Chapter 12
--¡Pero qué afán de darme consejos!... ¡Caramba!... Deme la cerveza, Rufino.
--Don Lorenzo--exclamó Baldomero desde la caballeriza,--aquí le han hecho un pericón... Usted que quería verlo. ¡Venga!...
Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!... ¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los bailarines, como en las cadenas de los lanceros.
Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba:
--¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de palo!...
Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente, proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala delantera.
Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una pareja que conversaba íntimamente.
--¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan?
--«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen.
--¡A ver!... Déjenme sentar a mí también--les dijo Melchor,--quiero verles las caras.
La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano; pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y su compañera:
--No, yo en el medio.
En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una «mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera:
--Acompáñeme, que ahí tocan.
La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía:
--Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...--pero no volvió a verlos aquella tarde.
El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí sólo marchaba a la querencia.
Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le preparaba Ramona.
--Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va mal--decía Rufino,--y diga que don Baldomero no le pierde pisada...
--En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta gente, Rufino.
--Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y cómo lo quiere este hombre!...
--¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?--repuso Lorenzo.
--Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que de no que le hable al patrón.
--No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de repetirse.
--Más vale así, niño; ¡mire que seria una lástima!...
--¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?--le preguntó Lorenzo para cortar la conversación.
--Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que me iba a dar.
Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de Gaspar.
--¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?--dijo de pronto Melchor al terminar la comida.
--¿Cómo no?...--repuso Ricardo,--hemos asistido a un espectáculo muy interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de esta mañana y el trajín de todo el día.
--¿Y tú?
--¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?...
--¿Por ejemplo?...
--Si te empeñas... me parece muy censurable tu afán de identificarte con todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... ¡y hasta beber a la par de ellos, Melchor!
--¡Apareció el aristócrata!... ¿y qué más?...
--¡Hombre!... mucho más que callo quizás por no fastidiarte.
--Sí, ché Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse...
--Así será... ¡tonteras!--dijo Lorenzo levantándose de la mesa en momentos en que Melchor decía a José:
--Traiga el cognac...
Al oír esto, Lorenzo, que trasponía la puerta del comedor, se detuvo un instante y antes de continuar dijo:
--¿También sería tontera criticarte eso?...--y se alejó.
--¡Ven... no te vayas... ché Lorenzo!... ¡Si no me voy a emborrachar!--dijo Melchor en voz alta y prorrumpió en una carcajada...
* * *
El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.
Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante.
Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo rompió el silencio diciendo:
--¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos!
--Ustedes han dado en no hablar.
--Seguimos tu ejemplo.
--¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo temas agradables, ché...
--¡Yo tengo--dijo Lorenzo,--ahora que me acuerdo! Entre las cartas que nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias que le daba de mi estado.
--¡Al fin me da la razón ese pillo!
--¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero, Melchor.
--Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón.
--¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno?
--Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a la cama para sacarles el jugo.
--Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción... Moreno es un hombre digno y serio.
--¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios--exclamó Melchor reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.
--Que también, para ti, los hombres serios son... unos...
--¡Truanes! en la mayoría de los casos--le interrumpió Melchor,--¡porque casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que haría poner colorado a un negro!
--Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.
--¿Pero crees, Lorenzo--interrumpió Melchor violentamente,--que yo puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más «enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias, se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos... verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan, vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a escobazos con pinturas ordinarias.
--Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no pensabas así.
--¡Es que he aprendido!
--Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.
--¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque han sido suficientemente astutos para embaucarte.
--¿De modo que la proporción es inversa?...
--Posible... ¡casi seguramente!...
--¡No digas eso, por Dios, Melchor!--exclamó Lorenzo poniéndose de pie y caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión.
--No lo diré si te incomoda--repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.
--¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los hombres...
--¡Como son!--le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:--yo he pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin engañarme, ¿entiendes?...
--¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?
--¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?...
--¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu padre, ni a los de Ricardo ni a los míos.
--Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso como tú.
Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar, por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se había parado al otro extremo de la mesa.
--Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.
--Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que me equivocaba... una vez más.
--Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón puede y debe sentir?
--¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu santa madre?
--Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un agravio miserable y ruin.
--¡Qué monstruosidad!...--exclamó Lorenzo.
Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos, Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos:
--Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su hijo!
--Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana hablaremos.
--¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?--rugió Melchor aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se interpuso rápidamente, diciendo:
--No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado.
--Si no me altero, ché--repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de nuevo el tono de la voz exclamó;--¡sólo que no le voy a permitir a Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!
--Yo soy incapaz de ofenderte--dijo Lorenzo en el mismo instante en que entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero:
--Quiere venir un momento, don Melchor...
--¿Para qué?...
--Tengo que hablarlo; venga un momento...
--¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!...
Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo:
--Ahí está Anastasio... venga... Patroncito...
Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero salió del comedor.
* * *
Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor.
Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos, respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la balanza sube, el otro baja.
La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su madre cuando le decía: «tienes deberes a que «_antes_» no habrías faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún peón.
El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en seguida como un luchador que se conquista un triunfo.
Sus reacciones eran fugaces; tenía a la mano los recursos para anularlas y a ellos se acogía porque nunca le traicionaban ni le mentían, mientras crecía en su espíritu el convencimiento de ser víctima de la indiferencia y del egoísmo de todos los que deberían rodearle solícitos para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y energías que le habían robado, para concluir pensando: ya nadie se interesa por mí... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser aceptado... ¡nadie me escribe, siquiera., sino por forma!...
Y entretanto las cartas amantísimas de su madre eran contestadas de tarde en tarde y en breves líneas, y las cartas apasionadas y sinceras de su novia muchas veces las leía Ramona antes que él y las de sus amigos no merecían en muchos casos más que una mirada de burla o de encono...
Ninguna causa positiva justificó el descenso y la caída; pero había prodigado su jovialidad ingénita hasta sentirse entristecido, y había trasvasado sus altruismos hasta ponerse egoísta y había dilapidado sus energías morales hasta caer exánime en la abyección y en el vicio.
De nada valían las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, había caído, quizás para no levantarse más.
Cuando, transcurridos más de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesión de la salud físico-moral que habían readquirido por la acción exclusiva y constante de Melchor, éste les manifestó el propósito de quedarse en la estancia «durante algunos días más».
--No te quedes, ¿para qué? vente con nosotros--le repetía Lorenzo.
--Tengo que hacer aquí.
--¡Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente con nosotros y te vuelves después.
--Ahora no puedo, yo sé por qué lo digo.
--¡Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa están abatidos por tu conducta... que tu padre está enfermo... que Clota tiene derecho a exigirte que vayas... tú no puedes proceder así con esa niña.
--Ni ella tampoco conmigo.
--¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no quisieras reconocer.
--Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte.
--¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.
--No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí... acuérdate de las últimas cartas de tu casa.
--Yo las voy a contestar.
--Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu oficina.
--¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir!
--Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.
--¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!...
--¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo.
--El viejo no tiene nada...
--Eso no lo sabes... Además, Clota...
--¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!...
Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas interiores en una de las que entró dando un formidable portazo.
--Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.
--Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la medida!...
Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.
--Baldomero--le dijo Lorenzo, intensamente agitado,--nosotros necesitamos salir en seguida para el pueblo.
--¿Y... eso?...
--Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo.
--Pero... ¿qué, ha pasado algo?
--Lo que tenía que suceder, desgraciadamente.
Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba sentado y roscándose la cabeza, dijo:
--¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor?
--No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro... y nos ha echado.
--¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto?
--No, en su cuarto no está.
--No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo!
--Mande ensillar, primero.
--¡Qué se van a ir a esta hora y con «esta» calor! ya vuelvo... miren qué trabajo--agregó alejándose.
* * * * *
* * * * *
--¿Dónde está don Melchor, Ramona?
--Yo no sé.
--...Hum... conque... no... sé... ¿eh?
--¡Oh!... Y si no sé... ¿qué quiere que le haga?... Andará por ahí...
--¿Por dónde?... ¡diga... le digo!
--¿Y no le digo que no sé...? Búsquelo.
--¿Qué hay conmigo?--dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en su semblante y en sus gestos la profunda agitación que lo embargaba.
--Nada, don Melchor... yo quería hablarlo... ¿quiere que vamos para allá?--repuso Baldomero señalando hacia la sala.
--¡Hable aquí, no más! ¿Qué hay?...
Baldomero dirigió a Ramona una mirada que era una indicación de alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por delante de él le dijo, en tono humilde y tímido:
--Me dice don Lorenzo que se van...
--¿Y...? ¡Qué se vayan!--contestó Melchor casi gritando.
--Yo pensaba que no se iban a ir todavía, don Melchor.
--¡Piense lo que le dé la gana! ¿Entiende?...
--Y también pensaba que soy merecedor de que usted no me trate así, don Melchor.
--¡Pero qué pretende usted?... ¿Qué se ha figurado?--exclamó Melchor parándose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante.
--Cálmese, don Melchor, si yo no le falto... yo sé respetar a la gente... pero estos señores parece que se van a ir con mala impresión...
--¡Mejor para ellos!
--¿Por qué no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y... ¡mire que lo quieren a usted!...
--¡A mí!... a mí no me quiere nadie, ¿entiende?...
--¿Por qué dice eso?...
--¡Porque es así!... Yo he tenido muchos amigos cuando tenía qué dar, ¿sabe, Baldomero? ¡pero se acabaron esos tiempos!...
--¡Cómo se van a acabar, señor! ¡Si a usted lo quieren hasta los chimangos!...
--¡Yo sé lo que digo, ¿entiende? y no me chupo el dedo... y sé que ni uno de los que se llamaron amigos míos se acuerda de mí para nada!
--¿Sabe, don Melchor, que me está haciendo acordar al carancho que come y grita al mismo tiempo?... porque, ¿dónde va a ir usted que no encuentre amigos de verdad?
--¡Eso era antes!... y ya lo ve: hasta éstos me dejan.
--Porque usted los trató mal... don Melchor.
--¡Mienten!... Son ellos... que se empeñan en convencerme de que soy un sinvergüenza y un miserable y qué sé yo...
--Les habrá entendido mal, don Melchor.
--Les entiendo perfectamente y sé adonde van... ¡Es el recurso de todos! enojarse después del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho de gratitud... ¡Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden por nada... ¡Todos... todos son iguales!... ¡y el día en que le han sacado el jugo... ¡canallas!... se resienten por cualquier pavada... y lo cuerean sin ascos!...
--Cálmese, don Melchor; no hable así; estos señores son mozos bien... ¿quiere que los hable?...
--¡Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... ¡que se vayan a hablar mal de mí, a otra parte!--repuso Melchor gritando como para ser oído por todos y entró a su cuarto diciendo en voz alta:
--¡Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada.
* * *
--Don Lorenzo, el coche está ya...
--Vamos en seguida, Baldomero; háganos poner estas cosas en el break.
--Y diga, don Lorenzo, ¿por qué no le hablan a don Melchor?... puede que cambie.
--Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!...
--¡Hágalo por los viejos!--dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.
--Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule nuestra situación...