Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.

Part 6

Chapter 64,155 wordsPublic domain

_Ros._ ¡Oh vieja! cómo temo que tus pisadas y luengo preámbulo, y tu prolixa arenga y devota salutacion con tus falsos presupuestos, se hayan enderezado y ordenado para inferir tan maldicta y sospechosa conclusion.

_Cel._ ¿Qué es, mi señora, que no te entiendo?

_Ros._ Tú sabes si me entiendes ó no, y si en esas palabras de Dios traes envuelto el dimonio, que entre las matizadas y bordadas flores se esconde la culebra ponzoñosa.

_Cel._ Entiéndate Dios, que yo no te alcanzo.

_Ros._ Dime, pues, á quién te mandó hablar.

_Cel._ ¿Quién, mi señora? ¿Lisandro?

_Ros._ No me repitas su nombre, que me turbas; respóndeme á lo que te pregunto, veamos si es lo que yo digo, que vienes con engaños.

_Cel._ ¿Y yo conózcolo más que tú, ni sé quién es, ni aguardé á que me lo dixese? Mal me conoces, señora, las piernas me cortaria primero que diese paso á tales mensajes, en ese caso ningun hombre me ha de hablar si no quiere ser mi capital enemigo; guárdeme Dios de mala hora, montas que soy yo de ésas, entre qué personas me crié para osar de tal oficio, á la hé entre religiosas y áun de las más encerradas. Pero segun pude colegir de las pocas palabras que escuché á Lisandro, digo aquel mancebo caballero y ¡Jesus, qué sin memoria soy! algunas señas y indicios te daré. Ella era en su boca la más hermosa doncella que natura por agora formó, no sólo decia en la ciudad, mas ni áun en la tierra, en todas las gracias y perfecciones acabada. Por aquí sacarás por quién entendia Lisandro, digo aquel señor galan que preso de su amor loaba la que mucho queria; ya sabes que en Salamanca pocas hermosas hay, y ésas se pueden señalar con el dedo, y por tu vida, mi amor, que despues que te vi he pensado si eras tú la que decia, porque tu perfecta fermosura es argumento que no entendia por otra.

_Ros._ Madre, no me entres por esos rodeos, véte con Dios.

_Cel._ ¿Qué rodeos, mi señora? ¿piensas que no te diria el nombre de ella si me acordase, por quitarte de sospecha? Mas sea Dios loado, que ya voy acordándome Ro, Ro, Roselia se llama, por quien pena, segun me dijo.

_Ros._ Segun te dijo, malvada vieja, ¿qué no me conoces tú, que soy yo la que agora mentaste?

_Cel._ ¿Tú? y Jesus, Jesus, ¿tú? No lo creo.

_Ros._ ¿Santíguaste, mala hembra, bote de malicias? ¿que no lo sabes tú? ¿ésas eran las joyas que traias á vender? ¿las fingidas lagrimitas que por tus haces regabas? ¿los devotos consejos que me dabas? ¿las sanctidades con que venías? ¿las cuentas que rezabas? ¿las encubiertas y disimuladas palabras con que me entrabas á dañar mi fama, tentar mi propósito, combatir mi honestidad, corromper mi vergüenza, ensuciar mi honra? Astuta vieja, vaso de maldad, maestra de malos recaudos, discípula del diablo, madre de todos vicios; mas ¿si eres tú la que encoroçaron estotro dia por semejante caso, que á ella te pareces en tus obras? ¿Con ese mensaje te envió ese loco para que publicases su pasion y locura? Espera, alcahueta, que tú habrás el castigo que merece tu atrevida osadía. Melisa, Melisa, llámame acá á mi hermano Beliseno.

_Cel._ Señora, no juzgues mis palabras sin que primero juzgues mi intencion, que cuando la intencion no yerra, salvo está el que se juzga, y si la lengua resbaló, no tiene culpa el corazon, desdichada.

_Mel._ ¿Qué es, señora? ¿no concluyes con esa mujer?

_Ros._ Esta vieja que me viene con alcahueterías de aquel que estotro dia me vido y comenzó á desvariar en aquellos desatinos que viste; éste es el loco atreguado por quien me habló el paje que fué de mi señor padre, que en gloria sea; pues guárdese, que si mi hermano le coge, él le dará el pago.

_Cel._ Se tú el juez, doncella graciosa; si yo ni tenía noticia de la señora ni sabía que Lisandro penaba por su merced, ni ménos le menté palabra de las muchas que echaba por aquella boca, como hombre que estaba para morir, y pedia socorro de su señora, que morir le hacia; mas de que simplemente á buena fe y sin mal engaño le conté lo que vino á coyuntura de no sé qué hablamos; ¿tengo yo aquí la culpa? cuitada yo, que en mala hora nací, si todo lo que digo y hago se ha de echar á mala parte, bien dixo nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de la misa que ayer oí, no juzgueis y no seréis juzgados, segun declaraba el cura; si yo, mezquina, te contára los sospiros lastimosos que pregonaban su lastimado corazon á causa tuya, las lágrimas que sus rubicundas haces regaban en oyendo tu nombre, los desmayos que le tomaban en acordándose de tí, los dolores que le atormentan en tu crueldad, las pasiones que le persiguen con el amor que te tiene, los deseos de tu suave conversacion que le atribulan, las tristezas que le derriban y otros mil cuentos de males que sostiene, segun dice despues que del homenaje de tus ventanas asaeteaste su deseo; si esto, y otras cosas más que dixo con harta pena, te dixera yo, señora, ó supiera que eres tú aquella por quien moria, aunque, ciega de mí, por las señas de hermosura que me daba habia yo de entender luégo que eras tú, entónces tenías razon de culparme, pero si ni esto ni lo otro me salió por la boca, ¿de qué te quejas?

_Mel._ Justa y razonable es tu excusa, madre mia.

_Ros._ No te espantes, vieja honrada, que haya tomado sospecha de tus pláticas por lo que ha precedido de aquel loco, y acaso tú no sabías.

_Cel._ ¿Saber? ansí me ayude Dios como yo no lo sabía más que agora que no lo sé; lo que yo vi es esto, que queda en la cama con los más espantosos desmayos que nunca vi, puesto en el hilo de la muerte; y así como está con profundo clamor, los sospiros echa fasta el cielo, las lágrimas le verias mezcladas con sollozos de hilo en hilo corriendo por aquellas sus mexillas más resplandecientes que rubíes, aquellas rosas coloradas, que tiene en medio del gesto más blanco que copos de nieve, vieras rociadas con el rocío que destilaba de aquellos sus alindados ojos, que tanta era la lástima que me puso en le ver, que como sea cosa muy comun los corazones dolerse de las pasiones ajenas, me forzó á acompañalle en su tristeza con algunas de mis lágrimas, que, sin sentillo, me brotaban en abundancia por mis haces abajo. A lo ménos una cosa, mi señora, creo de cierto te podria afirmar, que si presente estuvieras á su tan duro lamentar, cuando yo digo que estuve, no te bastára tu corazon de acero, como veo que tienes, á lo ménos si no lo tienes muéstraslo, y no sé por qué, á que no se ablandára con los martillos que salian de sus íntimas entrañas rasgando su profundísimo pecho. En Dios y en mi ánima, que en acordándome cuál le dexé, tan gran compasion me toma, que si remediarle pudiera por lo que debo á buena cristiana, aunque fuera con la sangre de mis brazos lo hiciera; pero no soy yo por la que él pena, que no me hizo Dios tan cruel y sin piedad, que si yo fuera dexára morir el más agraciado mancebo y galan que mis ojos vieron.

_Ros._ Son blasones de los enamorados decir que mueren por amores.

_Cel._ Bien está, ella irá poco á poco á entrar en el garlito, en las palabras y en el semblante lo veo, que por las palabras y señales bien se adevinan los pensamientos, cuanto más que ligero es de conocer en las mujeres cuando aman, que sin conceder dan señales de consentimiento, y más que el color se le ha vuelto colorado; encendida la tengo.

_Ros._ ¿Qué dices, madre? ¿Parece que te has pasmado? ¿Qué estás comidiendo?

_Cel._ ¿Qué, señora? Que sabe poco de las cosas naturales el que piensa que de amores no puede morir uno, porque puede ser el amor tan vehemente é intenso, que empedidas las potencias naturales por la ocupacion contínua de las animales, en la cosa que mucho amamos, venga á consumir el humido radical sin reparacion alguna, y así la persona que el tal amor posee, hecha ética, perezca; y si esto es, mi señora, allá te aven con tu conciencia, que no faltas de homicida, pues eres causa que muera aquel amargo sin redempcion, cuya verdadera salud en sola tu vista consiste, que no queria el cuitado más de verte y hablarte.

_Ros._ Todavía me augmentas la sospecha, pues no se te entiende que no hemos de hacer mal por bien que se sigua.

_Cel._ ¡Ay señora! y ¿qué mal es, ó qué pecado, si con mi vista y palabra puedo dar la vida al doliente, consentir que me vea y hable? Y áun es obra de perfeccion dar industria y forma para ello.

_Ros._ Si no es más de eso, cosa sancta y buena es.

_Cel._ ¿Y cómo sancta? lo contrario hacer sería pecado mortal, porque cualquier que puede á otro salvar la vida sin pecado ó notable peligro suyo, y no lo hace, peca; cuanto más que entre las obras de misericordia es dado consejo que visitemos los enfermos.

_Ros._ Por cierto que lo haria no más de por ser servicio de Dios, sino que temo mi peligro, que al fin la estopa cabe el fuego presto prende.

_Cel._ Donde la razon y virtud enseñorean y reinan como en tí, en balde ladra el sensual apetito, y puesto que peligro de alguna liviana tentacion hubiese, no por eso te excusas, que de dos males inevitables el ménos empecible se ha de elegir, que del mal siempre se debe escoger lo ménos, dicen, y pues mayor mal es ser tú homicida que tentada, manifiéstase claro que eres obligada á dalle remedio, ni pienses que te perjudica aquel señor en amarte con tan ardiente deseo, yo pondré á que me corten la lengua que no lo hace á mala fin, es una bendicta criatura, un ángel en limpieza, una dama en condiciones; no es otra cosa, sino como te vió á tí, que eres otro que él en gracias y hermosura, que á la verdad algo os pareceis en la fisionomía del rostro, aficionóse á amar á su símile, ca toda cosa ama su semejante y tambien que lo hermoso atrae á sí los ojos de todos y mueve los corazones delicados y tiernos á su amor; yo juraré que en solo verte y tener una poquita de conversacion honesta contigo quede contento, y tú satisfecha de la obligacion que tienes á socorrer al enfermo; cuanto más que una poca de recreacion con virtuosas personas como lo es Lisandro, virtud es, llamada Eutrapelia de los filósofos.

_Ros._ No quiera Dios que por mi causa muera ese señor que dices, que no fuera yo tan cruel para él si me constára de su buena intencion y limpio motivo como agora.

_Cel._ Pues, señora mia, da forma que de noche te hable, porque no seais sentidos, que hoy dia las gentes, por nuestros pecados, son llenas de mil sospechas, juzgando lo exterior y no entendiendo los secretos y misterios de Dios.

_Ros._ Quédese para el juéves en la noche, dadas las once.

_Cel._ ¿Por qué lugar?

_Ros._ Por las ventanas de esta mi torre que salen á dar al alcázar.

_Mel._ Señora, señora, mi señora Eugenia asoma por la calle.

_Ros._ Pues véte, madre, con Dios.

_Cel._ Los ángeles queden en tu guarda.

_Mel._ Señora, ¿qué te dixo la vieja despues que me torné á abaxar?

_Ros._ No sé, déxame; ponme dos almohadas en el estrado, iréme á echar, que me siento mal dispuesta.

_Mel._ Que me maten si no es ésta la nueva Celestina de las tenerías, que en su traje y plática ella parece, aosadas que dexa urdido algun mal recabdo; en hora mala vino acá.

¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL SEGUNDO ACTO.

Procura Oligides de resistir á la saña que Brumandilon tiene contra Celestina; viene Celestina, que no cabe en sí de placer por la buena respuesta que hobo de Roselia. Perturba su gozo Brumandilon con sus fieros, finalmente pónelos en paz Oligides. Pasa Celestina despues de esto muchas cosas graciosas con su sobrina Drionea, y vase con Oligides á dar la buena respuesta á Lisandro.

OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA. — ESCLARABEL. — FILIRIN. — LISANDRO.

_Olig._ ¿Qué haces, Brumandilon? ¿Ha venido Celestina del negocio? Mas ¿qué es esto que veo? A punto estás, la mano en la empuñadura y la espada medio desenvainada.

_Brum._ Por los que habitan en la profundidad del Erebo, media hora más no viva la vieja avarienta si no me da la mitad de lo que le dió Lisandro; déxala venir.

_Olig._ Donde está claro no poder ganar honra, locura es aventurar la persona, si la matas, puede ser que te asa la justicia y te guinde del rollo.

_Brum._ ¿Qué dices, señor Oligides? No me has conocido, pues sábete que en balde trabaja quien piensa en mi corazon poner miedo ó temor de justicia. No me es más llevar por una calle al alguacil y á su gente que acorralar seis becerras mansas, sino pregúntale como le fué habrá tres noches en la calle de Lobo sobre mi puta Philena, y con todo me vino á pedir perdon.

_Olig._ Por Dios, que tus hechos en armas se van pareciendo á las hazañas del valiente Diego García de Paredes, el de nuestro tiempo.

_Brum._ Aquí está Brumandilon, que siendo maestro de esgrima en Milan, le enseñó á jugar de todas armas, de espada sola, de espada y capa, de espada y broquel, de dos espadas, de espada y rodela, de daga y broquel grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal contra puñal, de montante, de espada de mano y media, de lanzon, de pica, de partesana, de baston, de floreo y de otros muchos exercicios de armas; y él viendo mi esfuerzo en los golpes, mi osado atrevimiento para acometer seis armados, rebanar brazos, cortar piernas, harpar gestos, hender cabezas y otros miembros, con mi exemplo salió tan diestro y animoso como veis.

_Olig._ Héla, héla, asoma Celestina, alegre viene.

_Cel._ ¿Qué girifaltes, qué sacres, qué neblíes, qué esmerejones, qué primas, qué tagarotes, qué baharies, qué alfaneques, qué azores, qué alcotanes, qué gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo bastarán á abatir en tierra con sus uñas la páxara escondida en las nubes, como yo, sábia Celestina, con mis palabras cautelosas abatí á mi peticion al muy encerrado propósito de Roselia? Mi fe, cacéla, y si sus pensamientos fasta aquí volaban por el cielo con contemplaciones de Dios, agora rastrearán por el suelo con imaginaciones de la carne. Hi de puta, qué bien lo he hecho, para Sancta María, que me quiero bien en ver que no pierdo punto á mi tia; mas, por mi vida, qué alindados y seguros nortes llevé, que repicando ella de broquel con sus acedas palabras y súbitas alteraciones, volvia yo al tema que tomé en principio de mi sermon. ¡Ay bonita, cómo te engañé! así engañan á los bobos con especie de sanctidad y servicio de Dios, con este color le dixe lo que quise, y bien me estuvo. ¿Quién dubda que no sueñe á Lisandro esta noche? En mi alma no estoy en mí de placer, ay, ay; ah papagayos, ah ruiseñores, ah calandrias, ah canarios, ah sergueritos, ah pardillos, ah verderones, ah gafarrones, ah torzuelos, ah luganos, ah carrancas, ah jamarices, ah todas las aves del canto suave, ¿oisme? ¿por qué todas en uno no os juntais á cantar la mi alegría que llevo en este mi corazon, y cantar con vuestras lenguas arpadas, á quien lo quisiese saber, mi maravillosa astucia, mi astuta cautela, mi cautelosa vivez, mi vivo saber, mi sábia sagacidad, mis artes no sentidas, mis fraudes y dolos encubiertos, mis mañas y sotiles engaños? Sacabuches, chirimías, atambores, trompetas, rabeles, flautas, dulcemeles, guitarras, vihuelas, arpas, laúdes, clarines, duzainas, añafiles, órganos, monacordios, clavecímbanos, clavicordios y salterios y todos los instrumentos de música con vuestra suave, apacible y sonora armonía y canora melodía resoná por el aire mi verdadera mentira, mi virtuoso vicio, mi maliciosa bondad, mi endemoniada sanctidad, mi inquieto reposo, mi turbada mesura que tuve para aquella señora, que no tenía dónde asir para azorarse contra mí, segun le entré por sabroso y encubierto estilo:

¡Ay que me fino, Ay que fino, de regocijo!

_Olig._ Buen despacho trae la madre, parece que toda se querria tornar lenguas para hablar, la alegría que en aquel cuerpecillo de malicias no cabe, rebosa á borbollones por la boca y por los ojos. Alarga el paso, Celestina, mueve esos piés, no te detengas, aguija, ea, date priesa.

_Brum._ Todas las paradillas que hace son ratos de su vida. Pues, por el cerrojo de santa Gadea de Búrgos, do juran los hijos de algo, en llegando más no viva, si no me da la medalla.

_Cel._ Sálveos Dios.

_Brum._ Sálvete el diablo; sús, daca luégo la medalla, no me hinchas de mostaza las narices, no sea el dimonio que te engañe, ten memoria de las veces que te has librado de mis manos.

_Cel._ Válalo el diablo, mozas, con qué me salió á recibir el charlatan glorioso, ¿medalla ó qué? una higa en tu ojo; no os deshagais de eso por mi amor.

_Brum._ Suéltame, señor Oligides, suéltame, que no le haré otra cosa más de matalla.

_Olig._ Ea, no haya más, por mi vida; ea, no haya más, que no te he de soltar, acaba, no seas porfioso, ya sabes que quien sobrado es de furor, falto es de autoridad.

_Cel._ Déxale venir, que el diablo á mí me lleve si no le quiebro la cabeza con esta piedra. Veréis que te trayo salutacion para el alma; medalla queria, ¿por cuál carga de agua?

_Olig._ No seas tú tambien demasiada, Celestina, calla, que mejor atavío es en la mujer la templanza en la lengua que las ricas ropas en el cuerpo.

_Brum._ ¡Ah puta embaidora, alcahueta, hechicera!

_Cel._ Déxate de esos baldones, fanfarron, que nunca con palabras injuriosas y feas se acrecentó el esfuerzo natural.

_Olig._ Bien dice en aquello Celestina, que al fin ninguno en su cortés y blanda respuesta pierde la fama de su esfuerzo.

_Brum._ Ya lo veo, pero voto á tal, donde la mujer aguijonea, la discrecion de hombre no basta.

_Cel._ Mas donde la cobdicia interviene, no hay amistad ni tregua que no corrompa, ésta te hace á tí salir de seso, que no yo.

_Brum._ ¿Aun parlais? Agradeceldo al buen padrino. ¡Oh, pese á mis males! ¿por qué no me soltaste, que su vida y maldades acabáran en un tiempo?

_Cel._ Allá al que te dió de palos haz tú esos fieros, y no me hagas más hablar.

_Olig._ Mejor estuviera eso por decir, Celestina, y no buscar cinco piés al gato.

_Brum._ Y, puta alcoholada, ¿no sabes que sentado á tu puerta seguro y descuidado, cuatro que eran, solo un palo me alcanzaron á traicion y fuí tras ellos, y como hacía la noche obscura, de ellos perdí de vista, de ellos se me escaparon por piés? Pero yo los buscaré, y descreo de la leche que mamé si aunque se me metan en el golfo del mar, y del golfo del mar en el vientre de la ballena, y del vientre de la ballena en el seno de Abraham, no se me escaparán, que con esta punta de mi puñal no les escarbe los aradores que tuvieren allá en lo íntimo de sus corazones; yo juraré que me acometieron por otro, porque no creo que nadie tuviese tal atrevimiento contra Brumandilon, pero como quiera que sea, por vida de estas barbas luengas y espesas, no les cumple más parar en el reino, porque si los topo, el mayor pedazo de ellos será menor que brizna de diente de vieja, ó pedrecica de moleja de arador, ó liendre; más menuzos los haré que carnero picado, en mi espada los ensartaré como rubias.

_Olig._ Ora bien que despues se averiguarán estos pleitos. Agora vamos, Celestina.

_Brum._ No me la lleves, Oligides, sin que primero sea liberal para conmigo, que no lo he de ir á hurtar para comer, ni ménos me mantengo de rocío como cigarra, ó de viento como camaleon, basta que le hice merced de la vida por tu intercesion.

_Cel._ Que no me está bien ni me pago de ello. Véte con Dios de mi casa, que no te quiero, no me dés más pasion.

_Olig._ Oíos, no torneis á reñir, que con pequeñas palabras á las veces se enciende y crece la ira en los hombres, así como de la pequeña centella, si no se mira por ella, se suele levantar gran fuego. ¿Esta medalla hase de partir por medio, ó dártela toda?

_Brum._ Ni uno ni otro; mas de que se venda, y dividamos igualmente, como hermanos, el precio de ella, pues de ninguna cosa es buena la posesion sin compañía.

_Cel._ ¿Ya no te dí dos doblas? ¿qué me pides más?

_Brum._ La medalla ó la vida.

_Cel._ No tengo medalla.

_Olig._ Señor Brumandilon, hazme este placer, porque otro dia te lo sirva, que no se hable agora más en ello, que las cosas argüidas con voces son mal definidas, y tambien que agora no hay tiempo para esa disputa, porque mi amo queda con la soga á la garganta esperando su salud ó desastrado fin en la respuesta de Celestina; no nos estorbes.

_Brum._ ¡Oh pese á tal, qué ha de salir con la suya esta vieja esfalsaria! sobre cuernos penitencia, sobre que me ha engañado me niega lo que á vista de todos le dió Lisandro. Por nuestro Señor, no es otra cosa la mujer sino un censo perpétuo que tienen los hombres sobre sí y sobre sus vidas, que ella basta para acortar, disminuir y abreviar estos pocos dias que nos quedan con sus enojos y pesadumbres, hablo de las tales como esta bellaca, saco de vicios.

_Cel._ Espera, Oligides, daré una vista á mi gente, que luégo salgo.

_Olig._ No tardes.

_Cel._ Abrí, hijas.

_Drion._ Esclarabel, baja presto, y véte por el lugar acostumbrado, que mi tia viene.

_Esclarabel._ Pues, amores, como digo, en dándome el Conde librea te daré esta capa, de que hagas un sayuelo.

_Drion._ Como tú quisieres, pino de oro.

_Cel._ ¿No os he mandado que mientra no estuviere hombre en casa estén las puertas de par en par abiertas, y vosotras al umbral sentadas? creo que por demas es la citola en el molino. ¡Ah! malditas seais si no me teneis podrida de enojo; en mi dicha cabe que jamas ceso de daros consejos. Landre que os mate, si no os ven ni oyen no os conocerán, y si no os conocen nadie vendrá á vosotras. La taberna por el pendon se conoce, y sin pendon nadie acude allá á comprar vino. El caminante extranjero no acierta el meson sino por la tablilla ó la señal colgada. Bien me entendeis, una arriba y otra abaxo; si Libia se ocupó con Polo, ¿por qué tú, Drionea, no baxaste á dar recabdo á los que vinieren, y respuesta á los que me buscaren?

_Drion._ Ya decendia, que me estaba componiendo, no hayas enojo, que todo se hizo lo que me mandaste.

_Cel._ ¿No te he dicho que cuando no hobiere tiempo de afeitarte tomes una toca y te la reboces fingiendo dolor de muelas, y te cobijes esa mantillina colorada? Medio desnuda, medio vestida, los pechos de fuera con un disimulado descuido en faldetas como éstas, no hay tal para provocar á luxuria los hombres. En Dios y en mi conciencia, que cuando yo era moza como vosotras, mi desenvoltura, mis meneos del cuerpo, mi requiebro de ojos, mi dulce y delgada voz bastaba para incitar los castos, aunque hermosura me faltára. Pues ¿quién vino á buscarme?

_Drion._ Siete personas cuando ménos.

_Cel._ ¿Quién?

_Drion._ La mujer del sastre envió acá, que el sábado de mañanita va á la vega, por tanto que avises al estudiante por quien la hablaste, que madrugue.

_Cel._ Mirad la descarada, quedó con el otro ese dia de venir á mi casa disimulada, y hace conciertos con estotro, ¿que no habia tiempo para todo? Di adelante.

_Drion._ El doctor viejo envió su paje á saber si hablaste á la hija de la lavandera.

_Cel._ ¡Oh! que se me olvidó; acuérdamelo mañana. Di más.

_Drion._ La beata aquella muy penitente te estuvo buen rato aquí aguardando, y como no venías, rogóme que te encargase mucho que estovieses con aquel su devoto, de quien hobo el hijo, y que le dixeses en secreto, que pues Nuestro Señor tuvo por bien darles aquella criatura para su servicio, que envie faxas y mantillas para envolver al niño y dineros para pagar el ama, ó que lo dé á criar.

_Cel._ Importuna mujer, ¿ya no le dió eso y esotro, y el su capirote raido por cobija?

_Drion._ Tambien aquella doncella que tuvimos aquí de parto, la que sacó el teólogo, vino llorando que por caridad le digas, pues es hombre de conciencia, que lo haga bien con ella, y que se acuerde de lo que le es en cargo.

_Cel._ Di, que eso yo lo sé bien.

_Drion._ El mozo del bachiller vino que vayas á la tarde á echar una melecina á un su popilo.

_Cel._ ¿No le he dicho que mientra mi comadre Clara viviere que la llamen? porque yo no quiero hacerle mal en su oficio, que es mi amiga.

_Drion._ Dice que está mala de los ojos de una siringada que le soltó un escolar al tiempo que sacaba el cañuto, que, como le mirase unas almorranas que tenía para se las curar, el estudiante, no pudiendo retener el puxo, suelta y rocíale aquellos hocicos y ciégale los ojos.