Transfusión

Chapter 13

Chapter 131,263 wordsPublic domain

--¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para tener que ver estas cosas!--dijo el noble Baldomero arrojando lejos un bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:--¡Esto va a matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!... ¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver llorar a muchos hombres!...

--Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que hagamos?...

--...¡Es una fatalidad!...

--Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina...

--¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí va a ser su perdición...

En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto:

--¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino.

--¡Voy, don Melchor!--contestó y como si no hubiera oído la orden se dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su blusa por los ojos.

--Que me haga ensillar el zaino, le dije.

--¿Piensa salir con esta calor?

--Voy a acompañar a los muchachos que se van--contestó Melchor mientras, sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de montar.

--¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...--le preguntó insinuantemente Baldomero.

--¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera del bajo.

--A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla?

--No, Baldomero, déjelos que se vayan--respondió Melchor continuando en la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de espíritu,--ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe... ¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!...

--¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don Melchor...! ¿por qué dice todo eso?

--¡Porque es verdad!

--Qué ha de ser, ¡señor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre hay quienes lo quieren de veras, don Melchor.

--¡A mí?... ¡Bah!...

--¿Y los viejos?... ¿y las niñas?... ¡sus hermanas, don Melchor! ¡recuérdese de la «nena»!

Al oír esto Melchor que se ponía el «panamá» mirándose en el espejo del ropero, dio vuelta rápidamente hacia Baldomero clavándole la vista como en un reproche y cuando parecía que iba a prorrumpir en una amenaza dijo como renunciando a ella y como para terminar con el diálogo:

--¿Mandó ensillar el zaino?

--...Voy... Sí, señor... voy... ¡cómo... ha... de... ser!...--contestó Baldomero alejándose.

Momentos después el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie más que él estuviera en la caballeriza, que parecía abandonada.

Águeda, José, Juancito y los peones comentaban, en la cocina, lo que pasaba «adentro»; bajo el ombú grande estaba el break en cuyo estribo trasero se había sentado Lorenzo que tenía la cabeza apoyada entre las manos; en las gruesas raíces del ombú estaba sentado Hipólito y junto a él, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo.

Casi no se advertía más movimiento que el piafar de los caballos y el batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el «_gué_»... «_gué_»... de alguna gallina que salía de los pastos en busca de su nidal; ¡pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una racha helada cruzaba por la estancia!...

En eso apareció por el camino del jardín que daba acceso a la caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se destacaban las ojeras negras y profundas. Vestía su traje predilecto y en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrón...

--¿Ya están listos, muchachos?--preguntó amablemente, casi sonriendo.

--Sí, Melchor... ya estamos listos--le contestó Lorenzo, profundamente abatido;--¿no tienes nada que mandar?

--Nada, ché... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días...

--¿Cuándo?... más o menos.

--¡Hombre!... Cuando me desocupe.

--¿Tienes algún trabajo que realizar?...

--El que correspondería al mayordomo... un establecimiento como éste... aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo.

--¿Y Baldomero?...

--Por ahí andará--dijo Melchor como si contestara a la pregunta, dirigiéndose hacia su zaino y agregó:--cuando quieran.

Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al disponerse a hacerlo con Melchor, éste les dijo:

--Los voy a acompañar.

--¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor!

Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos, hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a los dos desde el primer instante.

--¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho por nosotros--le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por Melchor,--y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.

--Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien.

--Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has hecho por mí.

--¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada.

--Si quieres--dijo Lorenzo,--encárgame algo para tu casa.

--Les das recuerdos.

--O para Clota.

--«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días»--volvió a repetir Melchor.

--¡Cuanto antes, Melchor!--le dijo Lorenzo bajo la presión de una emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.--¡Cuánto antes!... tú no debes quedarte aquí.

--Y me quedo.

--Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos contigo mañana o pasado... ¿Quieres?...

--No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo.

--¡Cómo ha de ser!--exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y agregó:--yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o allá...

--¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!...

* * * * *

* * * * *

¡«Jiú»!, moduló Hipólito y el coche partió a todo trote, como si una fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al través de lágrimas silenciosas vio Lorenzo que Melchor había bajado del caballo para cerrar la tranquera, en la que apoyó luego los brazos cruzados, y bajo un sol de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por vicio, las matas de pasto que el freno le permitía morder...

FIN