Transfusión

Chapter 11

Chapter 113,996 wordsPublic domain

--¡Ah!... ¡canalla!... no quisiste descargar... ¡Si la seca se afirma... yo no sé qué va a ser!...

Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus obedeciera a su voz, empezó a moverse hacia el sud, siguiendo la línea del horizonte lentamente, casi agazapándose, como si quisiera realizar un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras éste seguía en su aparente caída diurna.

Al llenar el cuadrante que recorría, la tormenta desplegó sus avanzadas hacia el cénit desarrollándose en toda su amplitud, y, a medida que el sol descendía a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde.

Cuando el sol se hundía, como una enorme elipse roja, tras las capas atmosféricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa, solemne, triunfal, descargó sus primeras gotas que, amplias y gruesas, golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de polvo finísimo.

Sin relámpagos, sin truenos, la lluvia se hacía más copiosa cada vez, hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorbía sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeñas corrientes que seguían el desnivel del piso como arroyos y ríos vistos desde gran altura y mientras el formidable aguacero caía como una colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las movedizas «ratoncitas» trinaban en los tirantes de los aleros como diciendo acongojadas: ¡qué va a ser de nosotras!...

La lluvia continuó sin interrupción alegrando y reviviendo todo y cuando los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oyó ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera.

--¿Qué sucede, José?--preguntó Melchor al sirviente que ponía la sopa en la mesa.

--Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver.

Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el ruido continuado de la lluvia sólo pudieron percibir los gritos de Hipólito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de sus piezas se dirigía a la caballeriza preguntando en voz alta:

--¿Qué hay?...

Momentos después se presentó Baldomero, de cuyo poncho se escurría el agua por las puntas y dirigiéndose a Melchor le dijo:

--Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; ¡pero cómo llueve!...

--Pobres infelices--dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo incorporándose al grupo preguntaba:

--¿Qué es lo que hay?

--Vea, Baldomero, dígales que esto no es posada.

--¡Qué?... ¿Los vas a echar, Melchor?...

--Déjelos, don Melchor--dijo Baldomero,--que duerman en la caballeriza... ¿qué mal pueden hacer?... ¡Llueve tan feo!...

--¡Como han venido, que se vayan!

--No hagas eso, Melchor.

--¡Pero! ¿qué es lo que hay?--repitió Ricardo.

--Dos gringos, ché--le contestó Melchor,--dos bribones... que quieren pasar aquí la noche.

--¿Y...? déjalos...

--¡Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hágalos salir del campo.

--¿De «verdá», don Melchor...?

--¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?...

--Déjalos, ¡infelices!--insistió Lorenzo.

--¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!...

--Está bien, don Melchor--dijo Baldomero dirigiéndose hacia la caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.

--¡Baldomero!--gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,--¡que los acompañe Hipólito hasta la tranquera!

--Está bien, señor--se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo, mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta...

* * *

--¡Así!...--decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo placenteramente,--¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace que no va a faltar nadie!...

--¿Y vendrán muchachas?--preguntó Lorenzo.

--¡Como gato al bofe!... señor. ¿En habiendo bailable?... ¡ni qué hablar! ¡Y más cuando han sabido que es por festejar el santo de don Melchor y qué habrá carneada... y carreras! ¡Viera don Lorenzo, cómo abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar «veinte» de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... ¡Si se me hace que hasta de a pie la corrían!

--¿Avisó al comisario, Baldomero?

--Hoy de mañana le hablé, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y que no faltaría.

--Yo creo--dijo Ricardo,--que para un «fieston» como el que preparan deberías invitar a don Casiano... quizás viniera.

--¡Anda tú!... Vas mañana... y te lo traes el domingo.

--¿En serio?... ¿Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre?

--¡Por indicación tuya!... ¡pero no le digas que se trata de mi cumpleaños, porque lo pondrías en el compromiso de regalarme algo y no sea el diablo que me regalara... la «Pampita»!

--¡No seas bárbaro!... Bueno: ¿voy?

--Como te parezca... lo que es por mí...

--Convenido; ¿me hará preparar caballo, Baldomero?

--¿Cómo no, señor, si usted dispone?

--¿Y me acompañará Juancito?

--¡Sí, hombre!, te acompañará Juancito... y llevará el «tostado» ¡que es de «anca»!... por si hay que traer a la «Pampita».

--Te ha dado fuerte con la «Pampita»...

--¡Más fuerte te ha dado a ti!

--¿Y qué camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro con Anastasio?

--Juancito le dirá, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gómez, ¿sabe don Melchor? que no es una vuelta grande.

--¡Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no encontrarme con Anastasio.

--Qué, ¿le tiene tanto miedo?

--Miedo, no, Baldomero; ¿pero a qué comprometerme?

--¡Cuando ya estás comprometido con la «Pampita»!--dijo Melchor, sonriendo.

--¡Dale con la «Pampita»...! casi estoy por creer que te acuerdas más de ella que de Clota...

Melchor, que acababa con el mate que tenía en la mano, se lo dio a Ramona, diciéndole:

--No me dé más.

La conversación continuó anticipando comentarios sobre las fiestas proyectadas para festejar el cumpleaños de Melchor, postergado hasta el domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, según Baldomero, merecía.

--Al fin son dos días, no más, mientras que mañana no podrían venir muchos--decía éste.

--Lo que a mí me interesa más es el baile--dijo Lorenzo,--porque nunca he visto un «pericón», ni un «gato», ni nada de eso.

--Pues saldrá de la «curiosidá», don Lorenzo.

Baldomero se interrumpió de pronto, poniéndose de pie y mirando a la distancia atentamente en forma que despertó la curiosidad de todos, que se levantaron también preguntándole:

--¿Qué mira?...

--...Allá... Si no me engaño... viene un coche... y viene para acá...

--¿Dónde?

--...Allá... bajando la loma... ¿ve?... derechito a la tranquera...

--¡Es cierto!--dijo Lorenzo.--Ahora lo veo perfectamente.

--Y yo también--dijo Ricardo,--podríamos ir a salirle al encuentro; ¿qué les parece?

--Vamos, la tarde está fresca.

--¡No ve! Don Melchor: ahí endereza a la tranquera, ¿quién será?...

--Ahora lo sabremos, vamos.

El grupo se dirigió al encuentro del coche que visiblemente se dirigía a la «Celia».

--Viene del pueblo, don Melchor... de la cochería de Gaspar, ¿sabe?... y viene con una persona...--dijo Baldomero.

--¿Quién será?

--Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar el día de mañana contigo.

--¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso!

--¿Y por qué no?...

--Porque no...

El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su sombrero.

--¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...--dijo Lorenzo y agregó con viva satisfacción:--¡qué bueno!

Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo, casi como un padre:

--¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?...

--Perfectamente, Rufino, ¿y por allá?

--Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don Ricardo?...

Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos, regresaron a pie en dirección a las casas.

--Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor--cosa que estuviera aquí mañana, ¿no?--y que le trajese noticias de casa que están todos buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo, que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña.

--Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo.

--¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí.... El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor.

--¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese enfermo de cuidado...

--Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también.

--¿Ha estado en cama muchos días?...

--Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado.

--Y diga, amigo--le preguntó Baldomero,--¿ya está bien el viejo?

--Bien del todo, no, señor; pero está mejor... eso sí... y cuidándose no ha de suceder nada... ¿y sabe la novedad, niño?--agregó dirigiéndose a Lorenzo,--que la niña Sofía está pedida y según me dijo la señora que le dijera, que parece que para mayo o junio.

--Sí, Rufino, Sofía me escribió dándome la noticia.

--Las niñas no hablan de otra, cosa, niño, y todos los días se llenan de amigas que la felicitan ¡y es un ir a las tiendas!... ¡Mire que da trabajo un casamiento!...

--¡Cuénteselo a don Ricardo, amigo!--dijo Baldomero riéndose.

--¿Y por qué a mí?... Más cerca lo tiene a Melchor.

--Ahora que me hace acordar: me dijo la señora, don Melchor, que le dijera que la niña Clota los acompañó sin descanso en los días que el señor estaba peor.

--Pero... ¿qué ha estado mal el viejo?--le preguntó Melchor.

--Sí, señor... al principio no estuvo muy bien, ¿no le decía?... pero ya va mejor.

El grupo se dirigió a la caballeriza de donde regresó a las piezas interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que aquél era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala.

Rufino entregó a Lorenzo algunas cosas diciéndole:

--Esto le manda la señora, niño, y esta carta--y dirigiéndose a Melchor agregó:--Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas que me dieron y a más... espérese, don Melchor, aquí le traigo... pero, ¿dónde lo he puesto?--repetía buscando en los bolsillos interiores afanosamente,--¡ah!... aquí está... esto que le mandaba la niña Clota...

Melchor, que se había dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entregó un pequeño estuche que hizo exclamar a todos:

--¡A ver!... ¡A ver!...

Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi displicentemente, desató el pequeño estuche que abrió y, sin detenerse a contemplarlo, lo mostró a Lorenzo y Ricardo que exclamaron:

--¡Qué maravilla!...

--¡Qué buen gusto!...

La caballeriza, barrida y regada prolijamente, había sido desalojada de cuanto podía disminuir su capacidad de salón de baile, dispuesto con bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro farolitos chinescos colgantes del techo y guías de sauces adornando los pilares del frente.

En el monte de durazneros se había dispuesto lo necesario para el almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas, cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de oro; gran «panamá» con ancha cinta de colores; y por detrás, debajo de la blusa asomaba el caño bruñido de un revólver.

En los palenques no cabía ni un caballo más y bajo los ombúes estaban los carros en que habían llegado las familias invitadas que se diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre el esplendor de aquella fiesta excepcional.

El paisanaje se había reunido en la «cancha» improvisada donde se medía las distancias a correr y en cuyas inmediaciones «se caminaban» del cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor aspecto presentaban.

--¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!--gritó Melchor desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que los muchachos paseaban a morral:

--¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el «malacara»...

--Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye.

--¡Quién dice que juega al «ruano»?

--¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal» pasto!...

--Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que va, ¡si es que recula!

--No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él--dijo don Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las rodillas.

Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:--No se mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...

Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez.

--¡A ver--gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,--si echan reses a la playa!

En diversos y pintorescos grupos se realizó el almuerzo presidido por la mesa dispuesta para Melchor que sentó a ella a los convidados más representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y dos muchachas hijas de un colono alemán a las que puso a su lado, al mismo tiempo que decía al hermano de ellas que las había acompañado:

--Usted no cabe aquí, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomódese por allí...

Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono confidencial:

--Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita...

--¡Oj!... mi «guérmana» no «está» para un señor así.

--Pero usted sí... para eso y mucho más...

La muchacha ingenua y sencilla se puso más roja de lo que era: por primera vez, en su vida, sintió en los oídos el palpitar acelerado y martillante de su propio corazón y, como en un desvanecimiento extraño, tuvo la visión fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un carruaje esperase a su dueña...

Melchor lo comprendió y cuando se disponía a insinuarse en el lenguaje agresivo y mudo de una pasión fingida llamó su atención, y la de todos, el viejo Montero, que alzándose a la distancia le gritó:

--¡Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la «salú» de su futura, la niña Clota, que nos dice Hipólito...

Y el viejo que tenía en frente al cochero de la estancia levantaba en alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos vueltos hacia abajo.

--¡Por la niña Clota!...

--¡Por la futura del patrón!...--gritaron en coro todos, cuando llegó Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo:

--Se avista a don Ricardo que viene con Juancito--y regresó a las piezas de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su patrón tenía al lado.

Momentos antes de terminar el almuerzo llegó Ricardo que, al encontrarse con Melchor; lo abrazó efusivamente:

--¡Que los cumplas muy felices!

--¿Cómo te fue?...

--¡Perfectamente!...

--¿No te dije?...

--...hasta donde es posible--agregó Ricardo tomando asiento donde no había cabido el hermano de las rubias.

Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con éste a la sala para oír a Ricardo en el piano.

A los acordes de éste la gente empezó a reunirse en el corredor donde se hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras Melchor atendía a todos, como dueño de casa, haciendo servir algunas botellas de sidra espumante.

Llegó luego la hora de las carreras que debían empezar por la del premio ofrecido por Lorenzo y en la que tomarían parte cinco caballos.

La carrera debía ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al comisario Maidagan, pero aquél no sospechó la laboriosa operación en que se había comprometido, pues cada vez que calculó poder bajar la señal de la partida debió desistir, porque el «overo» hacía punta, o el «ruano» se quedaba atrás, o el «rosillo» se anticipaba, o el «malacara» se volvía, o el «gateao» permanecía firme en la raya.

Entre la línea fijada a los caballos y la de la partida definitiva, ocupada por Lorenzo, había unos treinta metros que aquéllos recorrieron treinta veces, sin presentarse en línea, hasta que por fin Lorenzo les dijo:

--Bueno, amigos, va la última: voy a largar... ¡y el que se quede atrás que se quede!

Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en irreprochable formación; bajó la señal; sonaron los rebenques y el lote partió, levantando tras sí como la cortina de polvo de un automóvil en marcha.

Todo el paisanaje se lanzó a escape tras los competidores entre los que desde el «pique» hizo «punta» el «malacara» montado por Juancito--el peón de la caballeriza solicitado al efecto por su dueño con la promesa de darle dos pesos si ganaba la carrera.--Llegó segundo el «rosillo» montado por su dueño, Lucas Bando, que había tomado varias «paradas» dando «fila» con su cacaballo y que al bajar de éste dijo a gritos:

--¡Meten un caballo de sangre y así qué gracia!... Con un animal de la estancia... ¡«Pchá» que son vivos!...

Melchor, que montaba el «zaino» y que había bebido más de lo habitual por estimular a sus invitados, al oír a Bando, picó su caballo y poniéndosele al lado le dijo:

--¡Avisa si querés que estrene este arreador!

--¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese caballo por criollo, entonces?...

--Porque es criollo, ¿entendés «guacho»?

--Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...

--¡Pero qué te has pensado, canalla!--dijo Melchor haciendo girar el cinturón como para sacar el revólver.

Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien Maidagan tomó del brazo diciéndole:

--¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...--al mismo tiempo que decía a Bando:--¡Monte y retírese, amigo!

--¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo!

--Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido--repuso Bando;--para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo...

Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron, poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones, y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo».

* * *

En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.

Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al viejo Montero que aceptó el cargo diciendo:

--¡La primera pieza «pal» patrón!...

La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos, abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y, parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la ejecución de la habanera, le dijo;

--Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a iniciar el baile.

La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha apretaba fuertemente con la izquierda.

Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban, entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso galán.

Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas, prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan unido a ella

«Que sus dos almas en una acaso se misturaron».

--¡Quiébrela, niño...!--dijo una voz que partió del grupo de paisanos, hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible...

La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos seguía ansioso y lívido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes.

Cuando el acordeón, como una isoca que se encoge, se replegó ondulante emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel «cinturón ardiente» se corrió por la cintura como una culebra que se desliza, y Melchor se inclinó en una graciosa reverencia sobre la rubia, el hermano de ésta avanzó resueltamente y sin calcular la impresión que provocaba en todos, la tomó del brazo diciéndole que era hora de retirarse, al mismo tiempo que hacía una seña a la otra hermana sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo.

Fue inútil cuanto se hizo por modificar la resolución que arrancaba del baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenían el color, la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros.

--...¡Cretino!... ¡Imbécil!...--repetía Melchor contemplando a las dos muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y ancho del colono.

--¡Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que está en el balde!

--No bebas más, Melchor...

--Déjate de pavadas, Lorenzo; tengo sed.

--Toma limonada.