Chapter 8
--¡Pues yo voy!--dijo Melchor,--y voy no sólo porque estoy comprometido conmigo mismo a ir, sino porque también me duele el cuerpo y estoy en la certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, mañana no podré moverme; conque, hasta luego.
--¿No vendrás a almorzar?... ¡Ay!...
--Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez.
Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de ejercicio.
--¡Pero no a caballo!--contestaban.
Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a acompañarle en la tarea que iba a desempeñar.
Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las gallinas.
--¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!...
--¿Cómo le va, Ramona?
--¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por aquí?...
--Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?...
--Salió ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quién sabe «ande esté».
--¿Y usted está sola?...
--Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted.
Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso; una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con el retrato del gobernador.
--Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha venido?
--Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.
--Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no?
--¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado el zaino!
Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel contacto.
--¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito?
Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco en decirle:
--He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted y me alegro de encontrarla sola.
Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona echó hacia adelante su larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad ató con una hilacha que arrancó del ruedo de su vestido.
--Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata...
--El hombre es bueno, pero tiene mal genio, sí, señor.
--...y un hombre así no la merece... Que varias veces la ha echado de aquí...
--Así es, sí, señor...
--...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa... allí tendrá algún trabajito liviano... y podrá vivir respetada...
--...¡Siempre tan bueno, don Melchor!
--...y cuando venga la familia podrá ganar un sueldito ayudando en la casa.
--¡Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida, señor...
--La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.
--Si hasta ha querido llegar a matarme...--dijo Ramona derramando algunas lágrimas.
--Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al fin y al cabo, ¿qué le da?...
--Así es... sí, señor.
--Bueno, déjese de llorar--dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó suavemente entre las suyas.
Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.
--Ya vuelve don Melchor--dijo Baldomero, divisándolo a la distancia, desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían trasladado los «doloridos».
--¿Dónde?...
--Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero...
--Yo no veo nada.
--¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses» aquellos...
--Y eso que se ve, ¿es Melchor?
--Él es, señor.
--¡Qué vista!
--Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino.
--¿No decía usted que es un mancarrón?
--Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles mejores... de más vista... y de más lindo andar.
--¿Y por qué lo ha elegido Melchor?
--¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno, que lo conoce.
--¿Él lo amansó?
--No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve?
--Algún domador de escuela, ¿no?
--Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como él!...
--¿No sabía domar?
--No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender!
--Ahora sí se distingue a Melchor.
--¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir!
--¿Qué bien viene, eh?
--¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el bien...
--¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional--dijo Lorenzo.
--¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?--preguntó Ricardo.
--¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le amontonan las gatos.
* * *
--Ahora un poco de música, Ricardo--dijo Melchor levantándose de la mesa.
--Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...
--¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a cabeza!
--A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico--dijo Ricardo abrazando efusivamente a su noble amigo.
--¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos meses hablaremos.
Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor, débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más blancas del jardín.
--¿Qué quieren que toque?--preguntó Ricardo mientras procuraba encender una lámpara de pie que estaba junto al piano.
--Lo que quieras--le contestó Lorenzo,--aunque sea el quinto nocturno.
--No, voy a tocar--dijo sentándose en la banqueta--la serenata de Schuber.
En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo:
--Con permiso, don Melchor, si no incomodo.
--¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el piano.
--Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría, señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta me parece que el viejo anda por aquí.
--Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no ha oído aquí más que a las muchachas.
--Así es, don Lorenzo.
--Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la primera vez.
--...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano!
--Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical, cuando por lo común son fugaces.
--¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por más tiempo se fija en nosotros.
--Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la última temporada teatral?
--Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que me rodeaba, la primera vez que lo escuché.
--Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo repito, es fugaz.
--¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música!
--Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén vinculadas a sensaciones de otro orden.
--¿Qué están diciendo ustedes de la música?--preguntó Ricardo, que se aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó.
--¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?--le preguntó Baldomero, al mismo tiempo en que Melchor le decía:
--¡Macanas de éste!--señalando a Lorenzo.
--No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído «Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!, y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso, que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en los bomberos que sudan...
--¡Pero lo hay en la música!
--No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de algo conocido?...
--En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te representaría la escena de la otra noche.
--¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.
--¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!...
--¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...
Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza:
--Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?...
--Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo...
--Ya es algo--le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar la mirada del cielo:--por ahí se empieza... tras la incredulidad adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la ilumina...
--¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!--dijo Ricardo, riéndose.
--Es que tu espíritu estará aún en estado sólido--le contestó Melchor.
--¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso!
--Parece un disparate--insistió Melchor,--un contrasentido; pero acaso no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu--continuó Melchor atentamente escuchado por Baldomero--está ante la idea de Dios, por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados anteriores.
--¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de psicofísica!--le dijo Ricardo.
--Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas.
--¿Tan cierto estás de mi conversión?
--Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla--dijo Melchor, señalando al astro.
--Realmente--exclamó Lorenzo;--qué bueno sería tener aquí un telescopio para observarlo y ver sus satélites.
--¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro.
--Menos yo, ché, Melchor.
--¿Por qué, Ricardo?
--Porque me marea mirar al cielo.
--¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?...
--Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo!
--¡Pues, hombre!--dijo Lorenzo,--a mí me ha sucedido algo análogo; sobre todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil años en llegar a la tierra.
--¡Ni con tropilla!--exclamó Baldomero.
--Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor.
--Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero, para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con telescopio, el alpha del Centauro?
--Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este espectáculo grandioso--continuó Lorenzo,--hay algo en el firmamento más grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su origen...
--¿Y la de su fin?--le preguntó Ricardo.
--¿Cómo la de su fin?
--Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo, admitiendo--lo que no es difícil,--que Dios existe y que ha hecho todo eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?...
* * *
--Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos--exclamó Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana diciendo:
--Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño.
--¡Y está linda la tarde!... fresquita.
--¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?--le preguntó Lorenzo.
--No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.
--¿Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro día?
--Así es, sí, señor, son datos que tengo que mandarle al patrón que me los ha pedido.
--¿Por qué no le encarga ese trabajo a Hipólito?
--¿En cuestión de cuentas?--dijo Baldomero riéndose, y agregó:--ése «no arrima ni bocha».
En eso apareció Ricardo y preguntó:
--¿Saldremos en los mismos caballos del otro día, no?
--Menos don Lorenzo que me decía que quería un caballo más grande que el overo.
--¿Cuál le han ensillado, Baldomero?
--El tostado, don Melchor; es el más grande que hay...
--Grande y manso, le pedí; ¡no vaya a darme un potro!
--¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro usted no había nacido!...
--Bueno: andando--dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.
Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso.
Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la noche--aunque remota,--se entregaban al laborioso trajín de buscar ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros, en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte quieta!»
Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas, combatieran por la dama.
Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su nido.
Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó:
--¡Qué caballo tan ancho!
--Así es; sí, señor; es un poco «sillón»--le contestó Baldomero, pero ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su vez:
--¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas!
--Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin asco.
--¿Es muy lerdo?
--Regular, señor; como todo caballo viejo.
--¡Caramba con tus investigaciones!--dijo Melchor, agregando:--¡ni que fueras a comprarlo!
--Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural.
--Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.
El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:
--¿Continúa el interrogatorio?
--No... ché...
--¿Y qué haces ahí?... ¡Ven!
--¡Es que este caballo no anda!....
--Castíguelo sin recelo, don Lorenzo--le dijo Baldomero,--es medio remolón al salir.
Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de talón.
--¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!--le decía Baldomero.
--Es que no anda...
--Trae ese arreador, Juancito--dijo Baldomero al pequeño peón, que le entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante, mientras Lorenzo le decía:
--¡No le pegue muy fuerte!
Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso era igual.
El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla...
Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo.
Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero corría hacia el caído, que se levantó diciéndole:
--¿Vio qué corcovo, eh?...
--¿Se ha hecho daño, don Lorenzo?
--No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé!
Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y Ricardo, que reían desconsideradamente.
--¿Cómo te caíste?--le preguntó éste.
--¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví bajarme... ¡qué pavada!...
Y como viera que la causa principal--el perrazo bayo--había desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba cuánto suelen ser de soportables algunas caídas.
El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren.
El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo:
--¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene!
Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites adecuados.
En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:
--¿Qué es eso?
--¿Cómo se llama ese pájaro?
--¿Qué animal es aquél?, etc., etc.
Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces, que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la observación entusiasta de sus dos amigos.
Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo sugería, Lorenzo dijo:
--Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo!
--¿Más interesante que la «Pampita»?--le preguntó Melchor sonriéndose.
--No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí--y agregó:--Ricardo está enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.
--¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?...
--¿Hace mucho que está al servicio de ustedes?
--Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso.
--¿Y su familia, ché?
--La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas larguísimas sin salir de sus piezas.
--¿Será neurasténica?
--¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos.
--¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.
En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho, que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del otro lado.
--A ver, Ricardo... ¡salta!
El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a medio metro, juntó las cuatro patas y a una incitación de su jinete, saltó con él, que se había tomado prolijamente de la cabezada de su montura y que experimentó, después del salto, la grata sensación de conservarse en ella.
--Ahora tú...
--¿Y éste sabe saltar?--preguntó Lorenzo ligeramente pálido, mientras su caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda dirección.
--¡Anímalo!...
Así lo hizo Lorenzo, a puro talón, ocupadas las manos en funciones previsoras, y cuando el tostado comprendió que se le ordenaba salvar el obstáculo, estiró una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso aquélla, quedando en la violenta posición consiguiente; aproximó en seguida las patas traseras una de las cuales metió en la zanja, que finalmente pasó tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensación de haber transmontado en dos trancos la mismísima cordillera de los Andes.
* * *