Chapter 10
--Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha por mí a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas con la propia conciencia; pero sería ridículo que tuviera secretos para contigo, Melchor, tratándose de un síntoma de salud moral, readquirida por tu esfuerzo; sería cuando menos pavo que los guardara para contigo, Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones recíprocas, y sería ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase cómo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consulté con él. Hecha esta declaración previa, que se impone, voy a referirles el episodio.
El lunes llegué al pueblo a las cuatro más o menos, porque me demoré muy poco en el «Paso», y después de descansar un rato y bañarme, fui a lo de don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera...
--¡Se le haría cuesta abajo!...--dijo Baldomero riéndose.
--...¡al contrario!... vi que la «Pampita» estaba sentada en el corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sintió llegar hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, ¿se acuerdan? que está a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la cosa más habitual:
--¿Es usted... señor?... Buenas tardes...--y cerrando el libro que puso sobre la silla al levantarse, se aproximó al borde del corredor, mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta formada por un gajo roto.
Yo no puedo pensar en describirla... ¡era algo estupendo!... tenía la cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrás con unos mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmórea, y que me parecían luchar entre sí como si defendieran una posesión divina... yo no he visto... no... ¡no hay en el mundo una criatura que se le parezca!
--¡Sabe, don Ricardo, que está apretando... la calor!
--No interrumpa, Baldomero... y no se ría de mí... que usted las ha de haber pasado iguales...
--Es un decir... don Ricardo.
--Pues en cuanto bajé del caballo vi aparecer al «ñato», a otro individuo que parecía peón, a una señora de buen aspecto y alguien más... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron en seguida, en momentos en que la «Pampita» me tendía la mano y me saludaba como a un viejo amigo, ofreciéndome asiento. Después supe que aquella señora era su maestra de labores y que pasa una temporada con ella. Le pregunté por su padre: «Está en el pueblo», me contestó, agregando: «Quizá venga antes de comer; ¿quiere hablar con él?» «Sí... y... no... señorita», le repuse. Ella me miró fijamente un instante y girando sobre sí misma tomó del asiento que ocupaba el libro que había estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana próxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabría descifrar el enigma planteado con mi contestación. «Quizá» le contesté «fuera indiscreto aclararlo sin su permiso.» «¿Y necesita usted de mi autorización para hablar?», me preguntó riéndose. «No se ría usted» le dije, «porque acaso hubiéramos de hablar de cosas serias... muy serias». «Vea, usted... señor... a mí me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar a tata y hablan de «cosas serias», yo me entretengo mucho más que con las conversaciones de mis amigas... ¿qué raro, eh?» «En un espíritu selecto como el de usted» le respondí, «eso se explica; pero, desgraciadamente, mi conversación no tendrá aquel carácter, y permítame que insista en pedirle su permiso para hablarle de las «cosas serias» a que me he referido.» ¿Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me preguntó con una ingenuidad insuperable: «¿Usted va a comer con nosotros?» Yo me quedé como aturdido y sólo atiné a decirle: «Creo que usted no está segura de que su señor padre venga a comer...» «Por eso le pregunto» me contestó, «para mandarlo buscar.» «Pues bien», le dije, en una forma que no pude reprimir, «de usted depende que acepte su inestimable invitación o que me retire inmediatamente, y acaso para siempre». Yo había visto a la Pampita sonriente, amable, bromista, seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: ¿te acuerdas, Lorenzo? Pero yo no había imaginado ver aquella divina expresión de dignidad reposada y grave con que habló conmigo desde ese instante para decirme después y reiteradamente: «Yo tengo que agradecerle de veras, señor, el honor que usted me dispensa, pero que, aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca, no podría aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis deberes de hija: yo me debo a mi padre, señor, y sería una criminal--yo lo entiendo así, perdóneme--si lo abandonara en sus últimos años». «¿Ni con el asentimiento de él?» le pregunté, y me contestó: «Ni con el asentimiento de él... que me lo daría, estoy segura, si creyera que podría hacerme más feliz...--pero que yo tendría que juzgar en su verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por mí y que yo no podría imponer ni aceptar».
--¡No le decía!... don Ricardo... ¡si esa muchacha es tremenda!... Y diga que usted iba con buenas intenciones...
--¿Y al fin?--dijo Melchor,--¿a qué arribaron?
--¡A nada!... A la noche volví y hablé con don Casiano largamente; le expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo que tendré con el tiempo en punto a recursos: llegué a decirle que liquidaría todo y me vendría a establecer aquí; el buen viejo me trató con toda consideración; pero diciéndome invariablemente: «Vea, señor, lo que ella resuelva, estará bien... ¿qué quiere que yo me ponga a contrariarla?... háblele usted, no más... y si es por visitarla, puede venir cuando quiera». Así lo hice; el martes, casi pasé el día allí; comí con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volví ayer... hemos estado horas y horas solos; pero la última palabra de la Pampita al despedirme fue la primera: «Me debo a mi padre y no lo abandonaré en sus últimos años». «¿Me permite usted que la frecuente?» le dije teniéndole la mano tomada. «Siempre me será grata su visita», me contestó, y cuando salí por la tranquera para venirme, la vi en el corredor; la saludé con el sombrero y ella me contestó con la mano. Me vine y... aquí estoy.»
--Mi opinión, Ricardo, es que tú nos cuentas la mitad de la jornada; pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido.
--No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, ¿y concluido?... ¿por qué?...
--Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habría dicho o te lo habría hecho saber por don Casiano.
--Es claro que no les he repetido sílaba por sílaba cuanto hemos hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte años, durante ellos la Pampita se conservará igual.
--¡Qué se va a conservar!... ¡no seas ingenuo!... mantiene una actitud simpática, porque es inteligentísima, para hacerse más interesante, pero ha comprendido que tú eres un gran partido y no lo perderá.
--Haces mal en hablar así... la Pampita es incapaz de una coquetería, ni de una farsa: me ha revelado un propósito firme y sincero, que nada ni nadie hará modificar.
--Bueno; no te resientas.
--¡Si no me resiento!
--Haces una defensa que lo parece.
--Es que tú pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera.
--No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo; creo que es una mujer, y nada más; y así, la juzgo como a todas... igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas, amables, sencillas, modestas, etcétera... preparándose a formar el otro grupo, ¡el antitético!
--La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificará ni por mí ni por nadie.
--Vuelve mañana; insiste; plantea un dilema de términos extremos, y ya verás... ¡La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas!
--¡Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero sé perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como tú dices, se mantendría en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podré ir veinte, cien veces, y siempre me diría lo mismo.
--¡Quién sabe! Ricardo, insiste y allá veremos.
--Este no es asunto que se gane con la insistencia, ¿no es verdad, Baldomero?... usted que la conoce bien.
--Así es, sí, señor; pero lo que usted cuenta, ¿sabe? ya es un adelanto y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que «cuantos más chicharrones más grasa sale...»--contestó Baldomero provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo.
--En fin--dijo Lorenzo,--yo pienso como Melchor: ¡ésta es campaña ganada, Ricardo!... ¡Y tanto que si quieres acompañarnos a una siestita, podrás dormir sobre tus laureles!... ¿eh?...
--¡Qué va a dormir, Ricardo!... No está para eso.
--¿Que no, Melchor? dormiré a pierna suelta, buena falta me hace.
--Y a todo esto, Ricardo, ¿cuál es el síntoma de salud moral a que te referiste?
--¡Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, ¡y eso que esta vez va como nunca!, yo me conformaría pensando...
--¡Con los colores complementarios!--le interrumpió Melchor.
--No, ché, pensando en lo que tú nos decías en el tren, ¿te acuerdas? «el mundo está lleno de Clotas».
* * *
--¿Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han traído?
--Bueno, ¿ustedes se animan?
--No, ché, yo voy a quedarme para escribir a casa.
--Y yo también; ya te dije.
--Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace días. ¿Qué le parece que fuéramos mañana a ver la hacienda?
--Mejor que escriba mañana, don Melchor; de todos modos Hipólito saldrá tarde... y siempre tendrá tiempo... también puede escribir luego, a la noche, ¿no le parece?
--¡Estoy tan cansado!...
--¿De qué, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada...
--He andado tanto estos días... y he dormido poco en las últimas noches.
--¡Tu receta, Melchor, acuérdate!--intercedió Ricardo,--contra el cansancio, el ejercicio.
--Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga, porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de sangre.
--Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar?
--¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?...
--No; hágame ensillar el _Platero_... con recado, ¡eh!--repuso Melchor dirigiéndose a su dormitorio.
Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate y comentando el deseo de Melchor de montar al _Platero_, redomón que lo era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se cumplían al pie de la letra y momentos después el _Platero_ ensillado giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en que había sido atado.
Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque, trenzado, con virolas de plata.
--¿Qué tal?--preguntó al presentarse.
--¡Pareces un gaucho de verdad!
--A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de hombre de campo--dijo Lorenzo.
--Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?...
--¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu condición.
En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un perfumado pañuelo de manos, diciéndole:
--Tanto pedírmelo y se iba sin él.
--Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero?
--...Cuando... quiera... don Melchor--dijo Baldomero, que se había quedado contemplando a Ramona.
Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al _Platero_, mientras lo tenía sujeto por una oreja.
--Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito!
--¿Por qué, Baldomero?
--Para pechárselo, si es caso--repuso éste al montar en su «azulejo», agregando:--Monte ahora, don Melchor.
Este había puesto el pie en el estribo, pero el _Platero_ giraba sin cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar algunos pasos en las patas traseras.
--¡Y que te me ibas!... ¡maula!...--gritó Melchor afirmándose en el recado y dando un formidable rebencazo al _Platero_, que arqueándose agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor:
--¡No lo castigue!--y los dos caballos partieron pujando como en una carrera que hubiese de darse «puesta».
--Cualquier día van a costarle caras estas gracias--dijo Lorenzo, contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el _Platero_ producía.
--¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!--se aventuró a decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza realizada por su patrón.
--Él mandó... por eso lo ensillé--dijo Hipólito, contestando a Lorenzo, como si considerara que le alcanzaba el reproche.
--Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una desgracia todos vamos a ser culpables.
--Mientras esté don Baldomero no ha de ser.
--Dios lo quiera--repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el escritorio, en el que se disponían a escribir.
Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo, golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera empaparla mejor:
--¿Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupación?
--Yo tengo la misma.
--¿Cuál?
--Melchor.
--¿Cómo has adivinado?
--No podía ser otra.
--¿Y en qué consiste la tuya?
--En el cambio radical que se está operando y acentuando en él.
--¡Has visto!...
--Hace ya muchos días que lo observo, y hasta me ha parecido más de una vez que se excedía en la mesa.
--De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor.
--¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa?
--Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come demasiado.
--...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después... tiene un montón de cartas sin contestar...
--Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben, ¡qué sé yo!
--A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta.
--A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento moral en que nosotros estábamos.
--Y de que él nos sacó...
--Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo propio.
--En él debe haber una causa también.
--¡Vaya uno a buscarla!... ¡bah!... ¿y quién nos dice que todas las amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ahí su estado actual...?
--¿Por qué pensar eso?...
--Digo no más... porque veo que él cambia por instantes... y no para mejorar... y además yo no encuentro la causa de este cambio, que a mí me parece de muy mal aspecto...
--Sí... realmente... pero... ¡en fin!... yo me encuentro perplejo, no sé qué partido tomar...
--Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a él le gusta la vida que está haciendo, ¡que la haga!
--Tal vez pudiéramos influir en algún sentido... quizá volviéndonos a Buenos Aires.
--¡Ya estás pensando en eso!...
--Tú podrías quedarte, desde que tienes un interés; pero yo me iría con él.
--Y crees que Melchor acepte el regreso ya... ¡No creas!
--¿Y por qué no?
--¿Pero no has observado que él lo pasa «ahora» muy bien?...
--...Algo me ha parecido notar...
--¡Sí, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche. Creo que él piensa hablarle...
--...¡Qué colmo sería!...
Entretanto el _Platero_ había disminuido sus impulsos y galopaba tranquilo como un caballo definitivamente domado.
--Sujetemos, don Melchor.
--Sujetemos--contestó éste poniendo su caballo al paso. Así siguieron contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas «a rajarlas con la uña».
--¿Qué año excepcional, eh?
--Así es, don Melchor, para las siembras y la hacienda.
--A eso me refiero.
--Yo también...
--¿Por qué me lo dice en ese tono?
--Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite... ¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?...
--Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí...
--Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón llegase a venir...
--¿El qué?... ¡Hable claro!
--Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien... y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo... pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.
--Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.
--No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con usted...
--¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo cartas a cuantos imbéciles me escriben...
--No es eso... no... don Melchor...
--...y que se espantan porque tomo vino en la mesa.
--Tampoco... don Melchor...
--...como si pudiera hacerme mal.
--¿Quién va a decir eso?...
--...porque ahora tomo y antes no tomaba... ¡bah!...
--No es eso... don...
--¡Bueno, Baldomero! ¡ya basta!... ¿me entiende?... No me venga usted con pavadas que no voy a atender--exclamó Melchor vehementemente.
--No le hablaré entonces, don Melchor.
--¡Sí, es lo más discreto! ¡y basta!
--...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... señor... no... son... pa... va... das...--repetía Baldomero, como hablando consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que duró la jira hasta que Melchor dijo:
--¿Volvamos?...
--Volvamos... don Melchor.
* * *
--Hoy es el día de más calor que hemos tenido, ¿no te parece?...
--El termómetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados.
--¡Cómo estarán en Buenos Aires, ché, Melchor!
--Ya ves... y tú decías que es preferible vivir allá.
--Con todo, ché: los ventiladores... los baños... los helados...
--En cambio aquí refresca a las tardes, y las noches son siempre soportables, cuando menos.
--¿Lloverá hoy?--preguntó Ricardo.
--¡Sin duda!--dijo Melchor,--el barómetro marca ya 755 milímetros--agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde acababan de almorzar.
--¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero!
--Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la «Pampita»... y hacer méritos...
--¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino.
Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas.
Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos a secar.
En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor, los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo inerrable de los animales sedientos.
Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno.
De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del corral.
En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que, del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre en que dormía un peón, repetir allí su trinar aleteado y volar a un tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando a todos los rumbos y partir, de pronto, en línea recta hacia la glorieta del jardín.
A ratos se oía el «meee» tembloroso de algún corderito afligido; el silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada burlona de los «pirinchos» y el trueno retumbante y sordo de una gran tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes cansados.
A medida que el sol declinaba, ascendía la tormenta pesada y amenazante, hasta que llegó un momento en que tomó vuelo, avanzó resueltamente sobre el sol enviándole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, partía el repentino fogonazo de un relámpago cuya luz se mostraba por grandes claros en las sombras del suelo--a la manera de los que se abren en los camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja sobre ellos una piedra.
De pronto cruzó una ráfaga de aire fresco que se aceleró por instantes, intensificándose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas, levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun torcer las copas de los mismos ombúes, gruesos y anchos, como una satisfacción sanchesca.
Las palomas salieron del sopor en que habían dormitado, lanzándose en dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en línea, de combate por rumbos contrarios.
De pronto también las copas de los árboles volvieron a su posición recta; el polvo quedó en suspensión descendiendo, lentamente, sobre el suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brilló de nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta había pasado en su colosal ruta parabólica, rumbo al poniente, donde pareció detenerse, como a esperar al sol.
Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendiéndose el tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta: