Transfusión

Chapter 7

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--Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto.

--¿Qué sabe no tener ganas, don Lorenzo?

--Pocas, generalmente... pero hoy tengo... es el aire del campo.

--¡Quién sabe, señor!... Mire que en el pueblo es el mismo aire y puede que alguien no tenga ganas... ¡de comer!

--No habría de ser por culpa mía.

--No digo tanto, don Lorenzo... es un decir, no más... ¿no le parece, don Ricardo?...

--¿De qué hablaban?...

--¡Cuerpeador, el señor!...

--No, Baldomero; es que estoy ocupado con esta costilla y no atendía... por sacarle...

--¿Quieres más asado?...

--Ya que te empeñas...

--¡Mire que se ha hecho de rogar, don Ricardo! ¿y no le hará mal comer sin ganas?...

--¿Sabe, Baldomero--interrumpió Lorenzo,--que estoy preocupado con una cosa?

--Usted dirá, señor.

--¿Qué le dijo a usted ayer ese hombre con quien habló, cuando estábamos comiendo?

--¡Zonceras, señor!... que no valen la pena.

--Pero usted estaba enojado, ¿no es verdad?

--Tanto no, señor.

--¡Sí! Usted parecía enojado y cuando usted volvió a sentarse con nosotros vi que él se besaba la señal de la cruz y hablaba en voz baja con el compañero, como profiriendo una amenaza.

--¡Para que usted lo viera, don Lorenzo! ¿Qué quiere que haga ese laucha?

--Era Martín, ¿no, Baldomero?

--Él era, don Melchor. ¡Fíjese!...

--No hay enemigo pequeño, Baldomero.

--¡Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martín no es hombre para pararse.

--El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, ¿no?--dijo Ricardo.

--¿Ese?... ése es bravo con doña Ramona...

--¿Es posible?--preguntó Lorenzo.

--¡Le da una vida!... bueno que él se ha juntado por la necesidad no más.

--Y ella parece una mujer excelente.

--Así es; sí, señor, ¡buenaza!... y no digamos que sea mala cosa... porque aunque le ande cerca a los cuarenta...

--Realmente--dijo Ricardo,--es más bien buena moza... ¡y ha de haber sido linda!

--¿Anastasio la castiga, Baldomero?--preguntó como dudando Melchor.

--¡Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, ¿a dónde va a ir la infeliz?

--¿Por qué no la trae al campo, Baldomero?... Aquí habría trabajo que darle... en el puesto de las aves... o para lavar.

--Para eso sí... nunca estaría de más.

--Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz--dijo Lorenzo.

--Mañana mismo nos vamos de un galope hasta el «Paso», ¿qué les parece? y le hablo--respondió Melchor, que de pocos estímulos necesitaba, para lanzarse en empresas de esa clase.

--¿Y piensa traerla, don Melchor?

--Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen dejar a una mujer como ésa en semejante condición.

--Harás perfectamente.

--¿Y por qué no completa la obra, don Melchor?

--¿Cómo?...

--«Corriéndose» hasta el pueblo... y trayendo «alguien»... que sepa tocar el piano... para que lo acompañe a don Ricardo...

--¿Y a quién podría traer?--preguntó éste, ¿o hay pianistas que se «alquilen»?

--De eso no sé... yo conozco poco en el pueblo... ¿sabe quién le puede informar? es don Casiano...

--Lo que es por mí se pueden ahorrar el trabajo, porque también, tratándose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que «el buey suelto bien se lame».

--¡Más mejor se lamen dos, don Ricardo!--dijo Baldomero coreado por las carcajadas de todos.

--Así será... pero «solo» nací--replicó Ricardo siguiendo la broma,--«solo» me como esta humita y «solo» toco el piano.

--¡No vaya a hablar solo también; no sea el diablo que lo tomen por loco...!

--¿Y usted cree, Baldomero, que no hay más locos que los que hablan solos?...

--¡Qué voy a creer, señor!... ¡si hay locos de toda laya!... locos de hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... ¡Si hasta hay locos por... la Pampita!.....

--Eso de los locos de hambre, ¿lo ha dicho por mí?...

--No, señor; eso, no... coma no más tranquilo...

--¡Qué Baldomero éste... es la piel de Judas!

--¡No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...!

--Y a todo esto--dijo Lorenzo,--¿qué programa tenemos para mañana?

--Si se animan iremos hasta lo de Anastasio.

--¿A caballo, Melchor?

--¡Claro está!

--¿No es muy lejos para un «debut»?

--¡No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio...

--Yo preferiría que nos ensayáramos de a poco.

--Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo.

--¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en coche.

--Si quieren--dijo Baldomero--hay caballos muy mansos y de lindo andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó recapacitando.

--¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo!

--¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita».

--Realmente, valdría la pena--dijo Lorenzo,--conque yo que nunca me he fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta.

--¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para encontrarla.

--Ya me estás casando, Melchor.

--No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas.

--Por lo pronto hemos recogido una--dijo Ricardo,--que va contra tus ideas.

--¿Cuál?...

--¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un dolor moral.

--¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores; pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que estoy, felizmente.

--¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!--exclamó Baldomero.

--Yo censuro--continuó diciendo vehementemente Melchor--a los que acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea, y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública; yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano.

Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que Melchor desempeñaba una función trascendental.

--Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.

--¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac?

--Gracias, don Melchor, no tomo.

--¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes.

--¿Vas a tomar coñac, Melchor?--le dijo Lorenzo con visible extrañeza.

--¡Qué me va a hacer!... ¡una copita a la salud de ustedes... y de Clota!... ¡agua... ché... me he abrasado!...

--¡Para qué tomaste!

--Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; ¿le digo entonces a Hipólito que ate?

--Sí, que ate, y que me ensillen el zaino.

--¿Para qué hora piensan salir?

--Yo voy a ir a despertarlo.

--Será, señor, si no hace un paseo más largo...

--¿Qué paseo?

--El galope con la «Pampita»...

--La «Pampita»... la «Pampita»...--repetían Lorenzo y Ricardo.

* * *

En el momento en que Lorenzo abría la puerta para salir al corredor, llegaba Baldomero con el mate en la mano.

--¡Vaya, don Lorenzo, así me gusta!

--Ya ve: lavado y listo.

--¿Y los compañeros?

--Ricardo se está vistiendo; pero Melchor duerme todavía.

--¿Duerme todavía?... Sabe que es raro.

--Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir.

--Y... ¿se anima a ir a caballo?

--Hasta el «Paso»... es demasiado.

--Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?...

--¿Dulce?

--¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para allá?...

--Bueno, ¿y no me desconocerán los perros?

--Son mansos, no tenga reparo.

A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un muchacho rasqueteaba previamente.

En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus productos.

Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.

Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como si hubiera realizado una hazaña prodigiosa.

Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja... más!...»

El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas, levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como si lo paladeara...

--Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo...

--¿Es un poco chico, no?

--¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?...

--¡Lo he visto en botellas!

--¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!... ¡qué usted verá!...

--¿Y aquél?

--¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en fin: es un gusto.

--¿Y qué quiere decir estrellero?

--Que va con la cabeza así... ¿ve?... y el cogote por lo consiguiente--dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia adelante.

--¿Y no tienen algún caballo de «sobrepaso»?--preguntó Lorenzo por compensar en algo la ignorancia evidenciada.

--Hay un petizo. ¡Fíjese!... ¿Quiere verlo?--y volviéndose al muchacho que rasqueteaba al malacara dijo:

--Ché, Juancito, echá el «Risueño»...

--Está en el potrero de las coloradas.

--¿Desde cuándo?

--Afloja una mano--respondió el muchacho como si contestara a la pregunta.

--¿Y se llama «Risueño» el petizo?--preguntó sonriendo Lorenzo.

--¿Sabe por qué le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se estuviera riendo.

--¡Ahí viene Ricardo!... ¡Qué _toilette_ tan larga!

--No, es que me quedé hablando con Melchor; buenos días, Baldomero.

--¿Cómo pasó la noche, don Ricardo?

--He dormido muy bien... ¡qué linda mañana! ¿eh?

--¿Y Melchor?

--Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene más pereza que vergüenza.

--¡Y él sabe ser madrugador!... Estará cansado... o puede que tenga un atraso de sueño.

--Voy a verlo, ya vuelvo, espérame aquí con Baldomero.

Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante en que le golpeó el vidrio, Melchor le miró sonriendo como si hubiera estado pensando en cosas alegres.

Lorenzo penetró en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud en que había sorprendido a Melchor, y le dijo:

--¿No te sientes bien?

--¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué?

--Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.

--¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate.

Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas rodeadas de corpulentos y seculares ombúes.

En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto, si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que hizo exclamar a Lorenzo:

--Parece una pajarera esta casa.

--¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y, al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y de maíz de guinea por todas partes.

--¡Qué lindo es eso!

--Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella para siempre.

--¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.

--No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir; pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí.

--¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta soledad... este aislamiento...

--Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.

--¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú?

--¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o preocupado.

--¡Eso me parece muy natural!

--¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias, conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro paredes de mi cuarto.

--¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie!

--¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis amigos ahora?

--¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes.

--¡Yo no he cambiado!--le interrumpió Melchor con cierta vehemencia, suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.--¡Son ellos los que me habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de ellos: ¡porque todos son así!...

--¡Son ganas de quejarte!

--¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel...

--¿Sabes cuál es su nombre técnico?

--¡Qué voy a saber!

--Troglodita.

--¡Eso querría ser yo!...

En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño peón de la caballeriza, y dijo:

--Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir?

* * *

--¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!--dijo Ricardo poniendo en el suelo un vaso con un poco de leche.

--Ni yo tampoco: he tomado demasiada.

--A mí sáqueme otro vaso, Águeda.

--¡Será a la vaca, niño Melchor!--contestó la vieja que ordeñaba, riendo de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento, como hueso de bagual en una zanja.

--¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también!

--¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan todos!--replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios garrones.

--Yo he tenido que desayunarme con leche--dijo Lorenzo,--cansado de esperar un mate dulce que me ofrecieron...

--¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...

--Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.

--¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana?

--¡Cuando quieran!... ¿Van a ir a caballo?--preguntó Melchor.

--Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche.

--No, Lorenzo, iremos otro día; vamos a dar una vuelta por el campo, no más.

--Entonces nos ensayaremos... ¿qué te parece, Ricardo?

--¡Convenido!... ¡a caballo!

--¿Y eso?... ¿No decía, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doña Ramona?...

--Iremos mañana, Baldomero, u otro día... Cuando estén más acostumbrados al caballo, ¿no le parece?...

--Como usted mande... ¿y no sería bueno consultarle primero al patrón?

--No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y tratándose de una cosa así, más.

Al tomar los caballos, dijo Ricardo:

--¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad!

--Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama!

Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida.

Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito, José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas como para mirarlos mejor.

--¿Vamos?...--dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.

--Bue...e...no--Contestó Ricardo, pensando:--¡Aquí va a pasar algo!

Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto mortificante, salió al trotecito.

Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía:

--Que se divierta.

A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el equilibrio que a duras penas había podido conservar:

--¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me... divierta?...

--¡Qué encuentras de raro en eso?

--¿Yo?... nada...--repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y agregó:--no... vayamos... tan... ligero...

--Sujeta, si te incomoda el trote.

Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró.

--¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?...

--«Él»... se paró.

--¡Sigue... hombre!...

El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban aceleradamente.

Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto. De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta libertad.

--Tu... caballo... sí... que... es... bueno...--dijo Lorenzo a quien el zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres sílabas seguidas.

--Tiene muy buen tranco, realmente.--contestó Ricardo;--pero el tuyo es más bonito.

--¿Quieres... cambiar?...

--No; voy bien, en éste.

--Lolita hace lo que quiere en ese caballo--dijo Melchor.

--¡Quién fuera Lolita!--pensó Ricardo.

--¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!--pensó Lorenzo.

--Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.

--¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro...

Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo, prorrumpió en una carcajada, diciéndole:

--¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!

--La... nena... ella... sabe... andar.

--¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!

--Es... que... yo... no... lo... conozco--repuso Lorenzo sudando a mares y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo.

Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes, calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que Águeda desataba la cola de la lechera negra.

--¿Galopemos?...--dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación...

Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar, que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al lado.

Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!...

El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial, Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado.

Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor, pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como el mejor.

Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas consecuencias no podían calcular: punzadas agudas en las plantas de los pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa interior a desprenderse de algunas partes.

* * *

A la mañana siguiente, cuando Baldomero entró al dormitorio, con las primeras luces del día, a despertarles, para montar en los caballos ya ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unísono:

--¡Yo no puedo moverme!... ¡ay!...

Melchor insistió tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que sentían y volver a repetir la prueba del día anterior; pero toda dialéctica resultó estéril:

--«No puedo moverme.»

--«Me duele todo el cuerpo.»

--«No puedo darme vuelta»--contestaban.

--Mañana será peor, levántense, no sean maulas. Convénzanse de que a esos dolores, «como a todos», se les domina y vence con un poco de voluntad.

--¡Yo necesitaría toda la del mundo para mover una pierna!... ¡ay!...

--Después les va a pesar... ¡vamos!... ¡un poco de energía y arriba!... Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paños tibios... ¡Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo...

-¡Ay!...

-¡Ay!...

--...y nos vamos de un galope...

-¡Ay!...

-¡Ay!...

--...hasta lo de Anastasio.

Todo fue inútil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, llegó a la más rotunda negativa ante la idea de galopar «hasta lo de Anastasio».