Transfusión

Chapter 4

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--¡Vengo!--repuso éste, alzando la voz.

--...Y cigarros.

--¡Conforme!

--Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aquí.

--Efectivamente; habríamos tenido tiempo de dar una vuelta por la ciudad.

--Lo han pensado tarde, porque ahí tocan la campana--dijo Melchor, agregando:--¡Lo que se ha perdido el Bragado!...

--Lo que hemos perdido, en parte, nosotros--replicó Lorenzo;--y estoy maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta años, no más, que los indios salvajes llegaban hasta aquí.

--¿Aquí?... ¿al Bragado?...--preguntó Ricardo.

--Precisamente... si éste era el límite, la línea de fronteras, marcada por fortines... y hace cuarenta años, más o menos, que fue avanzado hasta el 9 de Julio, fundado entonces.

--¡Qué enormidad!

--Lo que hay de enorme--continuó Lorenzo--es el crecimiento del país... el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... ¡y en todos los grados de la civilización!... ¡Pensar que aquí estaban las tolderías de los indios, y que hoy no hay en todo el país ni un solo indio salvaje!

--¡Y después nos quejamos!--interrumpió Melchor.

--Así es.

--¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...--insistió Melchor socarronamente.

--¿Por qué?--preguntaron Lorenzo y Ricardo.

--¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»!

--Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo de alcanzar un mayor grado de progreso.

--¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no--decía Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz particular intención,--no... me refiero a cierto caballeros, que yo conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que...

--¡Ya saliste con tu eterno tema!--le interrumpió Ricardo.

--¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren desgraciados.

--«Todo es según el color del cristal con que se mira»--le respondió Ricardo.

--Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de cristales rosados?

--Tú, dispones.

--¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis cristales?--insistió Melchor, riéndose cariñosamente.

--Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá viéndose negro.

--Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas! saco el que me conviene.

--¡Es una suerte!--dijo Ricardo.--Pero a mí no me sirven de gran cosa tus cristales...

--¡Qué! ¿Eres daltónico?

--Tal vez...

--¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...--exclamó Melchor, riendo con toda su risa franca y contagiosa.

--¿Y usted considera, señor médico--le preguntó Lorenzo, en tono por excepción solemne y bromista al par--que nuestro «mal» sea curable?

--Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo garantizo porque han de saber ustedes que ustedes también tienen la colección de cristales que yo tengo.

--¿Nosotros?

--¡Sí, señor... ustedes!--y agregó ahuecando la voz:--Para el daltonismo moral, la imaginación tiene colores complementarios.

--Quizá no dices un disparate--dijo Lorenzo.

--¿Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces toma de su imaginación un color complementario... un color «sin vergüenza», por ejemplo, y en seguida no más «ve» que el insultador es despreciable, y... ¡lo desprecia!

--¡Está gracioso!...

--¿Otro ejemplo? ¡Nada convence tanto como la ejemplificación!... Un caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginación el color complementario que se necesita, color... «indiferencia»... o mejor aún: color... «reciprocidad», y al instante «verá» que él tampoco la quiere--y Melchor terminó con una vibrante carcajada.

--¿Y si no se trata de un daltónico?

--¡Bah... bah... bah!... ¡No seas tan ingenuo, Ricardo! ¡Si en lo moral todos somos daltónicos! ¡Y todo el talento consiste en saber emplear los colores complementarios! Convéncete: todos somos daltónicos.

--De manera que, según tu teoría, el amor...

--¿El amor?--le interrumpió vehementemente Melchor, y riéndose al mismo tiempo que hablaba, le dijo:--¿el amor?... ¡qué gracioso!... ¿el amor?... ¡daltonismo puro!

* * *

--Va a ser la una--dijo Lorenzo mirando su reloj,--me está dando sueño.

--Es la digestión.

--¡No, señor!--interrumpió Melchor.--No es la digestión... ¿qué sabes tú?... Si fuera la digestión, sentiría siempre el mismo sueño después de comer; ¡es el aire!... es un efecto de oxigenación... es ya la obra del ambiente puro del campo.

--Tal vez tienes razón; pero me siento como si hubiera tomado alcohol.

--Exactamente... eso es... una especie de...

--Borrachera sin vino--dijo Ricardo.

--Justamente; tal es la sensación que todo habitante de las grandes ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad, siente las consecuencias de una oxigenación más intensa, y como el oxígeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusión de que estás, Lorenzo, empezando a sentirte... ¡ebrio de vida!...

--¡Si fuera así!

--¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte!

--Voy a buscar los diarios--dijo Ricardo poniéndose de pie.

--Vamos para allá--dijo Lorenzo,--ya no tenemos nada que hacer aquí.

--¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...--le dijo Melchor, en broma, alcanzándole su gorra de viaje.

--¡Dios me libre!

--Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo?

--¡Dios me libre!--repitió éste como un eco de Lorenzo.

--¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando.

--¡Vamos... a nuestros asientos!--contestó Ricardo al abrir la puerta del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía puesta:--¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.

Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor:

--¿Los diarios, no?... ¿Tú querías los diarios, Ricardo?

--Sí... pero, ¿quieres creer...? A mí también me está dando sueño.

--¡Yo... me... duermo!--agregó Lorenzo.

--Pues aprovechen... ¡nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme come.

-¿Y tú?

--Yo no tengo sueño... voy a leer los diarios.

Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodándose lo mejor posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los diarios que había puesto en la percha y se ubicaba en un asiento inmediato.

Antes de desdoblarlos se levantó y fue a bajar las cortinillas del sitio en que estaban sus dos amigos.

--Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz.

--¡ Qué buena idea!

--A mí no me molesta--dijo Ricardo.

Vuelto a su asiento, Melchor tomó los diarios y quedó con ellos en la mano, contemplando el paisaje monótono y espléndido al mismo tiempo, como que ante su vista se extendía la llanura, de una horizontalidad perfecta, cubierta en toda su extensión por maizales y linares matizados a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeños bosques de las estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un diámetro que girara sin cesar.

--...Aquí realizaría el ideal de mi vida--pensaba Melchor,--en la más pequeña de estas propiedades pasaría toda mi vida, reducido al trato de los míos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que tuviéramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... ¡Y pensar que los dueños de estas estancias sólo vienen a pasar breves temporadas en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripción imperiosa de la crónica social que publican los diarios!... ¡Ah!... ¡es toda una tiranía la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no tienen ningún fin moral... Absurdas necesidades que no conducen más que a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al que va delante... ¡y el poder arrollador de ese vértigo dantesco en que todos vivimos pagando en lágrimas y en angustias y en ruindades y en bajezas nuestro tributo miserable y estéril!... ¡Y cómo al alejarnos de ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!... ¡Cuántos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de obligaciones anonadadoras y contraídas con el solo fin de pagar dos líneas de esa crónica social!... ¡Cuántas energías malogradas... y cuánto sacrificio sin provecho!... ¡Superficialidad y mentira!... ¡mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque no somos una sociedad en que se mienta más o menos... ¡somos una sociedad que miente!... Si casi no hay un sólo hogar de alguna apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una capacidad económica de que carecen... los hijos fingen una educación que no tienen... ¡mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado... mienten... las señoras... las señoras... las señoras...

La imagen de su propia madre surgió en la imaginación de Melchor, al rumiar mentalmente las últimas palabras y después de una breve pausa, en que su espíritu quedó suspenso y absorto como ante un abismo, continuó en sus meditaciones:

--...¿Y por qué no ha de haber muchas como ella?... ¿Qué maldita forma de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca ofrecemos al elogio... al aplauso... Oímos decir que se juega y nos inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... ¡pero, por qué, señor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra parte, siempre habrá quien mienta... quien engañe... pero la virtud no muere... ni la fidelidad... ¡porque no puede morir el afecto... porque no puede morir el amor!...

Melchor había dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que levantó y puso sobre el asiento que tenía delante.

El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal columna de humo que se proyectaba al costado de la vía en una sombra sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como escurriéndose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los arroyos; espantaba a los teros que parecían huir alerteando un peligro; subía por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba y al detenerse éste en las estaciones, parecía recogerse sobre sí misma para erguirse en línea recta, como el brazo de un gladiador alzado en alto después del triunfo.

...«¿Por qué te has llevado mi pensamiento?»...--leía y releía Melchor en el telegrama de Clota, que había sacado del bolsillo para contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando:

--...¡Qué misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones coincidentes, en esta suprema armonía de afecto que nos une!... ¡Cómo ha sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo también pensaba... «te has llevado mi pensamiento»! ¡De qué manera se habrá sentido, acompañándome con la imaginación, que ha producido esta fórmula tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... «te has llevado mi pensamiento»... ¿Si ocurrirá así?... porque desde que me he separado de ella siento en mi cerebro, en mi corazón, en mi espíritu, ¡qué sé yo! algo como una voz íntima que me dice: «Clota... soy Clota... ¿ves? estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!...»

Melchor se repetía amorosamente las últimas palabras con que Clota le había despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas y los ojos lánguidos y firmes, puestos en los de él, le había dicho:

--Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!

* * *

--¿Parece que no has leído mucho?--dijo Ricardo a Melchor, asomándose por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de _La Nación_ y _La Prensa_.

--En cambio parece que tú has dormido bastante--repuso Melchor, levantándose.

--No; he dormitado.

--Lo mismo que yo--dijo Lorenzo, incorporándose;--¡si no se puede dormir con el movimiento del tren!

--¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a «Pehuajó»?

--¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta.

--¡Ni yo tampoco!

--Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba bien... ya lo había dicho el jefe...

--¿Y por qué la pusieron?

--Porque al descarrilarse la que traíamos se le rompió un eje.

--¿Dónde descarrilamos?

--¡Por lo visto han dormido, ché!

--¿Y tú le crees a Melchor?... ¡Son cuentos!

--Pero si ustedes no hubieran hecho más que dormitar los habrían rectificado.

--¡Es claro que he dormido algo!

--¿Algo?... ¡tres horitas!... ¡como una!

--¿Y qué hora es?

--Más de las cuatro; ya nos falta poco.

--En fin--dijo Lorenzo bostezando,--hemos acortado el viaje.

--Parece que hay apetito, ¿eh?

--¿Por qué, Melchor?

--Porque los bostezos delatan sueño--que no puedes tener,--o languidez de estómago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco.

--¡Qué esperanza! He almorzado el doble de lo habitual.

--Mañana, en la posta del Paso, almorzarás el triple del doble y pasado mañana en la «Celia», el cuádruple del triple.

--Mira que eres exagerado--repuso Lorenzo riéndose.

Ricardo, que había permanecido sentado contemplando el aspecto de los plantíos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie:

--Ché, Melchor, alcánzame _La Nación_, ¿quieres?

--¿No quieres _La Prensa_?

--¿Por qué?--dijo Ricardo volviéndose.

--¡Porque tiene más páginas!--le contestó Melchor riendo y agregó:--¡Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!...

--Es que no he visto los diarios hoy.

--¡Pero los has comprado!

--Creo que tú has hecho lo mismo.

--Yo he cumplido con la práctica establecida: ¡comprar los diarios y no leerlos después!

--¿Quién hace eso?

--¡Todo el mundo! ché, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no fíjate--dijo Melchor tomando los que tenía en el asiento y presentándoselos a Ricardo.

--No te entiendo.

--¡Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer más que los títulos y a veces ni eso!

--¿De modo que los diarios no sirven para nada?

--Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a la dilución abrumadora.

--¡Es ganas de criticar!

--No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24 páginas...

--¡No es precisión leer hasta los avisos!

--Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde.

--Yo leo lo que me interesa.

--Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte, pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero».

--Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia--dijo Lorenzo.

-Pues te quedarás sin leerlos--repuso enérgica y cómicamente Melchor.

--¿Cómo así?

--¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir!

--¿Y por qué no hemos de leer también?

--Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga!

--Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer--insistió Lorenzo.

--Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente.

--¿En qué consisten, ché?--preguntó Ricardo burlescamente.

--En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura, procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.

--¡Pobres novelas!...--dijo Ricardo.

--¡Estás eruditísimo!--exclamó sonriendo Lorenzo.

--¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué tal? ¡y a esta altura!

--¿Cómo a esta altura?

--¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate!

En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y vomitado un cañonazo:

--¡¡¡Booooletooos!!!

Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó, el convoy llegaba a su estación terminal.

--¡Ahí está Hipólito!...--exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla del coche que aun marchaba, le gritó:

--¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!...

--¿Quién es ése, ché?

--El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita, Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los diarios!...

--¡No seas pavo!...

--¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer duplicadamente!

Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran chambergo campero, y cuadrado--contrariendo la ordenanza militar, pues que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones a un geme de distancia--dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de trabajo:

--¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?--agregó mirando a Lorenzo y Ricardo.

--Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo...

--Para servirlo.

--...y mi amigo Ricardo.

--Para servirlo.

--Y Baldomero, ¿no ha venido?

--Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable?

--No... vamos para allá, muchachos--y volviéndose hacia Hipólito:--¿Qué tal están los caminos?

--Hay algún barro... con la lluvia: ¡qué ha llovido!...

--El maíz estará lindo, entonces.

--Así es... lindo está.

En ese momento salía al encuentro de los viajeros el gran capataz de la «Celia», Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigió hacia él diciéndole efusivamente:

--¡Cuánto bueno por acá!

--¿Qué tal, Baldomero?

--¡Ahora bien, muy bien!

--¿Qué, ha sucedido algo?--le preguntó Melchor, mirándole fijamente y conservándole tomadas ambas manos.

--¡Si viera!...

--Pero, ¿qué ha ocurrido?

--¡Que usted no estaba aquí y ahora está!

--¡Me había alarmado, caramba!

Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repitió la presentación de los huéspedes y el grupo se dirigió hacia el gran break de la estancia que se encontraba al otro extremo del andén.

Al recorrer éste, Melchor fue objeto de las más afectuosas demostraciones:

--¡Don Melchor! ¡cuánto gusto!...

--¡Don Melchor!... ¡qué alegría!...

--¡Don Melchor!... ¿cómo le va?...

Y no pasó por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones análogas a las que invariablemente respondía dando la mano y con frases amables.

--¡Qué popularidad tienes aquí!--le dijo Lorenzo.

--¿Y dónde no?...--le interrumpió Baldomero,--si donde está D. Melchor está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda paseando!

Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor:

--¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?...

--¿Qué opinan ustedes?

--Iremos a lavarnos--dijo Ricardo.

--Me parece bien--agregó Lorenzo,--es muy temprano para pasear.

--¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí, ¿ven?--dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a Hipólito:--Espéranos allá.

--Ché, Hipólito--le dijo Baldomero.--Y llévame de paso el «azulejo».

El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:

--Don Melchor... me da «una... moneditas»?

Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo al pilluelo:

--¡Salí de aquí, muchacho!

* * *

--Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y esos mozos, ¿sabe?--decía Baldomero al dueño de casa, casa que aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica! todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona, italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo.

--«No» pierda cuidado, don Baldomero.

--Hágales un buen asado de costillas con ensalada.

--¿De pepino?

--¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que sean gordos...

--¿Y de empezar?...

--¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?

--Fresca... fresca... fresca... es fresca...

--Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...

--Hay de casualidá...

--Ya está... ¡les pone una tallarinada!--dijo Baldomero riendo bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el abultado abdomen de Garona.

--¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre?

--¿Qué les va a poner?

--Tengo lindo durazno en conserva.

--¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es mío... no vaya a recibirle a don Melchor.

--¡«No» pierda cuidado!

Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a cumplimientos y a preguntas.

--¡Caballeros!--exclamó Baldomero--los que quieran noticias pueden ir al telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos.

--Estamos muy entretenidos, conversando.

--¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa--repuso Baldomero, y agregó:--¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!... ¡Capaz de oírlos toda la noche!...

--¡Miren quién habla!--dijo un viejo paisano que tenía entre todos el alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,--cuando don Luna se agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música que un órgano!...

--Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...--dijo Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:--¡Vamos, don Melchor, a dar una vuelta... vamos!...

--Bueno, vamos... será hasta luego.

--Hasta cuando usted mande--contestó el viejo por todos, y agregó señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;--Y no se olvide, don Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.

--¡Yo te he de dar!... viejo pícaro--dijo cariñosamente Baldomero.

--¡Disculpas!--le replicó el viejo riendo y agregó:--...Por tratarme de vos... ¡confianzudo el mocito!...

--Simpático, el viejo, ¿eh?--dijo Lorenzo al subir al break.

--¡Y diablo!--le contestó Baldomero,--él sabe darse maña para arreglar cualquier enredo dejando contento a todos.

--¿Debe ser muy viejo, no?

--¡Viejísimo! señor, si cuando yo vine aquí, al campo de los «Astules» y ¡mire que hace años! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor, ¿para dónde agarramos?

--¿Iremos hasta el arroyo?

--¡Queda lejos! ¿No quiere ir más bien a tomar un mate con don Casiano?... Así estos señores conocerán algo bueno... ¡Viera cómo se ha puesto la Pampita!

--¡Cómo no! ¡vamos!

--A lo de don Casiano... ¡ché, Hipólito!

Este, que se encontraba en su puesto esperando órdenes, volvió la cabeza y preguntó:

--¿Aquí a la casa?

--No, a la chacra... están en la chacra...