Transfusión

Chapter 6

Chapter 63,819 wordsPublic domain

--Que ya es de día...--contestó Melchor.

--Pero, ¿qué fue lo que dijiste?

--¡Nada!... que es hora de levantarse...

--¡Juraría que te había oído nombrar a la Pampita!

--¡Estás soñando!

--Yo sí que he soñado con ella--dijo Lorenzo,--¡y qué linda estaba!... Habíamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... ¡muy largo!

--¡Que te parecería corto!--le interrumpió Melchor, agregando:--Bueno, levántense... ya les van a traer desayuno--y como en ese momento apareciera un sirviente llevándolo, le dijo:--Entre, ché, póngalo aquí... en esta mesa--y volviéndose a Lorenzo y Ricardo:--les voy a servir yo... ¿cuántos terrones?...

--¿Y por qué no nos dan mate?

--Es mejor café con leche; el mate produce acidez al estómago cuando no se está acostumbrado a tomarlo como desayuno..

--¿Y tú lo estás?...

--No; pero a mí no me hace nada.

--Si... por darte corte con esta gente... toma café con leche... no seas pavo--le dijo Ricardo.

--Contesta... ¡macaneador!... ¿cuántos terrones?...

--Para mí, tres--dijo Lorenzo.

--Para mí... cinco.

--¡Y querías tomar mate amargo!...

--¿Quién desea un cimarrón?--preguntó Baldomero, parándose en la puerta, y agregó:--Buenos días, señores.

--Buenos días--contestaron;--pase adelante.

--¿Han descansado?

--Hemos dormido perfectamente.

--¡Pero han soñado mucho!--dijo Melchor, riendo, mientras servía el desayuno.

--Si... ¿no? ¿y con quién?

--Son pavadas de éste--repuso Ricardo.

--¿Pavadas?... ¿Y el galope que ha pegado Lorenzo con la Pampita?...

--¿Cómo es eso?... ¡Señor!... ¡Cuente!--exclamó Baldomero.

--¡Cosas de Melchor, amigo!

--Tú me lo has dicho recién.

--Es que soñé realmente con que paseaba con ella a caballo.

--¡No decía yo!... ¡Si se me hace que vamos a andar mal!--dijo Baldomero, agregando:--¡Vaya que ella también haya soñado!...

--Sería interesante--dijo Melchor--saber con quién...

--¡Así es!--repuso Baldomero.

--Se le podría preguntar...--dijo Ricardo sonriendo.

--¿Y si resultase que era con Lorenzo?

--¡Mejor para él!

--¿Y si era contigo?

--Peor para él y mejor para mí.

--¡Qué! ¿Que ya se la están disputando?...--dijo Baldomero, y agregó:--Si quieren podemos dar una vueltita por la chacra antes de ir para la estancia.

Ante esta proposición quedaron un instante perplejos Lorenzo y Ricardo, que sentían vehementes deseos de aceptarla; pero éste se limitó a preguntar:

--¿Queda de camino?

--Eso es lo de menos; los caballos son guapos... y así de paso dejaban la canastita que la veo aquí... ¡pero sin el moño!...

--Y sin los duraznos--repuso Ricardo.

--Los duraznos los comimos anoche--intercedió Melchor,--pero yo no me he comido el moño.

--¡Ni yo!

--¡Ni yo tampoco!

--Yo sé decir--dijo Baldomero,--que anoche cuando la puse aquí lo tenía.

--Se lo habrán comido los ratones--dijo Ricardo.

--¡Eso ha de ser!--dijo irónicamente Baldomero, agregando:--¡Miren que no haber caído en la cuenta!

--A propósito, Baldomero, ¿quiere pedir la cuenta a Garona?

--Me dijo que la pagarían a la vuelta, don Melchor...

--¿Cómo a la vuelta?...

--Así me dijo... ¡y es tan porfiado el gringo!...

--¡Son cosas suyas!...

--¿Mías?... De Garona, querrá decirme... ¿y no les parece que es hora de ir saliendo?...

Los tres amigos se dirigieron al break que tenía en el pescante una gran canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en él después de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano.

--¿Y usted, don Baldomero, no sube?--preguntó Lorenzo viendo que se disponía a cerrar la portezuela del break.

--Los voy a acompañar a caballo.

--¿Hasta la estancia?

--El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires.

Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando con toda la bizarría del gaucho legendario, mientras su flete dejaba ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos vivos, que éstos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase.

No habían andado dos leguas, cuando Baldomero exclamó:

--Pará, ché Hipólito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos.

En efecto, era un peón de Garona, que al llegar próximo al break y antes de que su caballo se detuviera del todo, se arrojó de él, bajándole la rienda, y dirigiéndose a Melchor le dijo:

--Aquí le traía estos telegramas.

Melchor los tomó y leyendo ávidamente la dirección de cada uno los repartió diciendo:

--Este es para mí; señor Lorenzo Praga; señor Ricardo Merrick; éste también es para mí.

--De mamá, que están todos buenos--dijo Lorenzo.

--Lo mismo en casa--agregó Ricardo.

--Por casa también, sin novedad; el otro es de Clota.

Ricardo dio vuelta la cabeza y se puso a mirar hacia adelante, mientras Hipólito preguntaba:

--¿Vamos?...

--¡Vamos!...

--¡Jiú!... ¡jiú!...

* * *

El sol al frente de los viajeros hizo exclamar a Ricardo:

--Empieza a hacerse sentir el calor.

--¿Quieres cambiar de asiento?--le dijo Melchor.--Aquí, Hipólito, ataja algo; te di ese lugar para que fueras viendo con más comodidad.

--No, si es lo mismo.

--¡Mira que aquí hay una sombrita!--insistió Melchor encogiéndose tras del cochero.

--No, voy bien; es que hace calor, no más.

--¿No quieres para atajarte del sol... un diario?...--le dijo Melchor irónicamente.

--Y a propósito, ¿los traes?

--¡Todos!....

Baldomero que oyó hablar de diarios, aproximó su caballo hasta poner una mano sobre el guardabarro lateral del break y preguntó:

--¿Hablan de algo los diarios?

--En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todavía no los han leído...--repuso Melchor riéndose, y agregó:--Pero los compraron.

Baldomero sonriéndose, separó el azulejo y con la mano de nuevo sobre el muslo derecho continuó galopando con insuperable gallardía.

El viento movía blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removían aún de entre el césped, de tal modo era enérgica la fuerza con que los golpeaba.

El panorama parecía indicar el límite de la superficie habitada, no sólo porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez más raleadas las poblaciones y más pequeños los detalles vistos a la distancia, sino porque los ruidos, que llegaban al oído de los viajeros, eran extraños y tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los caranchos tenía el ritmo de una cadencia funeral.

Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecían lamentos de agonizante, mientras al paso del break huían las vaquillonas y los pequeños novillos, haciendo cabriolas que tenían todo el dengue de mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de inacabables melancolías.

A ratos surgía, repentino y en gradación descendente, el trino glutinante de alguna perdiz que huía a refugiarse en su mimetismo; los teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de las vacas, las lechuzas parecían encogerse de hombros indiferentes o despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el break avanzaba en su camino.

Separados por potreros que parecían dilatadísimos, veíanse los bosques de las estancias disminuidos por las lejanías, hasta sugerir la idea de pequeños montecillos, y así lo hizo notar Ricardo:

--¿Por qué tienen tan pocos árboles junto a las casas, Baldomero?

--¡No crea, señor, si son arboledas grandes!... Mire allá... ¿ve?... derecho a aquella punta de hacienda... bueno... ése es campo de los «Unzueces»... que tienen árboles por lujo...

--¿Y no parece, eh?

--Que queda lejos... pero el bosque es grande...

Siguió un silencio prolongado, durante el cual Melchor sintió cien veces impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningún detalle del camino escapaba a la curiosa observación de Lorenzo y de Ricardo, que en más de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo que veían, antes de revelar ante Hipólito la impericia campera que lógicamente padecían...

--¡Viste!...--se limitaban a preguntarse recíprocamente al ver cruzar una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algún vizcachón valetudinario.

En las postas del camino cambiaron caballos que Hipólito conocía hasta en sus detalles más íntimos y sin tropiezos llegaron a la del «Paso», donde debían almorzar y sestear, según lo anunciado por Melchor.

--¿Sabe que hemos andado ligero, Baldomero?

--¿Qué hora tiene, don Melchor?

--Las diez menos cuarto.

--¡Verdá! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de ley.

--El que es de ley es el cochero--dijo Lorenzo,--y no le hacen justicia.

--Y con caminos pesados--agregó Ricardo.

--Algo... sí, señor... al salir del pueblo...; pero después, no... por aquí está casi seco... es que hemos tenido caballos guapos...

--¡Buenos días, don Melchor! ¡Cuánto gusto!--exclamó palmoteando la dueña de casa.

--¡Cómo está, doña Ramona!

--¡Para servirlo!... «entre adentro» que está fuerte el sol... pasen, señores.

--¿Y Anastasio?

--Anda por el campo, señor... y ¡miren que han venido temprano!... pero, ¿a qué hora salieron, don Baldomero?

--No me fijé, amiga... serían las cinco.

--¡Si cuando este muchacho me dijo que venía el breque... ¡qué le iba a creer!... Siempre saben llegar al mediodía.

--Realmente, Ramona: hemos venido como chasque.

--¡Como chasque! Don Melchor... ¿y la familia quedó buena?

--Todos buenos, gracias.

--Pero siéntense, señores, que están parados... y entrá esa canasta, muchacho... Anastasio no ha de tardar... ¿le cebo un mate, don Melchor?...

--¿Mate?... Creo que mis compañeros quieren algo más sólido... ¿qué tal, Lorenzo?...

--Venimos a tus órdenes.

--¡Eso quiere decir que hay apetito!... ¿No te decía yo?...--y agregó, alzando la voz:--¡Baldomero!

--¡A la orden, don Melchor!

--...aquí hay gente curiosa por ver lo que ha traído en la canasta.

--¡Ni sé lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. ¿Quiere?... Yo ya vengo--dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su azulejo al que le había sacado el cojinillo.

Mientras se disponía la mesa bajo la enramada del poniente, los tres amigos salieron a «estirar las piernas» por las inmediaciones.

--¿Por qué no llevan la escopeta? Don Melchor... puede que encuentren algo...

--No, Baldomero... las armas las carga el diablo... y estas vacas son ajenas...

--¡Lo dirás por ti; porque yo--replicó Ricardo en tono de broma,--donde pongo el ojo pongo la bala!

--¡El de mejor puntería!...

--No soy tan certero como tú...--contestó intencionadamente Ricardo, creyendo ver una alusión que no existía por cierto en la frase amistosa de Melchor. Comprendiéndolo, éste le dijo:

--Te he dado una broma, sin intención... pero ya que lo entiendes así... veremos si le aciertas a la Pampita.

--Parece que la Pampita te preocupa a ti más que a nosotros... Se lo podríamos telegrafiar a Clota... ¿qué te parece?

--Viniendo de ti tiene que parecerme bien.

--¡Oíganle!...

--Ché, Melchor; pero qué vida pasará aquí esta gente, ¿eh?

--¡Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos.

--Yo creo que me moriría aquí antes de una semana.

--En ti me lo explico perfectamente.

--¿Por qué te lo explicas?

--Porque aquí no vienen diarios todos los días...

--No seas pavo--repuso cariñosamente Lorenzo; y la jira continuó sin alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les gritó:

--¡Cuando gusten!

Al sentarse a la mesa apareció Anastasio, cuya fisonomía impresionó vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rápida mirada se cambiaron la misma impresión: ¡qué traza!

En la expresión de Anastasio observaron, instantáneamente, un detalle extraordinario: ¡reía sin risa!

Toda su cara, en lo muscular, respondía a la intención de su dueño: los labios se tendían abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y sólida; las comisuras de los párpados se contraían aumentando los surcos radiales que partían de ellas; los pómulos se levantaban, las arrugas de la frente disminuían... pero los ojos permanecían impávidos y fijos. Casi podía decirse que al reír su envoltura corpórea, el alma quedaba indiferente y seria.

Inspiraba lástima y miedo.

Saludó con breves palabras, con monosílabos casi, y fue la única persona que no hizo a Melchor los agasajos que todos. Cuando éste le invitó a participar del almuerzo rechazó el ofrecimiento con actitudes que lo mismo parecían de recelo que de timidez.

--Gracias... Ya churrasquié...

--¿Dónde?... viejo...--preguntó asombrada Ramona, sin obtener contestación.

--Arrímese, Anastasio--insistió Baldomero,--mire que vale más llegar a tiempo que andar rondando un año.

--Así... dicen...--contestó Anastasio, sin moverse de su sitio y castigando al suelo con la punta de su lonja.

Terminado el almuerzo, se dispuso la siesta bajo la caliginosidad creciente de un día de fuego y poco después de las 4 la caravana continuó su marcha en línea recta, a la «Celia».

Durante esta jornada se habló de Anastasio especialmente, pues habían quedado Lorenzo y Ricardo impresionados con él.

Melchor y Baldomero les referían la breve historia de aquel hombre desgraciado, especie de «Don Alvaro» del desierto, a quien la fatalidad le había puesto más de una vez en la boca del trabuco o en la punta del cuchillo el corazón de las personas a quienes más quiso en la vida.

Peleando en una pulpería una noche había muerto a su hermano, confundiéndolo con su adversario, en medio de un entrevero; tiempo después llegaba tarde de la noche a su rancho, y viendo un hombre junto a la puerta, simuló pasar de largo por el camino, para sorprender mejor; descendió del caballo y agazapándose entre las cicutas se dirigió hacia aquel hombre que iba a robarle su felicidad; los perros no se sentían...

Anastasio llegó hasta cerca de la puerta y oyó estas palabras, dichas entre dientes como en un rezongo:

--Abrí, te digo, soy yo.

La puerta se abrió y un relámpago de celos precedió a un relámpago de fuego: Anastasio había descargado su formidable trabuco sobre un salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos.

--¿Y hace mucho tiempo?--preguntó Ricardo.

--¿Qué hará?... irá para tres años... ¿no, don Melchor?

--Por ahí, Baldomero; yo no me acuerdo bien.

--Pero él se acuerda bien--moduló Ricardo como hablando consigo mismo;--él se acuerda... ¡pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin consuelo...

--¿Y doña Ramona?... Ché, Ricardo--le interrumpió Melchor, repitiéndole al golpearle cariñosamente el muslo y mirándole fijo en sus ojos como para subrayar la intención de la frase:--¿Y doña Ramona?... ¿No es un consuelo?...

* * *

Iba cayendo la tarde... El sol parecía hundirse entre montañas de nubes que él mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos rojos.

Por el lado del naciente se veían como apoyados al suelo en el límite del horizonte espesos y multiformes cúmulos parduscos sobre los cuales brillaba Júpiter parpadeante y sólo en la infinita limpidez del cielo.

Largas hileras de haciendas mugientes regresaban de los jagüeles, con el aspecto de trabajadores que volviesen de pesadas tareas; las majadas se agrupaban como para solidarizarse ante la amenaza de peligros nocturnales, y mientras un lechuzón permanecía temblequeando fijo en un punto del espacio, pasaba cabizbajo a raudo trote un perro flaco y desvalido, con rumbo a las casas...

Había en toda la amplitud del paisaje notas de aurora y tonos de indefinibles melancolías crepusculares...

El break había transpuesto la última tranquera y realizaba la más breve de las etapas entre la prolija observación del ganado, cuyos ejemplares lo seguían con la vista, como reconociéndolo.

--Ya estamos, muchachos: aquéllas son las casas.

--¡Qué hermoso me parece todo esto!--exclamó Ricardo, ocultando quizá su pensamiento íntimo.

--Y a mí... ¡qué triste!

--Déjate de ver cosas tristes, Lorenzo, y piensa que al franquear aquella tranquera hemos hecho honda y firme la resolución de aquel amigo, que les referí ayer: «¡Ahora, hay que reírse!»

--Trataremos de reírnos.

--¡Y lo haremos en grande!... ¡Yo ya me vengo riendo de pensar en las consecuencias de los primeros galopes!... ¿Tú has andado muy poco a caballo, Ricardo?

--¡No he andado en mi vida!

--Le daremos un caballito manso--dijo Baldomero, que en ese momento se había aproximado al break;--el malacara de la niña Lola... ése es como ir en coche...

--¿Será como ése?...

--¡Ah... no, señor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo...

--¡Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo!

--Y véalo, don Ricardo... ¡mire!... ¡viene «tironeando»!... como al salir...

Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una «aflojadita», en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo los ombúes de la caballeriza, gritando:

--¡Qué hacen que no llaman estos perros?... ¡fuera! _¡Nemo!_... ¡fuera! _¡Bachicha!_...

Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardín, guiados por Melchor, que al entrar en las piezas les decía:

--¡La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan aficionado... Sigan... éste es el escritorio del viejo...--y alzando la voz gritó:--¡Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto de mamá... estos dos son de las muchachas... éste no hay que presentarlo: ¿qué les parece?...

--¡Qué hermosura de comedor!...

--Ahora vengan por aquí... miren... un cuarto de baño...

--¡Espléndido!

--Mi cuarto..... y éstos que siguen... ¿ven?... para huéspedes... otro cuarto de baño... y todo con ventanas al corredor.

--¡Es una gran casa!

--De cuartos grandes no más, ché; pero es cómoda. Ahora, nos bañaremos, si les parece, y comeremos en seguida.... Mañana recorremos lo demás.

--¡Sí, ché, a bañarnos!

--Vea, José--dijo Melchor, dirigiéndose al sirviente de la estancia que les acompañaba con una lámpara en la mano,--ponga todo en los baños, prontito, y encienda las luces.

--Sí, señor.

--Oiga, José... ¿dónde ha puesto los equipajes?

--Lo suyo está en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande.

--No; tráigalos al cuarto al lado del mío... así los tenemos más a la mano... ¿quieren que vayamos para allá?

--¿Para dónde?

--A sentarnos al frente mientras preparan el baño.

--Bueno.

Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo con una espontaneidad que asombró gratamente a Melchor:

--¡Voy a probar el piano! ¿No estará cerrado?

--Ha de tener la llave puesta, si no avisa--y volviéndose a Lorenzo:--¡y qué bien toca Ricardo, eh?...

--¡Hum!--hizo Lorenzo bajo la presión de una angustia intensísima que crecía en su espíritu con el avance de la noche.

De la sala salía el tenue resplandor de una lámpara a media luz; en los árboles del jardín gorjeaban a intervalos pajaritos que parecían buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oían balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria.

--¿Qué vas a tocar?

--No sé, ché, Melchor... estoy pensando.

--¡Toca el pericón nacional!... que es de circunstancias.

--No lo sé...

--¿Y los tristes argentinos... que son tan lindos?

--Tampoco... de memoria no los recuerdo.

--¡Bueno! toca lo que te dé la gana.

--El quinto nocturno...

Y Ricardo atacó con exquisita delicadeza la bellísima melodía de Chopín, cuyos acordes ponían en el ambiente una nota de intensa y honda melancolía.

--¡Qué es eso! Lorenzo, por Dios--exclamó de pronto Melchor, poniéndose angustiosamente de pie y acercándose a su amigo, que había ocultado la cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el 5.º nocturno de Chopín.

--¡Qué es eso?... ¡Caramba!... ¿Qué tienes?...--repetía Melchor, inclinado cariñosamente sobre el cuerpo de Lorenzo.

--¡No sé!...--repuso éste, poniéndose de pie y reclinándose lánguidamente en el pecho de Melchor,--no sé... hace rato... ¡tengo una opresión...! que no oiga Ricardo...

--Ven... ven conmigo... por aquí--y abrazados como dos hermanos que se consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino del jardín hasta una pequeña glorieta en uno de cuyos bancos se sentaron, oyendo claras y nítidas las sugerentes notas del nocturno.

--¡Cuánto te incomodo!...

--No, Lorenzo, tú no puedes incomodarme jamás... ¿pero qué tienes?...

--...¡No sé!... aquí... no sé qué tengo... ¡ganas de llorar!

--Llora... así... llora no más... eso te hará bien...

Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor, de cuyos ojos caían silenciosas lágrimas sobre el cabello de su amigo...

* * *

--...Bueno... ¡ya pasó...! ¡Cuánto te incomodo!...

--¡Al contrario!... acabas de darme un alegrón...

--¿Esto más?... ¡eres un santo, Melchor!

--¡Pues un alegrón! porque este llanto tuyo implica la crisis más franca en tu estado puramente moral... con esas lágrimas sé ha volcado bajo la presión ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecías...

--Ahora siento un gran alivio.

--¡Es que ya estás curado!... ¿Vamos?... Te has pasado acumulando lágrimas engendradas por preocupaciones ridículas, mientras tu organismo se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de sí al déspota que lo esclavizaba... y que ha salido... ¡llorando!... ché... así son los tiranos...

--¡Eres un santo, Melchor!

--...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... ¿te has fijado?... ahora ya estás libre... ¿ves?... ya estás sano.

--¡Tú eres capaz de curarme!

--...ya puedes decir, en legítima posesión de ti mismo: «¡Ahora hay que reír!»

--Sí, ¡pero no vayas a reírte de mí!

--¡Ni tú de mí, ¿eh? porque desde ahora todo te va a dar risa!

En ese momento llegaban al corredor, en el que, asomado por la puerta de la sala y haciendo visera con la mano, decía Ricardo:

--¿Se han quedado dormidos?...

--No, sería ofensivo--le contestó Melchor al subir al corredor,--porque con mala música no se puede dormir, según la célebre anécdota.

--¿Y de dónde vienen?

--Nos alejamos un poco para oírte mejor.

--No es cierto; yo debo decirte ahora la verdad, Ricardo; ¿a qué engañarte?... ya no hay objeto: ¡he llorado como un tonto!

--¿Has llorado?... ¿Por qué...?

--¡Qué sé yo!... Ese nocturno me hizo llorar.

--La tesis de Tolstoy en la Sonata de Kreutzer... ya ves si hay músicas que no deben tocarse así no más.

--Pero a Lorenzo le ha hecho bien; ya está curado.

--¿Cómo así?...

--Sí, Ricardo--repuso Lorenzo sonriéndose.--¡Ahora hay que reírse!

* * *

--¿Y Baldomero no viene a comer con nosotros?--preguntó Ricardo al sentarse a la mesa.

--Come con su familia.

--¿Por qué no lo invitas, Melchor? ¡Es tan entretenido!

--Son las nueve pasadas; ya ha comido, seguramente.

--¿Vendrá a tomar el café con nosotros?

--Hágale decir, José, a Baldomero, que venga, a tomar el café.

--Aquí está Baldomero, don Melchor; ¿para qué me necesita?--dijo tomándose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba al corredor.

--¿Ya tomó café, Baldomero?

--¿De desayuno?... todavía no, don Ricardo contestó Baldomero festejando su propia ocurrencia.

--¡Qué! ¿Es tan tarde?...

--¡No, señor!... luego va a ser más tarde...

--Aquí es necesario estar muy advertido, Ricardo--dijo Melchor,--porque aquí... el que no corre...

--¡Dispara, don Melchor!--dijo Baldomero completando picarescamente la frase y dirigiéndose a entrar al comedor.

--Parece que hay apetito, señores.