Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.

Part 9

Chapter 94,153 wordsPublic domain

_Cel._ Impedimentos que no faltan, cuanto más que el temor vergonzoso la habrá retraido de lo que, por ventura, ella libre de aquel natural empacho y velo de vergüenza, más que tú desearia. Pero déxamela, que yo la ablandaré más que cera, y áun la derretiré con mi plática que destile en lágrimas de tu amor; que mi lengua allana todas esas asperezas y rigores, que una martillada y otra hace mella y empresion en el hierro, y lo pone de la figura que quiere; una contínua gotera horada la piedra, las hormigas con el mucho uso gastan los pedernales y hacen camino pasajero, la frecuentacion de los actos causan hábito, el mucho exercicio desenvuelve los miembros. Así mis compuestas, multiplicadas y importunas palabras desbastan los corazones rudos al amor, y los duros enternecen, y los tiernos del calor de Cupido derriten, y en ellos imprimen su sello, virtud y eficacia. Tú, señor, nota de mañanica una carta en que le declares tu pasion y te quexes de su fe quebrantada y lo que más supieres, y envíamela, dársela he; que todas estas machinas son menester para combatir y abatir el su fuerte propósito á lo que queremos; y á buenas noches, que me toma dolor de cabeza si me desvelo con esta mi negra axaqueca.

_Lis._ A tí me encomiendo, señora.

_Olig._ Adios, madre, y salúdame á mis ojos.

_Cel._ Andad con Dios, mis hijos, que sí haré.

_Lis._ No llames recio, no nos sientan los vecinos. ¿No salen esos tacaños á abrir? Bellacos, ¿así esperais á vuestro amo que os da de comer? ¿Qué es de aquel rapaz, Filirinillo? Puto rapaz, ¿dormís? espera que yo te despertaré, con una vuelta de cabello.

_Fil._ Señor, yo despertaré.

_Lis._ Despierta, despertad, pues vuestro amo vela. Enciéndeme luégo una vela y súbela á mi escritorio.

_Olig._ Señor, reposa eso poco que falta de la noche, que tiempo hay para todo.

_Lis._ No te fatigan mis cuidados ni te quitan el sueño como á mí, anda, véte á acostar y cierra esa puerta.

_Fil._ Yo, yo, ju, juro á Sant Juan, yo, yo lo diga á mi padre que me peela, y, y me abofete, ea, y, y que me asiente co, con otro amo mejor.

_Eub._ Calla, hermanito, no llores, que quien bien te quiere te hará llorar. Si buenos principios llevares de pequeño, cuando grande los hallarás, que las buenas costumbres y buena crianza de la niñez mucho aprovechan para despues tener firmeza y constancia en la virtud, que de becerrillo verás que buey harás. Si desde chico te vezas á ser virtuoso, siempre adelante amarás lo bueno, y en ello te deleitarás, porque la virtud frecuentada por muchos actos conviértese en naturaleza, y la natura inclina á obrar con deletacion y suavidad, al contrario, si te enfrascas en el vicio, y una vez te metes en él, tras él te irás como barco suelto en pos de la randa, ó como nao que va en popa, ó como caballo desbocado, no habrá quien te refrene ni aparte de sus halagos, ni nadie bastará á sacarte de su muladar, que ya sabes que mudar costumbre es par de muerte, y quien malas mañas há tarde ó nunca las perderá; sino míralo en lo que dice Plutarcho en el tratado cómo se han de criar los hijos, donde, entre otras cosas dignas de recordable memoria, cuenta que Licurgo, rey de los lacedemonios, queriendo mostrar á los ciudadanos cuanto hace para las costumbres la crianza en que se crian los hombres, tomó dos perros, hijos de un padre y una madre, criados en diversos exercicios, el uno en la cocina enseñado á golosinas y á lamer ollas y platos, y el otro en el campo hecho á trabajos y á cazar, y juntado el pueblo en la plaza, díxoles: mucho pueden, varones Lacedemonios, la crianza y los enseñamientos y exercicios en los hombres, como luégo lo veréis por las obras en estos dos perros, hijos de un padre y de una madre; y esto dicho, soltó los perros, y el uno se fué á una olla que pusieron allí, y el otro tira tras una liebre que soltaron. Esto te he dicho, Filirin, porque parece mal los mochachos ser rezongones y desobedientes, y tambien porque juras y juegas, y áun sirves de mandilete, que es peor, que yo lo sé. Y mata ese cabo de candela y durmamos, que es tarde.

¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL TERCERO ACTO.

Yendo Oligides á dar la carta á Celestina, encuentra con Brumandilon, que va muy denodado á matar á Celestina porque no le dió parte de la medalla. Conciértanse entrambos de robar á Celestina y huir temiendo el mal fin que de los amores de Lisandro se espera, porque Beliseno anda muy sobre el aviso. Llegados á casa de Celestina, asegúranla con palabras lo mejor que pueden, vase Celestina á llevar la carta, quedan Oligides y Brumandilon en casa con las dos sobrinas.

LISANDRO. — OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA. — LIBIA. — CAPELLAN.

_Lis._ Mozos, levantaos y llevad esta carta á Celestina.

_Olig._ Nunca por mucho madrugar amanece más ayna; ¿no ves, señor, que no es de dia?

_Lis._ A tus ojos vencidos de sueño. Vístete en un aire, y toma esta letra y dásela, que la dé lo más presto que pudiere á mi señora, y dile de mi parte que le suplico, pues mi vida pende de su lengua, que sepa con ella darme remedio, ó sino que abrevie mi pena. Corre en un vuelo, no le ocupen otros negocios.

_Olig._ Ya voy, que me olvidaba la gorra y me iba tocado con la escofia. O yo no veo ó aquél es Brumandilon. ¿Ah, Brumandilon, dónde bueno con tanta priesa? ¿Es alguna muerte de hombres?

_Brum._ Los vivos lo verán y los que nacieren oirán la hazaña que voy agora á hacer.

_Olig._ Aosadas que es sobre la medalla.

_Brum._ No es sobre otra cosa.

_Olig._ Pues allá voy yo á darle esta carta que dé á Roselia.

_Brum._ Anda allá y serás testigo de su muerte.

_Olig._ Mas hagamos otra cosa, si te parece.

_Brum._ Di.

_Olig._ Bien sabes que esta vieja es cobdiciosa y avarienta.

_Brum._ Sí sé.

_Olig._ Y que primero le sacarás la vida que la medalla.

_Brum._ Mucho bien.

_Olig._ Luégo, ¿qué mejor hecho romano quieres hacer que robarla una noche? y si tú partes comigo, yo daré industria para ello, que si la matas perderás la medalla y por ventura la vida.

_Brum._ De eso no se hable, que solo Dios es bastante á quitármela, otro no; pero de esotro estoy en ello, y me parece bien, y de mi consejo hágase luégo, no se dilate.

_Olig._ Hágote saber que bien mirado cumple que lo hagamos, porque estos amores de Lisandro son peligrosos, y creo que por bien que libremos todos, así sus criados, como los que dieron causa á ello, no escaparémos ó de degollados ó muertos de los parientes de ella, que son de los principales de la ciudad, ó desterrados perpétuamente con alguna mutilacion de miembros, y pues hemos de huir, bien es que llevemos las bolsas aforradas á costa de aquella que ha seido causa de tantos males en esta vida.

_Brum._ Bien dice éste, que yo en propósito me lo tenía sin eso y con eso, irme de aquí, que por Sancta María, mal ojo me echa Beliseno cada vez que me topa; quiero vivir á mi contento y quitarme de revueltas, que más quiero vaca en paz que pollos con agraz.

_Olig._ ¿No te determinas?

_Brum._ Nada me mueves por esa via, ¿no te he dicho que no temo á hombre nacido ni al diablo que sea? Soy exento en ese caso; públicamente, si se me antoja, sacaré á Roselia por medio de su casa y la entregaré en las manos de Lisandro, y que nadie me lo pida. Si se ha de hacer es porque de este hurto se nos seguirá mucho provecho y interes, que vivir y no medrar es gran pesar. Yo te digo que si topamos con el cofre do tiene muchas piezas y joyas de oro que ha ganado por este su oficio, que saldrémos de mal año y mudarémos el pelo, que quien no se aventura no há ventura.

_Olig._ Estése, pues, la cosa así y disimúlese, verémos si le da más Lisandro, y tú no dejes de mirar los rincones de casa, no tenga por dicha escondido algun dinero que no sepamos.

_Brum._ Déxame el cargo, y agora vamos, pidiréle dos reales para comer, que seis que me dió estotra que tengo en la putería acabo de perder á los dados de un mal azar.

_Olig._ En ninguna manera le mientes la medalla, porque descuide, ántes te aven con ella amorosamente.

_Brum._ Bien; aunque no es de mi condicion, ni me pagué jamas de esos dobleces mostrar amistad do no la hay. Que no ménos virtud me parece el hombre ser siempre claro enemigo, que en el debido tiempo al amigo ofrecido mostrar su verdadera amistad. Pero tornando á otro propósito, señor mio Oligides, bien ves dónde estamos.

_Olig._ Sí.

_Brum._ Por el bravo y venenoso Cancerbero, que debajo de este arco de los Milagros rebané á dos las cabezas á cercen diez años há, como quien rebana dos cohombros, que el diablo los puso junctos y los hizo iguales.

_Olig._ Tanto há y más que estoy en este pueblo y nunca tal oí.

_Brum._ Escucha que miento, que no fué sino en Córdoba en otra encrucijada como ésta, pero aquí no fué sino las piernas. La diversidad y gran variedad de las hazañas que por mí han pasado por diversos reinos y ciudades, me privan de memoria, á que no me acuerde de los casos particulares que tengo hechos por todo el mundo.

_Olig._ Démonos priesa, que la puerta de casa de Celestina veo abrir, entremos de rondon y tomémosla en la cama. Sube.

_Brum._ Mas sube tu.

_Olig._ No haré por mi fe, ea, no quieras con tu larga crianza hacerme á mí falto de comedimiento. Sube tú, pues sabes la casa.

_Brum._ Subo, pues do conviene obedecer no há lugar la cortesía.

_Cel._ Ce, ce, ce, Drionea, esconde el capellan presto, presto, que viene Oligides.

_Drion._ Ay mezquina, que no hay dónde.

_Cel._ Mételo en esa arca del pan.

_Brum._ ¡Ah vieja desdentada! aquí te tengo, no te me irás sin que me pagues lo que me debes.

_Cel._ ¿Y qué te debo, centeno?

_Brum._ Tres veces que me sacaron á la vergüenza y una á azotar por tu causa.

_Cel._ Y á mí ¿no me hicieron obispo de escala entónces?

_Brum._ ¿No subes, Oligides?

_Olig._ Ya, que vacio las aguas; buenos dias, señora Celestina.

_Cel._ Vengas en buen hora, hijo.

_Brum._ Dime, vieja, ¿no tiemblas en verme para no me hacer enojo alguno?

_Cel._ Pardios, no.

_Brum._ Pues no tengo yo gesto de eso, que, por vida de tal, cuando me lo miro en el espejo, así horrible, feroz y temeroso como es, cien leguas de mí huir querria.

_Cel._ Arre allá, asno.

_Brum._ Por la sancta letanía, si no fuese por no dejar mis zapatos en tu barriga, más coces te diese que letras tiene la Biblia, porque no dés tan mala respuesta y tan mal galardon á quien defiende tu casa de ladrones, y tu persona de los que mal te quieren, y tu honra y fama de malas lenguas.

_Cel._ Andate ahí con tus zaherimientos. Sola una vez que oxeó á voces unos popilos que me daban matraca, me lo zahiere á cada paso y me da con ello en los ojos.

_Brum._ Pese á tal, ¿despues de tener los brazos cansados de dar golpes en tu servicio, y los broqueles y espadas hechas piezas, me dices eso? Todos te besan la ropa y lo que huellas, y te hacen el buz sólo por mi respecto, porque saben que no son más sus vidas de lo que te enojaren, y no lo sabes conocer.

_Cel._ ¿A mí quieres engañar con esas mentiras? ¿A mí, que soy Celestina y por otro nombre Elicia, sobrina de aquella que por su mucha fama y sabiduría es puesta en refran de todos? ¿A mí, á quien la experiencia de las cosas ha hecho artera, piensas echar dado falso ó treta encubierta? mal pensado lo has.

_Brum._ Si tú sabes mucho, tambien sé yo mi salmo, y si tú eres Celestina, á mí llaman Brumandilon, que brumando los hombres tomé nombre del hecho, y soy nombrado en las partes orientales, tambien soy tuerto y tundidor, y más de Córdoba, y nací en el Potro y pasé por Xeréz, y tuve la pascua en Carmona, y ninguno me la hizo que no me la pagase con las setenas; por ende tú guarte y dame dos reales que te pido para comer.

_Cel._ No sé si los tengo.

_Olig._ Dáselos, por tu vida, Celestina, y sed amigos.

_Cel._ Dos reales y cuatro daréselos yo, pero de medalla no me hable nadie, que no será ésta, si yo puedo, la cadenilla de mi tia. Toma cuatro en lugar de dos.

_Olig._ Agora me contentas, Celestina, que te llegas á razon, y sea ésta, pelea de por Sant Juan paz para todo el año.

_Cel._ ¡Ay! pluguiese á Dios que nuestras rencillas pasadas fuesen como calenturas de Mayo, que son salud para todo el año.

_Brum._ Ce, Oligides, con esto piensa hacerme pago. Pues callémonos todos, que aquella arca que está á los piés de la cama es, si no me engaño, donde está metido el cofre que te dixe.

_Olig._ Bien está.

_Cel._ ¿Qué te decia al oido? pensais algunas malicias.

_Olig._ A la fe, que estás muy seca en las carnes de vieja, y que no vivirás mucho tiempo por curso natural.

_Cel._ Así como estoy espero yo con vuestras calavernas echar agua bendicta sobre las sepulturas de mis finados. ¿No sabeis, bobos, que tan presto va el cordero como el carnero, y muchos rocines viejos vemos cargados de pellejos de corderos? Pues miráme bien, que más de tres ciegos me querrian ver.

_Olig._ Dexado eso aparte, Celestina, aquí trayo la carta que mandaste, y te ruega mi amo que te dés priesa á su remedio, porque Cupido fasta las plumas mete su flecha dorada en su corazon, y cruelmente le lastima y maltrata.

_Cel._ Harta diligencia pongo yo en ello, pero ¿qué quieres que haga? no es ninguno obligado hacer más de lo que sabe y puede.

_Brum._ Paso, paso, no se pase renglon que yo no entienda; dime esto, que por el gran Brutervo de Ancona, si alguno ha enojado ó maltratado, como dices, á Lisandro, mi señor, sea él quien fuere, que me la ha de pagar; ¿y sabíaslo tú, Oligides, y no me lo decias? pues dime quién es.

_Olig._ El dios Cupido.

_Brum._ Dios es, luego en el cielo estará; ¡oh pese á tal! porque no hay en la tierra otro Dédalo que fabricára á los hombres alas para volar como hizo á su hijo Icaro, que no creo en ese dios Cupido, si aunque allá arriba estuviera, si no me la pagára y bien pagado, porque sepa con quién se toma.

_Olig._ Que hace de blasonar el diablo. Finge no saber lo que los niños han olvidado.

_Brum._ ¿Qué dices?

_Olig._ Digo que entre nosotros mora.

_Brum._ ¿Entre nosotros y callábaslo? dímelo luégo dónde está; no dubdes de lo decir, que aunque esté allá léxos _in finibus terræ_, do Hércules situó sus columnas, ay, ay, voto á tal, le iré á buscar.

_Cel._ Y calla, por Dios, no le hagas mal, que es un niño ciego, hermoso, doliente, desnudo y guarnido de saetas.

_Brum._ Séase quien se fuere, mozo ó niño, ó viejo ó diablo, decidme luégo dó está. ¡Oh bellaco! ¿abad y ballestero? ¿Es dios y frechero?

_Olig._ Es amor heroico.

_Brum._ ¿Herrero? eso me declara que no se escapará aunque sea el dios Ulcano con todos los ciclopas sus herreros.

_Olig._ ¿Sabes tanta poesía y no sabes quién es Cupido?

_Brum._ A unos escholares oí estos nombres, pero nunca oí mentar á Cupido.

_Cel._ Es una sabrosa fuerza de la voluntad, un fuerte pensamiento en la cosa amada con esperanza de alcanzalla.

_Brum._ De manera que Cupido pasion es; ¡oh dichoso! que si hombre fuera, ó traxera semejanza ó figura de persona, no se me escapára que no muriera á mis manos.

_Olig._ Madre, véte ya, que yo aquí me quedo, hablaré dos palabras, que me cumplen, con Drionea.

_Cel._ ¡Ay, bellaco, quién no te entendiese! pero holgaos que vuestro tiempo es, por ahí pasamos y hecimos lo que pudimos su madre de ésa y yo cuando éramos de su edad. Libia, báxame acá esas cuentas.

_Olig._ ¿Para qué las quieres?

_Cel._ ¿Para qué? para rezar y encomendarme á Dios y oir mi misa, si á Dios pluguiere, que jamas la perdí. Cerrad esas puertas por dentro.

_Olig._ Aguárdame ahí, Brumandilon, que luégo baxo.

_Brum._ Aquí me quedo con estotra, y despacha presto, sendas manos bastan. Vén acá tú, Libia, está queda, xo, xo.

_Lib._ Pardios, no haré, contino has de ser bellaco; quítate allá, que hueles á viejo.

_Olig._ A buen tiempo vengo, señora Drionea, á lo ménos no me estorbará ahora el verdugado.

_Drion._ Miraldo, ni ménos á mí me pesará la bolsa con los dineros que te pedí.

_Olig._ Toma cuatro reales, que yo te daré más.

_Drion._ Paso, no hundamos la cama como estotro dia.

_Olig._ ¿Tienes vino? dame á beber, esforzaré, que la vista de los ojos se me turba y la boca tengo seca.

_Drion._ Mira si está la camarilla de mi tia abierta, en la su cabecera hallarás la bota colgada.

_Capellan._ Señora, despídelo presto, que me ahogo.

_Drion._ Ay, por Dios, no te bullas, que es el mi amigo y me matará si te siente.

_Olig._ Cerrado está.

_Drion._ A punto vienes. ¡Ah hi de puta! ¿piensas que no te entendí que ibas á enristrar por no dar encuentro feo?

_Olig._ Hice bien, porque quien trae baxa la lanza topa en la tela.

_Brum._ Hola, á los de arriba; paso, cuerpo de Dios, que hundis el sobrado y nos echais acá tierra.

_Cap._ Que me ahogo, que me ahogo, Sancta María, confesion.

_Olig._ Jesus, ¿qué es esto?

_Brum._ ¿Qué ruido es aquél? No paro más aquí, abre, abre, huiré, no me maten.

_Drion._ Levántate ayna, abriré el arca, no se ahogue este clérigo, confesor de mi tia, que lo metimos aquí por escondelle de Brumandilon, que se las ha jurado porque no quiso la cuaresma absolverle ni darle la Eucaristía.

_Olig._ A otro perro con ese hueso, y no á mí, que las entiendo; más mal hay en Orihuela que suena.

_Drion._ Por tu vida y mia, que no te miento, y lo puedes creer como estamos aquí, que no es lo que piensas.

_Olig._ Yo sé lo que he de creer, conozco á mi hija Marigüela.

_Drion._ Pues no lo digas á nadie y diréte la verdad, la cual puedes muy bien saber de mi hermana.

_Olig._ Mas preguntaldo á Muñoz, que miente más que vos.

_Drion._ Éste es el capellan que nos provee de la merced de Dios, porque le damos cabida con mi hermana Libia.

_Olig._ Fama es que tú eres amiga de ese clérigo.

_Drion._ ¡Yo! líbreme Dios, por el siglo de mi madre, que miente quien lo dice; no me revolviera con clérigos por cuantos haberes hay en el mundo todo.

_Olig._ Bien me parece pregonar vino y vender vinagre.

_Cap._ ¡Ay, ay!

_Olig._ Ya torna sobre sí, échale una poca de agua y volverá.

_Drion._ Pues véte, Oligides, que habrá empacho si te ve; y por los ojos que tienes en la cara, no lo digas á ánima viva, pues sabes que ninguna cosa en secreto recibida ha de ser comunicada.

_Olig._ Anda ya, que hombre secreto soy; plega á Dios que no sea lo que yo sospecho.

_Drion._ No me digas eso, que me corro.

_Olig._ Ora, sús, quédate con Dios.

_Drion._ Y él vaya contigo.

_Olig._ Brumandilon.

_Lib._ Fuése huyendo pensando que era otra cosa.

_Olig._ Vaya con el dimonio el puto baladron. Señora Libia, con un beso me despido de vos.

_Lib._ Eso barato lo vendo.

_Olig._ Quiero agora irme á dar otro verde con mi Carmisa, que no hay que fiar en putas.

¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL TERCERO ACTO.

Lleva la carta Celestina, y por el camino va sacando por conjeturas qué sea la causa por que Roselia faltó á su palabra. Témese mucho no la haya sentido su hermano Beliseno, y aunque desde la ventana le hace de señas Melisa, no se le cuece el pan hasta que Marivañes envia su niño. Y Melisa la mete en la cámara de su señora. Con sus artes, Celestina hace que Roselia muy claro manifieste su ardiente deseo; y concierta con Celestina que por la huerta la hable Lisandro.

CELESTINA. — ROSELIA. — MELISA. — NIÑO. — MARIVAÑES. — EUBULO.

_Cel._ No puedo imaginar ni acabo de pensar qué ha sido la causa por que Roselia faltó su palabra y no salió á la hora y tiempo concertado. ¿Si se arrepintió? no; que esto tiene el amor, que cuando prende hace el corazon constante y no mudable, y aunque el virtuoso pensamiento baste á expeler sus fuerzas causando limpieza, pero pocas veces acaece que en su lucha y pelea se alcance victoria, porque abatido en tierra cobra nuevas fuerzas, como cuentan que Anteo cobraba luchando con Hércules, y cuanto mas nos esforzamos á apartallo de la memoria, tanto más ella se refresca con sus lastimosas pasiones, las cuales ofrece al pensamiento, y el pensamiento al corazon, allí llegadas, lo prenden con tan fuertes lazos que desasirse no pueda sin mucho pesar y congoxa. ¿Si lo hace de medrosa, por miedo de no ser sentida? tampoco, que la voluntad enamorada todo lo pospone por cumplir su apetito, es osada al acometer, y quiere lo que no puede, y lo que puede executa; y que Roselia ame, evidentes indicios tengo de ello, si es así que por las exteriores obras y señales del cuerpo venimos en conocimiento de las afecciones del alma. Cuanto más que mis buenas artes, mis subtiles engaños y mi artificiosa arenga tienen tal virtud, que á las muy fuertes hacen dar combos, y á las flacas y tiernas de un vaiven derruecan. Aunque, al fin, la que buena quiere ser no se lo quita mi tañer. La principal culpa se reduce al consentimiento de la que me da oidos, y me quiere escuchar no viendo la manifiesta ponzoña que trayo en el vaso dorado de mis palabras, que harto es de ciego quien no ve por tela de cedazo. Pero mal pecado, ellas adrede por disimular sus pasiones, y áun por dar lugar á sus deseos, huelgan de hacerse ciegas y que no entienden lo que les decis, haciendo de las enojadas, y por ventura no se ha apuntado la cosa cuando mejor la calan y penetran que vos que se lo apuntais por rodeos; y lo que es peor, que se bañan en agua rosada en que yo ó alguna de mi cofradía las vaya á hablar en cosa que ellas mismas echarian rogadores y terceros si lícito les fuese ó si no les retrajese la vergüenza y empacho natural. Y siendo así, hacen más alharacas, como si les fuésemos á vender moneda falsa, y fingen no sé qué hipocresías de, guárdenos Dios, ¿á mí con tales mensajes? ¿y habia de hacer tal vileza? ¿vienes á dañar mi honra, condenar mi honestidad? tal por cual, véte de mi casa, no te vean más mis ojos si no quieres que te haga matar. Todas son puterías, pardios, que otro les queda en el buche, porque si así fuese como lo parlan, de la primera palabra que les hablásemos en aquel caso, nos habian de echar con todos los diablos; pero juraré que no entra mejor pascua por sus casas que nosotras. Pues ¿qué será la causa? ¿impedimentos? No, que no los tiene. ¿Si fué sentida? No sé; si así es, nuestro gozo en el pozo, que á ella pondrán en guarda, y á Lisandro espías, y á mí acortarán los pasos. Muy en dubda estoy de lo que será, y cúmpleme saberlo, porque si esto es, valiérame más quedarme en casa con las piernas cortadas que ir á su casa. Quiérome andar por aquí, sabré lo que es ó lo que no, si viere oportunidad para entrar entraré, si no, tornaréme á mi casa, y perdóneme Lisandro, que ya hice toda mi posibilidad por él, y todo mi deber y saber; la obligacion no se extiende más de al poder. Por mi ánima, que me hace del ojo de acullá de la ventana, Melisa, su doncella; otra vez me da con la mano, luégo, luégo. En buena fe, aunque más me llames con la cabeza; no sea ésta echadiza y se arme algun ruido hechizo para me tomar en la gorrionera, no se diga por mí que mucho sabe la raposa, pero más el que la toma; primero sabré de mi comadre la vecina si ha habido cosa nueva despues acá, ó mudanza alguna en casa de Eugenia.

_Ros._ ¿No viene?

_Mel._ En casa de Marivañes entró.

_Ros._ Envíala á llamar con esa mochacha, que no lo sienta mi señora, y te aviso que no la vea entrar.

_Mel._ Aquí viene el niño de Marivañes, veamos qué quiere, y si es enviado á eso.

_Ros._ Dile que éntre acá. ¿Vióle mi señora?

_Mel._ No, que está devanando un poco de seda. Entrad, mis ojos, ¿á quién buscais?

_Niño._ A senola mosa.

_Ros._ ¿Qué quereis, mi alma?

_Niñ._ Senola, mi made dise que está alí la mujel de la ropa banca, que tae lo que le mandaste.

_Ros._ Corre, decilde, mi vida, que venga.

_Niñ._ Beso las manos de vuesta mesed.

_Ros._ Dios te haga bueno, mis entrañas.

_Niñ._ Que vayas.

_Cel._ Luégo, mi amor. ¿Así que me dices eso por muy cierto, hija Marivañes? de otra manera me lo habian contado. Pues voy y quédate adios.

_Mar._ Dios haga tus cosas y las aderece como deseas.

_Mel._ Tia, alza las haldas, que hacen ruido, y entra muy quedito aquí en esta recámara.

_Cel._ Ay, señora de mi bien, ¿y mala estás?

_Ros._ No es nada, madre, sino unos desmayos de corazon que me tomaron despues acá.

_Cel._ Bien está, mal de corazon es, tú te lo dirás.