?... ¡Uf!... ¡Qué calor!... ¡y qué hambre!...
--Ven a almorzar, ¿o quieres bañarte antes?
--No; me haría mal; ¡uf!... estoy muy agitado... qué calor tan espantoso... ¡Si creía que no llegábamos nunca!
--Siéntate aquí, mientras te traen el almuerzo. ¡Apúrese, José! Y cuenta, ¿qué ha pasado?...
--...Ahí traigo un montón de cartas... Pues cuando llegamos al «Paso», a eso de las diez, en la esperanza de almorzar algo y esperar la caída del sol, salió a recibirnos Anastasio con su facha patibularia. Al sofrenar mi caballo, le di los buenos días, y no me contestó; pero creí no haber sido oído, y me disponía a bajar, cuando dirigiéndose hacia mí, me dijo textualmente: «Bajá, si querés que te cruce a lazazos».
--¿Qué dices, Ricardo?
--Lo que oyes; llámalo a Juancito y te lo repetirá. El pobre muchacho se ha dado un susto mayúsculo. Cuando oí aquello, le pregunté:
»--¿Por qué me dice eso, amigo?
»--¡Porque lo voy a cumplir, hijo de tal!--me contestó.
»En ese momento, Juancito, que se había bajado ya, montó de un salto y acercándoseme, me dijo: «Vamos, don Ricardo, no le conteste»; pero yo le dije: «No me insulte, Anastasio, porque le puede costar caro». Al oír esto, se entró rápidamente y volvió a salir, poniéndose el cuchillo en la cintura y con un amador en la mano, diciéndome:
»--Caro me lo van a pagar ustedes--y al mismo tiempo gritaba hacia el interior:--¡Enfréname el bayo!
»Comprendí que iba a verme obligado a usar de mi revólver, y como Juancito me gritaba de lejos que siguiera, que me iba a comprometer, opté por aceptar su consejo y me alejé al galope, alcanzando a oírle juramentos y amenazas contra ti. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?»
--Que doña Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, ¡qué animal!...
--No te decía yo, Melchor, que esto podría tener consecuencias.
--¡Bah!... Perro que ladra, no muerde.
--¿No muerde?... ¡Lo que soy yo no vuelvo a pasar por allí; y creo que tú debes cuidarte de ese bandido.
Al mismo tiempo que José avisaba que estaba listo el almuerzo de Ricardo, Baldomero llegó y después de saludar a éste, dijo:
--¿Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido?
--Me estaba contando Ricardo.
--¿Sabe que me están dando ganas de ir yo?
--¡Ni se le ponga, Baldomero! Déjelo no más... eso, se arreglará solo.
Ricardo se había levantado para almorzar y había sacado de un pequeño paquete que le dio Juancito un montón de cartas que en su casi totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregándoselas le dijo:
--¡Ahí tienes lectura para rato!
Melchor las tomó con cierta displicencia, preocupado con el incidente en el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplicó a la tarea de leerlas mientras Lorenzo hacía lo propio acompañando a Ricardo en la mesa, junto con Baldomero.
--De Clota...--decía Melchor a medida que leía los sobres;--ésta también...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mamá...; de Lolita...; éstas tres de Clota...
Y así fue clasificando las cartas que ponía reunidas por procedencias hasta que, terminada esta operación previa, tomó todas las de Clota que eran las más y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que inutiliza la estampilla perdió un buen rato en ponerlas por orden.
--¡Cuántas cartas!... ¡qué barbaridad! Empezaré por la de mamá:
«Hijo mío: Hace hoy ocho días que te fuiste y me parece que hace un año, te extraño como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para mí es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el último día de todos los que pasarán sin verte y sin oírte decir todos los disparates con que me haces reír hasta cuando no tengo ganas de reírme. Por aquí no hay más novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extrañan mucho y están deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por teléfono para pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros tampoco las hemos recibido, ¿qué es eso? ¿por qué no escribes?
«Suspendo aquí porque en este momento entra Clota con la señora que vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu madre.
»P. S.--Rufino te manda muchos recuerdos.»
Melchor quedó un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda contemplando la carta que conservó en la derecha, mirándola con los ojos desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo más allá de aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta que de pronto la llevó a sus labios y la besó...
Leyó después la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal; las de sus hermanas, entre las que recibió una de la «nena» en que le pedía que al regresar de la estancia le llevara «un pichón de paloma pero que sea todo blanco»; las de sus amigos que invariablemente lamentaban su «partida en secreto, como si no quisieras despedirte»; y luego empezó a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia.
Más de una vez mientras las leía creyó alcanzar a ver que alguien se asomaba por la puerta de la sala y así era en efecto, pues cuando acababa de leer la última levantó de pronto la vista y vio en la puerta a Ramona.
--¿Qué quiere, Ramona?--le preguntó.
Vestida con sus mejores trapitos y ceñida la cintura con una faja negra que sobre la bata blanca marcaba nítidamente el límite de su robusto talle, se aproximó cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar casi junto a Melchor le dijo:
--¿Ha visto lo que ha hecho Anastasio?...
--Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estaría borracho...
--Quién sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo...
--¿Teme usted que le haga algo?
--Por mí... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me matara... ¿yo qué valgo?...
--Anastasio se guardará muy bien de pensar en venir aquí a buscarla... y con el tiempo se le pasará todo.
--¿Usted cree, don Melchor?
--Esté segura, Ramona... no le hará nada... no tema.
--Ya le decía, don Melchor, por mí no tengo miedo ninguno.
--Pues entonces, esté tranquila... o, ¿quiere volver al lado de él?
--¿Por qué me dice «eso», don Melchor?--contestó ella aproximándosele aún más, bajando la voz como temerosa de ser oída, e inundándole con olor a cedrón de que tenía en la mano un gajo estrujado.
--Le pregunto, Ramona, porque bien podría suceder.
--¡Cómo había de ser!... ¿me cree capaz, don Melchor, de volverme con ese hombre?...
--Pues entonces esté tranquila, Ramona... vaya, no más, ocúpese de sus cosas y no vuelva a hablarme de esto.
--¿Me voy... entonces...?
--Sí, Ramona; vaya no más.
--Será hasta luego... entonces... ¡cuántas cartas ha recibido!... don Melchor.
--Es verdad... de la familia... y de mis amigos--dijo Melchor poniéndose de pie, como para salir.
--Ha de haber... alguna... otra... ¡no diga!
--¡Bien puede ser!--le contestó sonriendo afablemente al dirigirse, como lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del escritorio por Ramona que al salir al corredor tiró a un cantero del jardín el gajo de cedrón estrujado que tenía en la mano.
* * *
La sobremesa de Ricardo se había prolongado comentando el suceso del «Paso» y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se presentó Melchor diciendo:
--Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo--y siguió de largo para su dormitorio del que regresó en seguida.
--Total--dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigiéndose a Ricardo,--muchos cuentos... y de lo principal... ¡nada!
--¿Me esperabas a mí, no es cierto?--dijo Melchor y dirigiéndose al sirviente que se retiraba después de haber guardado unos platos:--José, antes de irse, deme una taza de café.
--Empezaré, pues, por lo que Baldomero llama lo principal.
--¿Y de no?... ¿a qué fue don Ricardo?
--¡Andando! Tienes la palabra.
--Y en una sola lo diré todo: la «Pampita»...
--¿El qué?
--...la «Pampita»...
--¡Acaba!
--¡Se hace de rogar!... don Ricardo.
--...pues... la «Pampita»...
--¡Estás muy pavo!
--¡...me... ha... desahuciado!
--¡Eso no es cierto! no lo dirías en ese tono.
--Ciertísimo, Melchor.
--No te creo.
--Bueno, cuenta cómo fue--dijo Lorenzo.