Transfusión

Chapter 2

Chapter 23,978 wordsPublic domain

Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor de diarios que descendía de un tranvía:

--Dame _Nación_ y _Prensa_...

--...No tengo cobre...

--Déjalos, no más. ¡Vamos!

Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de generosidad.

Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en la puerta de calle.

--Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.

--¿Por qué?

--Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para nosotros estéril y para ti penoso.

--¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; bajo en seguida.

--Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.

--Ya las he visto--dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír y de llorar se mezclan.

La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a Melchor diciéndole:

--Venga para acá... venga el santo... el bueno...

--¡Señora!--exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con los brazos abiertos exclamando:

--Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!--y rompió a llorar.

Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia el escritorio en el que penetró despacio...

--¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!

--Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.

--Y usted es para mí un hijo desde hoy.

--Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve Lorenzo hecho unas pascuas--dijo Melchor sonriendo al dominar la intensa, la profunda emoción que sentía.

--¡Dios lo oiga!

--¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...--repuso sonriendo al cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:

--¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!--dirigiéndose al viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su saco...

--¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...

--Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones para cien años!--repuso Melchor con su jovialidad habitual.

Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.

--¡Caramba, con tu despedida!

--La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!

--Al Once, ché--dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.

--Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...--decía Melchor,--¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? Ricardo, ¿qué dices?

--¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?

--¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides lo que te decía anoche tu madre.

--¡Mi madre!...

--Sí, tu madre, ¿pues qué?

--Mi madre ha sido feliz toda su vida.

--¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así--y reunía en un haz las yemas de sus dedos,--así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.

--Es posible.

--No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan un juguete.

--¡Un juguete!...

--¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?--interrumpió Lorenzo.

--A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia».

--¿Y a la estancia?--insistió Lorenzo.

--Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde.

--¡Todo el día en coche! ¡Qué horror!

--No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del «Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?

--¿El qué?...

--¡El qué!... ¿Estás dormido?

--Estaba distraído.

--Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso.

En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también.

--Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande no puede ir en este tren; pero va más tarde.

--¿Por qué?

--No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita.

--Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo?

--Ahí viene con D. Ricardo.

Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo.

--¿En qué andan?

--Este, que quería comprar _La Nación_ y _La Prensa_, a pesar de que yo los llevo.

--Y yo también.

--No importa--replicó Ricardo;--yo no puedo pasarme sin los diarios.

--¡Pero si los teníamos!

--Bueno, déjalo--dijo Melchor, en tono de broma,--cada loco con su tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?

--Todo, sí, señor--contestó Rufino.

--Ché, ¿y las boletas?

--Aquí están, niño.

--¡Bueno, andando!--dijo Melchor.

El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.

--Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir más cómodos.

--¿Y tú?

--Yo... ¡aquí!--dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con estrepitosa satisfacción.

--¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina?

--No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el viaje les hará.

Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su suave deslizamiento...

--¡Adiós, adiós, Rufino!--exclamaron los viajeros asomados a las ventanillas del coche.

--¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese ¡eh! y a ver si vuelve sano y contento.

--¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban!

* * *

En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama, que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren, que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos.

Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos y sólo por ellos.

Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón limpio y sano--todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.

--¡Ah!--pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos amigos.--¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de pavadas?...

En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:

--Linda mañana, ¿eh?

--¡Hola!--exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose efusivamente las manos.--¿Conque ya encontramos algo lindo?

--¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta espléndida mañana?

--¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?

--¡Déjate de tonteras!--interrumpió Ricardo,--pues nos vas a poner en el caso de no poder hablar.

--No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el «médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.

--¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!

--Gracias por la amabilidad.

--¿Vas a resentirte?

--¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un amigo...

--Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...

--¿A pegar?...

--Yo no te pego; te hago una observación amistosa.

--Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; pero señalan con el dedo...

--¡Boooletos!--gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra y el sacabocados.

--Me ha dejado aturdido el grito del guarda--dijo Lorenzo, por romper el silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.

--¡Realmente! ¡Qué pulmones!--repuso Melchor, agregando:--¡Cómo se conoce que ese hombre vive viajando!

--¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?--replicó Ricardo.

--¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!

--Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.

--¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; fíjate... mira qué maravillas de quintas.

--Sí; muy lindas...

--¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!

--¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...--dijo riendo amablemente Ricardo.

--¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a cloacas, a hoteles, a multitudes.

--¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay multitudes en despoblado?

--Te digo multitudes, empleando una metonimia.

--Una... ¿qué?

--Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes por no decirte olor a sudor.

--¡Qué porquería!

--¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.

--Pero, ¡qué encono con la ciudad!--dijo Lorenzo, que parecía absorbido en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de la marcha acelerada del tren.

--No hay tal; es justicia al campo.

--«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de Larra.

--No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa una condenación a la vida en las grandes ciudades.

--Pero prefieres la primera.

--¡Con toda mi alma!

--Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.

--Que no me gusta...--replicó Melchor, subrayando las palabras,--tanto como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.

--¿Que Buenos Aires se parece al mar?

--¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes calmas se parece.

--¿Y por eso no te gusta?

--Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, atropellan, contagian, pegan, muerden!

--¡¡Luján!!--gritó en el andén la misma formidable voz de los «booletos».

--¿Tendremos tiempo de bajar?--preguntó Lorenzo.

--Algunos minutos--repuso Melchor;--bajemos.

--¡Cuánta gente baja aquí!--dijo Ricardo al pisar el andén.

--Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján.

--¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando!

--Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del exterior.

--¡Qué cosa bárbara!--exclamó Ricardo, agregando:--¿Y todos éstos creerán?

--Si no creyeran--le contestó Melchor,--no vendrían a traer sus ofrendas y sus preces.

--Eso... no...--replicó Ricardo, como distraídamente.--¿Vamos a ver?

--¿A ver qué?

--A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van...

--No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van, probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos.

--¿Van caminando?...

--¿Y cómo quieres que vayan?

--Yo creía que irían hincados--dijo burlonamente Ricardo.

--Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.

--Subamos, ché, que va a ser la hora.

De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:

--Deben ser felices los que creen, ¿eh?

--Si la felicidad está en creer--repuso Melchor,--todos deben ser felices.

--Todos los que creen.

--¿Y tú crees que haya excepciones?

--¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.

--¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!...

¿Por qué?--repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor francés.

--Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor.

--No lo recuerdo...

--Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de morir quiso ponerse bien con Dios.

--¿Es cierto eso, Melchor?--preguntó Lorenzo.

--Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios».

--Por lo visto, eres todo un creyente--dijo Ricardo.

--Yo sí, ché; ¿para qué negarlo?

--Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos fatigoso...

--¡Y es... tan común!

--¿Lo dices por mí?

--¡Hombre!... tú me has dicho recién cosas peores.

--Que has querido considerarlas así y tomar ahora una revancha sangrienta.

--¡Sangrienta!...

--Pues es nada: me dices mentiroso, hipócrita... casi apóstata.

--¡Apóstata!... ¡qué gracioso!

--Advierte que el ateísmo y el panteísmo se dan la mano y que si me supones renegando de «mi» religión, me colocas en plena apostasía.

--¡Es ir lejos!

--Tú me llevas...

--¡Qué he de llevarte!... ¡Acaso explicablemente no he hablado nunca de religión contigo y al tocar incidentalmente el tema he creído ver confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez pensé hablarte de estas cosas.

--¿Puedo saber de qué índole son esas «sospechas», señor médico?...

--¡Qué tema tan aburrido!--interrumpió Lorenzo.

--¿Aburrido?... ¿por parte de quién? ¿de Ricardo?... ¿o de mí?

--No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en sí mismo.

--¿Por qué?

--Porque hablarán todo el día y todo el mes sin arribar a nada.

--¡Quién sabe!...

--Sí, ché... Lorenzo tiene razón; entre un materialista y un espiritualista como tú...

--O como tú...

--¿Cómo yo?

--¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos en Dios y sostener que descendemos del mono--aunque no sepamos de dónde desciende el mono,--y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto aparecen viruelas.

--Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.

--¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de evolución, un átomo de vida!

--Perfectamente.

--¡Y bien: ahí, ahí está Dios!

--¿Tan chiquito es Dios?

--Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el Universo.

--¿También está en todo el Universo?

--¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan creyente y tan cristiano como yo.

--¡Qué voy a ser!

--¡Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral cristiana que tú mismo practicas a cada rato.

--Eso es cuestión de educación.

--Sí, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver con nuestros sentimientos religiosos.

--Que yo no tengo.

--Mira: no hay, no ha habido ni habrá jamás un ser humano que no sienta a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro. No hago cuestión de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de Méndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc., todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma impresión, y si nos es dado elegir, ¿cuál de todas las religiones del mundo nos ofrece una moral más sana, más fecunda, más generosa que nuestra moral cristiana en la fe de Dios?

Lorenzo escuchaba el diálogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las últimas palabras de Melchor se volvió hacia éste, diciéndole:

--¡Pareces un apóstol en pleno paganismo!

--Bien puede haber de las dos cosas--replicó Melchor,--y más que fecundo me resultaría este viaje si él me hubiera de servir para convertir a ustedes.

--¡Qué empeño!...

--Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que les falta.

--Lo que a mí me falta no me lo dará la religión--dijo Ricardo.

--Por lo pronto te ha dado tema para hablar con más vivacidad de la que te es habitual.

--Lo mismo pasaría si habláramos de modas.

--¡No, ché, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por más que sea el tema predilecto de los hombres de... la actualidad.

--Eso es cierto--dijo Lorenzo,--más de una vez lo he comprobado.

--Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de caballeros y de damas.

--No diré tanto; pero es frecuente...

--¡Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no me he encontrado en ninguna reunión en que no se haga una de estas dos imbecilidades.

--Tú exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean los centros realmente intelectuales.

--¡No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones--y tú las conoces, Lorenzo,--sin encontrar jamás, así: ¡jamás! nada que no sea un «poker armado» o una acalorada discusión, entre damas y caballeros, sobre el costo del sombrero de fulanita; ¡pero, hombre! sin ir más lejos: la otra noche fui a lo de Méndez, ¿sabes? a lo de misia Edelmira, porque era día de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener con la suya, el diputado Targe, el senador Ramírez con la señora--y ¡qué linda estaba!...--Eguina... las dos muchachas de Gori--¡dos bagres!...--y no me acuerdo quiénes más, ¡pues no se habló más que de sombreros y de yeguas!

--¿De yeguas?...

--¡De yeguas, ché! porque, según pude entender, la «Nona», que es la señora de «Pepito», había vendido a «Toto», que es el marido de la «Beba», una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que había invertido en comprar un «modelo».

--¿Qué es lo que dices?

--¡Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no por el apellido, y menos por el título; y así es de mal gusto hablar del «doctor García» cuando se le puede designar por su nombre de pila: Claudio, o por el sobrenombre, lo que es más distinguido: el «Nene», por ejemplo.

--¡Qué ridiculez!

--¡Y cuando el «Nene» resulta un hombre del alto de esa puerta, y con varios nenes de verdad a la cola!

--¿Y lo del modelo?

--¿Pero cómo?... ¿Qué, no sabes, Lorenzo?... ¡Ah!... yo aquella noche aprendí eso y mucho más: un «modelo» es un sombrero de señora traído de París para hacer otros iguales; pero que jamás valen lo que aquél y según parece la «Nona» estaba loca por comprar uno que había visto; y como «Pepito» (¡Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los cuatrocientos pesos que costaba, la «Nona» le vendió a «Toto», con permiso de la «Beba», una de las yeguas del coche.

--¡Cuánto disparate!...

--Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o jugar un «pocarcito»...

--Ese juego se ha divulgado mucho realmente--dijo Lorenzo.

--¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada «metejón»!...

--¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando?

--¿Esto?... esto... es Mercedes--repuso Melchor,--aquí podremos bajar un momento para estirar las piernas.

* * *

--Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina?

--¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría conversado con el maquinista, en grande.

--¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!...

--Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.

--¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía?

--Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril.

--¡Puede ser!...

--Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de eso... nadie vale nada.

--Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club.

--No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente de otra clase.

--¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores maquinistas?...

--No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas acaso los maquinistas--¡y como ellos tantos otros!--no sacaran la peor parte...

--¡No digas barbaridades!...

--¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo, que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va, Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando amargo y escupiendo dulce.»

--¡Qué hermoso!--dijo Lorenzo.

--¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!»